PRIMERA PARTE

EL PORTAL DEL TIEMPO

Capítulo I - La hija del inventor

2

Sir Dianos no apartaba la vista del camino. Montaba su caballo con los sentidos agudizados al igual que Crono lo hacía montado en otro. Por un segundo, al pelirrojo se le figuró ver el reflejo de un enorme hongo desplazándose misteriosamente detrás de un árbol.

—Maestro…

—Lo vi, era un Hetake. Descuida, está solo, e incluso en grupo son un poco cobardes para atacar. Yo me preocuparía de los…

¡Ambos caballos se zarandearon lanzando fuertes relinchos! Sir Dianos tomó el control del suyo, pero Crono cayó del otro animal. Levantándose a toda prisa sin haberse hecho gran daño, trató inmediatamente de recobrar el control del corcel del alcalde, pero este se fue galopando tomando la dirección por la que habían llegado. Entre las piernas de Crono pasaron rodando y graznando frenéticamente las creaturas que asustaron a los animales; se trataban de tres esferas de carne verdes con ojos y patas, no más allá de los treinta centímetros de diámetro. Aquellas creaturas fueron a perderse entre los arbustos ignorando las consecuencias de sus actos.

—¡Maestro, esos eran Rollys!

—¡Calla, déjame escuchar! Esos Rollys estaban huyendo de algo.

—¿Cómo?

De inmediato se hizo presente una estampida formada por enormes insectos de casi medio metro de largo abalanzándose hacia ellos. Crono echó a correr tratando de escapar, Sir Dianos logró asir al muchacho por la ropa desde la espalda, montándolo sobre su corcel y situándolo detrás de él. Sin perder tiempo, el capitán de los caballeros de la mesa cuadrada desenfundó su espada saltando del caballo permitiéndole marcharse con su escudero. El muchacho hizo un intento de calmar al animal y detenerlo, cuando lo logró, observó a su maestro combatiendo a diestra y siniestra lanzando tajos con la espada a los enormes insectos con forma de escarabajo. Al no poder soportar permanecer solamente como espectador, bajó del corcel y se le unió armado con su espada de madera, sabiendo que no podría partir a los insectos como el caballero, pero quizá consiguiendo lastimarlos de algún modo al hacerles frente.

—¡Sir Dianos, son muchos!

—¡No para mí!

Lo que hizo el capitán de Guardia a continuación fue algo impresionante. Primero echó un pie hacia atrás, e impulsándose se desplazó hasta el centro de la estampida. Como si se tratara de un trompo, el hombre comenzó a girar con la espada inclinada hacia abajo proyectándola hacia afuera, destruyendo a la vez los insectos a su alrededor. Muchos comenzaron a alejarse, pero pocos consiguieron huir para cuando Sir Dianos perdió velocidad en su giro.

—Dime, ¿estás bien?

—Sí. ¡Eso fue increíble! ¿Cómo…? ¡Vienen más!

Una nueva serie de insectos se acercaron a trote, esta ocasión en fila india. El escudero preparó su espada, pero con un ligero movimiento de su mano, su maestro lo tranquilizó sonriendo.

—Son unos tontos de todas maneras. Comprendieron que si atacan en conjunto los puedo aniquilar sin permitirles defenderse. ¡No se dan cuenta que así me facilitan más las cosas!

Nuevamente Sir Dianos apoyó un pie atrás, pero no se lanzó, se quedó en su sitio enterrando la punta de la espada en el suelo apretándola fuertemente entre sus puños. Crono notó como la espada estaba siendo presionada hacia delante al mismo tiempo que se enterraba más. ¡De pronto Sir Dianos sacó la espada sin dejar de ejercer la presión! No creyó haber visto en qué momento fue, pero la espada ya no se encontraba enterrada en el suelo, estaba fija horizontalmente hacia el frente, pero además de eso, una ráfaga sacudió los árboles de alrededor y los insectos se detuvieron. Apenas le iba a preguntar a su maestro qué había hecho, cuando los insectos cayeron muertos abriéndose todos por la mitad uno detrás del otro.

—Dejaste ir a tu caballo —comenzó a reñirle sin enfado y con tranquilidad—, seguro regresará a los establos del alcalde, no hay problema. Lo siento, ahora tendrás que acompañarme a pie. ¿Dónde dejaste a mi corcel?

Pero el muchacho seguía tan impresionado por lo que se quedó incapaz de responderle, intentado comprender lo que presenció.

—¿Qué… qué fue lo que hizo?

—Son unas técnicas especiales. La primera la llamo Ciclón, la segunda es Corte. "Ciclón" lo creé yo mismo, mientras que "Corte" lo aprendí del anterior capitán de los caballeros —explicaba analizando con diversión aquella expresión de incredulidad—. En Ciclón debes arrojar de lado todo tu peso y fuerza hacia la espada procurando no soltarla, como si se tratara de un martillo muy pesado; con esto entrarás en un estado de remolino permitiéndote atacar todo lo que esté a tu alrededor. En la segunda sólo tienes que atacar con aire comprimido; el aire es lo que efectúa el corte cuando creas presión sobre la espada apoyando tu peso y fuerza sobre ella contra la tierra, evitando perder la posición recta en vertical. Mueves ligeramente las muñecas hacia adelante y debido a la presión, la espada saldrá despedida a gran velocidad expulsando el viento a los lados de la hoja a una fricción mayor concentrándose por en medio. Si llegas a intentar esto, procura mantener la espada agarrada fuertemente para que no salga volando de entre tus manos.

—Es genial. ¿Podría enseñarme esas técnicas?

—Más adelante te las mostraré con detenimiento si quieres, pero debo advertirte que éstas técnicas se logran si mantienes una buena precisión tanto en tu equilibrio como en tu mente. Sabes, creo que ésta es la primera vez que te veo en un combate real contra las bestias del bosque Guardia, lo hiciste mejor de lo que pensé. Has progresado mucho, hasta diría que no te costaría gran trabajo aprender y dominar estas técnicas con el paso de los años.

—Gracias, maestro.

—Creo que podría consentir que practiques con una espada de verdad desde ahora en adelante.

—¡Habla en serio!

—Por supuesto. Deberías pasarte por Porre, me parece que las espadas de hierro las están dando a un buen precio.

—Lo haré. Se lo agradezco mucho.

Continuaron el camino conversando a ratos sin perder de vista sus pasos. La batalla antes acontecida pareció haber alertado a las bestias del bosque a no atacar a los viajantes. Desde sus árboles, las aves monstruo los miraban con resentimiento, ocultándose en sus nidos al verlos aproximarse demasiado.

Crono aún no podía creer del todo la suerte que tenía. Además de haberle felicitado por su participación en la lucha, su maestro le había permitido deshacerse de esa vieja espada de madera para comprarse y usar una de verdad. Tendría que ser una espada más barata de la que le recomendó; las de hierro son buenas pero muy costosas. Ya habría tiempo más tarde para meditarlo.

Frente a ellos y más allá de la espesura del bosque, se habría la visión de un inmenso y majestuoso castillo, rodeado por un muro de doce metros de altura, e inmensas torres coronando el recinto. La gigantesca puerta principal era también un puente levadizo, que estaba abajo para permitir el paso libre a un número muy reducido de allegados al reino. Hace mucho que no existían amenazas reales en Guardia como para mantenerla elevada, sólo las igualmente enormes puertas secundarias que venían después estaban cerradas.

El Sir se anunció a los guardias, y ellos entreabrieron ligeramente una de estas para su entrada. Mañana sería la gran feria del milenio, una celebración de dos semanas que culminaría con el festival de la luna, durante la noche del milésimo aniversario de la existencia del glorioso reino Guardia. Debido a esos acontecimientos, el joven escudero supuso que probablemente en el castillo estuvieran dando más libertades en esta ocasión para…

—Quédate aquí.

—¿De nuevo?

—Aunque seas mi escudero sigues siendo un aldeano, y junto con el resto no tienes permitida la entrada, lo sabes, menos ahora que están redoblando la vigilancia para que no sucedan imprevistos el día de mañana durante la inauguración de la feria.

—No podría usted… bueno, es el capitán de los caballeros, maestro.

—Un día de estos lo consideraré, pero hoy no. Además de la entrega tengo que ver al rey en persona para otro asunto al que me solicitó ayer por la tarde —con fastidio parece hablar entonces para sí mismo en voz alta—, quizá me pida que haga de niñera nuevamente para la princesa.

Sin auténticos deseos de discutir y cerrando el tema, Crono esperó pacientemente en la entrada a su maestro. La puerta se cerró, y buscando distraerse, observó detenidamente la fachada del castillo hasta donde la vista le alcanzaba, concentrándose en las inmensas torres. La torre del ala oeste llamó inmediatamente su atención. Tanteando, calculó que su casa entera podría caber ahí dentro. Sir Dianos le había contado tiempo atrás, que esos eran los aposentos de la princesa Nadia, lugar donde la joven permanecía la mayor parte del tiempo. Para que el rey la sobreprotegiera tanto manteniéndola dentro de tan lujoso espacio, con una horda de criados dispuestos a cumplir hasta el último de sus caprichos, pensaba sin dudarlo, que debía de tratarse de una doncella caprichosa y remilgada.

Escuchaba cotilleos en el pueblo. Su vecina decía que el rey podía gobernarlo todo, menos a su consentida hija. Se corrían muchos rumores sobre el porqué todos los nobles que llegaban de diferentes rincones del mundo para cortejarla, regresaban decepcionados, ofendidos, o en el peor de los casos hasta lastimados. Hace tiempo, un importante duque de la antigua nación en Choras, de pronto se dejó ver con el ojo morado. Se había argumentado en sus tierras, que la princesa le había ordenado a un guardia castigarle por faltarle el respeto, cuando tan sólo le pidió una pieza de baile.

Alejó esos pensamientos inútiles para preocuparse por el modo de conseguir el dinero para su nueva espada; de por sí, de lo que le entregaba a su madre de su paga por brindarle sus servicios como escudero a su maestro, sumado a lo que daba la hortaliza del terreno en su casa, apenas y les alcanzaba. Decidió tragarse su orgullo y mañana visitar a la familia de Connie. Ella era una niña de diez años, hija del alcalde de Porre, un hombre más rico que el de Truce, pero mucho más tacaño. El padre de la chiquilla buscaba un bufón para la sencilla fiesta que celebraría en honor al cumpleaños de su hijo Edgar. La vez pasada cuando los visitaron Sir Dianos y él, el alcalde Mento le pidió ese favor al muchacho a cambio de algunas piezas de oro. De hacerlo tendría que levantarse temprano mañana para ir a la dichosa fiesta, aunque no podría costearse el Ferry, por lo que cruzaría entonces directamente el desierto de Fiona a pie para llegar; al menos en ese terreno no habitaban monstruos.

Una hora después la entrada principal volvió a entreabrirse con Sir Dianos saliendo por ella, ostentando en su rostro una expresión endurecida. Con cierta curiosidad, durante el camino de regreso a Truce nuevamente por el bosque, su pupilo se arriesgó a preguntarle si había ocurrido algo malo, pero el noble caballero mantuvo su curiosa costumbre de hablar más para consigo mismo que para quienes le rodeaban.

—Por supuesto. ¿Qué le cuesta a su majestad utilizar simples mucamas o sirvientes? ¿Si el asunto es tan así de grave, por qué no soldados? ¡Pero no! La mocosa intimida incluso a los soldados. ¡Ni que ella fuera el rey mismo! Quisiera saber por qué le tienen tanto miedo, si el Rey en persona dio autorización a cualquiera para reprenderla bajo cualquier criterio. No puedo creer que me vaya a pasar todo el día de mañana cuidando que esa malcriada no salga de sus aposentos.

—Maestro, ¿de todas maneras no había mencionado que no pensaba asistir mañana a la inauguración de la feria? ¿Entonces qué más da?

—Supongo… ¡No! Le pediré al comandante Seto que la vigile él. Me debe un favor, ¿sabías? Tengo cosas mejores por hacer que jugar a la niñera de una mocosa malcriada.

—Maestro, perdone que se lo señale, pero… faltar a las obligaciones que el rey le ha encomendado no sería… bueno, ¿irresponsable?

—¡Mira quién me viene a hablar de irresponsabilidad! —lo recriminó mirándole sorprendido por su atrevimiento— Sabrás que Dios es justo en sus designios, y por romperle el corazón a la hija de Taban, acabarás casándote al final con una mujer tan problemática como lo es la princesa, ya te acordarás de mis palabras.