CAPÍTULO 4

En el patio del Fuerte San Bartolomeo, el Teniente Finnick pasaba revista a la tropa, doce muchachos que se preparaban para su siguiente misión. La llegada del Capitán Seneca, acompañado del Sargento Chaff les alertó, cuadrándose todos a modo de saludo.

-Descansen -le indicó Seneca, permitiéndoles adoptar una postura más relajada.

-El cofre ya está de camino -le informó Finnick.

-El Gavilán podría haber sido informado de su llegada así que es mejor estar prevenidos -puntualizó Seneca.

-No se preocupe, Capitán -respondió el joven Teniente. -Enviaremos un destacamento para salvaguardar la carroza.

-Enviar un batallón llamaría demasiado la atención de los bandidos -le contradijo. -Mandaremos un par de soldados como escolta y variaremos el trayecto del carruaje -le ordenó mientras señalaba a dos brigadas bajo la mirada contrariada de Finnick. -Indicarle al cochero que se desvíe por el camino del Este.

-Pero... -quiso rebatirle el muchacho.

-No perdamos más tiempo -añadió el Capitán, haciendo caso omiso a lo que Finnick trataba de decirle y haciéndoles una seña a los soldados para que cumplieran sus órdenes.

-A sus órdenes, Capitán -exclamaron ambos al unísono.

-Esperemos que esta vez El Gavilán no salga vivo -masculló Seneca viéndolos marchar.

Tal y como sospechaba el Capitán, Peeta y sus hombres ya aguardaban ocultos en el bosque a la espera del contingente francés.

-¿Por qué esperamos aquí? -se quejó Cato. -Estamos demasiado lejos del camino.

-Temo que decidan cambiar de ruta -le aclaró Peeta. -Desde esta altura más elevada contamos con ventaja y controlamos el cruce de caminos. ¡Fíjate! -le señaló a lo lejos. -Acaban de llegar dos soldados, seguro que como escolta.

Apuntó con su catalejo hacia una revuelta del sendero y, a los pocos segundos, hizo su aparición un carruaje. Así como había supuesto, el par de soldados salió al paso del coche.

-Ahí está -sonrió Peeta satisfecho. -Preparaos.

Sus hombres obedecieron y procedieron a ocultar sus rostros. Pero, de repente, comenzaron a escuchar disparos.

-Demasiados tiros para ser de cazadores –aventuró Haymitch.

Peeta echó otro vistazo con su catalejo y, atónito, observó lo que sucedía.

-Alguien está asaltando la carroza -les anunció, sin acabar de creer lo que estaba viendo.

-Deberíamos aguardar -sugirió Effie. -Podría ser muy peligroso.

-¡Malditos! -exclamó Cato. -Se nos han adelantado.

-Sí –concordó Peeta. -Pero ¿quién? -preguntaba mientras observaba con su catalejo. Era un grupo de seis hombres y, lógicamente, sus rostros estaban cubiertos. Perplejo, Peeta comprobó que sus intenciones no eran sólo las de robar el cofre... estaban asesinando a todo el séquito francés.

Uno de los enmascarados descendió de su caballo y se dirigió a uno de sus compinches, indicándole que desmontara.

-Asegúrate de que están todos muertos -le ordenó a lo que el otro hombre obedeció prontamente. Se acercó a uno de los soldados abatidos y, sin comprobar si estaba vivo o muerto, le disparó en la espalda, viendo como convulsionaba violentamente y siendo estas últimas sacudidas su último hálito de vida.

Tras observar con satisfacción la obra de su subordinado, él mismo se aproximó a uno de los cuerpos que, boca abajo, parecía respirar. Con la punta de su bota le dio la vuelta al infeliz que, como había supuesto, agonizaba. Para deleitarse aún más de su hazaña, lentamente se descubrió el rostro, disfrutando al ver como el rictus moribundo del soldado se teñía de horror al comprobar la identidad de su asesino. Con una sonrisa endiablada en sus labios, su verdugo apuntó directamente al pecho ensangrentado del joven y disparó.

-¡En marcha! -ordenó a sus hombres ocultándose de nuevo el rostro.

-Se alejan -anunció Peeta cuando los vio irse.

-Vamos a ver entonces –sugirió Cato.

Al bajar la loma, comprobaron con pavor la escena dantesca que se mostraba ante ellos. Los cuerpos de cinco soldados franceses yacían alrededor del carruaje acribillados y desangrados.

-Era el carruaje que esperábamos -les confirmó Cato saliendo del coche. -Llevaba el dinero del ejército francés -añadió, ofreciéndole a Peeta una pequeña pieza redondeada, parecida a una moneda pero de cera roja. -Es el sello de la República Francesa.

-Haymitch -exclamó Effie. -Venid, rápido -le pidió alarmada. -Este muchacho aún está vivo y está intentando decir algo -le dijo arrodillándose junto al joven soldado, haciendo que su cabeza reposara en su regazo.

-¿Quién ha hecho esto? -se apresuró a cuestionarle Peeta mientras Haymitch revisaba al muchacho.

-El Capitán... -susurró con lo que parecía su último aliento -...Crane.

-¿Seneca Crane? -quiso asegurarse Peeta, estupefacto.

El muchacho asintió con la cabeza.

-Haymitch debéis salvarlo -le exigió Effie.

-La bala está alojada en sus pulmones -se lamentó Haymitch negando con la cabeza.

-¡Pero él podría testificar contra Crane! -prorrumpió Cato alterado.

Entonces, Peeta sintió el agarre de un puño tembloroso en su camisa. Bajó la vista y se encontró con la mirada suplicante del muchacho, moviendo frenéticamente su boca, en busca de aire y de las palabras que se negaban a salir de sus labios.

-Juro que esto no quedará así -le murmuró Peeta tomando su mano ensangrentada, alentándole en esos instantes finales, antes de que el joven soldado emprendiera valientemente y con una sonrisa esbozada su último viaje.

-¡Seneca, maldito asesino! –bramó Peeta mientras Haymitch cerraba los ojos sin vida del muchacho.

Mientras tanto, el prometedor Capitán Seneca se regodeaba en su despacho, contemplando en uno de sus cofres, el botín que acababa de incautar. Al escuchar el golpear de nudillos en la puerta, cerró el cofre bajo llave.

-Adelante -dijo después.

El Sargento Chaff entró en la estancia cerrando la puerta tras de sí. Avanzó unos pasos y se detuvo ante la mesa de Seneca, cuadrándose.

-Buen trabajo, Chaff -le felicitó Seneca, abriendo uno de los cajones de su escritorio y lanzándole un saquito con monedas de oro. Chaff asintió en agradecimiento.

-Por cierto, ¿qué hay de los idiotas que nos han ayudado? -quiso saber el Capitán.

-Arreglaré ese asunto por la mañana, señor -le aseguró Chaff con sonrisa ladina. -Nadie notará su ausencia, ni siquiera Finnick.

-Muy bien -se regocijó Seneca.

-Vuestra idea de asaltar el carruaje antes que El Gavilán ha sido excelente -le alabó su subordinado.

-Todos, incluido el simple de Marvel Everdeen sabían que El Gavilán iba tras ese carruaje -le recordó Seneca. -Nadie tendrá dudas de que ha sido él quien lo asaltó -sugirió comenzando a servir un par de copas de vino -y quiero ver si alguno tendrá ahora el valor de defenderlo -concluyó. -Brindemos -le dijo entregándole una copa, que Chaff aceptó halagado.

-Por El Gavilán, entonces -bebieron ambos hombres.

-Será un placer colgar a ese "bruto asesino" -se rió Seneca. -Ahora vayamos a comunicarle la mala noticia al distinguido Conde Everdeen.

Esta vez el Teniente Finnick sí les acompaño a Vilastagno. Aunque trató de mostrarse sereno y contenido, tal y como acostumbraba a ser su naturaleza, no medió palabra en todo el trayecto, temiendo que el timbre de su voz reflejara su consternación. Cinco de sus hombres acaban de perder la vida, cinco muchachos preparados y valientes que él mismo había entrenado y que habían estado bajo sus órdenes en infinidad de batallas. Y no sólo se sentía atormentado por la pérdida, sino culpable. Debía haber insistido más con el Capitán para que todo el batallón hubiera acudido al encuentro del carruaje. Si bien no esperaba un acto tan despiadado por parte de aquel bandido, estaba claro que se equivocaba, y, tal y como habían desembocado los acontecimientos, el mandar únicamente a dos hombres había sido un acto suicida.

Llegando a la finca, observó a su Capitán entrar en la quinta y él, deseoso de encontrar algo de sosiego, se apartó de Chaff y del resto de la tropa. Fue entonces cuando lo único en el mundo que podía calmar su aflicción en ese instante se cruzó ante sus ojos, aquella delicada muchacha de largo pelo negro y ojos grises que viera en el pueblo el día que acudieron a confiscar las armas. En ese arrebato suyo en el que corrió a liberar de las manos de sus soldados a aquel muchacho que había tratado de agredirlo, se personificó ante él La Mariana, aquel símbolo de la Revolución Francesa en forma de mujer y que avanzaba impávida y con paso firme portando los valores de los ciudadanos franceses y cuya ideología era la que él mismo defendía con su propia vida: Libertad, Igualdad y Fraternidad; una mujer valiente, fogosa y luchadora, como esa preciosa joven que caminaba hacia él.

-Buenos días, Teniente -se detuvo Annie ante él, en una leve reverencia.

-Buenos días, señorita -se inclinó él, sonriendo al volver a escuchar el sonido de su voz, como un dulce repicar.

-Quería agradeceros el haber liberado a mi hermano el otro día -le sonrió ella.

Finnick se regocijó para sus adentros al conocer la identidad de aquel muchacho... su hermano.

-¿Y no me agradecéis que os liberara a vos? -inclinó la cabeza hacia ella, insinuante.

-Entonces ¿me recordáis? -preguntó ella bajando ligeramente su rostro, aunque ampliamente complacida.

-Por supuesto que me acuerdo de vos -respondió él. Cómo olvidar aquellos ojos grisáceos que se habían clavado en su alma de forma tan fulminante, marcándola a fuego.

-Mi hermano es demasiado impulsivo -continuó ella, -pero es un buen muchacho.

-Veo que lo de actuar de forma impulsiva es cosa de familia -sonrió Finnick sugerente.

-¡Annie!

La muchacha se alarmó al escuchar la voz de Octavia que la llamaba a lo lejos.

-Con permiso, Teniente -se despidió Annie con una rápida reverencia y corrió hacia la doncella.

-Si tu hermano se entera de que coqueteas con ese francesito... pobre de ti -murmuró Octavia como advertencia. -Vamos a la cocina.

Annie asintió mordiéndose el labio y comenzó a caminar junto a ella, no sin antes voltear su rostro de modo furtivo, para encontrarse con aquella mirada azul que la contemplaba de modo penetrante, turbándola.

Finnick había deseado con fervor que la joven le regalara la posibilidad de poder ver su rostro una vez más y sonrió satisfecho cuando ella se giró a mirarlo.

-Annie -susurró para sus adentros. Iba a ser un verdadero placer acompañar al Capitán a aquella finca, de hecho, estaría gustoso de hacerlo tantas veces como a él se le ofreciera...

Cuando Seneca llegó a la biblioteca, encontró a Katniss y Marvel hablando animadamente.

-¿Y con ésta qué tal estoy? -preguntaba Marvel colocándose una gran máscara oscura, que cubría casi todo su rostro.

-Es una fiesta de máscaras no la reunión de una secta secreta -se rió Katniss.

-¿Y vos? -les interrumpió entonces el Capitán -¿Cómo os vestiréis esta tarde? Me complacería mucho ir acorde con vos.

Katniss no pudo ocultar el desagrado que le producía no sólo la irrupción sino también su presencia.

-Os dejo hablar entre hombres -se giró hacia Marvel con expresión disgustada.

-Estaría bien que vos también escucharais lo que vengo a comunicaros -la detuvo él.

-¿Ha sucedido algo? -se interesó Marvel al ver su expresión preocupada.

-Aquello que temía -le anunció. -El Gavilán ha asaltado el carruaje que traía la financiación desde Francia y, por desgracia, a los pasajeros no les ha ido tan bien como a vos -se dirigió a Katniss cuya mirada expresaba su reticencia a creer lo que estaba insinuando Seneca. -Ha sido una masacre -le confirmó finalmente.

-Si lo esperabais ¿por qué no lo habéis remediado? -le acusó Marvel.

-He hecho cambiar la ruta del carruaje y he enviado una escolta -se defendió -pero hubiese sido mejor no haberlo hecho porque ese bandido no ha tenido piedad y ha matado a esos pobres muchachos.

-Katniss, ¿entiendes ahora por qué cierta dureza es necesaria? -le indicó su hermano.

-Yo no creo que El Gavilán pueda haberlo hecho -se negó ella.

-¡Basta de justificarlo! -se exasperó Seneca. - El Gavilán ha mostrado su verdadero rostro y no es más que un vil asesino -concluyó con rudeza. -Os notifico que mis hombres están colocando pasquines en vuestra finca y en el pueblo -le dijo ahora a Marvel. -Una recompensa por El Gavilán -le informó -vivo o muerto. Ahora si me disculpan...

Seneca se inclinó y salió de la estancia. Se sentía orgulloso de lo bien interpretado de su papel y, aunque esa jovencita no pareciese convencida, lo estaba su hermano, que era lo que él pretendía.

-Teniente, iniciamos la marcha -le indicó a Finnick en cuanto alcanzó la salida. -Debemos coger a ese criminal cuanto antes.

-Sí, Capitán -se cuadró Finnick, tras lo que acudió en busca de sus hombres.

-Permítame unas palabras, Capitán -le susurró Chaff en cuanto Finnick se alejó.

-Dime, Chaff.

-Falta un cadáver de la lista -le reveló. -El soldado raso Boggs, señor.

La expresión de Seneca dejaba claro su profundo malestar.

-Quizás se lo han llevado los animales –aventuró Chaff.

-Y si aún está vivo podría reconocernos -le atajó Seneca. -Continúa buscándolo -le exigió -y sólo con hombres de fiar.

-Sí, Capitán -asintió el Sargento.

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* ~ § ~ *

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En cuanto llegaron al Palacio Dimonte, los padres de Clove acudieron a saludarlos. Katniss llegaba del brazo de su hermano y Glimmer en compañía de su marido Gloss que, a regañadientes y negándose en rotundo a portar máscara, había accedido finalmente a ir a la fiesta. Situada tras sus padres y con mirada sugestiva, Clove recibió a su prometido.

-Estáis radiante -la saludó él besando su mano.

-Y vos parecéis expectante -aventuró ella.

-Katniss me ha confesado que se ha enamorado -le anunció -y me lo presentará esta tarde.

-Pero yo he invitado al Capitán Seneca -le dijo contrariada. -Nos arriesgamos a quedar otra vez mal con él.

-No he dicho que vaya a impedir esa unión -le aclaró, -solo que voy a conocerlo -le sonrió buscando su comprensión. -Podemos confiar un poco en el amor ¿no?

-Sí, aunque vos confiáis demasiado en los caprichos de vuestra hermana -concluyó ella mientras alzaba su rostro por encima de la gente, buscando a Seneca. Claramente llegaba con retraso... más la causa de ello tenía un nombre... El Gavilán.

-¿Qué sucede? -vociferó el Capitán molesto hacia el exterior de la carroza que se había detenido.

Asomó la cabeza por la ventanilla y comprobó que el carro de un campesino que había volcado bloqueaba el sendero.

-Liberad el camino -le ordenó a sus hombres. -Ayudad a ese patán ¡rápido!

Y fue entonces, aprovechando la soledad de la carroza, cuando Peeta irrumpió en ella, pistola en mano.

-No te preocupes -le dijo Peeta respondiendo a la mirada altiva que le lanzaba Seneca, a pesar de lo desventajoso de su situación. -No morirás ahora pareciendo un héroe pues serán los tuyos lo que te ahorquen... por traidor.

Ahora el rostro de Seneca dejaba adivinar el temor al imaginar a qué se estaba refiriendo aquel bandido.

-Sí -le confirmó -sé que has sido tú quien ha asaltado el carruaje y ha masacrado a esos pobres muchachos -lo acusó con dureza -y lo demostraré. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer...

Y antes de que Seneca pudiera reaccionar, Peeta golpeó fuertemente su mentón, dejándolo confuso para así darse la posibilidad de escapar.

No muy lejos, a la espera y atentos por si se presentaba algún contratiempo, le esperaban sus hombres.

-Ya está advertido -les dijo.

-¿No le estaremos provocando? -sugirió Haymitch.

-Al menos que no crea que se está saliendo con la suya tan fácilmente -le corrigió Peeta. -Y, si me perdonáis, he de ir a prepararme para una fiesta -le guiñó el ojo a Haymitch.

Azuzó su caballo y se apresuró a encaminarse hacia el refugio, allí dejaría de ser El Gavilán para convertirse en Peeta Mellark, sin tener la certeza del cuál de las dos identidades sería la que le haría perder a Katniss.

-Como de costumbre, Katniss sigue sintiéndose incómoda con este tipo de celebraciones -le indicó Glimmer a Marvel viendo a lo lejos la expresión contrariada de la joven.

-Al contrario que tú –concluyó Marvel sonriendo, a lo que ella asintió con mirada cautivadora. -En cualquier caso Katniss tiene otro motivo por lo que estar inquieta -añadió. -Parece que su cita se retrasa.

-¿Cómo? -se asombró Glimmer.

-Katniss me ha confesado que está enamorada -le aclaró.

-¿De veras? -preguntó emocionada. -¿De quién?

-No lo sé -respondió Marvel. -Supuestamente lo conoceré esta tarde.

-Ya veo -sonrió Glimmer divertida.

-Creo que se han estado viendo a escondidas -le confesó. -Pero no puedo regañarle por eso -se encogió de hombros. -Katniss tiene derecho a vivir su amor ¿no?

Una sombra de melancolía borró la alegría y la sonrisa de los labios de Glimmer.

-Todos debemos tener ese derecho -bajó ella el rostro -y cuando llega es un pecado renunciar a él.

-Glimmer, yo...

-Glimmer, querida -los interrumpió Clove, acercándose a ellos, -¿dónde está vuestro marido?

-Creo haberlo perdido -respondió ella, mirando a Marvel entristecida.

-Muy mal -exclamó con ironía. -Al marido hay que tenerlo muy cerca -le sonrió tratando de disimular su malestar. Se colgó del brazo de Marvel y dando muestras de quien de las dos manejaba la situación allí, se lo llevó bajo la mirada impotente de Glimmer.

-¿Qué haces aquí sola? -la voz de Katniss la sorprendió.

-Acabo de saber por Marvel que estás esperando a un joven -bromeó con tono pícaro.

-Qué chismoso -bajó la cabeza ruborizada. Glimmer emitió una risita divertida.

-¿Ha llegado ya? -quiso saber.

-No, y empiezo a preocuparme -respondió nerviosa.

-Creo que está llegando alguien -le indicó señalando la entrada al salón. -Puede que sea él.

Katniss comenzó a otear por encima de la gente para comprobar si efectivamente era Peeta cuando, para su disgusto, se encontró con la mirada prepotente del Capitán Seneca.

-Buenas tardes, Marquesa -se inclinó ante Glimmer. -Condesa -le tomó la mano a Katniss para besársela -Ninguna máscara podría ocultar vuestra hermosura -añadió con tono sugerente.

-¡Capitán Seneca! -se apresuró Clove a saludarlo, sin soltar el brazo de Marvel, al que se aferraba de modo posesivo. -Temí que no llegaseis.

-Disculpadme el retraso -se excusó besando su mano. -Vuestro palacio es magnífico -la alabó.

-Espero que vuestra estancia aquí sea placentera -le sonrió ella.

-Lo sería si la Condesa Katniss me hiciera el honor de concederme la siguiente danza -le ofreció su mano.

-Lo siento pero yo...

-Katniss querida -le sonrió Clove con malicia. -No podéis negaros siendo una fiesta en vuestro honor.

Con gran contrariedad dibujada en sus facciones, Katniss aceptó la mano que Seneca le ofrecía y se adentraron en el salón. Seneca la acompañó a su lugar tras lo que él se colocó en el suyo, en la fila de los hombres. Katniss lanzó una mirada de disgusto a Marvel. Odiaba el baile, cualquier tipo de danza, pero, sobre todo, el minueto. El ser una danza en la que apenas se tuviera contacto con la pareja de baile no la beneficiada en su declarada torpeza. Si al menos fuera un vals... no era que fuera de su agrado pero, en ese caso, al verse guiada por la pareja, no corría el riesgo de dar un traspiés en mitad de la pieza musical. Más, por otra parte, si añadía el sustancial retraso de Peeta a la combinación y el hecho de que Seneca era su pareja, su falta de concentración estaba asegurada.

Aún no se había consumido la mitad de la pieza cuando, en uno de los cambios de pareja, vio frente a ella unos ojos azules ocultos tras una máscara, de la que escapaban algunos mechones rebeldes de cabello rubio.

-¿Me permitís? -le dirigió una sonrisa triunfante a Seneca que observaba atónito y airado la intromisión. Clove maldijo para sus adentros a Katniss y se apresuró a salir al centro del salón para ofrecerse como pareja de Seneca.

-Temía que no vinieras -le susurró Katniss al acercarse a Peeta en uno de los giros.

-Dijiste que el próximo beso sería en el baile -le recordó. -No podía faltar.

Katniss asintió sonriente.

-Tengo que hablarte, es importante -dijo Peeta de súbito. -Ven conmigo -la tomó de la mano y salieron a uno de los balcones anexos al salón.

-Escucha -comenzó él.

-Espera -posó ella uno de sus dedos sobre su boca. -Primero la promesa que te hice en el riachuelo.

Katniss retiró su máscara de su cara tras lo que hizo lo mismo con la de Peeta, dejándolas caer al suelo. Deslizó entonces las manos hacia su cuello, alzándolas hasta su nuca, donde reposaba anudado su cabello y, sin demorar más el momento que ella misma había estado deseando con ardor, unió sus labios a los de él.

La respuesta de Peeta no se hizo esperar. La rodeó entre sus brazos apretándola contra su pecho, haciéndola partícipe de que ese mismo deseo también lo impulsaba a él. Hubiera querido que ese beso durara para siempre, si con ello impedía que tuviera que hacer frente a su verdad y confesarse ante Katniss, mas ese momento no debía ser dilatado.

-Te amo, Katniss -murmuró separándose por fin de ella. -Y si algo sucediera... -titubeó -quiero que sepas que te amo más que a mi propia vida.

-Yo también te amo, si supieras cuanto... -le respondió ella.

-Pero...

-Estoy segura de que no ocurrirá nada -aseveró ella ante la mirada angustiada de Peeta. -Nada ni nadie podrá acabar con nuestro amor.

Sin dejarlo replicar siquiera, Katniss volvió a lanzarse a sus brazos y a besarlo con pasión. Aturdido, Peeta se dejó llevar por el dulzor exquisito de aquellos labios que lo besaban fervientemente. Sí, quizás un beso más antes de desenmascararse por fin...

Glimmer y Marvel observaban conmovidos la escena desde el salón.

-Hacen un hermosa pareja ¿verdad? -advirtió Glimmer enternecida.

-Sí -concordó Marvel sonriente.

-¿Lo conoces pues? -quiso saber Glimmer.

-No -aseveró Marvel -Así que, quizás, sea el momento de que vaya a conocerlo -le dijo a Glimmer, tras lo que se encaminó hacia el balcón.

Fue entonces, al ver la escena que se sucedía delante de sus ojos, cuando se le heló la sangre.

-¡Katniss! -exclamó iracundo sobresaltando a la pareja -¿Cómo es esto posible? -la agarró del brazo, estirando de ella con brusquedad.

-Pero Marvel...

-Y vos... -se dirigió a Peeta enfrentándolo con mirada desafiante, haciendo caso omiso de las súplicas de su hermana. -No volváis a buscarla más o juro que os mato con mis propias manos -sentenció ante la mirada horrorizada de Katniss. -¡Vámonos te he dicho! -tiró de ella entrando de nuevo al salón y continuando hacia la salida.

-¿Te has vuelto loco, Marvel? -forcejeó ella, mas sin conseguir soltarse. -Él es el muchacho de quien te hablé, -trató de explicarle -de quien estoy enamorada.

-No podrás amarlo jamás ¿has entendido? -le advirtió con dureza, -ni siquiera acercarte a él.

-¿Por qué? -preguntaba ella sin lograr comprender. -¿Todo esto es porque me besaba? -aventuró. -No estábamos haciendo nada malo...

-¡Maldición, Katniss! -se detuvo Marvel en seco. -¡Ese hombre es Peeta Mellark! ¿Comprendes? ¡Es el hijo de Enobaria!

Katniss palideció entonces, incapaz de articular palabra o de mover tan siquiera alguno de los músculos de su paralizado cuerpo. ¿Peeta el hijo de Enobaria? ¿Era por eso que se mostraba reticente a descubrir su identidad?Aquella duda cayó sobre ella como si el mundo entero hubiera recaído sobre sus hombros.

-¡He dicho que nos vamos! -tironeó de nuevo Marvel de su mano, adentrándola en su carruaje.

Katniss alcanzó a asomarse por la ventanilla y vio a Peeta correr tras ella, deteniéndose al comprobar que ya no la alcanzaría y fue la culpabilidad de sus ojos la que le dio la respuesta a su pregunta, la peor respuesta que aquellos ojos azules que ella tanto adoraba le podrían haber dado.

Hasta aquí llego el capítulo 4.

Ahora todo se empieza a complicar en nuestra parejita.

Para la próxima semana empezaré a publicar los martes y los sábados, así que estad pendientes de las actualizaciones.

No olvidéis dejar un review, mirad que no os cuesta nada, y si me da ánimos de seguir adaptando esta magnífica historia.

Si tienen preguntas estoy a un PM de distancia.

Agradecimientos:

Vivis Weasly: Gracias nena me alegro de que te haya gustado la historia. Ahí te dejo las nuevas fechas de publicaciones.