Hola de nuevo amigos! Vengo a dejarles un nuevo capítulo, ya saben que me hacen muy feliz sus comentarios, aunque me harían más feliz muchos más, pero no importa, mientras uno comente yo seguiré escribiendo mis rarezas.
Marizza: Hola, no te preocupes, las críticas no me molestan (claro mientras no sean con afán de insultar), después de todo yo se las pido, sino al contrario, me ayudan a mejorar la historia y me enseñan mis errores, así estoy más al pendiente y veo si puedo componerlos. Tienes razón cuando dices que no me animo hacer sufrir a Arthur, es que simplemente me encanta el personaje, pero prometo hacer mi mejor esfuerzo. Por último con lo del prisionero, yo más bien lo veo, como que es un juego para Alfred, le da a Arthur una probada de libertad, para luego arrebatársela, y así sucesivamente, como un gato jugando con un ratón, planeando devorarlo al final, pero bueno ese es mi punto de vista. Y claro que respeto tu opinión, muchas gracias, por eso y por tu comentario, que bueno que te guste mi historia, y cuando leí lo de mi escritura cautivante pensé "¿En serio? Waaaa ¡Que genial!". Pero bueno ya no te aburro con mi sermón. ¡Disfruta el capítulo!
NOTA: Aparecerán varios personajes más, pero quiero recalcar que a uno en especial, tal vez lo haga más "activo" a como suele comportarse en el anime o en otros fics, espero que no les moleste, tal vez en este cap no sale demasiado para que noten el ligero cambio, pero espero que después si lo vean. Me preguntó si se darán cuenta de quien hablo.
DISCLAIMER:LA SERIE DE HETALIA AXIS POWERS NO ME PERTENECE, SON OBRA DE HIDEKAZ HIMARUYA
CAPÍTULO 4:
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED
Los siguientes cuatro días, para bien o para mal, se convirtieron en rutina para Arthur. Bueno, no es que tuviera otra opción que acostumbrarse a su nuevo estilo de vida. En la mañana, cuando salía el sol, se levantaba y se daba un ligero baño con agua fría, se vestía y salía de casa bajo la mirada severa de los guardias de Alfred.
Tenía que agradecer que Elizabeta por fin se hubiera dado por vencida, la linda chica trataba fervientemente de facilitarle todo y hasta consentirlo, trayéndole a escondidas sus jabones favoritos, agua caliente, uno que otro libro y hasta té o alimentos. Él lo agradecía mucho, en serio, y la comprendía, porque no sólo fue su ama de llaves, ella lo vio crecer y algunas veces la hizo de su nana, cantándole canciones cuando era niño y preparándole galletas. Es por eso que él se negaba a sus atenciones, los guardias podían verla y se metería en problemas, el definitivamente no quería eso. Además tampoco era justo para sus demás compañeros.
Cuando estaba listo se dirigía a la cocina a empezar con su trabajo. No hacía gran cosa, lavaba los alimentos, limpiaba los trastes sucios, barría y lavaba el piso, sacaba los residuos, acomodaba los víveres en la bodega y otras pequeñas cosas. Pero sin duda, lo más horrible e insoportable era tener que aguantar la presencia de Alfred, que lo llegaba a molestar mientras estaba en la cocina, sí que disfrutaba haciéndolo miserable de diferentes maneras.
Ensuciaba el piso cuando lo terminaba de limpiar, con lodo o cualquier otra cosa. O le tiraba "sin querer" los alimentos encima. Le regresaba las platillos en frente de sus oficiales, molestándolo de que sabían mal porque de seguro él los había preparado. Otra cosa que le molestaba, además él sólo tenía derecho a comer dos veces al día, y sus raciones eran muy escasas, no podía prepararse nada en casa porque se le negaban las despensas.
Una vez mientras recogía los trastes del comedor, Alfred de la nada lo sometió por el cuello contra la pared y empezó a insultarlo diciéndole traidor, inútil, etc., enfrente de los nuevos sirvientes. Y apenas ayer, el chico le dijo que fuera a la bodega por azúcar, y cuando Arthur entró, Alfred lo encerró allí toda la noche. A pesar de que estuvo gritando, nadie lo escuchó, tuvo que dormir entre los costales de cebada y apenas hoy en la mañana Feliciano lo encontró al ir a dejar víveres. Le dolía la espalda, estaba cansado, sucio y aun así tuvo que ir a trabajar. Si, soportar a Alfred era lo que más lo agotaba. Como ahora.
Alfred había tirado un platillo, obviamente a propósito, y lo llamó específicamente a él para que lo limpiara. Y aquí estaba. Arrodillado, recogiendo los pedazos de plato rotos y la comida del piso, sintiendo los fríos ojos azules de Alfred sobre él, pero Arthur sólo se concentraba en su trabajo.
Bueno, hasta que sintió líquido frío cayendo sobre su cabeza, mojando su cabello, su rostro y su ropa. Alzó la mirada y se encontró con que Alfred había terminado de verter una copa de vino sobre él, con su mirada de siempre, arrogante. Arthur dirigió sus ojos a los demás hombres en la mesa, ya conocía sus nombres, Gilbert, Ludwig y Johan del lado derecho de Alfred, Mathías, Heracles y Sadiq a su izquierda, todos miraban a Alfred de manera seria, y Arthur mentalmente agradeció que no se estuvieran burlando. Regresó su mirada al chico, controlándose, recordando no perder la cordura y no darle el gusto a Alfred de verlo enojado.
Así que, como si nada hubiera pasado Arthur terminó de limpiar, se pudo de pie sintiendo ahora todas las miradas sobre él, e ignorando por completo a Alfred empezó a caminar a la cocina, lo que no agradó mucho al chico de ojos azules.
-Arthur no he dicho que te puedes retirar.- Pero el mencionado lo ignoró-¡Arthur!
-¡Alfred ya basta!- intervino Ludwig- Deja que se vaya
-¿Cómo? ¿Acaso lo estás defendiendo Ludwig?- Dijo Alfred con el ceño fruncido.
-No, no lo estoy haciendo, simplemente te estoy pidiendo que entres en razón.
-¡Pero es que él…
-¡Esto no se trata de él Alfred, se trata de ti! desde que llegamos lo único que haces es pensar en cómo hacerle la vida miserable, te estás comportando como un niño caprichoso, dime ¿Crees que tu abuelo aprobaría este comportamiento tan infantil?
-…
-Alfred por favor, tienes cosas más importantes en que pensar, por ejemplo, ¿no te has preguntado donde estarán los señores feudales? ¿O qué actitud tomarán los otros reinos respecto a la invasión?- A lo que Alfred sólo suspiró.- Por favor Alfred, no dejes que todo tu trabajo se arruine por tu deseo de venganza.
-Yo… lo siento Ludwig, tienes razón, no… no he estado pensando bien por culpa de ese tipo… te prometo, les prometo a todos que a partir de hoy se acabaron los juegos.- Dijo en tono serio. Todos en la mesa asintieron, aliviados de que Alfred por fin entrara en razón.
-¡Te apuesto a que mañana empiezas de nuevo!-Gritó Gilbert y Ludwig sólo pudo palmearse la cara.
Alfred estaba sentado en una de las bancas del jardín real. Últimamente le gustaba pasar tiempo en ese lugar. Le relajaba. Tenía los ojos cerrados y pensaba en sus padres, en su abuelo. ¿Ya les habrán llegado las cartas? Escuchó unas risitas y abrió los ojos buscando su origen. Vio a Emma Van Brevoort, la hermana menor de Johan junto a otra muchacha, era morena y su cabello castaño caía en dos largas coletas con moños rojos, de seguro era de la nueva servidumbre. Las dos chicas se reían y murmuraban entre sí mientras lo miraban, sonrojándose cuando Alfred volteó hacia ellas. Entonces las dos chicas dejaron de murmurar, le sonrieron y se fueron. Alfred sólo sonrió mientras las chicas se iban, ambas eran lindas, no las culpaba. Alfred era un chico realmente guapo, con su cabello rubio y sus ojos azules, lo sabía y le gustaba alardear de ello, pero en este momento no estaba interesado en ninguna chica… o chico, tenía cosas más importantes en que pensar.
-Aquí estoy.- Escuchó que le llamaban y volteó hacia el otro lado, encontrándose con Arthur.
-Vaya, hasta que por fin te dignas a venir- Le contestó Alfred.
-¿Para qué me llamaste?
-A partir de mañana ya no trabajaras en la cocina, ya hay nuevos empleados y alguien tan inútil como tu sobra ahí. Ahora trabajarás en las caballerizas con Antonio y Lovino.
-De acuerdo.- Dijo dispuesto a irse.
-Espera – Arthur rodó los ojos con fastidio por tener que escuchar al otro chico, pero aun así se quedó.- ¿No te has preguntado porque acabaste así?
-Supongo porque soy pésimo cocinando ¿Eso es lo que quieres oír?- Alfred rió.
-No tienes que decirme algo que ya sé, me refiero a que si no te da curiosidad del porque vine a invadir Eurasia, acaso no quieres saber siquiera porque terminaste en esta situación?
-No tengo idea, lo más seguro es que sea por una tontería conociendo tu comportamiento.
-¡Cállate! ¡Tú no me conoces, no tienes derecho a juzgarme, no sabes nada de mí! Ni siquiera te has dado cuenta de quién soy.-Dijo Alfred enojado levantándose del banco.
-¿Y quién eres?
-Creí que eras más inteligente Arthur, ¿Acaso mi apellido no te dice nada?
-¿Tu… apellido?- Dijo Arthur entrecerrando los ojos.
-Sí, ¿recuerdas mi nombre no? Alfred F… JONES.
-¿J-Jones? Los únicos Jones son…
-Vaya, hasta que se te ilumino la cabeza.
-No es cierto, tú… no puedes… ser un Jones.- Dijo negando con la cabeza.
-¿Así, porque?
-Porque, es imposible… la casta Jones se extinguió hace cuatro generaciones
-¿Y quién lo dice?
-Todos, el reino, los libros de historia, las familias feudales, mis padres, la casta Jones desapareció cuando el Rey Abraham y su hijo murieron.
-Querrás decir cuando el Rey fue asesinado
-¿Qué-é..
-Si Arthur, el Rey Abraham fue asesinado, no murió tranquilamente en su cama como dicen tus libros, esas son puras mentiras.
-No, tú eres el mentiroso ¿De verdad piensas que te voy a creer, a ti sobre todas las personas? Estás muy equivocado Jones, en todo.
-Hay Arthur, no sé si eres tonto o ingenuo, ¿en serio crees todos esos cuentos baratos? La verdad no me importa si me crees o no, yo sólo vine a tomar lo que por derecho me perteneces. Deberías dejar de resistirte, de todas formas tú no hubieras sido un buen rey.
-¿Y según tú, que es ser un buen rey?
-Alguien valiente, fuerte, que se deje manipular, que no confíe en nadie más que en sí mismo, porque al final todos terminan traicionándote, alguien que haga más fuerte al reino a costa de lo que sea, todo lo contrario a ti.
-Hablas como un dictador, si piensas de esa manera tan cerrada serás el peor Rey en la historia de Eurasia, bueno eso si LLEGAS a serlo.
-Basta, ni siquiera sé porque habló de esto contigo, ya solo eres un sirviente, no lo entiendes porque no has pasado todo lo que yo tuve que pasar. Vete y déjame en paz.- Con esto Arthur suspiró y regresó por donde había venido pensando en lo que Alfred le había dicho. El idiota estaba equivocado y de alguna manera se lo tenía que probar.
Mientras tanto, Alfred miraba su espalda alejándose. Cuando estuvo sólo de nuevo, dejó caer en la banca de nuevo dando un suspiró. Luego se masajeó las sienes como si le doliera la cabeza.
Siempre que hablaba con Arthur se ponía de malas. Necesitaba algo con que desquitarse.
Qué curioso. Por la mente de ambos cruzó un pensamiento similar.
Esta era la conversación más "amena" que habían tenido.
Un gran corte se extendía en el perfil derecho de Scott, desde su pómulo hasta la mandíbula, el cuchillo rasgó sin piedad su rostro una y otra vez, dejando un corte en su labio, otro en su frente y finalmente, uno entre sus ojos verdes cruzando toda su cara. Alfred no estuvo satisfecho hasta mancillar por completo el rostro de Scott a pesar de que sabía que ni una gota de sangre saldría de él.
El lienzo que alguna vez albergó el retrato del Kirkland como nuevo Rey de Eurasia ahora estaba hecho jirones, junto con las pinturas de un Scott de quince años con su padre, el Rey Albert y la pintura de la familia real un año antes de que el Rey muriera. Esos eran los retratos que estaban en la habitación del Rey Scott, ahora ocupada por Alfred. El chico había mandado a quitar todas las pinturas del castillo de la familia Kirkland, después de todo, hasta que se trasladara a Britania, ese sería su hogar. No quería levantarse en la mañana y tener que ver el rostro de su enemigo observándolo. Cuando por fin quedó satisfecho con su trabajo se dirigió al sirviente que estaba en la puerta.
-Saca los lienzos del marco y quémalos, que hagan lo mismo con todas las demás pinturas que bajaron.-Dijo Alfred mientras salía del cuarto.
-Sí Señor- El sirviente asintió y procedió a seguir la orden. Alfred salió de su cuarto y por primera vez en esos cuatro días, se fijó en las demás puertas que había en el pasillo, específicamente en una que estaba entreabierta, la más cercana a su cuarto.
-¿Sabes de quién es esa habitación?- Le preguntó al sirviente llamado Oliver.
-Era la habitación del joven Arthur, sus retratos también ya han sido retirados de las paredes, listos para que usted disponga de ellos.
-Muy bien, sigue con tu trabajo- Y diciendo esto entró lentamente a la habitación del ex príncipe. No pudo evitar que una chispa de curiosidad lo inundara.
La verdad es que no era muy diferente de la de Scott cuando entró por primera vez. Estaba la gran y hermosa cama con dosel, las ostentosas cortinas azules y los hermosos muebles tallados a mano, aunque observando mejor, era diferente en unos cuantos detalles. En la mesita de café que se hallaba al frente de la cama, había libros apilados ordenadamente, acompañándolos, había un hermoso juego de té, de seguro, hecho de la porcelana más fina del país. Hermosos floreros adornaban la habitación, e incluso se podía percibir un embriagante aroma a té y rosas.
Alfred miró curioso la habitación y se preguntó si alguien habría entrado desde que él llego al castillo, entonces su mirada se posó en las pinturas que estaban recargadas al pie de la cama, igual que las de Scott con marco dorado con imágenes de los Kirkland.
Saco su pequeña daga de bolsillo y sin vacilaciones se abalanzó sobre el primer cuadro donde un Arthur de nueve años sonreía inocentemente al lado de la Reina Margaret embarazada, ambos muy elegantes, la reina estaba sentada en un hermoso sillón con un vestido blanco y Arthur a su lado de pie, con una mano sobre el respaldo de la silla, con su trajecito blanco se veía realmente adorable y principesco.
Cuando hubo terminado pasó al segundo cuadro, en él salía toda la familia, de hecho era idéntico al que había en su cuarto. Rasgó los rostros de todos y con eso quedó satisfecho.
Pero al llegar al último cuadro, algo lo detuvo a observarlo. El rostro de Arthur era el único protagonista, la ausencia de cualquier rasgo infantil le hizo saber que ésta era la pintura más reciente del chico, se podía apreciar sólo su torso con una chaqueta blanca elegante llena de medallas. A pesar de sólo mostrar la parte superior de su cuerpo, tenía una pose galante y su traje le hacía ver realmente varonil y atractivo, bueno, más de lo que ya era. Alfred se puso a pensar que si él tuviera ropa de ese estilo, seguro se vería mucho mejor que Arthur.
Estaba listo para pasar el cuchillo por el lienzo, pero entonces llevó su mirada a la del retrato. Vaya, tenía que admitir que el pintor tenía un gran talento, los ojos del retrato eran casi iguales a los del Arthur verdadero.
Arthur, el príncipe vencido que a pesar de su situación tenía una mirada llena de determinación, orgullo y rebeldía. Una mirada casi igual a la de él. Inconscientemente se inclinó más hacia el retrato, como si este le pudiera decir lo que Arthur de carne y huesos estuviera pensando. No lo iba a negar, el príncipe había mostrado verdadera valentía y amor al aceptar humillarse por su hermano, claro, él haría lo mismo.
Entonces tal vez, Arthur y él no eran tan diferentes después de todo. Los dos estaban dispuestos a anteponer a su familia sobre ellos mismos, a velar por el bienestar ajeno. Un pensamiento nuevo cruzó su mente. Si esto era verdad, quizá Arthur, no era tan malo como su abuelo decía. Porque si Arthur se parecía a él, no podía ser malo ¿o sí? Porque, bueno, él no era malo, no quería venganza, sólo buscaba justicia para su familia. ¿De verdad Arthur no sabía nada acerca del asesinato del Rey Abraham? ¿Scott y su padre también lo ignorarína? Cómo un relámpago una idea brilló por unos segundos, pero luego se apagó.
Entonces… quizás había juzgado mal a los Kirkland.
Alfred se quedó viendo esos ojos verdes que tanto le odiaban.
Ojos rebeldes.
Ojos fieros.
Profundos…
Brillantes…
Hermosos.
-¿Alfred?- El pobre chico dio un saltito por el susto, volteando a ver a Gilbert- ¿Qué estás haciendo?
-¿Qué acaso nunca puedes tocar la puerta?- Dijo tratando de ocultar su sonrojo por el hilo que estaban tomando sus pensamientos.
-Mmmm no creo que rasgar los retratos de los Kirkland califique como comportamiento maduro Alfred.
-Lo sé, sólo quería relajarme un poco.
-Vaya forma de relajarte- Dijo Gilbert riendo- Espero que nunca te "relajes" con un retrato mío.
-No te preocupes, si me dieran ganas de hacerlo, lo haría con el de carne y hueso- Dijo Alfred siguiendo la broma de Gilbert señalando su cuchillo.
-Entonces me aseguraré de hacer bien mi trabajo.
-Sí, deberías- Contestó Alfred riendo- y bueno ¿para qué me buscabas?- Y el rostro de Gilbert se puso serio, se pasó una mano por su blanco cabello y suspiró.
-Alfred, nos han llegado reportes de ataques a grupos de vigilancia en el centro de Germania. Alguien está matando a nuestros hombres.- Alfred también se puso serio y pensó por un momento.
-¿Crees… que sea alguno de ellos?
-No solo uno, de hecho Ludwig cree que son los tres. Las huellas que dejan a su paso dicen que son por lo menos siete personas. Además no se encontró a ningún hombre con vida, tienen que ser ellos Alfred.
-De acuerdo, tendremos que enviar más hombres a los caminos principales, no podemos permitir que lleguen aquí- Dijo saliendo del cuarto junto a Gilbert. Cuando salieron, Alfred vio a Oliver entrar y lo detuvo de un brazo, el chico se quedó esperando por lo que le iba decir, pero podía ver vacilación en los ojos de Alfred hasta que por fin habló- Saca sólo los dos cuadros que están rasgados, yo mismo me desharé del de Arthur ¿de acuerdo?- Oliver asintió y entro a la recámara.
Antes de seguir a Gilbert, Alfred miro ligeramente el cuadro, preguntándose de donde habían salido esos pensamientos de que Arthur se parecía a él. Eso era una total estupidez. Eran totalmente diferentes. Su abuelo le había dicho que no confiara en ellos y él no tenía ninguna razón para pensar lo contrario. Caminó en dirección a Gilbert y los dos doblaron en una esquina del pasillo.
En la habitación del príncipe, el cuadro de Arthur yacía intacto, sin ningún rasguño de la navaja de Alfred. Después de todo, no había terminado su "conversación" con la pintura, se dijo.
Eurasia era el reino más grande de todo el mundo y sin duda, también el más diverso. Su flora y fauna variaba considerablemente, al igual que sus climas dependiendo de cada una de sus provincias, desde las cálidas playas en Hispania, hasta las frías montañas en Rossiya.
El país era tan grande que la familia gobernante tenía que designar a tres hombres de su entera confianza para que ellos administraran correctamente los recursos en las tres grandes regiones en las que se dividía Eurasia; Europa, Siberia y Asia. El Rey repartía los recursos, las tierras y el dinero, y los tres señores feudales lo distribuían en sus respectivas regiones según el criterio del Rey. Es por eso que estos tres puestos se pasaban de generación en generación, porque las familias designadas desde tiempos antiguos ya conocían bien el manejo del capital, le juraban lealtad eterna al Rey y sabían lo que les pasaría si llegarán a traicionar a Eurasia.
Las tres familias feudales eran: Los Edelstein en Europa, los Braginski en Siberia y los Honda en Asia.
El puesto, como cualquier título honorífico, generalmente se heredaba al primer varón de la familia. Al candidato se le educaba diferente de sus hermanos en materias como astronomía, historia, matemáticas y teología. También se les enseñaba el arte de la pelea con la espada y el arco, ya que no sólo se necesitaban grandes conocimientos para ocupar el puesto, sino también una gran fuerza, habilidad y valentía para defender sus regiones en caso de una rebelión, o al Rey en caso de invasión.
Aunque estos señores pudieran defenderse con sus propias manos, por lo general cada uno tenía un guardaespaldas que estaba dispuesto a dar la vida por ellos, ya que los ataques a los monarcas no eran imposibles. Después de todo, estas familias eran prácticamente las más importantes después de la familia real.
Eso es lo que había llevado a Vash a su situación actual.
Su caballo galopaba a toda velocidad por entre los frondosos árboles. A su espalda, diez jinetes vestidos de negro y armados con arcos lo perseguían con persistencia y si no fuera porque estaban en sus tierras, de seguro ya lo habrían alcanzado.
De pronto, sorpresivamente frente a él se apareció otro jinete, su caballo se paró en dos patas por el susto y Vash se agarró fuertemente de las riendas, echando su cuerpo hacia adelante para no caer y tiró de ellas tomando otro camino a su izquierda. ¡Demonios! tenía que volver al camino principal.
Le pisaban los talones y tuvo que empezar a zigzaguear para evitarlos.
Derecha. Izquierda. Derecha. Derecha.
Y de vuelta al camino principal.
-¡Más rápido! ¡Vamos!- Escuchó que empezaban a gritar los hombres detrás de él.- ¡Se está escapando!
-¡Tiren! ¡No lo dejen escapar!- Y la lluvia de flechas comenzó.
Empezó a serpentear a través de los árboles para evitarlas y perder a sus perseguidores que no tenían planeado rendirse. Bueno, el tampoco. Además ya se estaba aproximando a su destino.
Con mucho cansancio y con suerte de que ninguna flecha lo alcanzara, llegó a un estrecho páramo rodeado de vegetación y árboles enormes con forma de arco, era el lugar, entonces con todas sus fuerzas gritó ¡Ahora! Y unas seis personas salieron de entre la vegetación y de las ramas de los árboles disparando flechas a diestra y siniestra con perfecta puntería, provocando que los guardias cayeran de sus caballos muertos o mortalmente heridos.
Cuando ninguno de los hombres se levantó, las seis personas abandonaron sus posiciones y se acercaron a los cuerpos que yacían inertes en la tierra.
-Debemos encontrar una manera de movernos más rápido, a este paso llegaremos a Galia en años- Dijo Vash.
-Es cierto, la familia real no tiene tanto tiempo, da- Dijo un hombre alto de cabellos rubios platinados, de ojos violetas llamado Iván. El señor de Siberia.
-Lo más probable es que ya hayan sido capturados- Dijo su guardaespaldas, Natalia.
-¡Silencio! No creo que el Rey Scott se deje vencer tan fácilmente- Intervino Roderich, el elegante señor de Europa.
-Aun así, capturados o no, tenemos que llegar rápido a Galia sin ser detectados, perdemos tiempo valioso deshaciéndonos de los soldados.- Dijo Kiku Honda, el señor de Asia.
-Todos los caminos están vigilados, mientras sigamos transitando por ellos, definitivamente van a querer atraparnos.- Dijo Toris, un soldado de Iván.
-¿Entonces de que otra forma llegaremos aru?-Dijo Yao, guardaespaldas de Kiku.
-Roderich-san creo que debemos tomar las rutas antiguas.
-¡¿Cómo!?
-Las rutas antiguas, las que usaban los comerciantes para transportar sus mercancías.-Dijo Vash.
-Pero esas rutas, desaparecieron hace cientos de años, ahora deben de estar cubiertas por vegetación, sin mencionar que los caminos que pasan por las montañas deben estar en pésimas condiciones.- Contestó Roderich.
-Es que no hay otra forma mi Señor-respondió el rubio.
-Pero perderemos tiempo en tratar de encontrarlas- Dijo Kiku.
-No precisamente
-¿A qué te refieres Vash?
-Cuando era niño, mi padre me enseñó los caminos alternos de los comerciantes, muchos estaban en muy mal estado, algunos eran intransitables, mientras sigamos en Germania, será imposible cruzarlos, pero cuando lleguemos a Helvetia podemos tomarlos.
-Supongo que entonces tendremos que seguir tomando los caminos principales, exponiéndonos a los soldados.-Dijo Roderich.
-Sí mi Señor, pero queda poco para llegar a Helvetia, cuando lo hagamos podremos viajar sin tener que preocuparnos de que nos ataquen.
-Si es la única manera de llegar más rápido, supongo que no tenemos opción.
-Entonces, vámonos.-Dijo Iván.
Y con eso, los siete treparon a sus caballos y continuaron su camino hacia Helvetia.
Espero que el capítulo les haya gustado y que no se hayan dormido. Johan es Holanda.
Apenas estoy cayendo en cuenta que los nombres de algunas de las "provincias" de Eurasia no están explicados, procuro buscar en la historia de los países y pongo sus nombres antiguos, o los nombres de las tribus que habitaban sus regiones, o sus nombres en su idioma natal, que quede claro que son el mismo territorio sólo que con nombre diferente, entonces las provincias vendrían siendo:
Britania – Gran Bretaña
Galia – Francia
Hispania – España
Rossiya – Rusia
Germania – Alemania
Helvetia – Suiza y Liechtenstein.
Y perdonen por los tres nombres tan simples de las regiones de Eurasia, se me hizo más sencillo de esta manera. Hasta la próxima actualización!
