Envidia

Nadie lo notó, de hecho, pocos solían prestarle atención.

Ni siquiera Tom estaba a su lado, parecía demasiado entretenido con sus amantes y sus estúpidas fiestas junto con George y Gustav. Todo había empezado desde que iniciaron los conciertos en Estados Unidos. Tom dedicaba todas sus noches a cuanta americana se le pasara por delante. Rubias, morenas, pelirrojas y un largo etc.

Y nuevamente, nadie lo vio.

Nadie veía nada, todos parecían prestar atención a otras cosas, a otras personas, cosas que parecían más importantes que él. Y no entendía, no podía comprenderlo. Él necesitaba de su hermano, todos los días y noches, pero siempre callaba; necesitaba aunque fuera sólo una hora, un minuto, que le dedicara al menos un segundo.

Una mirada, tan sólo una mirada bastaría para sentir aquella oleada de alivio.

Y había una voz que le decía, como en un reconfortante susurro, que todo estaría bien, no se tenía que preocupar. Que pronto, muy pronto, Tom dejaría de ignorarle. Y volverían a ser niños, niños que se contaban secretos, niños que jugaban de noche a besarse, niños que no conocían el mundo... pero creían que el mundo estaba ahí para ellos.

Su madre tampoco veía nada, tan sólo percibía un deje melancolía en su voz y tratando de convencerse a sí misma de que todo estaba bien, le preguntaba si comía lo necesario y le recordaba que no se estresara, que tratara de dormir lo suficiente y que no peleara con Tom.

No hacía falta que se lo pidiera.

Ya ni eso hacían...

Sentía tanta rabia, tanta desesperación. Sentía que algo dentro suyo se rompía en mil pedazos cuando lo veía besarse con esas mujeres.

Bill comenzaba a creer que su ser se desmoronaba, y quizás fuera cierto. Quizás sí se estaba cayendo. Asustado, comenzó a construir su pequeño mundo; un mundo en donde todo transcurría muy lento, un mundo en donde todo dejaba de ser importante y por sobretodo, un mundo sólo para Tom y él mismo. Sí, era eso, justo eso.

Sonrió.

De repente, todo parecía mejorar. Ya no habían ruidos extraños, ya no más sombras que rodearan su lecho, no más miedo ni tristeza. Solo esa calidez que le acurrucaba con ternura en sueños. Y soñaba que, de repente, había dejado de ser un artista; que ahora, una sombra amigable le abrazaba y se encontraba junto a él... así, justo así. Ahí en donde los grises no existían, solo un enorme cielo, un cielo en donde el tiempo parecía haberse detenido y las nubes se mantenían teñidas con los colores del atardecer.

Un suspiro agradecido escapó de sus labios y una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.

Lo escuchaba, justo en su oído. Ese sonido que le alegraba, le tranquilizaba y a la vez le reprendía por ser tan tonto.

Bill no lo sabía, ni siquiera lo imaginaba, pero él nunca había estado solo.

Tom se acurrucaba a su lado en las noches, y los sueños en donde todo parecía fantasía eran producto de su presencia.

Bill sentía que Tom no veía, pero lo que menos se imaginaba era que Tom sólo estaba confundido. Bill no sabía que Tom, en las noches, susurraba en su oído palabras de alivio y pedía perdón en silencio.

Porque Bill era muy egoísta como para darse cuenta. Porque él siempre tuvo envidia, pero nunca lo había aceptado.

Bill quizás no lo hubiese notado, pero Tom siempre estuvo a su lado.