- Es cierto, ¿no es así, Doctor?
El Doctor y Donna se habían sentado en una mesa algo apartada, buscando algo de intimidad.
- Todo lo que ha dicho esa mujer, la criatura que mencionó - especificó Donna -. Esa bruja, o meiga, como las llaman por aquí. ¿Existe realmente? ¿Es la misma que tú escuchaste cuando caminábamos por el bosque?
El Doctor sonrió.
- Bueeeeeno - respondió, alargando la "e" de esa forma tan característica suya -. Quizás la respuesta te sorprenda un poco, Donna.
- Oh, venga ya. He conocido a criaturas a las que les salen tentáculos de la cara y a enanos calvos espaciales, los Santarum esos, ya no hay nada que pueda sorprenderme.
- Sontaran - rectificó el Doctor con infinita paciencia.
- Lo que sea. ¿Existen las brujas, Doctor? ¿Nos estamos enfrentando a una?
- Claro que existen las brujas - aseguró su amigo -. He conocido a algunas con muy malas pulgas, créeme. Aunque no sé si esta vez bastará un expelliarmuspara derrotarla.
- ¡Entonces es una bruja! - exclamó Donna, impresionada -. ¿También existe Hogwarts?
- No puedo revelar esa información - repuso el Doctor, sonriendo con picardía -. Si es una bruja, Donna, es una muy especial, desde luego, porque lo que sentí cuando la tuvimos cerca fue algo fuera de lo común. Roxana tiene razón; sea lo que sea, es una criatura poderosa. Y no es humana.
- Nunca son humanos - murmuró Donna con los ojos en blanco.
De repente la expresión del Doctor se tensó. Entrecerró los ojos y giró el cuello con brusquedad hacia la puerta de la posada.
- ¿Has sentido eso?
- ¿El qué?
- Por supuesto que no lo has sentido - murmuró el Doctor, hablando para sí mismo. Se puso en pie y cruzó una mirada con los ojos de búho de Roxana -. ¿Lo has sentido tú?
Ella asintió lentamente desde su nuevo asiento.
- ¿Qué está pasando? - quiso saber Xavier.
El Doctor se fue corriendo hacia la salida, sin darle explicaciones a nadie. Donna no se lo pensó dos veces y salió tras él.
Los dos sintieron una brisa de aire acariciándoles las mejillas en cuanto llegaron al exterior. Miraron a su alrededor atentamente, pero no vieron a nadie.
- Se acaba de ir - susurró el Doctor.
- Ahí hay algo - comentó Donna, perspicaz.
Donna condujo al Doctor hacia una serie de tallos, que pudo apreciar gracias a su vivo color verde claro, que resaltaba a la vista. Estaban tirados sobre la capa de hierba oscura que crecía salvaje entre la posada y el camino principal. El Doctor y Donna los miraron y comprendieron al instante.
- Se ha llevado a Lucía - murmuró Donna, horrorizada.
El Doctor estaba sumido en sus propias reflexiones.
- Está jugando con nosotros - dijo, pensativo, sin dejar de mirar los tallos que había dejado caer Lucía -. Sintió mi presencia. La sintió desde el primer momento, estoy seguro. Sabe que estoy aquí, que soy un Señor del Tiempo y que voy a tratar de detenerla. Esa vieja arpía es muy inteligente, pero se siente sola y aburrida, por eso quiere jugar a un juego. Me está retando a jugar con ella. Le emociona la idea de poder tener un rival a su altura. ¡Ah, te vas a arrepentir de haberme retado!
- ¿¡Cómo has averiguado todo eso!?
- Puedo sentir sus emociones con claridad - explicó el Doctor -. Con una claridad sorprendente, dicho sea de paso. Es como escuchar una radio, una radio sin palabras…
Donna siguió al Doctor, que ya volvía a entrar a la posada.
- … volverá muy pronto, Donna, tenemos que estar preparados. El problema es que sigo sin saber qué es exactamente…
Los dos amigos se dieron de bruces con Xavier, que estaba sirviendo una mesa. El Doctor dejó de parlotear al instante, y a Donna se le hizo un nudo en la garganta. Le observaron fijamente, en silencio, sin saber qué decirle.
Xavier levantó la vista y se quedó mirándolos.
- ¿Qué os ocurre? - preguntó, confuso -. ¿Por qué tenéis esas caras de pasmados?
Donna se aclaró la garganta y trató de encontrar las palabras adecuadas.
- Xavier, lo sentimos mucho, pero le ha pasado algo a Lucía.
El rostro del hombretón se ensombreció.
- No tiene ninguna gracia - respondió, mirándola como si no se pudiera creer que hubiera dicho algo así.
Se dio la vuelta y caminó hacia el mostrador, indignado. Donna y el Doctor se apresuraron a seguirle.
- Lo sentimos mucho, de verdad, pero tienes que escucharnos…
- No tiene ninguna gracia - insistió él, apoyando sus manos sobre el mostrador -. ¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿Y cómo demonios conoces a Lucía, si puede saberse?
Esa respuesta pilló totalmente desprevenida a Donna.
- La hemos conocido hoy…
- Mi mujer murió hace dos meses - respondió Xavier con sequedad.
Donna dejó la boca abierta, anonadada, y sintió que una losa caía sobre su estómago. El Doctor, en cambio, levantó una ceja y abrió mucho los ojos.
- ¡Por supuesto! - exclamó, emocionado, dándose un golpecito en la frente -. ¡Claro! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Soy un viejo tonto, un viejo muy, muy tonto!
- ¿Qué ocurre, Doctor?
- Nos estamos enfrentando a una Lilaith.
- ¿Una qué?
- Basta ya de tonterías. ¡Idos de mi taberna de una vez! ¡Y no volváis a pronunciar el nombre de mi mujer! - exclamó con voz ahogada -. Lucía lleva muerta dos meses. Lleva muerta dos meses - repitió, como si tratara de convencerse a sí mismo -. Dos meses…
El Doctor miró a Xavier a los ojos.
- Dime una cosa - pidió con suavidad -. Si tu mujer lleva muerta dos meses, ¿por qué puedes sentir su beso en la mejilla?
- Eso es…
Xavier se llevó la mano a la mejilla conforme hablaba, y calló al instante. Sus dedos temblaron mientras acariciaban con delicadeza la zona exacta de la mejilla que Lucía había besado sólo unos minutos antes.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
El Doctor iba a decir algo más, pero Donna le detuvo del brazo y le obligó a mirarla a los ojos.
- Basta - pidió con un susurro, a punto de echarse también a llorar -. No sigas, por favor. Le haces daño.
Donna sabía que el Doctor no hacía las cosas con malicia, pero a veces, durante las aventuras, olvidaba que estaba tratando con personas que eran de carne y hueso y las veía, intuía ella, como piezas del puzzle que estaba intentando resolver. Donna sabía que era su mecanismo de defensa para no enloquecer, era consciente de que si se preocupase por todo el mundo arrastraría consigo un sufrimiento demasiado grande que no le correspondía. Sin embargo, se sentía en la obligación de recordarle que ellos no eran sólo participantes de uno de sus juegos.
Se preguntó, no por primera vez, cómo la vería a ella.
- ¡Mi hijo no está! ¡No encuentro a Romanciño por ninguna parte! - gritó de repente Adela.
El Doctor y Donna se dieron la vuelta, sobresaltados. Varios vecinos trataron de calmar a Adela, pero ella no se dejó. Corría hacia una persona en concreto.
- ¡Mi ángel, mi ángel! ¡Romanciño ha desaparecido! - exclamó, angustiada -. No le encuentro por ninguna parte…
- La Lilaith ha vuelto - anunció el Doctor, sombrío.
Donna sintió que se le erizaba el vello de la nuca.
- Necesito que pienses - dijo el Doctor bruscamente, cogiendo a Adela de los brazos. Ella le miró, sorprendida -. ¿Cuál ha sido el momento de más peligro que ha vivido tu hijo?
- ¿Qué?
- ¡Piensa! - insistió el Doctor, tenso -. Necesito que recuerdes el momento de la vida de Romanciño en que más cerca estuvo de la muerte.
Adela cerró los ojos, con el dolor cruzando fugazmente su rostro. Resultaba obvio que estaba pensando en un momento específico.
- Confía en él - pidió Donna.
Adela la miró, conteniendo las lágrimas.
- Tú conoces bien ese momento, mi ángel.
- ¿Cuál fue? - insistió Donna.
Adela suspiró, resignada.
- El día en que di a luz - respondió finalmente -. Hace dos años, durante el atardecer del primer día de 1126. El día más duro de toda mi vida. O el segundo, al menos.
Ya tenían toda la información que necesitaban. El Doctor se puso en pie y corrió de nuevo hacia la salida. Donna, tras asegurarle a Adela que le traerían de vuelta a Romanciño, le siguió a toda prisa. Le encontró en el exterior, quieto como una estatua, contemplando la posada con expresión pensativa.
- ¿Qué ocurre? ¿Por qué te detienes?
- ¿Te has fijado en la posada, Donna? - preguntó él a modo de respuesta -. ¿Te has fijado en los árboles que la rodean? ¿Parece que se la vayan a comer, verdad?
Realmente lo parecía. Los árboles crecían a ras de la posada de una forma que, ahora que lo meditaba, le resultó muy poco natural a Donna.
- Sí…
- Eso es porque el bosque se la está comiendo, a ella y a todas las personas de su interior.
Y, dejando caer ese comentario tan inquietante, el Doctor se lanzó a la carrera nuevamente, con Donna pisándole los talones.
- ¿Qué es una Lalaip?
- Una Lilaith - corrigió el Doctor -. Ellas fueron las que crearon los primeros bosques de la Tierra, Donna. Son seres incorpóreos que viven en el corazón de la naturaleza, que, de hecho, son el corazón de la naturaleza. Los humanos no podéis escucharlas. O, al menos, la gran mayoría de vosotros no podéis escucharlas - añadió, recordando a Roxana -. Aunque, si te paras a escuchar con detenimiento el rumor del viento en los árboles, quizás puedas intuirla. Hay gente muy perceptiva que es capaz de sentirlas, como has podido comprobar.
- Por lo que me dices me estoy imaginando a una especie de hadas ecologistas muy agradables.
- No estoy de acuerdo con esa definición, pero podríamos llamarlas así - suspiró el Doctor, sin dejar de correr -. La mayoría de ellas son puras, Donna. Son criaturas maravillosas. He oído hablar de casos de Lilaiths que han protegido a niños que se perdieron en sus bosques, cuidándolos y guiándolos de vuelta a casa. Aman la vida, Donna, porque ellas están llenas de vida. La respetan y la veneran. Son seres generalmente inofensivos, incapaces de hacer daño. Cuando los humanos taláis un gran bosque, una Lilaith suele morir con él. Podría defenderse, oh, son muy poderosas, claro que podría, pero en la mayoría de los casos no lo hará. Son demasiado nobles. Algunas, las más leales, se quedarán a morir lentamente con su bosque, con sus árboles, pero otras huirán hacia tiempos mejores.
- ¿"Tiempos"?
- Son viajeras del tiempo - explicó el Doctor, dejando el camino principal e internándose en la senda -. Se mueven entre los bosques y entre los tiempos de todas las épocas de la Tierra. Creo que en la tuya hay bastantes viviendo en Escocia.
- Todo eso me suena muy bien - dijo Donna, exhausta, sin dejar de correr entre la vegetación -. Pero, ¿por qué la nuestra es una chiflada psicótica y asesina?
- Eso es como preguntar por qué hay humanos buenos y malos - respondió el Doctor sabiamente -. Cada Lilaith es libre de elegir su propio camino desde el momento en que nace. La de aquí ha decidido que el suyo será algo diferente a los demás.
- Ya veo, ya.
- Es muy inteligente - aseguró el Doctor -. Lleva jugando con las mentes de la gente de esta aldea desde hace mucho, mucho tiempo. ¿No te parece extraño que todos los vecinos estuvieran en la taberna al mismo tiempo, y que pasen allí todo el día? Ya oíste a Adela, su hijo dormía en una de las habitaciones del piso superior. ¿Por qué dormir allí teniendo su propia casa en la aldea?
- ¿Qué pretende, Doctor?
- Muy simple. Está llevando el ganado al matadero. Le resulta más fácil tenerlos a todos controlados en un mismo lugar.
Donna sintió un escalofrío.
- ¿Cómo puede hacer todo esto?
- Galicia es una tierra donde hay verde por todas partes, Donna. Ya lo hay a raudales en tu época, así que no hay ni que decir que, hace novecientos años, el verde era aun más extenso. Muchos dicen que ésta es una tierra donde bulle la magia. La tierra de las meigas - suspiró el Doctor, pensativo -. Quizá eso haya tenido algo que ver, quizá la Lilaith se esté aprovechando de ello, o tal vez ella sea especialmente poderosa al margen de todo eso. No lo sé. Lo que sí sé es que le ha resultado muy fácil jugar con los vecinos de una pequeña aldea de su bosque. Se está alimentando de ellos.
- ¿Cómo?
- Es una carroñera, como los Ángeles Llorones.
- ¿Quiénes son esos?
- Espero que nunca tengas que averiguarlo.
El Doctor se detuvo a recuperar el aliento, y Donna hizo lo mismo. Ya habían llegado. El color azul de la TARDIS brillaba con luz propia entre el verde profundo del bosque.
- Se alimenta de sus energías temporales - explicó el Doctor, apoyándose sobre la TARDIS -. Ya viste cómo actuaba Xavier. No recordaba a su propia mujer, y la tuvo a su lado hacía tan solo cinco minutos. No tenía manera de recordarla porque, técnicamente, murió hace dos meses. Pero eso está mal, Donna. Lucía realmente vivió esos dos meses, pero la Lilaith se los arrebató. Se alimentó de esa energía temporal. Crea pequeñas paradojas en torno a las personas. Lucía murió físicamente hace dos meses pero, de alguna forma, también los ha vivido. La Lilaith se aprovecha de eso, se vuelve más poderosa con cada una de sus víctimas. Es su alimento favorito. Es la manzana prohibida que la gran mayoría de las Lilaiths se niegan a tomar. Excepto la nuestra. Por eso es tan peligrosa, porque no respeta ni siquiera las reglas de su propia especie.
- ¿Por qué nosotros podemos recordar a Lucía y los demás no?
- Porque nosotros también somos viajeros del tiempo.
- No la olvidaré - se dijo Donna a sí misma, mirando con serenidad al Doctor -. Ella fue real, Doctor, y ninguna Liliputiense podrá cambiar eso. El beso que le dio a su marido sucedió, y siempre lo recordaré. Para mantenerlo vivo. Para honrarla. A los dos.
El Doctor sonrió a Donna y la miró con ternura, con ternura y algo más...
Allí estaba esa mirada otra vez…
- Tenemos que irnos, ya hemos perdido demasiado tiempo - anunció el Doctor, como despertando de un sueño.
El Doctor abrió las puertas de la TARDIS, y tanto él como Donna entraron apresuradamente en su interior.
- Llévanos al atardecer del primer día de 1126, a este mismo punto. No, mejor, déjanos enfrente de la posada que hay más allá, que mis corazones no podrán soportar tan pronto otra carrera tan larga. ¡Deprisa, preciosa!
Dicho y hecho. La TARDIS se puso en marcha obedientemente, consciente de que era cuestión de vida o muerte. Les dejó, con su peculiar sonido, en el lugar que le pidió el Doctor.
Él y Donna saltaron al camino sin perder ni un segundo más. La TARDIS quedaba aparcada muy a la vista, pensó Donna mientras fruncía el ceño. Cruzó los dedos para que nadie saliera de la posada en ese instante.
- ¡Ey, mira la posada! - exclamó ella.
Los árboles del bosque no se volcaban de manera tan agresiva sobre ella, parecía que crecían a su alrededor con más armonía. Incluso el camino se hallaba algo más soleado, puesto que los árboles que crecían alrededor no eran tan frondosos. Se trataba de un entorno natural exuberante, pero que resultaba menos opresivo.
- La Lilaith todavía no controlaba el lugar en este año. Solo acababa de comenzar - murmuró el Doctor -. Vamos.
El Doctor y Donna se lanzaron a correr de nuevo, siguiendo el camino. En menos de un minuto se encontraron ante una postal tan hermosa que tuvieron que detenerse un instante para admirarla.
Estaban en lo alto de una colina desde la que se podía apreciar la panorámica de una aldea costera. Alrededor de una veintena de casitas humildes, con su iglesia en el centro, estaban construidas junto a una bella playa de arena blanca a la que iban a morir suavemente las olas. El Doctor y Donna podían escuchar el relajante sonido del mar. El sol se encontraba en ese punto en el atardecer, como había mencionado Adela, y el cielo era una radiante explosión de colores. Un poco más allá, se podía distinguir lo que se trataba sin duda de una ría. Donna nunca había visto una.
No tenían más tiempo para entretenerse. Bajaron la colina a toda prisa y enfilaron por la calle principal del pueblo. Fueron a abordar a una muchacha de pelo castaño que pasaba por allí.
- ¡Hola! - saludó el Doctor, sacándose el papel psíquico del bolsillo -. ¿Sabes dónde está la casa de Adela? Hemos venido a…
- ¡Sois la ayuda! - exclamó la chiquilla, encantada -. Ya era hora. Pensábamos que no vendríais. Es esa - señaló una casa que quedaba un poco apartada de la aldea -. ¡Venga, idos, deprisa! ¡Mi hermana os necesita!
El Doctor ya se iba al trote, pero Donna se detuvo un instante y la miró.
- ¿Eres la hermana de Adela?
- Sí.
- No deberías bañarte en la ría, al menos no durante un tiempo - le dijo Donna, recordando las palabras de Roxana -. Ten mucho cuidado.
La muchacha, para sorpresa de Donna, sonrió.
- Me da igual lo que digas, mujer. Me da igual lo que digáis todos. Nadar es mi pasión y es lo que pienso hacer. Haz tu trabajo y déjame en paz.
Se dio la vuelta y se fue dignamente, dejando a Donna allí plantada con expresión consternada.
- No me ha hecho caso – murmuró -. Va a morir, y no me ha querido escuchar…
- La Lilaith a la que nos enfrentamos es así - murmuró el Doctor, apoyando su mano sobre el hombro de la pelirroja -. Viaja en el tiempo y detecta un momento en el que la persona en cuestión, por estar demasiado confiada, estuvo a punto de morir. La pobre Adela debía estar muy confiada el día de su parto, se sentiría feliz porque era el primer día que iba a ver a su hijo, al que llevaba esperando nueve meses. Nada podíasalir mal, en teoría. Oh, pero ni Adela ni nadie contaba con la Lilaith. Ella manipula las circunstancias para que el a punto se convierta en algo definitivo. No sufras por la hermana de Adela, Donna. Ya está muerta. La Lilaith ya la ha matado.
- No está muerta. La estoy viendo caminar. Estoy viendo cómo se aleja.
- Mírame, Donna - dijo el Doctor, apoyando sus manos sobre las mejillas pecosas de su amiga -. No puedes salvar a todo el mundo, ¿comprendes? Como Señor del Tiempotengo la capacidad de ver qué es lo que pasó, ha pasado, podría pasar y pasará. Ese 'podría' es con lo que podemos jugar. Ahora mismo Romanciño es quien nos necesita, porque él es ahora mismo el 'podría' más dudoso que puedas imaginar. Elige bien tus batallas. Lucha por él.
- Quiero luchar por todos.
- Eso es lo que haces, Donna Noble - murmuró él, abrazándola -. La familia de Pompeya puede corroborar eso. Pero ahora es la vida de Romanciño la que está en juego, no la de esa chica.
- De acuerdo - aceptó Donna finalmente -, pero que no sirva de precedente que te estoy haciendo caso.
- Descuida.
Apenas un minuto después ya estaban frente a la casita que les había indicado la hermana de Adela.
- La Lilaith está dentro. Puedo sentirla - susurró el Doctor.
Donna no se lo pensó dos veces y abrió la puerta bruscamente, entrando en la casa de sopetón. Era de una única estancia, así que no tuvieron problemas en encontrar a Adela. Estaba tumbada sobre un montón de paja, con la frente perlada de sudor y el pelo revuelto alrededor suyo. La mujer que la atendía les miró con alivio, pensando que debían de ser la ayuda que probablemente habían mandado a alguien a buscar.
El Doctor dio un paso atrás.
- No puedo - dijo, de repente, mirando la escena con espanto.
Donna se sorprendió de verle asustado.
- ¿Tanto miedo te da la Lolilaih?
- No es ella. Es ella - especificó señalando a Adela, que estaba tan exhausta que apenas reparó en ellos -. Está teniendo un hijo, y esa imagen… me es demasiado familiar… demasiados recuerdos…
Donna se enterneció al ver a su amigo así, temblando como un niño asustado.
- No te preocupes, Doctor, no pasa nada.
- Tendrás que ir tú sola.
- ¿¡Qué!?
- Me voy a comer algo, estoy rendida - comentó la vecina, que pasó al lado del Doctor y Donna -. Adela ya lleva tres horas de parto - se acercó a ellos y susurró en voz muy baja -: creo que el bebé está muerto, pero no se lo digan a la madre. Traten de que lo expulse lo más rápidamente posible, y luego tírenlo al mar.
Donna se quedó con la boca abierta por la brutal sinceridad de aquella señora, que se despidió de ellos con un amable saludo. La vida en el 1126 no debía ser fácil, pensó con un estremecimiento.
- Lo siento - se disculpó el Doctor -. No te dejaría sola si no supiera que realmente puedes hacerlo. Hazlo, por favor. Habla con ella. Ayúdala. Pero no me hagas pasar por esto… otra vez.
Donna asintió con la cabeza, respetando la decisión de su amigo. Caminó lentamente hacía Adela, sintiendo que sus piernas se tambaleaban como la gelatina. Se agachó frente a ella y la miró, impactada. Era la misma Adela que la invitaría a varias rondas en una taberna, dos años más tarde.
Adela trató de abrir los ojos.
- Estoy tan cansada…
Donna dio un respingo.
- Trata de empujar, Adela.
- Estoy cansada…
- Sigue intentándolo. Tienes que hacerlo.
- ¿Para qué? - estalló ella, sobresaltando a Donna -. No creas que no he visto la expresión de Rut. Ella cree que mi bebé está muerto.
- No está muerto - aseguró Donna -. Yo sé que no está muerto.
- ¿Cómo vas a saberlo?
- Porque lo sé. ¡Empuja!
Adela hizo un nuevo esfuerzo. Gritó de dolor.
- No puedo más.
- Claro que puedes - aseguró Donna -. Lo estoy viendo, ya falta poco. Lo peor ha pasado. Sigue.
- No puedo.
- Sí puedes.
- ¿Cómo sabes que mi bebé no está muerto? - insistió ella, desesperada -. ¿Cómo puedes saberlo?
- Porque le he visto crecer - respondió Donna con suavidad -. Sé que será un niño, y será hermoso. Será el niño más encantador de toda Galicia. Y tú serás una madre fantástica, Adela. Vas a querer tanto a este niño que le dará sentido a tu mundo. Todas las noches te sentarás junto a él, en su cama, y le hablarás de su padre. Le hablarás de lo mucho que os quería, y de lo mucho que os sigue queriendo. Él está aquí, puedo sentirlo - dijo Donna desde el corazón -, y, ¿sabes qué? Está sonriendo.
Adela miró a Donna como si la hubiera visto por primera vez. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, pero su llanto no tenía nada que ver con el dolor del parto.
- Ahora, ¡sigue empujando!
Los minutos pasaron, y Donna siguió animando segundo a segundo a Adela a que no se rindiera. Finalmente, hubo un avance.
- ¡Espera! - exclamó Donna -. Se le ha enganchado el cordón umbilical en el cuello.
Donna trató de desenredarlo, aterrada, temiendo matar al bebé con solo tocarlo. Fueron los segundos más tensos de toda su vida.
- El bebé ya está bien. Un último esfuerzo. ¡Venga!
Adela gritó con toda la fuerza que quedaba en sus pulmones, y finalmente Romanciño vio la luz. Donna lo tomó, alegre, sintiendo unas ganas locas de reír.
- ¿Por qué no llora? - preguntó Adela con un hilo de voz.
Donna miró al bebé. Algo iba mal.
- No, no, no - murmuró, angustiada -. ¡No dejaré que te lo lleves!
Lo apretó contra su pecho con infinita delicadeza, dándole calor, y le dio unas suaves palmaditas en la espalda.
- Llora, por favor - pidió Donna, estando ella misma al borde las lágrimas -. No dejaré que te lo lleves, no te dejaré…
Romanciño, de pronto, rompió a llorar, y su sonido sonó como el de la lluvia tras una sequía interminable. Donna lloró junto a él, abrazándolo.
- Mi bebé - murmuró Adela en cuando Donna se lo pasó con delicadeza -. Lo has salvado.
Donna se puso en pie, mareada, y fue a ver al Doctor, que estaba esperándola al otro lado de la puerta.
- Doctor, no me encuentro bien…
- ¿Ya te vas? - le preguntó Adela, sosteniendo al bebé en brazos, pero Donna no la oyó -. Nunca te olvidaré… Adiós, mi ángel.
