A la mañana siguiente, tal y como Mycroft había dicho, un automóvil la llevó a una casa lujosísima, en Palmeraie. Se le hizo entrega de sus armas, que consistían en una CZ-75B, una SIG-SAUER P-226 y una Browning HP; además de un celular encriptado. Este aparato llamó de especial manera la atención de Adler, ya que siempre creyó que este tipo de teléfonos tenían un aspecto diferente, más parecidos a los primero equipos que a los actuales móviles, por lo que su aspecto, similar al de un Iphone, le pareció curioso. Lo revisó y notó que en el directorio había sólo dos números guardados y que no podía añadir más. El primero era de un aparato similar en propiedad del mayor de los Holmes, mientras que el segundo, estaba registrado sin nombre. Irene creyó saber de quién era ese número, y comprendió que quizás era una prueba, el último intento de un hermano desesperado por saber la situación del otro.
Después de su reunión con Mycroft, la mujer no volvió a mirar el sobre. Sin embargo, instalada en el que sería su nuevo hogar y aun con cerca de una hora disponible, decidió mirar su contenido. En él, cinco expedientes. Cada uno contaba con una ficha preliminar, que contenía datos básicos, y otros reportes: algunas copias de facturas, recibos de compra y venta, mails, movimientos de cuentas bancarias, y otros que vinculaban sus actividades a ilícitos. Entendió de inmediato cual sería su labor. Fue a la cocina y se sirvió un té, entonces comenzó a estudiar los antecedentes de cada uno con más calma. Conocía los nombres propios que figuraban entre las hojas; sabía lo que les gustaba, sus debilidades, sus sueños prohibidos, y lo más importante, sabía cómo eran cuando perdían el control de sí mismos, cuando se dejaban llevar por el instinto casi animal que brotaba en ellos cuando sin temor a ser juzgados, se dejaban dominar por la mujer. Abstraída en el análisis, se sobresaltó cuando el móvil entregado sonó. Lo tomó y leyó el mensaje que Mycroft le había enviado:
"ME INFORMAN QUE YA ESTA INSTALADA EN SU NUEVA CASA Y TRABAJANDO. ESTABLECEREMOS PLAZOS. ESTA SEMANA: PHILIP ROCHESTER"
Y bajo eso, un link con un código ilegible. Lo pinchó y se desplegó otra pantalla con las indicaciones, las sospechas sobre él y que era lo que buscaría.
Philip Rochester, era el primero en la carpeta. Alto, 40 años, rubio, heredero de un linaje privilegiado. Por esos días, estaba comprando un condominio para instalar un resort de lujo en Marrakech. Una vez que hubo leído todo, guardó la carpeta en una caja fuerte y pidió que el automóvil la llevase a la galería. Por el camino, ideó el plan.
¿Conocemos a Philip Rochester? – le preguntó a su asistente, mientras colgaba su chaqueta en el armario de la galería.
Vino hace unas semanas. Preguntó por el arriendo de algunas piezas, dará una fiesta o algo así para la inauguración de su resort. – contestó la joven
Quiero que lo contactes.
La muchacha obedeció y comenzó a buscar entre su agenda de clientes al hombre en cuestión. Hombre que inauguraría un resort, y que en él emplearía a más de mil personas desde los más diversos y exóticos puntos del planeta; más de la mitad le habían sido, en términos prácticos, vendidos como esclavos. Obviamente esa información había sido sacada desde la base de datos que Mycroft había provisto para Irene, sin embargo, a la mujer no le sorprendió. Tiempo atrás, una vez que había estado con él en su casa, le llamó poderosamente la atención que una muchacha de unos 13 años trabajase en su casa. Era vietnamita, sumisa, tímida y parecía asustada todo el tiempo. Irene se enteró por otro de sus clientes que esa muchacha había sido secuestrada y vendida cuando tenía 11 años. Llevaba uno trabajando con Rochester, aunque nada podía comprobar en qué calidad y con qué condiciones trabajaba ahí.
Irene recordó esa historia mientras revisaba el registro de las obras que facilitaría para su primera misión. Atendió a una pareja que preguntaba por un Miró y finalmente, la muchacha le trajo la información solicitada
Había escrito mal el nombre, por eso tardé tanto en encontrarlo. Lo siento – dijo, reconociendo su error.
Irene la miró seria, pero compasivamente y le pidió que terminase de atender a la pareja. Ella se fue a la oficina a hacer el llamado. Philip estaba bastante desocupado y bastante satisfecho de tener noticias de Adler. Se citaron a almorzar, ella propuso el mismo lugar donde se había reunido con Holmes.
Esperaba con ansias este encuentro, señorita Adler – dijo Rochester, cuando ya estaban sentados esperando su orden.
Rainieri, de hecho, Alexandra Rainieri – respondió ella, cortésmente.
Me gusta. Algo leí en Londres hace un tiempo… ¿es cierto que usted…?
Irene tomó el brazo del hombre para coartar su pregunta y le pidió no hablar del pasado, después de todo, tenían mucho que acordar. Decidida, fue al punto por el que lo había citado; rentar algunas pinturas para la inauguración de su resort. Almorzaron y hablaron de negocios. Irene entendía a la perfección cómo funcionaba la mente de este tipo de hombres, por lo que con algunos guiños y coqueteos, consiguió que él la invitase a la celebración.
No sería una fiesta sin ti, querida Alexandra – le comentó, intentando convencerla.
Ella sonrió.
Y después, - prosiguió el hombre, revolviendo su café – quizás te deje subir a la habitación principal, con el dueño.
Irene apretó su muslo por debajo de la mesa. El trato estaba hecho. La cita era para el sábado a las 20 hrs. Se fue a la galería y escogió los cuadros que prestaría para la ocasión. Después fue a comprar un vestido. No creyó necesario informar a Mycroft de cada paso, por lo que decidió que le contaría cuando ya tuviese un plan más elaborado. Volvió a casa a eso de las nueve de la noche, un empleado (británico) la recibió en la puerta, mientras que otro muchacho le señaló que la cena estaba dispuesta.
Satisfecha por su buen negocio, dejó algunos catálogos que traía sobre un sofá y su abrigo en el colgador junto a la puerta, se acercó al comedor y ahí, esperándola, estaba Mycroft Holmes. Le fue imposible disimular su sorpresa.
Creí que ya estaba en Londres – comentó, acercándose a la mesa. Pensó en sentarse junto a él, pero decidió tomar lugar en el otro extremo.
Pensé que sería bueno saber cómo marchaba todo, por lo que pospuse mi regreso un par de días– aclaró Holmes.
¿Y Gran Bretaña no se cae a pedazos? – preguntó Adler, con un tono más jovial.
Él sólo contestó con una sonrisa, les trajeron la comida y para aun mayor sorpresa de Irene, fue su acompañante quien sirvió el vino "¿Será una forma de hacerme notar que aquí la invitada soy yo?" pensó. Lo cierto es que sólo era cortesía.
Y bien – solicitó, cuando comenzaron a comer – supe que hoy se reunió con Phillip, que asistirá a la inauguración de su resort, ¿Cuál es el plan?
Bueno, el plan… no es un "plan" exactamente, sólo la idea. Asistiré a la reunión, avanzada la velada, me reuniré con Rochester en la habitación principal, he sabido de muy buenas fuentes que siempre viaja con un montón de papeles, quizás nos den la información que estamos buscando. – expuso Adler.
Mycroft Holmes la miró seriamente. Sin duda la mujer se estaba tomando muy en serio su rol. Pero su naturaleza le impedía aceptar de buenas a primeras que todo marchase tan bien
¿Y qué hará si él la descubre? – inquirió.
Tengo secretos bajo la manga, ¿cómo cree que pude arreglármelas tanto tiempo en mi trabajo? Mi apodo, "Dominatrix" no es en vano.
Mycroft no respondió. Siguieron comiendo en silencio. Después de un rato, Irene ofreció té, pero él decidió marcharse.
Buenas noches, señorita Adler.
Buenas noches, Mycroft. Y pierda cuidado, todo saldrá bien – dijo ella, aventurándose a adivinar las preocupaciones de Holmes. Él sólo sonrió y salió.
El sábado Irene cerró temprano la galería. Fue a un salón de belleza en Guéliz y pidió el peinado que utilizaba con frecuencia cuando tenía cosas importantes en Inglaterra. Por esos días en Marruecos, solía llevar el cabello suelto. Le hicieron manicure, pintaron sus uñas del rojo característico y optó por un maquillaje sencillo que resaltara sus ojos. En casa, eligió entre algunos de los vestidos que había adquirido en la ciudad. Su decisión final, un vestido negro bastante sencillo, con una abertura en la pierna derecha. Se puso unos pendientes de diamante, y llevó su teléfono encriptado, su clásico labial y una jeringa en un bolso que complementaba su look.
Justo antes de llegar al resort, pasó por una farmacia y pidió penicilina y un antialérgico genérico inyectables. En el auto, llenó la jeringa de ambos productos y se deshizo de los empaques fuera del recinto. Era una de las muchas fórmulas que había utilizado en el pasado para lidiar con clientes poco amistosos.
Al entrar, notó que – tal y como lo había previsto – su vestido de color oscuro funcionaba perfecto como camuflaje, por lo que le sería bastante fácil escabullirse entre la multitud sin que la notasen. Observó con detención a su alrededor, y aunque conocía a muchos de los asistentes, la mayoría no sabía quién era ella. Otra ventaja. El único problema es que esperaba una asistencia aun más concurrida, por lo que se sintió algo decepcionada por el bajo número de invitados. Pasó un joven, no mayor de 20 años, de rasgos latinos muy marcados, con champaña. Irene pidió una y comenzó a intentar acercarse al resto de los invitados. Decidió llamar la atención lo menos posible, por lo que buscó a un grupo que miraba una de las pinturas de su galería. Eran dos mujeres, de unos 30 años y un hombre un poco más joven. Hablaban de la pintura. Ella pensaba en la mejor forma de intervenir en la conversación, cuando sintió una mano tibia en su espalda.
Que gusto tenerte aquí – comentó Phillip, en su oído. Luego, suavemente la encaminó hacia el grupo, para presentarla Si quieren felicitar a alguien por la elección de las piezas que adornan nuestro evento, es a ella, la señorita Alexandra Rainieri.
Irene sonrió y los saludó gratamente, estuvieron un rato hablando de las pinturas, hasta que Rochester decidió ir a presentarla a otro grupo.
Pensé que vendría más gente – comentó Adler, mientras hacían la transición.
Si, es un grupo pequeño. Un evento bastante exclusivo, eres muy afortunada, Alexandra. – Sonrió por un segundo y luego se sinceró – la verdad es que no es tanta gente como a mí me hubiese gustado… tuve… digamos, ciertos problemas, hay gente muy encima de mí, querida. Pero tú sabes algo de eso ¿verdad?
Irene sonrió y asintió.
Se pasaron la noche conversando y riendo. Adler ponía mucha atención cuando el anfitrión hablaba de sus problemas, y es que a medida avanzaba la velada, fue clarificando lo que pasaba. La poca gente y los "problemas" aludidos por Rochester eran exactamente la razón por la que estaba ahí. Cuando los primeros invitados comenzaron a retirarse, Irene se alejó de Phillip, con la excusa de retocar su maquillaje, por lo que el hombre la dejó partir, no sin antes recordarle el compromiso adquirido.
Entonces, de manera decidida y rápida se fue a la habitación donde se reuniría con Rochester. Estaba abierta. Dejó su bolso sobre una mesita de noche y sacó la jeringa y su fuste, dejándolos sobre la cama. Entró al armario y encontró una caja de seguridad, parecida a la que ella solía tener en Londres. Código de seis números. Con la linterna de su teléfono alumbró de cerca y notó algunas marcas en determinados números del teclado. Para su suerte, la caja había sido abierta con frecuencia, posiblemente para revisar los documentos. El problema ahora, era el orden. Intentó recordar cuando Sherlock quiso adivinar el código de la suya; el número más sucio es el primero. 6. Le faltaba determinar los otros cinco dígitos. Entonces recordó que quizás podía encontrar algo en los archivos que tenía. Buscó en su teléfono y filtró sólo datos numéricos. Había 4 coincidencias que comenzaban con 6, y dos de ellas cumplían con el requisito de seis dígitos; la primera era el número de una cuenta en Fiji, la segunda correspondía a dígitos aparentemente al azar. Se apoyó en la caja por un segundo. "demonios" susurró. Miró la hora y se dio cuenta de que le quedaba muy poco tiempo para que él llegase. Quitó el filtro y comenzó a buscar entre su información personal. "corazón. Nunca debes dejar que tu corazón maneje tu cabeza" se decía, mientras revisaba, apoyada en una de las paredes del armario. "Nunca dejar que el corazón mande. Pero eso es lo que la gente suele hacer, ¿verdad?" pensó. Buscó entre sus familiares. El nombre de sus padres, su hermana, su abuela. Encontró una fotografía que recordó haber visto en su casa: él y su abuela. Ella se llamaba Mariah. Abrió el teclado numérico del móvil: MARIAH = 627424. Coincidía con la secuencia al azar. Decidió aventurarse. La caja abrió. Revisó rápido todo y notó que había por lo menos 10 carpetas. Tomó una al azar y la abrió. Contratos de trabajo. La tiró al suelo; tomó otra, fotocopias de pasaportes, al suelo. En la siguiente encontró facturas en un idioma que le pareció ilegible, pero que el traductor de su teléfono reconoció como vietnamita, y aunque intentó traducir un par de ítems, estos seguían siendo ilegibles, pensó que podían ser modismos, pero en la misma carpeta encontró los manifiestos. La cantidad de contenedores era ridícula, demasiados, incluso si lo que transportase fuesen camiones. Recordó las acusaciones de tráfico de personas y miró los códigos que aparecían en las facturas. Revisó la carpeta con las fotocopias de los pasaportes y coincidían. No supo qué hacer y decidió enviar un texto a Mycroft
"CREO QUE TENGO LO QUE NECESITAMOS ¿AHORA QUÉ?"
"PRUEBAS. ENVIEME UNA FOTO" respondió.
Entonces ella tomó uno de los manifiestos, una factura y una fotocopia y le envió la imagen. Esperaba con ansias la respuesta cuando escuchó un ruido, se quedó inmóvil por unos segundos y efectivamente comprobó que alguien se acercaba. Guardó todo con rapidez y alcanzó a tomar la fusta y la jeringa al momento en que Rochester abría la puerta. El hombre sonrió y cerró bruscamente. Se acercó con vehemencia a Adler, quien se dejó hacer lo suficiente como para que él perdiese el control de la situación, entonces lo arrojó a la cama y desabotonó su camisa. Se sentó sobre su vientre y acarició su rostro con la fusta. Cuando el hombre cerró los ojos y se mordió los labios, ella golpeó con fuerza su mejilla e inyectó la solución que había preparado en su brazo izquierdo. Se durmió justo antes de reaccionar. Irene se bajó de la cama y leyó la respuesta de Mycroft. Necesitaba que escanease una lista de cinco sets de documentos, lo suficiente como para demostrar la culpabilidad de Rochester. Irene hizo el proceso con calma y antes de marcharse, desabotonó el pantalón de Phillip y lo golpeó repetitivamente en el bajo vientre. Previamente, tomó una botella de whisky que había en la caja fuerte y le arrojó un poco en la cara y en su ropa, para luego dejarla tirada en el piso. Como toque final, lo mordió en el cuello.
Se fue con la satisfacción de que había concretado su primera misión. En un par de días, se enteró de que Phillip Rochester sería extraditado a Inglaterra para ser enjuiciado por trata de personas.
