Uf... bueno, al fin despues de muuucho les traigo un capitulo nuevo. Espero me sepan disculpar, pero como estoy de salida por terminar el semestre los maestros nos traen locos de tareas y exámenes. Una semana más, una semana más... y soy ¡LIBREEEEEE! :D

bueno, volviendo al fic, muchas gracias a todas las personas que me dejaron comentarios en "Facebook" (mi otro fic) les tengo la nueva de un proyecto nuevo, que espero poder publicar en breve. Mil gracias a:

AliceCullen, Karito CullenMasen, XkanakoX, Maricoles y Laubellacullen94

por sus hermosos y apreciables comentarios :D ¡Me animan e inspiran! muchas gracias.

Disclaimer.-Nada es mío, los personajes son de SM solo me divierto escribiendo.


Capitulo 3.

La Huida.

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—¡Que valientes sois!—les dijo Isabella con una sonrisa a un montón de guardias en los umbrales de los calabozos—Se merecen una recompensa.

—Lady Isabella—se puso de pie uno de los soldados, con expresión preocupada. Los demás siguieron sentados y viéndola fijamente—No debería estar aquí, es peligroso. Sir Mike nos dijo….

—O yo sé perfectamente qué les dijo—mintió—Pero no se preocupen. Sé que en presencia de ustedes estoy completamente a salvo. Se mostraron tan valientes hoy en el ataque de esos irlandeses que quise agradecerles de manera personal.

Les dedicó una amigable sonrisa, tendiéndoles la charola plateada donde reposaban los jarrones llenos de licor. Los soldados primero miraron recelos a la mujer, pero se relajaron. Después de todo Lady Isabella siempre fue reconocida por ser tan suave y dulce. Sonrieron, agradecieron y cada uno cogió la jarra que más cerca tenían.

Isabella los vio cuando tomaron los jarrones, sonrió de nuevo y subió los escalones. Apenas dio la curva y se asomó, escondida por el muro, esperando pacientemente. No tardaron ni diez minutos en que los hombres cayeron desfallecidos en el suelo, roncando con intensidad.

Por mucho tiempo Isabella criticó las enseñanzas de su madre en la alquimia, ahora las bendijo. Bajó y saltó los cuerpos levantándose las faldas. Caminó por los estrechos y húmedos pasillos hasta el calabozo principal, al mejor fondo.

Y ahí estaba, inclinado en una esquina. Respiraba con algo de dificultad y en la otra celda, separada únicamente por una reja, estaba el otro muchacho. Al escuchar el ruido se tensaron, y al verla no pudieron ocultar el asombro en sus dos ojos. Isabella se inclinó y sacó de entre sus túnicas las llaves pesadas y de hierro macizo.

—¿Pero qué haces aquí?—preguntó Edward en inglés, ella no le contestó, abrió rápidamente la celda para que saliera. Después corrió a la celda del niño y la abrió también.

Al momento en que Edward se puso de pie, notó la sangre que manchaba sus túnicas. Quizá alguna herida durante la batalla o un castigo de Mike. Isabella no se detuvo a pensar mucho.

—Rápido, nos debemos marchar.—les dijo.

—¿Cómo?.—preguntó el muchacho. Isabella se sorprendió de que también hablará inglés. Le dedicó una mirada corta.—Todo debe estar rodeado.

—Hay un pasadizo—fue la respuesta de Edward—Síganme.

Isabella no hizo preguntas. Al momento en que dio un paso hacia ellos, el irlandés volteó a verla con una mirada pentrante, sus verdes ojos intensos por la contrariedad de sus sentimientos.

—¿Vendrá?

—Ese fue nuestro acuerdo—le dijo—Además, si me quedo…

Tembló solo de pensarlo. Fue cuando Edward notó que Isabella se agarraba el talle con incomodidad. Pensó entonces en la forma tan asustada con la que lo miraba, las condiciones en que la encontró en los aposentos y después, en ese tal Mike.

—No diga mas. Vámonos.

Isabella asintió.

El muchacho ni dijo nada y siguió caminando con los dos, por detrás. Edward dio vueltas más y más al fondo de los estrechos y ahora oscuros pasillos del calabozo. Isabella conocía poco de esas zonas de Ghlóir, en parte porque Mike apenas y la dejaba recorrer los salones principales. Ver las telarañas colgando del techo y las gotas de agua formando moho no era agradable, pero sí tolerable,

Al caminar, Edward se agarraba con fuerza el hombro. Isabella comenzó a preocuparse cuando, en determinado relieve, tropezó hasta casi caerse. No lo conocía mucho, pero solo de ver su aspecto físico indicaba años de ejercicio y entrenamiento. Pensó en decir algo, más se quedó callada.

Edward estaba demasiado inmerso en sus pensamientos. Fuera del dolor físico, había un dolor más emocional. Escapar de Ghlóir de la forma en que lo estaba haciendo le devolvía el recuerde de Jessica y no pudo evitar sentirse nuevamente desdichado. Los pasos tímidos de la joven detrás de él lo atormentaban ¿Por qué había jurado sacarla de Ghlóir? No tenía sentido.

—Anthony, por favor mueve tú la piedra. Yo no tengo muchas fuerzas—le dijo al muchacho. Éste asintió y se inclinó en la pared, dejando caer todo su peso a través de las manos. La roca apenas se movía ante la fuerza del escuálida muchacho.

Edward resopló, se inclinó y usó su hombro bueno para empujar, ayudándolo. Isabella los vio batallar y ella misma usó sus dos manos para aplicar la poca fuerza de sus brazos. Quería ser útil, considerando que escapaban de un malvado loco sin que ellos tuvieran una mínima obligación hacia ella.

Finalmente la roca se desplazó revelando un túnel angosto y húmedo que apestaba. Ella no se quejó y ando ciegamente tras los dos chicos, tropezando con rocas y escuchando ruidos. El túnel al fin terminó saliendo en un corredor mejor formado y de apariencia estable. Al salir, por una puerta de piedra, se sorprendió de mucho de encontrarse en la iglesia.

—Pero…¿Cómo?

La ignoraron.

La tintineante luz de la vela le llegó a sus ojos, molestándola después de todo ese tiempo caminando a ciegas. Miró al padre O'Bryan con expresión de asombro y alivio, hablando en irlandés hacia los dos.

¡Bendito sea el señor y están a salvo!—se dirigió a Edward—¿Dónde están los demás soldados?

El corazón de Isabella saltó por la culpa ¿Había más soldados encarcelados? No se había percatado; sumida en sus propias necesidades y miedos, se le olvidaron por completo.

Encerrados—repuso Edward—Buscaremos una forma de sacarlos.

—¿Y ella?.—la apuntó descaradamente.

—Fue quien nos sacó. Una aliada.

Asintió.

—¿Dónde podemos pasar la noche?

—En la azotea, donde siempre.

—Padre ¿Puede por favor proporcionarme vendas y aguja? La herida del guerrero me preocupa—dijo.

El padre O'Bryan no ocultó su asombro de escucharla hablar en irlandés.

—Sí hija, claro…

Ni Edward ni Anthony dijeron nada más y los tres caminaron en un incómodo silencio hacia la azotea, donde el padre O'Bryan les dejó la veladora, prendió una más y se apresuró a ir por los pedidos de Lady Isabella. Además de las medicinas les dejó mucha agua y trozos de pan fresco, así como media botella de vino.

—Come—le ordenó Edward a Anthony.

—Pero no tengo hambre.

—Ya.

El muchacho furfulló en irlandés unas frases que Isabella no se molestó en escuchar. Miró de reojo al guerrero, que la había salvado sin decirle nada ni exigirla algo. Estaba pensando seriamente si pensaría cobrarse de otra forma el favor, pero desechó el pensamiento. Ese hombre se notaba a leguas que no era como Mike, y a pesar de ser un total desconocido, despertaba en ella cierta confianza.

Rezando porque sus presentimientos fueran buenos, agarró la botella de vino y las vendas.

—No—replicó el hombre—Lo puedo hacer yo.

—Por favor—le suplicó—Es lo menos que puedo hacer después de que me salvaras.

—Tu también me salvaste—le dijo—Estamos a mano.

Su voz sonaba dura e inflexible. Isabella estaba asustada por eso, pero no retrocedió.

—Por favor.

Viendo su expresión triste, de niña solitaria, Edward se tumbó y resignado desvió la mirada. Isabella se inclinó, rasgando la tela de las túnicas y rociando el vino sobre la herida. Frunció el ceño ante el dolor, pero no gritó ni hizo ruido alguno. Anthony, desde el otro lado de la pequeña habitación, los miraba curioso.

—¿Cómo os habéis lastimado?—preguntó al fin, para saciar su curiosidad.

—Obra de ese bastardo que tienes por esposo.

—Ese hombre nunca será mi marido.

—¿No?

—Jamás.

Y lo dijo con una firmeza que, involuntariamente, causó respetos en Edward.

Ella cosió con finura y delicadeza la herida, sus manos eran tan ligeras que apenas le dolía y después de vendar, Edward pudo recostarse a descansar un poco. Anthony prontamente apagó las veladoras, para que nadie supiera de sus presencias.

—Muchas gracias—dijo ella nuevamente.

—Descansa.—le ordenó.

—Pero…

—Hazlo.

Acostumbrado como estaba a dar órdenes, ella supo entonces que no era más que una acompañante más, una especie de estorbo, que después sería dejado a lo largo del viaje en el primer lugar donde pudiesen. Se recostó en el suelo, pensando qué sería de su vida.

Habían cambiado tantas cosas y en tan poco tiempo. Pero extrañamente, no se sentía preocupada. Una corazonada le decía que ese guerrero postrado al otro lado de la habitación, era de fiar.

Y confiaba en él infinitamente más que en Mike.

o-o

Charlie Swan, conde de Longfort, miró el trozo de papel en sus manos. Sus miedos estaban creciendo y mucho pensó antes de abrir el sobre. Desdobló la carta, leyendo con ansiedad su contenido. No leyó ni medio párrafo cuando sus manos temblaron de la más intensa ira.

Sus ojos se llenaron de lágrimas por la indignación, pero no fueron derramadas. Estrujó la carta en sus manos, con fuerza y pensó en quemarla, pero se contuvo. Esa carta era evidencia. Charlie caminó hacia los aposentos de su esposa y entró sin avisar, demasiada era su cólera para pensar en formalidades.

Reneé Swan se espantó y después, al reconocer la faz de su marido, pudo relajarse. Sentándose nuevamente en su tocador, lo miró de frente.

—¿Qué ocurre, que andas tan molesto?—inquirió, notando el color rojo de su rostro y el trozo de papel en sus manos.

—¡Mira tu, mujer!—y le tiró la carta.

Reneé se inclinó, la recogió y leyó. Tuvo que hacerlo dos veces para convencerse de lo que estaba pasando. Su acongojado corazón de madre se estrujo y dio un salto, causándole dolor. Se dejó caer sobre el taburete, pálida y con expresión de desconcierto.

—¡No puede ser cierto!—gritó—¡No!

—Pues lo es ¿O acaso consideras a nuestra hija mentirosa?

—Desde luego que no, Bella jamás lo ha sido. Pero… pero..

—¿Qué es lo que no crees, mujer?

Ella tembló, más pálida y llorando.

—Mike…

—¡No menciones el nombre de ese infame!—gritó Charlie, golpeando la pared y sintiéndose el peor de los padres—Ahórrame más corajes y enfermedades. Prepara tus cosas, apenas puedas partirás a Irlanda.

Los ojos de Reneé se abrieron y se puso de pie inmediatamente.

—¿Qué?—reclamó—¿Pretendes que vaya a ese lugar incivilizado y…?

—¡Si!—gritó el Conde—Tu debes como madre te lo pide. Tu esposo te lo exige. Tu hija lo suplica ¿Piensas negarte?

Atemorizada por el carácter de su marido, Reneé retrocedió dos pasos.

—No—respondió con suavidad.

—Bien. Yo partiré esta misma tarde.

—¿Tan pronto?

—Así es ¿O qué esperabas?

—No lo sé… más prudencia en este asunto.

—No pienso que mi hija sufra más ¿Entendiste?—aunque no gritaba, resultó la amenaza más tenebrosa de todas las frases mencionadas en esa conversación—Y tu deberás partir a no más tardar en tres días.

—Como diga mi señor.

—Nos veremos después.

Ella asintió y Charlie salió del cuarto.

Casi corrió hasta a los establos. Dio órdenes rápidas a los criados y montó a caballo, con la carta en su bolsillo. No podía creerlo. solo de pensar en su pequeña y querida hija Isabella, torturada, humillada, condenada a ese martirio, le hacía sentirse triste e inútil. Ella era en toda la extensión de la palabra su hija favorita, la más querida, y haría todo lo posible por salvarla del tormento que vivía.

Se preguntó porqué le escribía hasta ahora. Seguro ese Mike interceptó las demás cartas ¡De no haberse enfermado…! Maldita su salud. Pero ya estaba bien. Y su hija nunca más volvería a sufrir un maltrato.

De eso se encargaría personalmente.


Eso es todo.

Muchas gracias por leer.

Si me dejan un comentario muchísimo mejor.

Nos leemos después!