Llegando a lo "terminantemente prohibido".
—¿Vienes al invernadero o no? —me preguntó en un susurro irritado Sherlock, dos horas después.
Lo hizo justo cuando una mujer muy compungida irrumpiera en la enfermería abrazada de lado por la profesora McGonagall. Parecía a punto de ponerse a llorar, y le costó mucho decir que quería ver a su marido. Fue la única que dejaron entrar a la enfermería después de que lo hiciera la profesora Goodwin, que antes de enseñar pociones fue doctora en San Mungo.
Dada la situación, miré de malos modos a Sherlock. ¡Ya era la tercera vez que lo preguntaba! No era el momento para su descontrolada curiosidad. Estábamos rodeados de estudiantes y profesores que sí parecían interesados y afligidos por lo que le pasó al profesor Longbottom, y no por lo que le pasó al invernadero, como lo parecía estar Sherlock, o eso creía por su insistencia.
—¿No vas a esperar al menos hasta tener noticias de la condición del profesor Longbottom? —me indigné yo.
—Sé cómo está. Seguir esperando aquí por algo que ya sé es totalmente inútil. ¿Vienes o no?
Aunque no me gustó que me hubiera dejado en ascuas, sabiendo él cómo estaba el profesor Longbottom desde el principio, di por hecho que me lo hubiera dicho si fuera algo muy serio. Por lo que me ocupé en decidir sobre su insistente oferta. Furtivamente, miré hacia la profesora McGonagall, que hablaba con la profesora Vector, ambas muy preocupadas. Quité la vista, temiendo que ella sintiera en esa mirada mi indecisión.
—¿Para qué, exactamente?
Sherlock sonrió apenas un instante.
—Vamos. —y me dio la espalda hacia la puerta, dando por hecho que yo lo seguiría. Y lo hice.
Esperó hasta que estuviéramos afuera de la "sala de espera", para explicarme con ese tono enérgico y rápido que tiene cuando se emociona.
—Lo que pasó en el invernadero fue, claramente, que alguien quitó el hechizo represor a la Morfeo roja. —Con solo mi expresión, supo que ésa no era suficiente explicación—. Una enredadera que da flores blancas con pistilos rojos y florecen en invierno. Sino es reprimida, asumirá el crecimiento y tamaño propio de la especie, y atacará cualquier movimiento con su polen anestesiante y somnífero.
—¿Quieres decir que todo… Toda esa nube era polen de una planta?
—Son flores mágicas, enredaderas que crecen muy rápido y atacan con potencia. —Sherlock se acercó a un tapete y lo movió a un lado, para dejar al descubierto una oscura y empinada escalera. Ese pasadizo no lo conocía, pero lo seguí al instante, oyendo atentamente su queja—: ¡Magia! Por más que nos hagamos que no, aún no podemos explicarla… Todo parece posible, por eso la magia me es tan exasperante a veces y, por eso, hay que estar al tanto de lo que se conoce de ella. —¿para qué? Me pregunté yo, porque hablaba como si tuviéramos una misión más que llegar al invernadero tres, pero no dije nada para seguir escuchándole—. El que una planta en el invernadero tres diera problemas, —siguió él, mientras llegaba al final de la escalera y enfilaba hacia la izquierda de un pasillo—, es muy lógico. Como el que alguien más fuera responsable de ello y no el profesor Longbottom, que puede tener sus debilidades, pero es muy buen botánico.
—¿Alguien más? ¿Quién?
—Gracias a McGonagall no pude oír la identificación que dio el profesor Longbottom y, dado que ahora está en la enfermería, intentando no perder la vida por una sobredosis de polen de Morfeo roja, él no podrá decírmelo por un buen tiempo. —Tuve un pico de ira y preocupación al darme cuenta de que Sherlock me mantuvo a oscuras sobre la condición del profesor, y que, además, la comentara con tanta tranquilidad. Creo que no se dio cuenta de mi reacción por estar enfrascado en otro aspecto de la situación—: Llamémosla señorita X por el momento. Sabré más de ella cuando entre a ese invernadero.
No pude dejar de imaginar entrar a ese lugar y encontrar el cuerpo sin vida de una pobre, torpe pero inocente estudiante. Le tomé el hombro para pararlo en seco.
—¡Si creíste que había alguien más adentro, debiste decirlo al instante! —le increpé.
Pero él se me acercó más al rostro, e indignado, alzó la voz.
—¡No es una víctima, sino todo lo contrario! —se calmó en silencio, mientras unas chicas de tercero terminaban de subir por las escaleras que nosotros íbamos a bajar—. El profesor Longbottom dijo, y cito textualmente: "ella, ella deshizo el hechizo" cuando le pregunté qué le había pasado a la Morfeo roja. Deshacer un hechizo no es algo que se hace por casualidad, se debe saber la contramedida para ello… —abrí más los ojos, sorprendida al haber entendido justo lo que él diría—: Esa señorita X, quien fuera, quería desatar a la Morfeo.
—Pero, ¿por qué…? ¿qué ganaría con eso? —apenas balbuceé, sin poder salir de mi asombro.
Sherlock me sonrió grande y giró para seguir bajando las escaleras con rapidez y entusiasmo.
—Esas, Watson, son las preguntas más importantes. —exclamó, con la mano en alto—. Que se desprende de la principal: ¿Qué estaba haciendo allí?
Sin darme cuenta, había dejado de caminar. Todo mi enojo con él se había ido, dejándome en un estado de confusión. Pero rápidamente entendí que, aunque seguirle hacia el lugar donde una planta nos podía poner a dormir hasta la muerte no era lo más seguro... Al recordar al profesor Longbottom caer al suelo justo después de pedir ayuda y a su esposa aguantando el llanto y deseando verle… Sentí que sería incorrecto no seguirle.
Bajé hasta la sala y enfilé a la salida lateral donde él había parado para esperarme.
—¿Alguna idea de cómo entrar sin terminar como el profesor Longbottom? —pregunté al llegar a su altura.
Él volvió a caminar con rapidez hacia los invernaderos. Otra vez, tuve que apurar el paso para intentar llegar a su lado. Ser tan baja no ayuda a perseguir personas que caminan tan rápido como Sherlock.
—Por supuesto, pero no creo que sea necesario. Flitwick debió hacerse cargo, no hay otra explicación para que hubiera llegado a la enfermería hasta hace media hora. —Hizo un cambio de dirección, alejándose de los alumnos que estaban por ahí, mirando de lejos el invernadero y hablando entre sí. Fuimos hacia el Bosque Prohibido y, siguiendo su ladera en silencio, llegamos a la parte posterior de nuestro objetivo—. Espera aquí.
Caminó un par de metros hasta la puerta cerrada, sacó su varita e hizo algún hechizo. Apareció algo en el aire frente a él, como si fuera un vidrio que resplandecía azul y verde, a veces de amarillo, rayitos que se movían como olas tocándose entre sí. Sherlock lo miró más de cerca, hasta lo olió y tocó, y luego hizo otro hechizo. Al impactar el rayo de su varita con el aire, los resplandores se atenuaron y él me hizo una señal para que me acercara.
—No quité el hechizo porque Flitwick lo tiene vigilado, pero sí parte de su fuerza. Apenas haga el alohomora, entramos muy rápidamente. Vas a sentir que te empujan hacia atrás, pero si no logras entrar, harás que nos descubran.
Aunque estoy segura de que eso valía como otra llamada de atención a lo cordura, lo único que dije fue:
—Yo hago el alohomora.
Creí que lo iba a discutir, pero solo acentuó una expresión de sorpresa y sonrió, dándome espacio. La sensación de repulsión entre un paso y otro fue mayor de lo que creí, como si fuera un viento muy potente y sólido, pero pronto el paso fue dado y estuvimos dentro.
