Un pasaje de ida
Las clases habían terminado en Canterlot High y las muchachas se encontraban
disfrutando de las vacaciones estivales. Tres de ellas, Fluttershy, Pinkie Pie y Rarity
habían coincidido para ir juntas al cine. Aguardaban en la acera la llegada del ómnibus
mientras conversaban animadamente y contaban el dinero para refrigerios. Twilight
había declinado amablemente la invitación, argumentando que ya había leído los tres
tomos de lo que ahora se había transformado en película y aún tenía pendiente su
lectura de verano.
De repente, las ruedas de un par de bicicletas emitieron un odioso chirrido al quemarse
sobre el asfalto caliente de aquella tarde veraniega; Fluttershy dio un respingo.
Applejack y Rainbow Dash habían derrapado media calle hasta frenar en seco ante sus
narices; al parecer llevaban algún tiempo buscándolas. Sentadas sobre el cordón de la
vereda, Pinkie Pie y Rarity alzaron la vista.
- ¡Hola! – jadeó Rainbow, a modo de saludo - ¿Alguna de ustedes ha visto a Sunset?
- Hace tres días que no responde los mensajes ni las llamadas. – apuntó Applejack.
- Oh, no,… yo no… - Rarity comenzó a balbucear, pero fue interrumpida de inmediato
por Pinkie Pie.
- Hace varios días que no puedo localizarla. Tenía que llevarle un desayuno sorpresa, no
contestó cuando toqué el timbre de su puerta, así que creí que estaba durmiendo y me
puse a cantarle una canción para despertarla. El casero me oyó y le invité pastel, pero no
quiso pastel y me obligó a salir huyendo. Volví aquella misma tarde y me subí al árbol
de la acera para llamarla por la ventana, pero había un panal de abejas y no les gustó
que a mí me gustara la miel. Regresé al otro día con invitaciones para la fiesta quincenal
de escamas de Goomy, pero…
- ¿Fiesta quincenal de escamas…?
- Sí, cuando pierde una escama, le sale otra, ¡es como un diente! Y luego volví en la
semana cuatro o siete veces más, pero nunca di con señales de ella…bueno, porque no
estaba oscuro como para que me diera señales, y además necesitaría una linterna. Y…
- Ahora que lo dicen… - la voz de Fluttershy se oyó como un tenue susurro – Yo
tampoco he recibido noticias suyas. Íbamos a aportar nuestras tres horas semanales en el
hogar de mascotas y jamás vino a buscarme. Creí que estaría muy ocupada, pero ahora
que lo pienso… ¿qué tal si se encuentra en peligro?
- ¿Dicen que no atiende al teléfono? – inquirió Rarity.
- Así es.
- Qué extraño…
- Nosotras nos dirigimos ahora mismo a su casa. – Le interrumpió Rainbow Dash -
¿Vienen o no?
Acto seguido, Dash empuñó el manubrio y colocó su bicicleta en paralelo a la calle para
cargar en ella a sus amigas. Fluttershy optó por sujetarse a Applejack, en el asiento de
atrás de su bici verde y cromo; pensaba que era buena idea no arriesgarse con alguien
tan temerario como Rainbow Dash, quien ya tenía la vista clavada en la peligrosa curva
de allá adelante. Pinkie ni siquiera se detuvo a pensarlo: simplemente brincó tras Dash
alistándose para coger velocidad. Infló sus mejillas, conteniendo el aire con emoción,
como si estuviese a punto de lanzarse en paracaídas. Rarity agitó nerviosamente las
manos.
- ¡Un momento, un…momento! ¿Dónde se supone que van a llevarme a mí? ¿No
esperarán que…? Olvídenlo, pediré un taxi.
- Si te molesta compartir asiento con Pinkie puedes sentarse en el cuadro de la bici de
Applejack. – Espetó Dash, nerviosa – La mía no lo tiene.
Rarity oteó con suma preocupación aquella escena: Rainbow llevaba una bicicleta de
montaña rojo fuego pero con un diseño de cuadro femenino, lo que permitía que llevase
acompañantes sólo en el portaequipajes. La de Applejack era una bicicleta de montaña
rústica y masculina que podía cargar a más de una persona…si una de esas personas no
ponía quejas para viajar en el caño central. Fluttershy apretó el ceño, aterrada por tener
que ceder su lugar.
- ¿Quieres darte prisa? – gritó Dash, perdiendo los estribos. Applejack estiró la mano,
tomó a Rarity de su mochila y de un empellón la hizo despegar los pies del suelo. Lo
único que Rarity atinó a hacer fue engullir aire y contener un grito de espanto.
Applejack era demasiado fuerte como para evitar ser plantada sobre la bici como un oso
de felpa. Y antes de que pudiera darse cuenta, habían echado a correr calle abajo a toda
velocidad. No existía vía de escape: o se aferraba a Applejack o la perdían en la primera
curva.
Arribar al Hogar para Señoritas donde Sunset Shimmer rentaba un cuarto no fue difícil,
lo difícil había sido eludir a los taxistas… y a la policía, que desde hacía dos calles creía
que las cuatro jovencitas corriendo desbocadas por la extensa avenida eran un peligro
potencial.
Dieron vuelta a la primera esquina y se apearon todas a la vez, echando
desesperadamente sus bicicletas bajo los arbustos del jardín delantero del complejo de
departamentos, rogando que la patrulla no las viera. En efecto, tumbadas en el suelo con
todo y auriculares evitaron ser vistas y el móvil policial se perdió a lo lejos calle arriba.
Todas respiraron aliviadas,…excepto Rarity, al filo de un ataque de nervios, y Pinkie,
que se atragantó con su propia goma de mascar.
Entraron seguidas de cerca por la atenta mirada del portero del edificio; las cuatro
jovencitas parecían salidas de una expedición a la selva amazónica: hojas en el cabello,
ramas, la ropa manchada. La delicada mochila de Rarity se había hecho jirones cuando
todas le cayeron encima para esconderse. Desaliñadas, sucias y con el cabello revuelto,
empero se encaminaron decididamente hasta el ascensor que las llevaría al segundo
piso.
Nadie contestaba a los desesperados llamados a la puerta y el dedo índice de Pinkie
ardía de tantos toques al timbre. Dado que Sunset no tenía compañera de habitación,
asumieron definitivamente que algo grave estaba ocurriendo.
- ¡No puedo esperar más! – Rainbow salió disparada hacia el pasillo por el que habían
venido y tomó el ascensor de vuelta a planta baja.
¡Dash! – Applejack no comprendió nada. Pinkie echó a correr tras ella junto a
Fluttershy, pero como el ascensor estaba en uso tomaron las escaleras.
- ¡Esperen! ¿A dónde van? – se horrorizó Rarity, pero Applejack había tomado las
escaleras también, bajando los escalones al galope, de dos en dos.
Rainbow Dash surcó ante las narices desorientadas del portero que, otra vez
contemplaba al alborotado grupo de adolescentes con cierta preocupación. La muchacha
de cabellos multicolores saltó limpiamente la baranda de la escalera principal
precipitándose al jardín principal. Dos minutos después era alcanzada por todo el resto
del equipo.
- ¡Dash! ¡Detente! ¡Qué haces!
Rainbow había metido los pies entre las rejas ornamentales que hacían las veces de
sostén para las plantas con flores que cubrían los muros y daban al edificio un toque
fresco y colorido. Sin siquiera calcular los riesgos había comenzado una escalada que le
llevó temerariamente hasta el balcón del departamento de Sunset. Si la ventana estaba
abierta, se escabulliría dentro sin dudarlo. Abajo, sus amigas estallaron en gritos.
Dash se sujetó ferozmente al barandal del balcón e intentó colocar los pies de tal forma
que le fuera posible incorporarse ante la ventana e intentar abrirla, pero un grito desde el
interior del hall principal les puso a todas el cabello de punta:
- ¡Eh, jovencitas!
El encargado del edificio les había seguido hasta allí. Estaban en problemas. A menos
que…
- ¡Pinkie! – Rarity tomó a su amiga de los hombros y le empujó hacia el centro del
jardín – ¡Finge un acceso de histeria, una descompostura estomacal, lo que sea!
Pinkie se puso a danzar en círculos y a emitir sonidos extraños. El encargado llegó a
toda prisa.
- ¡Por Dios Santo! ¿Qué sucede aquí?
Rarity, echando mano a toda su habilidad actoral, gimió con voz desesperada:
- ¡Oh, no lo sabemos! ¡Quizá el viaje, quizá el calor o la hiedra…!
- ¿Hiedra?
Raity se percató en un mismo segundo que lo que había dicho iba a empeorar las cosas.
Al murmurar que su amiga era alérgica a la hiedra que pendía de los muros,
naturalmente el encargado se volvió para observar a la planta. Descubriría a Dash
intentando abrir la ventana y todo habría terminado. Rarity le tomó el rostro con las
manos, imitando una explosión histérica:
- ¡Oh, por favor! ¡Vea qué mal se encuentra! ¡Creo que morirá!
Pinkie Pie se dedicó a fingir un colapso que derivó en hipo compulsivo debido a la risa.
Gracias al cielo, esto fue convincente para el portero.
- ¡Llamaré a una ambulancia! –gritó, y salió corriendo.
¡Por todas las rabas agrias! – Chilló Applejack, rascándose la cabeza de nervios -
¡Ustedes dos no podrían estar más locas!
- No tanto como tu amiga de allá arriba. – apuntó Rarity, molesta.
Applejack levantó la mirada, hacia Rainbow.
- ¡Dash! - gritó - ¡Ya nos hemos metido en un soberano lío! ¡Será mejor que logres tu
cometido o…!
- ¡Ella no está aquí! – gritó Rainbow desde el balcón. Había logrado abrir la ventana y
se había escabullido en la pequeña habitación. Había encontrado la cama desecha pero
todas sus cosas estaban ahí.
- ¿Qué dices? – Applejack se ponía más nerviosa a cada minuto.
Rainbow giró en redondo sobre sus talones buscando a simple vista alguna pista en la
habitación que pudiera indicarles lo que había ocurrido. No tenían mucho tiempo. Allí
estaba el teléfono de Sunset, con cientos y cientos de mensajes y numerosas llamadas
perdidas de sus amigas. Estaba su ropa, su mochila, sus zapatos. Incluso su librería:
cuadernos, bolígrafos, libros de texto. También había fotografías de todas ellas, en el
muro, alrededor de su mesa de noche. No daba la impresión de que Sunset planeara
fugarse, o hubiese empacado para hacer un largo viaje. Aquello era más alarmante; se
parecía a la escena de un rapto, o a algo quizá peor.
Dash podía escuchar los reclamos de Applejack desde el jardín, pero aún así estiró el
cuello y husmeó más de cerca; debía existir alguna explicación. Lo que vio sobre el
pequeño escritorio que descansaba junto a la pared le despertó curiosidad. Diez o quince
dibujos, hechos a mano y coloreados con lápiz, todos sobre una misma temática.
Rainbow los tomó entre sus manos; en los papeles podía verse distintos grupos de lo
que parecían ser ponys en diversos escenarios. Los había rojos, naranjas, amarillos;
todos distintos. Los había con alas, con cuernos, sin nada de estos atributos o con todos
a la vez. Había castillos, praderas, bosques oscuros y montañas. Sólo un detalle era el
mismo en cada obra: una pequeña unicornio color durazno con larga y hermosa melena
del color del fuego. Se le veía feliz, muy feliz. El verde de sus ojos era encendido y
relampagueante, su sonrisa enorme y su plenitud, obvia. Eran como fotografías de la
memoria. Un lugar adonde escaparse con la imaginación, cuando Sunset quisiera.
Dash frunció el entrecejo, preocupada. Aquello comenzaba a adquirir un tinte que no le
gustaba. Recordaba que Sunset les hablara alguna vez sobre su tierra natal sobrenatural
y su antigua forma física. Recordaba haber escuchado que se trataba de un unicornio de
color durazno. No le cupieron dudas; Sunset no estaba bien y algo se proponía.
- ¡Dash! ¡Por lo que más quieras, ahí viene el encargado!
Rainbow giró sobre su eje dispuesta a salir corriendo y escapar del mismo modo en que
había entrado. Tomó todos aquellos dibujos antes de escapar, podrían contener alguna
pista más y debían examinarlos. Dio dos pasos y algo se desprendió de entre el pilón de
hojas que llevaba entre sus manos.
Un papel rosado.
Nerviosa y presionada por los gritos de sus amigas, Dash se detuvo a recogerlo de todas
formas. Era demasiado testaruda como para dejar algo librado al azar.
Era un pequeño manuscrito, en letra un tanto desordenada, que decía algo así como "es
hora de volver, quiero ir a casa."
- ¡Dash! ¡Subiré por ti!
La sangre se le había helado en las entrañas. De todas formas se obligó a correr hasta el
balcón e iniciar un torpe descenso.
- ¡Ya voy…! – se apremió a gritar, sin poder arrancar de su mente ni de su cuerpo el
estupor de haber hallado ese mensaje. - ¡Ah…!
La última pisada había sido errónea y Dash resbaló, cayendo sobre la baranda del
balcón y dando un giro en el aire con todo y evidencia. Las chicas gritaron de terror.
Dash cayó al vacío, hacia un golpe directo que le rompería todos los huesos. Pero
alguien la contuvo tan pronto como pudo.
- ¡Flash…! – las amigas gritaron todas a la vez; Fluttershy empezó a llorar. El
muchacho cruzaba el jardín cuando observó el espectáculo y supo que Rainbow caería
sin remedio. La había atrapado entre sus brazos pero por desgracia el impulso les había
hecho irse de espaldas a los dos. Afortunadamente, no había huesos rotos. Las
muchachas se arremolinaron alrededor, desesperadas.
- ¡Dios mío!
- ¿Rainbow? ¿Flash?
- ¡Chicos, eso fue increíble! ¡Otra vez!
- Gracias a Dios, parece que están bien.
- ¡Dash! ¿Cómo se te ocurre…?
Rainbow se incorporó rápidamente, más preocupada por los papeles que había dejado
caer que por su propia integridad física.
- ¿Los papeles? – Chilló - ¡Yo traía papeles! ¿Alguien vio los papeles?
- ¡Aquí! ¡Aquí! – Brincó Pinkie – ¡Creí que eran confeti pero son demasiado grandes!
¡Los tengo a todos!
- ¡Fabuloso, Pinkie! – Dash engulló aire – Debemos darnos prisa. Gracias, Flash. Te
debo una.
- No pasa nada. – respondió el muchacho, ciñéndose la chaqueta de cuero – Cuando las
vi montar semejante show supuse que venían aquí por Sunset.
- ¿Sabes lo de Sunset? ¿Sabes dónde está?
- No sé nada. Por eso estoy aquí. No respondía mis llamadas, así que creí que debía
saber qué andaba mal.
- ¡Perfecto! – Ironizó Dash, cada vez más alterada - ¡Ahora sí de verdad estoy
preocupada!
¡Ahí viene el encargado! – Applejack los empujó a todos para que echasen a correr por
el jardín. - ¡Vamos, vamos! ¡Después conversan!
- ¡Rápido, las bicicletas! – ordenó Dash.
- ¡A mí no van a llevarme colgada de nuevo! – gritó Rarity, furiosa.
- ¡Yo te llevo! – respondió Flash, corriendo a quitar el pie de apoyo a su bicicleta.
- ¡Oh, qué fortuna! – rió Rarity.
- ¡Dense prisa! – les urgió Applajack una vez más. Todos tomaron sus posiciones y la
huida se inició, a toda velocidad y hacia la plaza.
