Los personajes se sobreentiende que son propiedad de Stephenie Meyer, por desgracia (ya me gustaría que Edward, Jasper o Carlisle me pertenecieran). La historia original es de Richard Paul Evans, que a su vez, le pertenece a una mujer americana. Así que no se dejen engañar, de alguna forma u otra, esto sí ocurrió.
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CAPÍTULO III
Ya estaba oscuro, y por la ventana, Esme alcanzó a ver que John había llegado. No debería sorprenderle la hora en que llegaba, pero lo que le molestaba era que le había prometido a Edward que llegaría temprano para jugar con él. Pero a estas horas, Edward ya estaba dormido, agotado por su enfermedad, y triste porque el vuelo de su padre se había retrasado.
Esme se dirigió a la cocina, a recalentar la cena que se había esmerado en preparar para la llegada de su esposo, luego de una larga ausencia. Escuchó a John entrar a la casa, saludando de manera informal, y enseguida el sonido de la televisión. No se molestó en responderle el saludo, ni en llamarlo para la cena. Él vendría hasta que terminara lo que sea que estuviera viendo.
John entró a la cocina, y tomando a Esme por la cintura, quien estaba sirviendo los platos en la mesa, la besó en la frente. Ella ni se inmutó. Se sentaron a la mesa, y John apenas si probó la comida. Las lágrimas inundaron los ojos de Esme, pero se obligó a no llorar delante de él.
-¿Comiste antes de llegar? -le preguntó, sin mirarlo a los ojos.
-Si, comí algo en el avión -le dio un trago a su copa-. ¿Y Edward?
-Está dormido. Su padre le dijo que llegaría temprano para jugar con él, pero lamentablemente su vuelo se retrasó... O simplemente llegó a la hora que le dio la gana....
-Pues el avión se retrasó, lo creas o no... -replicó él con voz molesta. Esme estaba demasiado cansada para discutir con él. Terminaron de cenar, y Esme recogió la mesa, y se fue a la habitación, tomando en el camino la chaqueta de John para guardarla. John se quedó viendo televisión, un partido importante de futbol. Cuando finalizó, se fue a la recámara, y se acostó. Oyó la ducha, y esperó a que Esme saliera.
-¿Esme? Ven a la cama, cariño -la llamó, y palmeó el espacio enseguida de él-. Extraño estar contigo...
Esme se acercó a la cama, con algo en la mano.
-John, ¡qué considerado! Estos pendientes y este labial son preciosos -le mostró los objetos que traía-. Sólo que para la otra que me traigas obsequios, por favor, procura que sean nuevos, ¿si?
-Esme... eso no… -titubeó John. Esme estaba enfadada, pero trataba de controlarse. Tal vez no lo amara, pero le dolía que la tratara de esa forma. Que la engañara. Ella aún pensaba inocentemente que habría una oportunidad de mejorar las cosas con él. Pero no era así.
-¿No? Oh, ¿entonces de quién son? ¿De tu amante? -enfurecida los lanzó a la pared, y derramó las lágrimas de rabia que tenía contenidas-. ¡¿Por qué, John?! Está claro que lo nuestro no está funcionando, pero lo menos que podemos hacer, es tratar... Yo te soy fiel, John. Nunca pensaría en hacerte algo similar, y esperaba que si no me dejas ir, por lo menos respétame...
-Esme, te respeto... Por eso te tengo viviendo aquí, cuidando amantemente de tu hijo, y sin preocupaciones. Si viajo es por mantenerte en esta vida, así que no tienes por qué cuestionarme nada... Así que, si me eres fiel, demuéstramelo... Anda, compláceme... -le sujetó una mano, y la jaló a la cama.
Esme aún se preguntaba si ese príncipe azul con el que soñaba existía....
xoxoxoxoxoxoxox
Al día siguiente, muy temprano, Carlisle se dirigió con George para que le ayudara a encontrar un lugar donde vivir. Era rico, el dinero era la menor de sus preocupaciones, pero quería encontrar un lugar sencillo para vivir. Sólo él. George se mostró muy contento de poder ayudarlo, además lo consideró un honor por ser Carlisle el nuevo doctor.
Concertaron varias citas, y visitaron algunas casas pequeñas, pero no les gustaban a Carlisle. Entonces llegaron a un complejo de tres casas: una mansión, una casa y un departamento. El que estaba en renta era el departamento, y la dueña, una mujer joven, muy bella, que se presentó como Rosalie, se los mostró. Era pequeño, si, pero acogedor. Tenía sólo una habitación, una cocina equipada, una sala de estar, un pequeño estudio, el baño, y otra sala. Las ventanas tenían vistas agradables hacia el bosque. Carlisle quedó encantado con el lugar. Estaba un poco retirado del pueblo, algo escondido en el bosque, pero tampoco estaría solo, ya que Rosalie le informó que ella, la señora de la mansión, su hijo y algunos trabajadores estaban serían sus vecinos. Podía sentir la tranquilidad de la zona, y una vez más, se guió por su sentir: algo le decía que ese departamento es donde debería estar. Acordó instalarse ese mismo día, y cerrar el trato cuando volviera a tomar posesión del departamento. Rosalie acompañó a George y Carlisle a donde habían estacionado los autos.
-Fue un placer, doctor Cullen. Lo espero más tarde.
-Así será -sonrió-. Vuelvo enseguida.
En eso, una mujer joven, de cabello color caramelo, piel de alabastro, rostro en forma de corazón, y unos bellos ojos verdes, un poco más bajita que Rosalie, pero aparentemente de la misma edad, y que a Carlisle le pareció infinitamente más bella, se acercó a Rosalie, pero al ver a los caballeros, se contrarió.
-Siento haber interrumpido... -se excusó.
Los demás le sonrieron.
-No hay problema, Esme. El es George, y el es el doctor Cullen, quien va a alquilar el departamento -los presentó Rosalie. Carlisle le tendió la mano a Esme, y se saludaron-. Ella es Esme, quien vive en la mansión.
-Mucho gusto, doctor.
-El placer es mío, Esme. Puede llamarme Carlisle.
Esme asintió, un poco sonrojada.
-Bien, Rosalie, nos vamos -informó George, y él y el doctor se marcharon.
Rosalie se quedó mirándolos hasta que se perdieron en el camino.
-¿Y bien, Esme? ¿Verdad que es apuesto?
-¿Quien?
-¿Cómo que quién? ¡El doctor Cullen!
-Rosalie, qué cosas dices.... -Esme rodó los ojos. Era la hermana de su esposo, pero aún así, no dejaba pasar la oportunidad de tratar de que intimara con otros hombres-. Ya deja de decir tonterías, y déjame decirte a qué vine por ti...
-De acuerdo, pero no creas que descansaré hasta que te vea libre de ese cretino que tengo por hermano... Dime...
-Necesito ir a comprar unas cosas, pero Edward ha estado tan delicado que no quiero dejarlo solo... -explicó-. ¿Podrías....?
-Claro, Esme -sonrió Rosalie-. ¿Quien es mi sobrino favorito? ¿Y quien es la mejor tía del mundo?
-Gracias, Rose... No sé que haría sin ti... -la besó en la mejilla, y se subió a su auto, un Volvo plateado. Rosalie se dirigió a la mansión, y fue a la habitación de Edward, quien estaba recostado en la cama, leyendo un libro de cuentos.
-Hola, cariño... -lo saludó desde el marco de la puerta. Amaba a su sobrino. A sus cinco años, Edward era un niño despierto e inteligente, muy brillante, aunque su enfermedad lo debilitaba mucho. No entendía como John no podía quererlo.
-¡Tía Rose! -exclamó Edward-. ¿Podrías leerme otro cuento? Es que este -señaló el que tenía en su regazo- ya me aburrió.
-Claro -entró, y tomó un libro del estante. Enseguida se sentó junto a Edward, en la cama, y le leyó, hasta que se quedó profundamente dormido.
Su móvil sonó un rato después. Era su madre, quien vivía en Carolina del Norte, que le pedía que fuera a ayudarla con un asunto legal. Rosalie estuvo de acuerdo, y acordó ir al día siguiente. Cuando llegara Esme, le informaría.
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Esme llegó un rato después, y con Edward dormido, ayudó a Rosalie a alistar un poco el departamento del doctor. Llevó algunos de sus cuadros, y Rosalie aprovechó para informarle lo de su repentino viaje. Esme estuvo de acuerdo, y se retiró poco después para preparar la cena. Rosalie se quedó a esperar a Carlisle.
Carlisle se dirigió al hotel a recoger sus cosas, y regresó al departamento. Estuvo pensando en la bella mujer del rostro en forma de corazón, llamada Esme. Y en lo que sintió cuando le había tocado la mano: una corriente que recorrió su cuerpo. Tal vez era ella... Tal vez...
Rosalie ya lo esperaba en el departamento, firmaron los documentos. Carlisle se fijó en los cuadros nuevos. Eran muy buenos, y lo mejor de todo, eran originales. Tal vez un artista local.
-Doctor Cullen, eso es todo. Si necesita algo, no dude en preguntarle a Esme. Yo me voy de viaje mañana. Regresaré pronto, pero ya sabe. Acuda a Esme.
-Por supuesto.
-Oh, ¿le puedo pedir algo, doctor?
-Claro, lo que sea...
-Verá, Edward, el hijo de Esme, tiene asma, y a veces sufre ataques a medianoche, así que le suplico que si Esme llegara a necesitarlo, no dude en atenderlo, ¿si?
-Claro. Me alegro de poder ser de ayuda por aquí, en caso necesario.
-Muchas gracias, doctor -sonrió Rosalie.
-Llámeme Carlisle, ya le había dicho...
-Está bien, Carlisle. De nuevo gracias, y hasta luego.
-Hasta luego, Rosalie.
Carlisle se dedicó a instalarse en el departamento, acomodando sus cosas, y admirando con mayor detalle los cuadros que habían puesto. Eran algunos: uno de naturaleza muerta, otro de un campo de girasoles, uno más de una casita en una pradera, y un último de una fuente en un jardín. Todos eran muy buenos, pero el que más le llamaba la atención era el del campo de girasoles.
Vio un rato las noticias en CNN, acostado en su recámara, y puso la alarma para el siguiente día. Apagó la televisión, y se puso a pensar. Por fin estaba donde tenía que estar, y se sentía a gusto. Sus vecinas parecían ser agradables... Inmediatamente recordó a Esme. La delicadeza de sus maneras, lo hermosa que era, sus ojos.... Reflexionó. Sus ojos eran bellos, color esmeralda, pero apenas se daba cuenta de que en ellos había una pena. No tenía aquel brillo que él podría esperar ver en una mujer que se considerara feliz. ¿Sería acaso por lo que le contó Rosalie acerca de su hijo? Entonces, se quedó dormido.
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¡Saludos!
