Varias veces durante la noche despertó como si le faltara el aire. Las gotas de sudor que escurrían desde su frente hasta sus pómulos eran más molestas conforme su sueño era interrumpido. Se levantó de su cama y se quitó el cabello de la cara. Hacia afuera un viento mecía a los árboles de manera insistente lo cual distrajo un poco a Eiko y la hizo pensar en algo más. Eran las tres de la madrugada y ya no podía conciliar el sueño por lo que optó por perder un poco de tiempo en la computadora y conectarse al servicio de mensajería instantánea a ver si alguno de sus amigos también sufría de insomnio. Al pasar la vista por los pseudónimos de sus conocidos vio a Kagome, la muchacha que había conocido días atrás en la cafetería. Dio click y la ventana se abrió.

-Hola- escribió. Esperó respuesta por varios minutos hasta que al fin su saludo fue respondido de igual forma.

-¿Qué haces despierta a esta hora?- preguntó Eiko ya que Kagome era unos años más joven que ella y seguramente debía de ir a su escuela secundaria en unas cuantas horas.

-Estoy haciendo unas tareas que no tuve tiempo de hacer la semana pasada. Todavía no termino pero creo que voy a acabar por hacerlas en clase… varias-

La conversación se extendió por al menos una hora con temas bastante diversos, nada personal ni concreto hasta que Kagome invitó a Eiko a ver películas en su casa por la tarde. Eiko aceptó contenta.

-Debo irme. Me voy a bañar para irme a la escuela pero nos vemos más tarde; ¿a las cinco te parece?-

Eiko respondió afirmativamente y después de aquello se despidieron.


La tarde cayó rápidamente posándose en los vidrios de la ventana dirigiendo un ligero calor en el rostro de la joven. "Seguramente me quedé dormida" pensó envolviéndose con una cobija y tomando el despertador para revisar la hora.

-¡¿LAS CUATRO Y MEDIA DE LA TARDE?- exclamó saltando de la cama y poniéndose su ropa para salir rápidamente.

Yendo hacia la dirección que Kagome le había dado horas antes por Internet, pasó por el parque y vio en una de las bancas sentado al maestro Miyamoto sumido en la lectura de un libro bastante grueso. "De historia" pensó Eiko redirigiendo su mirada hacia su camino pensando que no se había percatado de que había pasado por ahí pero los feroces ojos de Hiroshi se asomaban con insistencia a través de la carátula delgada de los lentes que usaba de a diario.

Al llegar al lugar subió las altísimas escaleras y pasar el tori que daba la bienvenida al lugar. Al llegar a la puerta de la casa de Kagome tocó con suavidad para no incomodar a la familia. Ya pasaban un poco de las cinco y no había tenido tiempo de mandarle un mensaje para avisarle que llegaría algo tarde. A los pocos segundos de tocar la puerta una mujer de mediana edad asomó la cabeza y con amabilidad la saludó.

-Buenas tardes señora Higurashi, soy una amiga de Kagome, vine a ver unas películas con ella, ¿se encuentra?-

-Sí, Eiko, mi hija me contó sobre ti. Pasa, Kagome todavía no llega pero pasa a la casa; te preparé un poco de té.

La casa de Kagome era un lugar bastante acogedor, al entrar se sentía un calor como si se tratara de su propio hogar entonces comprendió de dónde venía aquel sentimiento tan familiar que experimentó con la joven al conocerla. La señora Higurashi la pasó a la cocina en donde le ofreció un asiento en la mesa y le sirvió una pequeña taza de té. Se sentó frente a ella y abrió tema de conversación para hacerla sentir cómoda.

-¿Entonces conociste a mi hija hace poco?- preguntó la señora Higurashi dándole vueltas a la cuchara del azúcar. Eiko asintió sorbiendo con delicadeza el té que estaba todavía muy caliente.

-Sí. Kagome es una joven muy madura y muy simpática, la verdad es que hizo un excelente trabajo como mamá. La verdad es que ya tenía un buen tiempo en el que no me sentía tan a gusto con alguien nuevo, tengo otra amiga en la universidad pero aparte de ella… disculpe, creo que estoy hablando de más-

-No, para nada Eiko. Es agradable conocer a los amigos de Kagome-

Y después de esa breve charla la puerta de la entrada se abrió estrepitosamente y aquel ruido fue seguido por el sonido de unos pasos agresivos que se sumían con bastante fuerza sobre el suelo haciéndose cada vez más intensos hasta que llegaron a la cocina y en el umbral de la puerta se encontraba Kagome con las piernas arqueadas mirando hacia el piso con una respiración agitada.

-¡ABAJO!- fue lo que dejó escapar de su boca con furia y a un volumen bastante alto. Como continuación a aquel extraño comando se escuchó un fuerte golpe y el quejido de lo que parecía ser un joven.

-¡Ya te he dicho que no me sigas a la casa! Tengo cosas qué hacer y si vienes a presionarme para que regreses no haces que las cosas me sean más fáciles-

-Bienvenida a casa hija-saludó la señora Higurashi con el mismo rostro sereno con el que saludó a Eiko al tocar la puerta sin mostrar señas de sorpresa o desconcierto como en su caso personal. -¿InuYasha va a quedarse a cenar?-

-No mamá, InuYasha ya se iba- respondió la joven con un tono siniestro desviando la mirada del suelo y dirigirla hacia el pasillo.-Por cierto mamá, una amiga iba a venir hoy… ¡InuYasha que te vayas te digo!-

-Hola Kagome-

La joven se exaltó a tal grado que le provocó hipo. Apretando los labios aventó su mochila hacia el pasillo provocando que se escuchara el quejido de alguien más. Entró a la cocina y se sentó al lado de Eiko.

-¿Qué no hay alguien más…?-

-No- interrumpió Kagome.

De pronto en el antiguo puesto que la joven estaba ocupando un muchacho con cabello plateado y vestiduras rojas apareció con el gesto enfurecido con la mochila de Kagome en la mano que después dejó caer con brusquedad a la entrada de la cocina.

-¡InuYasha qué gusto!- exclamó la señora Higurashi.

-¡ERES UNA TONTA!, ¿POR QUÉ TIENES QUE TRATARME ASÍ?- gritó InuYasha con cólera dejando mostrar dos blancos colmillos más grandes de lo que un humano normal.

-Prepararé la cena-


Después de un confuso momento y que los ánimos se calmaran Eiko se dispuso a elaborar las preguntas que tantas ganas tenía de hacer desde el primer momento en que Kagome pisó la cocina. –Bien… sé que no es de mi incumbencia, es tu casa y haces como quieres- mientras decía esto el gesto de Kagome se volvió sumiso como si esperara un regaño –pero, ¿qué demonios acaba de pasar hace un rato?-

Todo había sido demasiado extraño, desde la actitud de la joven al llegar hasta las orejas de perro de InuYasha que se movían con cada sonido ligero o brusco.

-Hay tantas cosas que explicarte que en un rato no comprenderías…- fue lo único que Kagome pudo responder mientras que InuYasha deglutía la sopa que la señora Higurashi había preparado despreocupado, salpicando un poco de fideo por aquí y pollo por allá.

-Mi nombre es Eiko- pero al parecer la sopa parecía ser más importante que cualquier otra cosa.

-Escucha Eiko, sé que te prometí que veríamos películas y de hecho planeaba invitarte a dormir pero…-

-Esta comida quedó muy rica- interrumpió InuYasha quien se encontraba lamiendo el plato con efusividad. La madre de Kagome con el mismo rostro de generosidad se levantó y recogió los platos de los tres jóvenes. De pronto InuYasha se levantó y tomó del brazo a Kagome y con el otro la mochila y salió disparado de la casa sin siquiera dejar que Eiko supusiera alguna cosa. Sin pensarlo, lo único que se le ocurrió hacer fue seguirlos a paso apresurado. Vio a lo lejos el tinte rojo de la ropa de InuYasha meterse a una pequeña bodega al lado de un gran árbol. Corrió hasta ahí y lo único que había era un viejo pozo, ningún rastro de los dos. Incrédula de lo que había pasado dio unos cortos pasos para asomarse al pozo pensando que tal vez le estaban jugando una broma, de muy mal gusto por cierto pero nada. Se sentó en la orilla pensativa, juraba que los había visto entrar. Al bajar la mirada vio en el suelo un pequeño bote de vidrio que contenía unos cristales brillantes en su interior, los tomó y los acercó a su rostro para observarlos con más detalle. Los cristales brillaban con la poca luz que se filtraba por los huecos de la madera liberando unos destellos de colores. Era lo más bonito que había visto en cuanto a joyas se trataba. De pronto, la necesidad de mirar hacia el fondo del pozo llegó a su mente. Un curioso impulso la invadió. Miró hacia abajo y sólo se alcanzaba a distinguir con ligera claridad la tierra revuelta y unos cuántos pedazos de madera. "¿Por qué sentiré tantas ganas de ver qué hay más allá de eso?" y sin pensarlo se lanzó hacia él.