Capítulo IV

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Estaba nuevamente frente al espejo, mirando el nombre tatuado en mi vientre, buscando quizás, encontrar el recuerdo de ese momento en que debí decidir hacerlo.

—Mierda…

Mascullé cansado, volviendo a poner le parche en su sitio y acomodándome la ropa. Me masajeé la frente, saliendo del baño, sin saber qué iba a hacer con este problema. David había dicho que teníamos que encontrar a esas chicas, pero lo único que teníamos eran un par de nombres de pila y, claro, un par de certificados de matrimonio extendidos en Las Vegas. El problema es que ni siquiera sabíamos en qué 'juzgado' nos habíamos casado.

Resoplé, dejándome caer boca abajo en la cama, con la cabeza casi colgando y una mano tocando el piso. ¿Cómo era posible que Tom y yo, terminásemos casados? Intenté centrarme, otra vez, en los recuerdos, pero siempre llegaba al mismo punto, Tom y Morgana, abrazados como si se conocieran de toda la vida, algunos pasos por delante de Helena y yo, que íbamos tomados de la mano. Me sentía mareado, muy mareado, pero lo cierto es que me sentía también, extraordinariamente liberado, como si todos los problemas, los inconvenientes y las obligaciones, se hallaran en una especie de mundo paralelo, al que no tenía pensado regresar.

¿Quieres hacer algo divertido? —me había preguntado ella, sonriendo con esa mezcla de dulzura y complicidad que había llamado mi atención desde el principio.

¡Claro! —respondí, sin siquiera pensármelo. Ella tomó mi mano, con las dos suyas y tiró de mí, al interior de un nuevo salón de juego, sin dejar de mirarme, casi como si me invitara a pisar en la cornisa del infierno y mirar en su interior.

No podía negar que recordar aquella mirada me extasiaba nuevamente. ¿Tan prisionero me sentía, que en cuanto encontré una puerta de escape, ya no medí mis acciones?

—Estaba borracho —me recordé en voz alta, girándome para mirar al techo blanco.

La puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.

—¿Qué?... —alcancé a preguntar, antes de que Tom me hablara con una expresión extraña y un grito contenido.

—¡Bill! —me extendió el teléfono de casa.

—¿Qué pasa?—pregunté nuevamente, recibiéndolo.

—Mamá—respondió Tom, alejándose del teléfono, como si tuviese un virus.

—¿Y por qué me la pasas a mí? —le reclamé, tapando el auricular, pero escuchando claramente la voz de mi madre gritando mi nombre.

Estaba furiosa.

Mi expresión de pregunta, para Tom fue obvia. ¿Quién le había contado a mi madre?

—No sé… —alzó las manos Tom.

En ese momento la voz de mi madre se escuchó, preguntando por mi hermano. Tom se encogió sobre sí mismo. Me acerqué el teléfono al oído.

—Mamá.

Lo siguiente fue alejarme el teléfono unos cuantos centímetros, porque mi madre estaba que rebotaba de enfado.

—¡Cómo es posible que me entere por la televisión, de cosas como estás! —escuché claramente.

—¿Cómo que por televisión? —pregunté mirando a Tom, ¿tan lejos había llegado todo en, prácticamente, un día?

—¡Tú abuela quieres subirse a un avión y traerlos de las orejas a ambos! —mi madre no estaba dispuesta a escuchar.

—Mamá… —intenté.

—¡Quiero una explicación ahora mismo Bill Kaulitz! —continuaba. Yo sentí un frío hilo recorrer mi columna. Mamá era capaz de tomarse un avión y llegar a casa a reñirnos. Era una mujer muy práctica, pero siempre nos había enseñado a que nuestra vida era eso, nuestra, pero esperaba que usáramos el criterio que nos había enseñado a tener, y esto, claramente, se salía de dicho criterio.

—¿Y Tom? —pregunté intentando dar largas.

Mi hermano me miró con ganas de estrangularme, yo me encogí de hombros, ¿qué esperaba?, no me iba a llevar el regaño yo sólo.

—¡Dame con tu hermano! —exclamó mi madre y yo le extendí el teléfono a Tom.

—Serás… —me arrebató el teléfono—mamá.

Escuché las exclamaciones de mi madre, a pesar de que era Tom quien sostenía el teléfono. Mi hermano suspiró y esperó, pacientemente.

—Lo arreglaremos mamá… —dijo y luego me sonrió—Te paso con él.

Miré el teléfono que me extendía y luego a él. Tomé el aparato y se lo arranque de la mano.

—Sí —respondí a mi madre, que ya estaba tomando aire, para dejarme caer otra serie de reclamos—Lo solucionaremos mamá, ya estamos mayores, si metemos la pata tenemos que afrontarlo y ya está.

—¿Afrontarlo?, ¡¿afrontarlo? —cerré los ojos, no lograría que se callara—¡¿qué harás?, ¡¿traerás a tu esposa a casa? —habló con tono irónico, pero no fue eso lo que me puso la espalda como escarpias. Fue la palabra 'esposa'.

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—No puedo creerlo —expresó Helena, cuando vio el tatuaje que me había hecho. Pero en realidad, la que no podía creérselo era yo. ¿Cómo diablos era que tenía el nombre de Bill tatuado casi en la pelvis?

Resoplé.

—Esto es el colmo —manifesté mi enfado, mientras me acomodaba nuevamente la ropa— si ni siquiera me caía bien.

—Por el tatuaje, no parece que te cayera tan mal… —indicó ella, callándose ante la mirada que le di, a través del espejo del baño.

Cuando terminé de arreglarme el cinturón del pantalón, volví a hablar.

—¿Cómo es que terminamos acostándonos? —expresé la pregunta que llevaba haciéndome desde que Alex me mostrara la imagen.

—¿Y eso es lo que te preocupa? —me preguntó Helena. La miré nuevamente, tenía razón. Lo que ahora tenía que preocuparme era conseguir ese divorcio.

—Al menos sé quién es… —hice una mueca expresando mi escasa conformidad, mientras me acomodaba el cabello en el espejo del baño.

Había estado en la oficina de Alex, hasta hacía un momento y me había sentido tan agobiada, que había detenido la discusión a la mitad, con la promesa de regresar.

—Y al menos sabemos que son hermanos… —murmuró Helena. La miré. Sus palabras me habían resultado demasiado curiosas.

—¿Tienes interés en el hermano? —cuyo nombre llevo tatuado, agregó mi mente.

—Bueno… digamos que… —vaciló. La observé más atentamente, ya sospechaba yo que había algo que me ocultaba.

—¿Qué?... —la insté implacable.

Las palabras de su boca, salieron con tanta rapidez, que tuve que pensarlas un momento, luego de oírselas.

—Me casé con él.

La miré, parpadee y cuando comprendí lo que eso significaba, tuve ganas de estrangularla.

—¡¿Lo sabías?

Helena abrió la boca para decir algo, pero se comió las palabras.

—¿Serás?... —sentía que iba a estallar de lo furiosa que estaba, pero aún así no encontraba calificativo suficiente, en todo el repertorio de palabrotas que me sabía, para calificarla— ¡mala amiga!

Gruñí de rabia.

—Ay, Mor... no es tan terrible, ya sabemos quiénes son. Vamos, nos divorciamos y ya está —alzó las manos, como los magos cuando muestran que las tienen limpias de trucos.

Enfaticé cada palabra, intentando que en su minúscula cabecita entrara ese hecho.

—Pero no sabíamos quienes eran.

Se encogió de hombros.

—Ahora sí, era cuestión de tiempo —le quitó relevancia, como si estuviese hablando de comprar leche desnatada o semidesnatada.

Eché el aire fuera, hasta que se me vaciaron los pulmones. Y aún tenía que regresar con Alex.

Volví a mirar a Helena.

—Ahora te irás conmigo a ver a Alex —le advertí, de camino a la salida del baño.

—¿Yo?, ¿por qué? —reclamó a mi espalda— la casada que le importa eres tú.

Me detuve y la observé. Sus ojos claros me miraban del mismo modo que habían hecho, cuando con trece años, me dijo que le había escrito al chico que me gustaba y que este le había respondido. Como si no viese nada malo en ello.

—Vamos —le dije, ya sin capacidad para alterarme.

Caminar, desde el baño, hasta la oficina de Alex, me hizo sentir como el recorrido que hacen los condenados a muerte. Sabía que una vez entrara en esa oficina, tendría que confesar todos mis pecados, a excepción del tatuaje, ese no se lo diría ni loca.

Di dos golpes en la puerta y abrí. Alex estaba hablando por el teléfono y me hizo un gesto con la mano, para que entrara.

—Sí, sí… nos encargaremos de llevar la situación —hizo una pausa, escuchando a su interlocutor— desde luego, si hay algo, ya lo comentaremos—otra pausa, me indicó una silla, pero no me senté—le llamaré señor Jost, descuide—me miró directamente, yo le mantuve la mirada, aunque se me estaban poniendo los nudillos blancos, de tanto apretar el respaldo de la silla—adiós.

Cortó la llamada.

—Helena… veo que Morgana ha traído a su abogada—habló Alex con sarcasmo.

—Las dos estamos metidas en el lío, ella se casó con el hermano —le solté sin anestesia.

—¿Qué?

Suspiré, éste estaba siendo un día demasiado largo.

Alex se puso en pie y dio una vuelta sobre sí mismo, con ambas manos en la cintura, observando los objetos sobre su escritorio.

—No preguntaré cómo ha pasado esto… —comenzó a ordenar los dos lápices que había sobre el escritorio, alineándolos con la libreta y el portátil—porque me temo que no me va a gustar —respiró profundamente y nos miró. Primero a mí, luego a Helena, para volver a fijar su mirada en mí—esa cuenta es muy importante para nosotros y no quisiera perderla por esto —nos mantuvimos en silencio—no sé cuál es el plan del manager, para acallar las voces de la prensa, que en este momento está dilapidando la imagen de la banda —comenzó a agitar la mano en el aire para enfatizar sus palabras—por no sé qué cosa del alma gemela de uno de ellos, del otro no he sabido nada.

¿Alma gemela?, pero ¿qué cursilada era esa?

—¿Ellos saben qué…? —comencé a preguntar, con tanta cautela, que no terminé la frase.

—No… —negó mirándome— no saben que trabajas en esta agencia. Trabajan —corrigió de inmediato— Pero no podré ocultarlo, David Jost, el manager —aclaró, ante mi interrogante silenciosa, ya que aún no interiorizaba nada de la información que me había dejado para el trabajo—está que se sube por las paredes intentando encontrarlas.

Me sentí, de pronto, intimidada. Pero como si lo hubiese adivinado, Helena sacó la voz.

—Entonces nos presentaremos con ellos, nos verán, nos divorciaremos y ya está —se encogió de hombros, como era habitual en ella, todo parecía sencillo desde su prisma de la vida.

—Helena —dije su nombre en tono cansino, esperando que comprendiera que no era tan fácil.

—Morgana espera… —habló Alex— no es mala idea…

Me quedé observándolo, esperando que complementara aquella aseveración, porque mi cabeza no comprendía, en qué universo podía ser buena idea presentarme ante mi ¿esposo?, con el tatuaje de mi cuñado de camino al paraíso.

—La fotografía en la que sales, la obtuve por la prensa, Jost no sabe que la he visto y de esa manera dejamos el problema en sus manos.

Complemento, demasiado bien, su afirmación.

—¿Ves? —me sonrió Helena.

Yo sentía la sangre cada vez más fría. Creo que iba de paso a convertirme en lagartija.

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Mantenía las manos sobre el volante del coche, apretando con tanta fuerza, que se me estaba cortando la circulación de la sangre. Notaba la boca seca y el estómago hecho un nudo. Antes todas estas sensaciones, prefería mil veces, la resaca que había pasado hacía unas horas atrás.

—Cálmate—me pidió Helena, junto a mí.

—Me pides demasiado.

Habíamos conseguido una cita de trabajo con la banda, una cita que había sido programada en la casa de dos de ellos, suponía que los dos que estaban enlazados legalmente a nuestra vidas. Se suponía que íbamos a tratar el tema de la promoción de la gira y que, probablemente, nos informarían de su situación con la prensa. Aunque bien sabía yo, que no llegaríamos a esa parte, en cuanto nos vieran todo sería un torbellino.

—Toca el timbre y salgamos de este lío de una vez —me instó Helena— ¿qué nos puede pasar?

Ante sus palabras, un trozo de mi cabeza, que no estaba ocupado por la aprensión, se sintió aliviado.

—Vamos, total, ya estamos casadas ¿no? —dije, tocando el timbre.

—¡Así se habla! —me animó ella. Le sonreí.

Después de todo, habíamos ido a Las Vegas, para tener unos días de aventura, lejos de las presiones de la realidad.

"¿Sí?"

Escuché una voz, al otro lado del portero automático, pero ante la sola idea de entrar ahí, el nudo que tenía en el estómago apretó un poco más y la voz no me salió.

"¿Sí?"

Insistió la voz, que de alguna manera pareció infiltrarse, en esos recuerdos que no lograba reflotar del mar de alcohol de esa noche.

—Venimos de 'Revolution' —salió en mi rescaté Helena.

"Bien"

El sonido del intercomunicador dio paso a otro sonido, el de la puerta de entrada abriéndose para nosotras.

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"La regla es; Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Pero no siempre puedes cumplirla."

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Continuará…

Ainsss… me encanta, qué bien me lo estoy pasando a costa de estos cuatro… jajajajjaja…

Les explico. En este capítulo he puesto puntos de vista mezclados, ya saben que muchas veces pongo un capítulo de cada uno, pero aquí he avanzado de acuerdo a la necesidad de la historia, así que al cambiar el punto de vista, he dejado un espacio más amplio.

Besos y muchas gracias por leer.

Siempre en amor.

Anyara