Sé que estos capítulos son algo sosos y que no descubrimos muchas cosas de los personajes. Estoy tratando de crear una tensión que estallará dentro de muy poco.
Tan pronto como Sora lo vio, el rostro desapareció de la ventana. Ella enmudeció mientras el resto continuaba riéndose. Matt fue quién se percató de la palidez de su rostro.
–Sora, ¿Te encuentras mal? No tienes buena cara –observó preocupado.
–Había alguien en la ventana -contestó, consternada–. Un hombre, no recuerdo haberlo visto por aquí.
–Parece que hayas visto a un fantasma –rió Tai, acercándose a la ventana para escudriñar–. No veo a nadie por aquí.
–Estaba con la cabeza pegada al cristal, espiando –explicó Sora, acercándose a la ventana con rapidez.
–Tal vez sea uno de mantenimiento –sopesó Matt, levantando la cabeza por encima de ellos para ver.
–No tenía pinta de eso.
–El hombre feo y grasiento de mantenimiento ha asustado a la pequeña Sora -canturreó Tai.
–Si lo vieras te mearías encima –replicó Sora con seriedad.
–Déjame que lo dude.
–Chicos –oyeron decir a Izzy a sus espaldas–. Lo siento pero tenéis que iros.
Se dieron la vuelta y se miraron por unos instantes, Matt alzando la ceja.
–Bueno, ha sido un placer, Izzy –Tai se despegó del alféizar de la ventana y tendió la mano a Izzy, que se quedó un rato mirándola hasta que finalmente la estrechó.
–Ha sido un placer –respondió.
–¿Ese hombre era familiar tuyo, Izzy? –Preguntó Sota, temerosa de haber ofendido a Izzy.
–No, no lo es. Tenéis que iros ya, lo siento.
-Ya nos vamos –respondió Sora, fingiendo una sonrisa–. Ha sido un placer.
Al salir de la casa, Sora volvió la cabeza en dirección al lugar donde había visto aparecer al inquietante hombre. Agudizó la vista para captar algún movimiento en la lejanía, pero no había rastro alguno del individuo.
–¿No estarás loca, verdad? –Inquirió Tai en un tono serio que la ofendió–. Porque, ya sabes, eres la única que dice haber visto cosas.
–Habían alguien en la ventana –Insistió.
–Yo la creo –declaró Matt–. Es más, no me extrañaría nada que fuera él quien atacó la otra noche.
Sora sintió un escalofrío ante el comentario. Por alguna razón, había tenido la impresión de que el sujeto de la noche anterior tenía que ser alguien decididamente amenazador, y comprobar que así era la hizo sentirse inquieta. No era propio de ella ser tan temerosa. Había algo en ese rostro que le resultaba terriblemente familiar, y el que no supiera el porqué solo lo hacía más escalofriante.
–Ah, eso me recuerda a contarle a la directora que vimos un ciervo repelado hasta los huesos -saltó Tai, golpeando la palma de su mano con su puño.
–No que tenga la entereza suficiente para enfrentarse a la directora –dijo Matt–. ¿Vistéis cómo reaccionó cuando supo lo de Hanoko?
–Es toda una femme fatale –opinó Tai.
–Eres tonto, Tai –dije Sora sin poder evitar sonreír–. No es que me caiga muy bien, pero creo que lo hace para no hablen mal del campamento.
–Hay algo muy raro en ella –insistió Tai, parándose de repente y mirando con seriedad a Sora y Matt–. Últimamente he estado pensando.
–No me digas –respondieron Sora y Matt al unísono.
–Creo que algo huele a podrido en Dinamarca.
–Pues menudo olfato tienes –dijo Matt con humor.
–Vaya, eso ha sido realmente malo, Matt –rió Sora, provocando una sonrisa de frustración en el muchacho.
–Para que una vez que no eres un ciníco vas y metes la pata –Tai lo señalo con el dedo y estalló en carcajadas.
–Es lo que tiene pasar tanto tiempo con un payaso sin gracia -atacó Sora, haciendo que Tai dejara de reír al instante.
–¿Desde cuando eres tan...?
–¿Qué estabas diciendo sobre la directora? –Le cortó Sora, sintiéndose muy satisfecha.
–Sí, esto... Creo que la directora oculta algo.
–Si te refieres a su historial amoroso tengo que decirte que naciste ayer.
–Prácticamente violó a la amiga de Hanoko con la mirada. Y le echó la culpa del ataque a unos animales que nunca ha habido por aquí. Bueno, a no ser que haya una especie de ardillas asesinas que recién aparecida. El caso es que ninguno de vosotros podéis negar que las cosas aquí están algo cambiadas, cosas muy excitantes que hay que investigar.
Por unos momentos Sora sintió que volvía atrás en el tiempo. A las tardes de después de las clases en el parque, cuando el Sol estaba escondiéndose en el horizonte y Tai, como hechizado por la inminente llegada de la noche, se ponía a imaginar historias a cada cual más disparatada. A pesar de ello, Sora y el el resto siempre acababan por seguirle la corriente, e incluso creérselas, bien pudiera ser porque disfrutaban formando parte de esa aventura imaginaria o por brillo de la mirada de Tai, que no daba cabida al escepticismo aunque lo que dijera fuese un disparate.
–Y, bueno, no tenemos nada mejor que hacer por aquí –continuó emocionado–. ¿Qué decís?
–Supongo que tienes razón –contestó Matt–. Hay algo rato en todo esto, aunque seguro que no es tan exagerado como te imaginas, Tai. ¿Tú que dices, Sora?
–Um –murmuró pensativa–. No sé, podríamos romper las reglas y yo tengo una reputación que mantener.
–Le aseguro que no llegaremos a esos extremos, detective Takenouchi.
–Está bien -aceptó con mientras inspeccionaba al chico con los ojos entrecerrados-. Pero si pasa algo, tú asumes toda la responsabilidad.
Se dieron la mano, concluyendo el pacto y comenzaron a especular y a trazar planes. Sora lo hacía más por diversión que por nada, aunque, al igual que los chicos, tenía cierta curiosidad. Cuando jugaban con Tai, la línea entre la ficción y la realidad se hacía muy fina. Quizás, lo que les atraía esta vez y diferenciaba de sus juegos infantiles, era que había elementos muy reales de por medio con los que dar rienda suelta a la imaginación: el ataque a la chica, el animal muerto, las apariciones fugaces en la noche y el hombre con la cara pegada a la ventana. Definitivamente era esto último el misterio que más sobrecogía a Sora. Tai había aprovechado estos detalles para montar extravagantes historias que incluían mafias extranjeras y hombres-lobo.
Contrario a las predicciones de Sora, que había previsto un abandono de la investigación por ausencia de pruebas, ocurrieron algunos sucesos extraños que les incitaron a continuar con el juego. El primero fue la aparición de una sorpresiva tormenta de verano como hacía años no se había visto. El cielo se convirtió en un imponente muro gris cargado de agua y electricidad. Afortunadamente, el campamento tenía convenientemente instalados los pararrayos y los campistas so tuvieron que lidiar con unas cuantas goteras, problema que solucionaron con unas toallas y la arcilla sobrante del taller de manualidades. No era realmente nada relacionado con la investigación, pero en opinión de Tai, proporcionaba un atmósfera inmejorable para tratar de resolver el misterio del campamento. No era raro verlos en la sala de lectura charlando, taza de chocolate en mano, sobre cosas que solo ellos parecían entender.
Una noche, mientras Tai trataba de buscar una relación entre la pérdida de calidad del chocolate, el cambio de temperaturas y el ciervo muerto de hace dos noches, se encontraron con Joe a y aprovecharon para hablar con él. Para sorpresa de los chicos, Joe había sido capaz de hablar con la directora, debido a que la conocía anteriormente por darle clases particulares a Mimi -un caso perdido, opinaba él-. Al contrario de lo que habían imaginado, la directora no lo había ignorado ni le había hecho prometer que no diría una palabra del ciervo y del ataque a Sora -quien, para alivio de Sora, se le olvidó mencionar en su historia; tenía pocas ganas de ser interrogada por la señora Tachikawa-, sino que había estado de acuerdo con él y había decidido organizar una reunión para el sábado.
–Y no se si os habéis dado cuenta de lo que ha ocurrido hace unas horas –continuó Joe, cogiendo sitio en la mesa. Sora, Tai y Matt se acercaron a él, curiosos–. Resulta que el chico este de los mocos, creo que se llamaba Akio, iba a cruzar los límites del campamento para ir a comprar alcohol al pueblo con el gorila de su amigo, no sé como se llama. Y aquí viene lo bueno: se toparon con unos señores uniformados que les impidieron el paso.
–Serian guardias contratados por el campamento –explicó Sora, sorbiendo un poco de su chocolate.
–Ah, claro, y necesitan escopetas para protegerse de unos adolescentes.
–¿En serio llevaban armas? -Sora estuvo a punto de escupir el chocolate que tenía en la boca.
–En serio –aseguró Joe–. El otro día iba a llamar a mi madre para decírselo y aquí viene lo segundo más interesante del día: las cabinas estaban fuera de funcionamiento –añadió Joe con dramatismo, levantando mucho sus cejas tras sus gafas redondas, recordándole a Sora a una de esas vecinas cotillas que hay en todos los barrios.
–Bueno, eso tiene fácil explicación –dijo Matt–. Ha habido una tormenta hace nada.
–Podría ser, pero no no ha caído ningún rayo en ninguna red telefónica –se inclinó hacia ellos y dijo en un susurro– Creo que es evidente que algo no anda bien por aquí. Y tengo la impresión de que pronto ocurrirá algo muy, muy malo.
–Wow, espero que sea así –dijo Tai con entusiasmo.
–No seas infantil, Tai, esto es serio –espetó Sora,
Días más tarde las palabras de Joe se cumplieron, y Sora odiaría a Tai por haberse sentido emocionado al respecto. Bien entrada la tarde del sábado, la directora Tachikawa los reunió a todos en la caseta principal. De nuevo hubo murmullos de excitación, y de nuevo fueron acallados por la profesora. Esta vez no fue porque estuviera enfadada con todos; se había quitado las gafas de sol, rebelando unos ojos verdes claros que brillaban con frialdad, pero también con una pizca de compasión cuando anunció la muerte de Takashi. Lo habían encontrado masa allá del límite permitido, con su cuerpo surcado de heridas graves que habían acabado con su vida. No dieron detalles acerca del perpetrador del acto, pero dejaron caer que había sido un animal salvaje.
La tormenta se había ido, pero aun permanecían en el cielo las nubes grises, estáticas, como si fuera un enorme y triste tapiz lo que envolvía el campamento en lugar del cielo. La muerte de Takashi afectó mucho a los campistas. Incluso Sora se arrepintió de que sus últimas palabras con él hubieran sido advertencias. Pero, cuando se paró reflexionar, concluyó que era absurdo arrepentirse de ello. Si hubiera ido el domingo a la caseta principal donde estaban leyendo discursos en honor a Takashi probablemente habría dicho que el chico ni le caía precisamente bien, pero que al fin y al cabo era un adolescente inmaduro, una persona con sueños que se habían roto por una muerte horrorosa.
Curiosamente, aunque la muerte de Takashi los había dejado a todos taciturnos y silenciosos, nadie le echaba realmente de menos. Algunas chicas del grupo de Mimi habían llorado juntas lo guapo que era, pero al día siguiente siguieron con sus chismes. Sora no supo si indignarse o envidiarlas por como estaban manejando la situación. La parte más realista y abofeteable de ella consideró la posibilidad de que muchos incluso se alegraran de su muerte. Más que verse afectados por su pérdida, los campistas estaban afectados por como la muerte podía llevarse a quien quisiera en cualquier momento. Imaginaba que la más afectada sería Mimi, pero no vio a la chica durante ese tiempo, y al parecer tampoco había estado presente durante la lectura de discurso.
Como consecuencia de tal acontecimiento, el baile anual quedó postergado para la semana siguiente. Sora se sorprendió que no hubieran optado por cancelarlo; la última cosa que se le ocurriría después de la muerte de un ser querido sería bailar. Aunque Takashi estaba lejos de significar tanto para ella, era una excusa perfecta para no ir.
–Sora, querida –la llamó alguien desde atrás mientras ella se dirigía a la cafetería a hablar y tenía todas esas cosas en mente.
Se quedó paralizada, pues esa voz era la voz de la directora. Y la había llamado "querida". Imposible no tener miedo.
–Buenas, señora –la saludó Sora casi como si saludara a un sargento. La directora le dedicó una sonrisa que le invitó a dejar las formalidades. Llevaba un mono verde que a Sora le parecía bastante feo, pero que supuso debía ser la nueva moda. Esperó a que llegara a su posición y caminaron juntas por un sendero situado detrás de las casetas.
–¿Irás mañana al baile inaugural, verdad?
–No lo creo. No tengo vestido apropiado para ese evento.
–¿Cómo qué no? –Se escandalizó, la directora, sus ojos verdes la juzgaron con dureza, pero luego sonrió, dulcificando el rostro–. No tienes de lo que preocuparte, yo te dejaré un vestido. No tenemos la misma talla, pero seguro que puedes ponerte algo de Mimi.
Sora no estaba segura de querer ponerse nada de lo que llevara Mimi, pero había atrapado su brazo con el suyo y ahora daban media vuelta en dirección a su caseta. Miró hacia atrás, a su preciada cafetería, donde Tai y Matt seguramente la estaban mirando desde una ventana; con un poco de suerte vendrían a rescatarla. Pero, pensándolo bien, seguro que Tai se estaba riendo de ella por pasar ese mal momento.
Anocheció cuando entraron a la casa de la directora. Era, naturalmente, mucho más grande que el resto y estaba decorada con cuadros extraños y coloridos. En el comedor, donde la directora la había dejado antes de ponerse a buscar un vestido, abundaban especialmente.A Sora le hizo gracia el sillón con forma de labios y una figura de cera de un perro con ojos saltones. Se asomó al pasillo y pudo comprobar que la casa tenía dos cuartos de baño. La puerta de la habitación donde se había metido la señora Tachikawa estaba entrecerrada, y la luz incidía en un jarrón de piedra muy feo con forma de mujer desnuda.
Sacó el móvil de su bolsillo y escribió breve mensaje a Tai para decirle que no saldría un poco. Con un poco de suerte, la directora la mataría antes de hacerle probar vestidos.
–¡Sora, ya he encontrado el vestido! –La llamó desde la habitación.
Sora tomó aire y entró en la habitación. Había todo tipo de vestidos tirados por el suelo y por la cama, muchos con lentejuelas, lazos y recargados de adornos, pero otros, como el que estaba cuidadosamente dejado en la cama, que eran muy bonitos. El que había escogido para ella era uno bastante sencillo de tirantes color salmón que parecía cómodo.
Se fue quitando prendes hasta quedarse en ropa interior mientras la señora Tachikawa elegía los zapatos adecuados. Cogió el vestido, con cuidado de arrugarlo, y se metió en él, recordando una desagradable anécdota cuando era niña en la que casi se había ahogado mientras intentaba sacar la cabeza de un traje de hada que había tenido que ponerse para una función escolar. Esta vez consiguió sacar la cabeza exitosamente y encajó los tirantes en los hombros. Era bastante fresco, suave y cómodo. Se dio la vuelta para que la directora la viera.
–Estás preciosa –dijo, casi conmovida. Se levantó y la fue rodeando –. El vestido no podría ser mejor; te sienta como un guante, combina muy bien con tu pelo pelirrojo y te permite mostrar tus bonitas piernas.
–Tiene buen gusto –dijo Sora, sorprendiéndose de ser tan pelota.
–Solo te falta una cosa –le indicó con la mano que entrara en el cuarto de baño.
La señora Tachikawa cogió la silla del escritorio de Mimi e hizo a Sora sentarse en ella.
–Deberían encerrar a Goro por haberte permitido traerte aquí sin traje de gala –comentó mientras peinaba peinaba su cabello con sus manos.
–¿Sabe cuándo va a venir? –Preguntó Sora, interesada por la mención de su padre.
–No lo sé, siempre está tan atareado –respondió en un tono que a Sora le hizo pensar que podrían ser amigo. Eso elevó su opinión sobre la señora Tachikawa. –. Voy a cortarte las puntas.
Sacó unas tijeras de un armario y las colocó cerca de la frente de Sora. Un mechón de pelo cayó a sus pies. Sora no podía evitar mirar con sus dos ojos a los afilados bordes de las tijeras, que centelleaban a la luz blanca. Se mantuvo quieta, cerrando los ojos y esperando que pasara pronto. Siempre había odiado las tijeras y las peluquerías. Afortunadamente, la señora Tachikawa acabó con pericia y rapidez la tarea.
Dejó las tijeras en el armario y Sora se levantó para verse ante el espejo. Sí era cierto que estaba bastante guapa y que su cabello hacía una buena combinación con el vestido.
–¿Tienes pintalabios? –Preguntó la directora. Sora negó con la cabeza y la señora Tachikawa sonrió – . Igual a su padre. Bueno, de todas formas, tienes los labios rosados, no creo que lo necesites –suspiró–. Las mujeres confiamos demasiado en el maquillaje, y hay veces en las que somos más guapa sin él. Tú no lo necesitas, Sora, eres muy guapa. Si tuviera que apostar por alguien mañana, lo haría por ti.
–Creo que ganará Mimi –opinó Sora, sintiéndose inmediatamente arrepentida de haberlo dicho; la directoria podría pensar que era una indirecta a la poca objetividad de los jueces.
Para su alivio, la señora Tachikawa no se enfadó. Pero sí suspiró con tristeza.
–Mimi no va a asistir este año al baile.
–¿Se encuentra bien? –Preguntó Sora.
–Está pasando por un mal momento. Pero le diré que Sora Takenouchi le da ánimos. Sí, seguro que le gustará oír eso –Sora no estaba muy convencida de tal afirmación, así que solo calló–. Te parecerá un poco absurdo festejar después de las cosas horribles que ha pasado, pero creo un poco de distensión será bueno para los campistas, ¿estás de acuerdo con mi decisión? Pues bien, quiero que mañana disfrutes y te olvides de todo. Estoy seguro que será un gran día para ti.
