Los personajes son de Naoko Takeuchi, y es una Adaptación del libro Amor En El Circo de Cartland Barbará perdón la trama es una adaptación sin fines de lucro y sin ofender a nadie es solo por diversión.
Capítulo 3:
Instintivamente, ya que su corazón latía apresurado, Serena se llevó una mano al pecho.
Al verla, la expresión del conde se alteró.
—Disculpe, no era mi intención asustarla.
Ella no respondió y él continuó diciendo:
—No tengo excusa, pero tal vez sea lo bastante generosa para intentar comprender.
—Me… me gustaría hacerlo —susurró Serena con voz débil y titubeante—; sin embargo, no… era mi… intención… indignarlo.
—Le juro que lo lamento mucho —se disculpó el conde—. Por favor, siéntese y trataré de explicarle.
Como sentía que sus piernas ya no podían sostenerla, Serena se sentó en el sofá más cercano.
El conde se mantuvo de pie frente a la chimenea.
Serena observó que, igual que en el vestíbulo, las cenizas del fuego no se habían limpiado y los implementos estaban sin pulir.
—Cuando hace un mes regresé de Francia —empezó a decir el conde—, encontré mi casa convertida en este caos.
— ¿Estuvo usted en Francia? —lo interrumpió Serena.
—Con el ejército. Luché contra Napoleón durante seis años y, después de Waterloo, el duque de Wellington insistió en que permaneciera yo con él en el Ejército de Ocupación.
Serena lo escuchaba mientras pensaba en cuánta gente había sufrido a causa de la guerra.
—Dejé a mi primo a cargo de la casa —continuó el conde—. Es mayor que yo y pensé que podría confiar en él.
—Sin embargo, él… lo traicionó.
—Así es, y en lugar de cuidarlo todo hasta mi regreso, dejó el lugar tal como lo ve usted ahora.
— ¿Cómo pudo hacer tal cosa? —preguntó Serena.
—Supongo que fue ingenuidad de mi parte no advertir que se sentía celoso de mí porque ocupo la posición que desea para sí.
—No puede ser tan… malvado… así…
—Es peor, mucho peor. ¡No sólo dejó que la casa casi se me caiga encima, sino que también descuidó por completo a los pensionados, a los granjeros y, por supuesto, ¡a mis animales!
La voz del conde se suavizó al mencionar su zoológico.
—Cuando yo los vi pensé que se veían bien alimentados y sanos —comentó Serena.
La amargura se intensificó en la voz del conde al responder:
—Dos hombres permanecieron leales a mí, los que dejé a cargo del zoológico. Cuando se acabó el dinero cazaron a los ciervos del bosque.
Aspiró hondo y agregó:
—Y ahora se han acabado también.
—Así que, por eso organiza un circo.
—Es mi último intento desesperado por salvar a mis animales. De lo contrario, tendrán que ser sacrificados.
Serena lanzó un grito de protesta.
— ¡Oh, no, eso no debe suceder!
—Todo depende de cuánto consiga con mi muy especial y más caro circo que se haya presentado jamás.
Se sentó en una silla cerca de ella antes de agregar.
—Es una empresa arriesgada, aunque por mucho dinero que consiga, no será suficiente.
La nota desesperada en su voz indicó a Serena lo mucho que sus animales significaban para él.
Un poco nerviosa, porque temía que se indignara, preguntó:
— ¿No hay… nada en la casa que se pueda… vender?
— ¿Supone que no he pensado en ello? —Preguntó el conde—. Pero la casa y todo su contenido estén inventariados para el sucesor del título, que es mi primo.
— ¿Así que él es su heredero?
—Exacto y, por supuesto, él aguarda que no tenga yo dinero para casarme y procrear un hijo.
—Es terrible… terrible —exclamó Serena—, pero estoy segura de que habrá alguna solución.
—Dígame cuál es y la llevaré a cabo.
Como si de nuevo estuviera molesto, el conde se puso de pie.
—Ahora que ha visto el interior de lo que fue una vez una espléndida mansión, puede continuar su camino.
Serena lo miró, consternada.
Se dio cuenta de que se hacía tarde, se sentía cansada y estaba segura de que los caballos también.
—Milord me… invitó a hospedarme —murmuró.
— ¿En este caos? —Preguntó el conde—. Mi querida señora, puedo deducir, por su apariencia, que está acostumbrada a algo mucho mejor de lo que yo puedo proporcionarle en estas ruinas.
Serena no respondió.
Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana.
Afuera había lo que alguna vez fuera un hermoso jardín de rosas, más ahora sólo estaba cubierto de maleza. Sin embargo, sabía que un mes después las rosas florecerían.
Los árboles de lilas estaban cubiertos de botones y algunos ya empezaban a florecer.
Estaba descuidado, pero era hermoso.
Algo en el interior de ella respondió a esa belleza de una forma inexplicable.
Detrás suyo pudo escuchar al conde levantarse de su silla y caminar hacia ella.
No lo miró al rostro cuando él llegó a su lado. Sólo dijo, con voz dolida:
—Por favor… permita su señoría que me quede. No tengo ningún otro… lugar adonde… ir.
Él al miró sorprendido durante un momento y entonces preguntó:
— ¡Qué quiere decir?
Serena se dio cuenta de que había hablado sin pensar y levantó su mirada hacia él, oscura y preocupada.
—Los caballos están… cansados —tartamudeó—, cabalgamos una gran distancia…
—Entonces, por supuesto, deben quedarse. Venga, le mostraré dónde podrá dormir.
Afuera del salón, Artemis esperaba.
Llevaba consigo las bolsas de ropa de Serena que habían estado atadas a las sillas de los caballos.
— ¿Están bien los animales? —preguntó el conde.
—Están muy cómodos; gracias, milord.
El conde empezó a subir por la escalera. Lo siguieron Serena y Artemis.
Llegaron al piso donde ella supuso se encontraban los dormitorios principales.
Se dio cuenta de que no se había equivocado cuando el conde abrió la primera puerta.
La habitación era en verdad estupenda, con una enorme cama de poste, tallados y dorados, pero el mobiliario estaba cubierto de polvo y las cortinas raídas.
—Es lo mejor que puedo ofrecerle —dijo el conde con amargura.
— ¡Es preciosa! —Comentó Serena—, y le estoy muy agradecida.
El conde se volvió hacia Artemis:
—El armario de blancos es una puerta verde que está al fondo. Tendrá que hacer la cama de su ama. No hay nadie más que pueda ocuparse de eso.
—Está bien, milord —dijo Artemis—, yo me encargaré de ello.
Dejó el equipaje sobre una silla y salió de la habitación.
Serena recorrió el lugar con la mirada.
—Los cuadros son magníficos —comentó—, también el mobiliario.
—Todo pertenece al título —explicó el conde—, ¡mientras yo me muero de hambre!
Se dirigió hacia la puerta mientras lo decía. Al llegar se volvió.
—Supongo que habrá algo que cenemos, más no debemos ser optimistas.
Cerró la puerta con fuerza al salir.
Serena lanzó un suspiro. Lo lamentaba mucho por él, mucho.
A la vez, se sentía muy agradecida de tener dónde quedarse.
En cierta forma era emocionante ver por dentro una de las residencias más hermosas que jamás había imaginado.
Artemis regresó minutos después, con sábanas con puntas de encaje.
—No es un lugar tan malo, a pesar de todo, señorita Serena.
—Es toda una sorpresa —indicó ella—. ¿Hay sirvientes en la casa?
—Una anciana, en la cocina —respondió Artemis—, y un viejo tan imposibilitado por la artritis, que casi no puede dar un paso.
—Tendrás que ayudarles a preparar la cena.
—Eso pensé, pero al menos tenemos un techo sobre nuestras cabezas y no tenemos que pagar por él.
—Pagaremos al conde lo que comamos —contestó con rapidez Serena—. Su señoría no tiene dinero y no debemos causarle más gastos con nuestra presencia.
— ¿No tiene dinero? —preguntó Artemis.
Con habilidad tendió la cama y preguntó a Serena si deseaba agua caliente para asearse.
En cuanto salió, ella sacó uno de sus vestidos.
Como era de la gasa más fina, son sólo sacudirlo desaparecieron todas sus arrugas y lo colgó en el armario.
Cuando Artemis le subió el agua caliente, empezó a desvestirse.
Todo en la habitación podría venderse.
Ella conocía lo suficiente para darse cuenta de que los cuadros eran de pintores distinguidos y muy valiosos.
No era difícil comprender la tortura que debería representar para un hombre verse rodeado de tal tesoro y, al mismo tiempo, no contar con un céntimo.
"Debo ayudarlo", se dijo.
Se sorprendió de sus propios sentimientos.
De alguna manera, pensó, debía intentar levantar el ánimo del conde.
Puso gran esmero en arreglarse el cabello y cuando terminó, se le veía muy elegante con su vestido de gasa.
Cuando entró en el salón encontró que el conde la esperaba vestido de etiqueta.
Si parecía apuesto y atractivo antes, con los pantalones ajustados a la rodilla, medias de seda y chaqueta de noche tenía un aspecto tan magnífico como la casa.
Mientras avanzaba hacia él, el conde le sonrió y dijo:
—Ya que fue tan amable en aceptar ser mi huésped, revisé bien la cava. Para mi sorpresa, encontré una botella de champaña, que sin duda será más de su gusto que el clarete.
—Me gustaría una copa —respondió Serena—. Sin embargo, tal vez debería conservarla para una ocasión especial.
—Está usted buscando halagos —observó el conde—, y le aseguro que nada podrá ser más especial en este momento que, en lugar de permanecer solo y triste, cenar con una dama tan bella.
Serena le hizo una reverencia.
—Gracias, y le aseguro que para mí también es un momento muy especial.
Ambos se rieron.
El conde abrió la botella de champaña y le entregó una copa.
—No tenía idea de que todavía estaba ahí —comentó—, de lo contrario, me la habría debido antes para ahogar mis penas.
Serena levantó su copa.
— ¡Porque tenga un gran éxito la primera representación de su circo!
—Para asegurarme de eso, creo que usted debería participar —sugirió el conde.
Serena se rió.
—Dudo que alguien me mirara a mí cuando puede admirar a tan maravillosos animales.
—Creo que el elemento humano es también importante —apuntó el conde—, y usted montando su caballo, sin duda llamaría muchísimo la atención.
—Cuénteme con exactitud cuáles son sus intenciones —pidió Serena—. ¿Rentó la tienda y todas las sillas?
Pensó al decirlo que debió ser muy costoso.
El conde negó con la cabeza.
—No, tuve suerte. Me enteré por mis hombres que hace cinco años, cuando estábamos en guerra, el circo que solía venir aquí cada año, cerró.
— ¡Qué tristeza! —exclamó Serena.
Recordó entonces el circo ambulante que había ido a la aldea cercana a su casa cuando ella era niña.
Nunca le habían permitido asistir, pero los niños de la aldea solían rondar la gran tienda y mirar a los animales prisioneros en sus jaulas.
—Supongo —añadió—, que el número de empresas, como los circos, se desbancaron con la guerra y no pudieron seguir adelante.
—Exacto —respondió el conde—, ¡y eso incluye mi casa, mis granjas y la gente empleada aquí!
La amargura regresó a su voz.
—Siga hablándome del circo —intervino con rapidez Serena.
—El dueño del circo preguntó si podrían dejar la tienda y el resto del equipo en uno de mis graneros, por fortuna sin consultar a mi primo que sin duda se habría negado.
Sonrió.
—Fue al encontrar todo ese equipo cuando pensé en montar un circo, con la esperanza de obtener suficiente dinero para continuar manteniendo a mis animales.
— ¿Cree que la gente asistirá?
Serena hizo la pregunta un poco nerviosa. Temía de nuevo molestar al conde.
—Ya avisé a mis vecinos y creo que gran parte de ellos se dan cuenta del aprieto en que estoy.
—No me ha dicho lo que sus animales pueden hacer.
—Los dos hombres que los mantienen vivos, a pesar de las nefastas intervenciones de mi primo, les enseñaron algunos trucos. Uno de mis tigres, que se llama Jacko, saltará a través de un aro, los leones se perseguirán uno al otro alrededor de la pista y los changos harán cuantas travesuras se les ocurran.
—Suena encantador, ¿qué más tiene?
—Hay chitas y también una jirafa, que es en sí todo un espectáculo para la gente que jamás ha visto una.
Serena se rió.
— ¡Eso me incluye a mí! ¡Me encantaría ver una jirafa!
En ese momento, Artemis se presentó y anunció:
— ¡La cena está servida, milord!
A Serena le pareció que el conde se sorprendía y le explicó:
— Artemis ayudó en la cocina y es un excelente cocinero.
— ¡Qué afortunada es en tenerlo a su servicio!
— Artemis era el asistente de mi hermano —exclamó Serena—, y cuando éste murió en la guerra, mi padre le dio empleo.
El conde no hizo comentarios y avanzaron los dos por el pasillo.
Como Serena suponía, el comedor era muy grande y elegante.
Había enormes retratos de los anteriores condes en los muros y una enorme mesa de centro que podía alojar treinta comensales.
Ella intentó no fijarse en el polvo que imperaba por doquier, incluso en las pinturas.
Había un candelabro con cuatro velas.
Estaba frente a la cabecera de la mesa, donde fue colocado un sillón con el escudo de armas del condado.
Ella se sentó junto a él. Sentía como si estuviera en una diminuta isla de luz, mientras el resto del mundo permanecía a oscuras.
Artemis sirvió la cena.
Consistía en una sopa bien condimentada, por lo que adivinó que él había tenido que ver con ello, y después conejo que, al menos, era comible.
Lo sirvieron con unas cuantas colecitas de Bruselas y algunas papas.
El conde comió con buen apetito y como ella también estaba hambrienta, se comió cuanto le sirvieron.
Sin embargo, en eso consistió toda la cena.
Por la expresión de Artemis y la mirada que le dirigió, comprendió que había hecho cuanto estuvo en sus manos.
El conde tomó la botella de champaña y después de llenar la copa de Serena, ella dijo:
—Por favor… ya no más… no estoy acostumbrada a beber.
Él arqueó la ceja, pero no dijo más.
Cuando terminaron, él se reclinó en su silla y sugirió:
—Ahora, deseo que me hable de usted.
Serena desvió la mirada.
—No hay mucho que contar.
— ¿A dónde va y por qué?
Se hizo el silencio. Después él dijo:
—Considero que debería decirme la verdad.
De nuevo hubo silencio, hasta que Serena expresó:
—No sé por qué siente curiosidad.
El conde se rió.
— ¡No puede ser tan ingenua así! ¡Sólo piense en lo sucedido!
— ¿En lo sucedido?
—Me encuentro sumido en la más profunda desesperación, intentando organizar mi circo cuando, de la nada, surge una dama bella y elegante que acepta ser mi huésped.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Viaja sola con un sirviente y me explica que, a menos que se quede aquí, no tiene adónde ir.
De nuevo, el conde hizo una pausa antes de preguntar:
— ¿Usted no sentiría curiosidad?
—Soy la señora Moon. Me apresuro a reunirme con mi esposo, que está enfermo y por eso viajo a través del campo.
Serena lo dijo con torpeza, como si intentara recordar lo que Artemis le dijera.
Le desagradaba mentir y se ruborizó.
Inesperadamente el conde extendió la mano.
—Ponga la mano en la mía.
Sin pensarlo, ella obedeció.
Durante un momento los dedos de él se cerraron sobre los de Serena, entonces miró hacia el dedo central de su mano izquierda.
—No hay anillo matrimonial —dijo con voz suave—, y sospecho que tampoco… marido.
Serena retiró su mano con brusquedad.
— ¡Eso fue trampa! —exclamó—. ¡Me tomó por sorpresa!
Pensó al decirlo que había sido una tonta al no conseguirse un anillo de bodas.
Se sintió segura de que llevaba consigo cuanto necesitaba.
Pero adoptar la historia inventada por Artemis sin hacerla parecer como verdadera, había sido un error.
—Ahora, cuénteme la verdad. ¡Huyó!
—Ya que se muestra tan inquisitivo —protestó Serena—, adivínelo y yo le diré si está en lo cierto o no.
—Está bien, entonces, lo descubriré por mí mismo —asintió el conde.
La miró, sentada a su lado.
Su cabello brillaba a la luz de las velas y sus ojos eran un tanto desafiantes, y a la vez bellísimos.
Se fijó en la elegancia de su costoso vestido que hacía lucir su esbelta y juvenil figura.
Se dijo que parecía surgida de alguna de las pinturas que colgaban del muro y que no era real, sino producto de su imaginación.
Como él permaneciera en silencio, ella habló después de un momento:
—Estoy esperando.
—Pienso muchas cosas —empezó a decir el conde—, pero como desea guardar el secreto, no me entrometeré en el.
Serena se rió y fue un agradable sonido.
— ¡Sea sincero y admita que no puede!
—Podría suponer muchas cosas —respondió el conde—, pero no me gustaría molestarla al cometer un error o conturbarla, si acierto.
Serena se rió de nuevo.
—Ahora se quiere pasar de listo. Mejor permítame guardar mis secretos.
—Muy bien, pero debe citarme algún nombre para dirigirme a usted.
—Me llamo Serena.
—Un nombre muy adecuado, para una persona tan bella.
Como pensó que sería un error mostrar demasiada seriedad, ella dijo con voz ligera:
—Su voz suena sincera, pero estoy segura de que ha dicho eso a muchas otras mujeres, ¡y cuando lo pensó la primera vez estaba tomando un baño!
El conde se rio con sincera espontaneidad.
Como si eso hubiera borrado los formulismos, empezaron a charlar con mayor libertad.
El conde le habló de las batallas en la península, de la derrota de Napoleón en Waterloo y de algunos de los problemas del Ejército de Ocupación.
Ella parecía escuchar fascinada.
Permanecieron en el comedor hasta que las velas estaban a punto de consumirse y el conde casi se había terminado la botella de champaña.
Serena se incorporó.
—Creo que debería irme a la cama y estoy segura de que milord deseará levantarse temprano mañana, ya que habrá mucho que hacer para preparar la función de la tarde.
—Muchas cosas, en realidad —admitió el conde—, ¡pero usted se quedará para ayudarme.
Era una afirmación, más que una sugerencia.
— ¿En verdad desea que lo ayude? —preguntó Serena.
—Por supuesto. Si se va ahora, me quedaré convencido de que jamás existió y que sólo la imaginé.
Con lentitud se dirigieron del comedor hacia el salón.
Cuando el conde abrió la puerta, ella vio que alguien, y supuso que había sido Artemis, había encendido las velas de los candelabros de la chimenea.
La habitación se veía preciosa.
A la suave luz de las velas, el polvo era casi imperceptible.
Se dirigió hacia la chimenea.
En lugar de las cenizas que permanecieron ahí por tanto tiempo, ahora ardía un pequeño fuego.
Se volvió hacia el conde para decir:
— ¡Se siente todo muy acogedor por la noche!
Él estaba más cerca de ella de lo que esperaba y la miraba de manera extraña.
Entonces afirmó:
— ¡Es usted preciosa! Demasiado para andar sola por ahí sin nadie que la proteja.
—Tengo a Artemis.
—No pensaba en sirvientes.
Ella no comprendió y, después de un momento, el conde prosiguió.
—Hace un mes, yo habría tenido la solución para ello, pero ahora sólo puedo ofrecerle un lugar en mi casa, si puede usted pasar por alto sus incomodidades.
—No hay razón para que hable así —respondió Serena—, y si me disculpa porque lo diga, creo que se muestra innecesariamente desalentado.
— ¿Por qué?
—Porque estoy segura de que algo podría hacer.
—Estábamos hablando de usted.
Asomó una leve sonrisa a los labios de él y una expresión en sus ojos que Serena no percibió.
—Yo estaba pensando en la situación de su señoría —dijo Serena—. Estoy segura de que si milord revisara el inventario, que debe ser extensísimo para una mansión como esta, podría descubrir algo, una pintura, un adorno, tal vez un mueble, que no perteneciera al título y pudiera venderse.
La mirada del conde cambió.
—Tal vez tenga razón —aceptó después de un momento—, pero cuando regresé me sentí tan abatido ante lo que encontré, que sólo podía pensar en mis animales.
—Lo entiendo, pero me gustaría, con el permiso de milord, revisar las pinturas, no las colgadas en las habitaciones principales como esta o como las de la Galería de Pinturas, sino aquellas dejadas en lugares donde pudieron olvidarlas o no notarlas.
El conde movió las manos en un gesto expresivo.
—Todo lo que tengo es suyo, como dicen en Oriente. Ahora me brinda usted una esperanza.
—Es lo que deseo —respondió Serena—. ¿Cómo podría alguien vivir en esta espléndida mansión, especialmente un soldado, y aceptar la derrota?
— ¡Me está retando!
—Exactamente, y me gustaría verlo con más valor y optimismo del que tiene en este momento.
Lo miró provocativa al decirlo.
A la vez, tenía un poco de temor de ofenderlo.
En cambió, él insistió:
—Yo estaba hablando de usted.
—Me aclaró que podía permanecer como un ministerio —contestó con rapidez Serena—, y eso es lo que deseo ser.
—Un misterio está destinado a ser resuelto.
—Ya habrá tiempo para eso después —respondió Serena—. Ahora debemos concentrarnos en su señoría y lo más importante es, como dijo con toda razón, alimentar a los animales.
Extendió la mano y empezó a contar con los dedos.
—Lo segundo es limpiar la casa y para ello se requiere servidumbre. Lo tercero, atender a sus granjeros que, como los de otras partes del país, padecieron durante la guerra y ahora sufren las consecuencias en la paz y, por último…
Se detuvo, con su pequeño debo extendido.
—Sí… ¿y por último? —preguntó el conde.
—Hacerlo feliz.
Lo dijo con evidente inocencia.
Pensó al decirlo que estaba mal que alguien tan apuesto y con esa personalidad tan arrebatadora, estuviera sumido en la desdicha.
Comprendía, por la forma de hablar del conde y por las expresiones de su rostro, que todavía estaba bajo el impacto de la desilusión recibida al encontrar su casa en tal estado y, por el horror que debió ser descubrir que no tenía dinero.
—Si desea que sea yo feliz —dijo el conde con suavidad—, hay una indiscutible solución para eso.
Serena levantó la vista hacía él.
Encontró una expresión en sus ojos que no le había visto antes y sintió inesperadas vibraciones que emanaban de él.
De pronto se dio cuenta de que todo había cambiado.
No estaba segura de cómo o en qué sentido. Sólo sabía que algo en el conde le producía turbación.
—Ahora, como dije antes —indicó con rapidez—, se hace tarde y estoy cansada.
Extendió la mano y añadió:
—Muchas gracias por darme alojamiento y por ser tan amable.
El conde tomó la mano de ella entre las suyas.
—Está usted cansada y, por lo tanto, debo dejarla irse a la cama… a dormir.
Hubo una pausa antes de la última palabra.
— ¿A qué hora desayuna? —preguntó Serena.
Retiró su mano al hablar y le pareció que él se mostraba renuente a soltarla.
—A las ocho —contestó él—. Bueno, si es que hay desayuno.
—Estoy segura de que Artemis se encargará de eso —aseguró Serena con voz ligera.
Se volvió hacia la puerta.
El conde alargó la mano, como para retenerla. Entonces cambió de opinión.
La siguió cuando ella salió del vestíbulo, que permanecía a oscuras con excepción de dos velas en una mesa al pie de la escalera.
Serena tomó una de ellas.
— ¡Espero que no haya fantasmas en su casa!
Miró hacia la oscuridad de los altos techos.
A la luz de las velas parecía un tanto siniestro.
—Si tiene miedo, iré con usted para protegerla de ellos —sugirió el conde con suavidad.
Serena se rió.
—Sólo bromeaba. Estoy segura de que no los hay. En cualquier caso, si los hubiera, serían de sus antepasados, quienes anhelan ayudarlo, aun cuando, por supuesto, primero tiene usted que ayudarse a sí mismo.
Había subido varios escalones y entonces se volvió para sonreírle.
—Tal vez mañana —añadió—, encontraremos un barril lleno de oro al final del arco iris. Piense en ello mientras duerme.
—Lo intentaré —respondió el conde—, aunque es más probable que esté pensando en usted.
Serena se rió.
—Estoy muy segura y hasta dispuesta a apostarlo, ¡que estará pensando en sus animales!
No esperó su respuesta, subió aceleradamente los últimos escalones.
Como la luz de la vela parpadeaba, aminoró el paso al llegar al pasillo.
Antes de dirigirse hacia su dormitorio, agitó su mano hacia él.
El conde permaneció observándola hasta que la perdió de vista.
En cuanto escuchó su puerta cerrarse, regresó al salón para apagar las velas.
Tomó otra encendida y subió por la escalera.
Al pasar frente a la puerta de Serena, titubeó un momento.
Entonces, con un esfuerzo, prosiguió hacia su dormitorio.
