Una tarde tranquila, un atardecer rojizo y poético, Draco Malfoy se durmió en la banca de una plaza muggle. Se revolvía, gemía y fruncía el ceño. Una joven de pelo castaño y grandes ojos verdes le observaba atenta. En verdad parecía que todo su alrededor era digno de atención para ella, a juzgar por el tiempo que se quedó mirando la copa de un árbol y luego la abeja que revoloteaba de un lado a otro, y así sucesivamente. Aunque sin duda, el joven dormido en la banca era su mayor objeto de estudio. Moría por hablar con él y preguntarle por qué no se iba a dormir a su casa.
Por ello se acercó a la banca, dubitativa. Lo pensó por algunos momentos y decidió hacerse espacio con movimientos poco delicados. Pero el chico seguía dormido. Finalmente, comenzó a sacudirlo de los brazos. Y como resultado, su futuro interlocutor regresó a la realidad.
–Eh… –la mirada gris, confundida, irritada se encuentra con un par de iris verdes dilatados por la sorpresa de haber conseguido el objetivo- ¿Sabes hace cuánto tiempo no lograba dormir?- obviando por supuesto todas las preguntas lógicas que cabría hacerse un momento como aquel.
–Buenos días ciudadano, soy Astoria Greengrass –dice la chica muy segura de si misma, ignorando la reacción del otro. Acto seguido se inclina para coger la mano del rubio, lánguida –mucho gusto.
