Kiba, Hige, Rei y Toboe se dirigieron hacia un edificio en ruinas que desprendía el olor de un lobo.

-¿Es aquí?- preguntó Rei al lobato.

-Sí.

Una vez dentro, Toboe llamó a la puerta y les abrió un hombre de cabello gris y con una cicatriz en el pecho en forma de X. Al verle, Rei se estremeció de terror, ¡era el lobo gris que había intentado devorarle días atrás!

-¿Otra vez tú, enano? ¿Qué coño quieres?- dijo el lobo gris, mosqueado.

-Venimos a preguntarte si quisieras venir con nosotros al Paraíso- respondió Toboe.

-¿Al Paraíso? ¿Para qué voy a querer acompañar a unos inútiles como vosotros?

En ese momento, Tsume se fijó en los acompañantes de Toboe y los reconoció de inmediato.

-Vaya, ¿tú no eras aquel engreído que me contó una vez que disfrazarse de humano era una deshonra?- el lobo miró a Kiba con burla al verle en su forma humana y después miró a Hige y a Rei.

-¡Vosotros! ¿No tuvisteis bastante con la otra vez, queréis más?

-No hemos venido a pelear, Tsume. De hecho no se nos habría pasado por la cabeza invitarte a venir con nosotros- dijo Hige.

-¿Vas a venir o no?- preguntó Kiba al lobo gris.

Tsume miró a los visitantes con el ceño fruncido, cuando iba a dar una respuesta, una bala pasó cerca de ellos.

-¡Mierda! Esos estúpidos me han encontrado.

-¿Te buscan, Tsume?- preguntó Toboe asustado.

-¡Vámonos, deprisa!- Kiba salió corriendo por una de las ventanas del edificio seguido por los demás, incluido por Tsume.

Los guardias trataban de alcanzar a los animales, sin éxito, mientras éstos huían saltando de tejado en tejado. Toboe pisó en falso y por poco cayó al vacío, pero Tsume agarró al lobo cobrizo por el hombro y le ayudó a subirse de nuevo a la azotea.

-Gracias, Tsume.

-No me des las gracias, ¡corre!

Al final, el grupo consiguió esquivar a los humanos y salir de la ciudad, con la intención de no regresar allí nunca más.

Durante varios días, la pequeña manada cruzó las tierras nevadas que rodeaban las ciudades, sin apenas alimentarse debido a la escasez de flora y fauna. Al cuarto día de viaje, una ventisca asoló la zona por la que pasaban y se refugiaron en una cueva. Sus tripas no paraban de sonar, reclamando comida.

-Me muero de hambre- se quejó Toboe.

-Y yo- le acompañó Hige con voz desesperada.

-Echo de menos la comida de la ciudad- dijo Rei a la vez que su tripa rugía.

De hecho, Rei era el que peor lo pasaba, ya que al ser herbívoro, tenía menos posibilidades de encontrar alimento que sus compañeros y su cuerpo era menos resistente.

-No lloriqueéis tanto, solo han sido cuatro días de ayuno- dijo Tsume.

-¡¿Sólo cuatro días? 0-0 –Hige miró al lobo gris con los ojos desorbitados, nunca había pasado tanto tiempo sin comer.

-No os preocupéis, pronto comeremos- Kiba trataba de animar a sus amigos, en vano.

-Ya que tanta hambre tenemos, podríamos comernos al jamelgo- Tsume miró al moreno con ferocidad.

-¡Muérdeme si tienes valor, chucho! ¡Ya verás la coz que recibes!

-No me provoques, caballo.

Tsume y Rei se miraban con rabia.

-Vamos, tranquilos. No os peleéis, por favor- Toboe intentaba calmar a sus compañeros, que parecía que iban a pelearse de un momento a otro.

-Rei, déjalo ya. Somos cuatro contra uno, si te ataca nosotros te ayudaremos- Hige sabía perfectamente como tranquilizar a su amigo, que le obedeció y se volvió a sentar, al igual que Tsume.

Pasado un rato, Hige olfateó el rastro de un animal y salió corriendo en dirección al olor. Los demás le siguieron y descubrieron a unos pocos kilómetros más adelante a un ciervo muerto de inanición. Los lobos olisquearon el cadáver y comenzaron a devorarlo con avidez, mientras que Rei se comía unas pocas briznas de hierba que había cerca del ciervo. Cuando terminaron, se sentaron en el suelo con el estómago lleno.

-Buf, menos mal que estaba este animal aquí. De lo contrario habríamos muerto nosotros también- comentó Hige satisfecho.

Por desgracia, Rei no podía decir lo mismo. La hierba que había comido era escasa y aquello apenas le daba suficientes fuerzas. Desesperado, husmeó el aire y sintió el aroma de varias plantas a unos metros más alejados. Sin avisar a sus compañeros, salió al galope guiado por el olor y llegó hasta una explanada desierta, en la cual había un pequeño montón de brotes de hierba. El caballo no lo dudó un segundo corrió hacia ellas echando espuma por la boca, pero cuando había comido unos puñados, escuchó un sonido de motor detrás de él y vio como unas furgonetas se acercaban. De ellas salieron unos hombres vestidos con uniformes grises y cascos y armados con metralletas, que no tardaron en acorralar al corcel moreno.

-¿Qué hace aquí un caballo? No es normal que estén sueltos por esta zona- dijo uno de los hombres.

-Tranquilo, nos darán una buena pasta por él en la isla.

-¿Isla, qué isla? ¿Qué piensan hacerme estos humanos?- pensó Rei, asustado.

El animal pensó en huir, pero los hombres estaban armados y no quería poner en peligro su vida. Pero por otra parte no quería que lo apartaran de sus amigos, así que arremetió contra un grupo de ellos. Pero cuando iba a saltar por encima de sus cabezas, un par de cuerdas se cerraron sobre su garganta.

-¡Mierda!- Rei trataba de librarse de sus ataduras, pero fue inútil.

Sin que el corcel pudiese hacer nada, los humanos lo redujeron a golpes y acabó por desmayarse.

Mientras, los lobos esperaban el regreso de su compañero.

-¿Dónde se habrá metido? Me empiezo a preocupar- dijo Toboe.

-Tranquilízate, Toboe. Rei siempre desaparece sin avisar, pero después regresa- respondió el lobo castaño sin mucha preocupación.

-¿No notáis el hedor de los humanos?- preguntó Tsume a la vez que husmeaba el aire.

-Es cierto, y son varios- comentó Kiba.

-¿No será que…?- Toboe se imaginó lo peor al pensar en que Rei se encontraba sólo, con aquellos humanos en la zona.

-Vamos- Hige se levantó y salió corriendo seguido por los demás, dispuestos a encontrar a Rei.

Cuando Rei se despertó, sintió que se encontraba sobre un suelo duro.

-Ummmm, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

El moreno se transformó en humano y se irguió para ver el lugar en el que se hallaba. El suelo de madera no dejaba de moverse de un lado a otro y se escuchaba el sonido de un tren en marcha.

-No puede ser. ¡Esos estúpidos humanos me han metido en un tren! Tengo que salir de aquí.

El chico cogió carrerilla y arremetió contra la puerta del vagón, pero no consiguió nada. Durante un buen rato, el joven trató de echar la puerta abajo y huir, pero en vano. Al final, vencido por la sed y el agotamiento, Rei se desplomó.