DISCLAIMER: El mágico universo de Labyrinth no me pertenece, es propiedad de Jim Henson Co., George lucas, del maravilloso y eterno David Bowie y de la genial Jennifer Connelly, quienes idearon o dieron vida a sus personajes. Yo solo me he tomado un tiempito para crear este fanfic sin fines de lucro basada en la trama original porque adoro a Jareth y a Sarah y no puedo soportar que no se hayan quedado juntos. ¿Oki?, jejeje.
Hola a todos los lectores, he vuelto trayéndoles un nuevo capítulo pero antes que nada quisiera agradecerles a Lala, Isa, Friditas, EloraP, Claudia y Pamlaisly232 por dejarme sus reviews, suscripciones y favoritos. Muchas gracias, en realidad es muy importante su apoyo para mí, les envío un abrazo al igual que a todos quienes en silencio siguen esta historia, en cualquier parte del mundo donde estén.
Con ustedes el tercer capi que continúa la historia de Sarah en algún lugar de los Alpes...
Nota: He usado el nombre de "Alice" para la mejor amiga de Sarah porque es mencionado en uno de los capítulos iniciales del libro.
CAPÍTULO III: CUANDO EL MUNDO SE VIENE ABAJO
El día en que Sarah volvió al internado llevando consigo su equipaje y su mochila café llena de sus textos escolares a su espalda, creyó entrar a un lugar desconocido ni bien el guardián amablemente le abrió el portón.
El enorme establecimiento de estilo gótico y de más de dos siglos de antigüedad le dio entonces el recibimiento y tuvo un dejavú de repente, ocasionado por rememorar aquella vez que unas pesadas puertas se abrieran ante ella, permitiéndole ingresar a otro lugar enigmático e imponente pero mucho más sombrío… el inmenso laberinto del reino de los Goblins, ubicado a millones de kilómetros de allí (si es que la medición de distancia podía aplicarse entre ese mundo y el real). Un sitio que de sólo recordarlo hacía que le sobrevinieran escalofríos, por lo que siempre le resultaría increíble el haberlo logrado cruzar.
Un viento gélido proveniente de la cordillera barrió todo a su paso en esos momentos como corroborando la crudeza de sus recuerdos y tuvo que sobrecogerse en su chaqueta denim para protegerse del frío, así como sostener su gorro de lana púrpura para evitar que se volara. Sin embargo quiso permanecer un rato más frente a la tétrica fachada del colegio, porque fue como si por primera vez pisara la viera. Le habían ocurrido tantas aventuras durante sus vacaciones en la tierra de sus amigos, a la cual sentía que ya casi pertenecía, que volver de nuevo a encerrarse a acatar mil reglas allí, le resultaba totalmente fuera de lugar.
Hubiese continuado distraída, sumida en sus pensamientos y añoranzas algunos minutos más de no ser porque una vocecita conocida y algo chillona le sorprendió al gritar su nombre, dejándole apenas oportunidad de reaccionar antes de que su dueña prácticamente se le abalanzara encima a abrazarla en una expresión de cariño.
-¡Saritaaaah!-
Era Alice Webber, su mejor amiga del colegio que estaba contenta de verla. Alice era también su compañera de cuarto por ser su antecesora inmediata en el orden de lista de su curso, una característica que les había unido desde el primer año, volviéndolas confidentes.
-¡Alice, qué alegría verte! ¿Cómo estás?- Sarah apenas pudo decir ni bien se recuperó de la mega euforia y enseguida su rubia amiga, como si hubiese estado esperando que le preguntara aquello, se desbordó a platicar como carretilla. Alice era originaria de Berna, no muy lejos de allí y a diferencia de lo que Sarah alguna vez había escuchado sobre el carácter flemático de los suizos al igual que el de los ingleses, ella era con claridad una excepción.
-¡Sari me alegro muchísimo de verte, estoy tan feliz, tengo millón cosas que contarte!- expresó tomándole de las manos y dando saltitos de emoción -¿Recuerdas a Johar, el apuesto chico hindú del que te conté el año pasado, que vive al lado de mi casa desde hace cinco años y con el que casi nunca había cruzado palabra?-
-Bien, veamos… no paraste de hablar de él todo el tiempo, por encontrarlo más atractivo después de que volviese de su escuela de fútbol en Roma…- profirió Sarah poniéndose un dedo en la quijada, fingiendo como si le costara recordar -….sí, creo que sí me acuerdo-
Alice sonrió de oreja a oreja y entonces le enseñó con orgullo un bonito chalequito colorido con estampado hindú que llevaba debajo de su chaqueta marrón de cuero sintético, como una pista.
-¿No?- dijo Sarah impresionada -¿Te lo dio él? ¿En serio?-
Alice asintió aplaudiendo y dando un pequeño grito de emoción
-¡Ven amix, esta conversación va a ser larga!- Agregó acomodándose sin complicarse su gran bolso sobre su hombro, en tanto con una mano agarraba otra maleta de ruedas y con la que le quedaba libre, la manga de la chaqueta de Sarah para conducirla apresuradamente al interior del establecimiento.
Las clases empezaron al día siguiente, un lunes, con normalidad y con ello volvió la rutina. La eterna frialdad que se percibía dentro del antiguo colegio femenino así estuviese adecuado por completo de calefacción, las tradicionales normas disciplinarias y correspondientes castigos en caso de no cumplírselas, el mismo decreto religioso de asistir a misa cada viernes y domingo por la mañana, las mismas monjas estrictas que se encargaban de controlar que las alumnas vistieran correctamente el uniforme sin permitir las faldas elevadas por encima de la rodilla o que usaran maquillaje, también los habituales profesores que asignaban como de costumbre un montón de tareas, y junto a todo esto, regresó a la vez para Sarah el sentimiento de ahogo, nostalgia y desesperanza que solía invadirle al observar las montañas desde la ventana de su dormitorio o en los pasillos exteriores, al recordarle que se encontraba tan lejos de América y de su hogar, relegada al olvido.
Otra cosa que volvía como siempre con el retorno a clases, eran las conversaciones triviales de sus compañeras, comentando las historias que habían tenido durante el verano y como de costumbre las chicas más populares y superficiales trataban de apocar a las de gustos sencillos, muchas veces exagerándolas. Sarah detestaba eso y si era posible, evitaba hablar de sus experiencias aun con el riesgo de parecer resentida o antisocial. Simplemente así era su forma de ser, reservada y callada y estaba conforme consigo misma, aun cuando debido a esto era considerada como un cero a la izquierda en cuestiones sociales.
Meditó sobre todo esto exhalando un suspiro al día siguiente, antes de bajar a la jornada estudiantil, porque necesitaba paciencia ante todo el año de estudio lleno de estas circunstancias que tenía por delante. Se contempló entonces al espejo como hacía cada mañana, vestida por completo en su impecable uniforme constituido por zapatos de correa negros, medias blancas hasta la rodillas, falda de tablones de tela escocesa azul con rojo, blusa blanca de botones de manga corta, un blazer azul marino y por último una boina del mismo color, que le hacían lucir indudablemente como una muñequita. No podía negarlo, al final de cuentas lo encontraba bonito aunque fuera tedioso vestirse así todos los días. Reconocía también por ello, que era admirable el trabajo de las señoras encargadas de la lavandería del colegio, por lo que siempre se encargaba de agradecerles llevándoles recuerditos y dulces de América al volver de las vacaciones, a diferencia del resto de sus compañeras, quienes creían laboraban por amor al arte y que además su sueldo estaba bien justificado en la mensualidad que les cancelaban, más Sarah no era así, tenía consideración y respeto ante las personas que no contaban con las mismas posibilidades económicas que ella. Era algo no premeditado que le salía del corazón, prefería veinte veces estrechar amistad con gente humilde y trabajadora que con personas adineradas y superficiales sin nada de cerebro. Una actitud que ciertas chicas no entendían y por la cual llegaban hasta a menospreciarla… pero ella había aprendido a vivir con eso.
-Sería una reina justa y amable- se dijo para sí misma convencida frente a su reflejo, recordando sin poder evitar sonrojarse y que se le acelerara además el pulso, la propuesta que le hiciera Jareth –sabría gobernar…-
Pensando en Underground como siempre, sintió en esos instantes unas poderosas ganas de llamar a sus amigos y de saber cómo estaba su rey, pero por desgracia antes de atreverse a hacerlo, Alice volvió a la habitación corriendo, sobresaltándola y desconcentrándola por completo.
-¡Sarah apresúrate o llegaremos tarde a la formación!-
-Tienes razón… ya voy- concordó Sarahun tanto triste, dejando de lado esos pocos minutos de conversación que le hubiese gustado tener con su grupo para enfocarse en las responsabilidades. Su llamado al Underground debía esperar hasta otro momento adecuado, que intuía demoraría en llegar, teniendo en cuenta que en la habitación también residía Alice y que sus horarios coincidían, por lo que era poco probable que tuviese tiempo a solas.
Esbozando una mueca de fastidio, cuando su amiga ya se había retirado, se arregló la boina sobre su hermoso cabello largo, echándose un último vistazo y salió después cerrando la puerta, intentando poner buena cara al día para superar su secreta melancolía.
Las cosas empezaron a tornarse extrañas en su diario vivir, durante la primera clase de Matemáticas.
El Sr. Morgan, profesor de la asignatura, quien les tocaba ese año, era de los más temidos en el colegio debido a su estricta manera de ser, su poca paciencia y carácter temperamental. Era de esos docentes capaz de provocar dolor de estómago de solo escuchar su nombre. Otra de las causas era su metodología de estudio, que consistía en vivir sacando al pizarrón a las estudiantes para que perdieran el miedo a actuar en público y a la materia, solo que al hacerlo no tenía consideración en cuanto a llamados de atención, si éstas fallaban por no poder resolver los ejercicios.
-Hoy haremos un breve repaso de lo que vieron el año anterior y además revisaremos algunos de los ejercicios enviados en las tareas vacacionales. Elegiremos números al azar de la lista y las alumnas correspondientes tendrán la suerte de salir a la pizarra a resolverlos…-
Enseguida se escucharon desaires por todo el salón y expresiones de susto ante las cuales el Sr. Morgan se pronunció
-¿Pero de qué se asustan?… para algo son enviadas las tareas de verano, para que sean cumplidas con seriedad. Quienes repasaron no deben preocuparse pero quienes no lo hicieron y ni siquiera se tomaron la molestia de abrir un libro, ¡les anticipo que pasaran aquí adelante toda la clase hasta que sean capaces de resolver los ejercicios!- Decretó implacable, con voz atronadora, poniendo de pronto tenso a todo el curso.
Las tareas de las que hablaba, era un adelanto del algebra complicada que verían ese año y constituían una investigación en la que Sarah debía haberse enfocado de lleno, de no ser por andar tan feliz en compañía de sus amigos o pensando en Jareth… en definitiva, si de algo estaba segura era de que evocar Underground en un lugar así, no combinaba… pero volviendo a la realidad, al tema de los deberes, qué podía a hacer, a esas alturas era un caso perdido hasta intentar abrir el cuaderno para revisar al apuro ese montón de ejercicios que no había sido capaz de concluir.
El profesor empezó de inmediato a escrutar entre el alumnado a través de sus lentes de fondo de botella para ver las reacciones y al notar que la mayoría bajaba la cabeza o se quejaban, sonrió de forma malévola
-Tal como lo suponía, empezaremos entonces-
Sarah se puso nerviosa al igual que la mayoría pero cuando notó a quien pensaba consultarle el primer número, su angustia estalló en su interior prácticamente como una bomba, dejándole un gran vacío en la boca del estómago en la anticipación inevitable de que la elegida sería ella. No se equivocaba. Si se hubiese tratado de cualquier otra alumna a la que le preguntaran, tal vez pudiera haber creído que el salir elegida se debía a mala suerte del primer día o a alguna jugarreta del destino pero a quien le interrogaron fue a Angélica Reagan y ella en resumidas cuentas la odiaba, aun cuando Sarah jamás le hiciera nada.
Angélica era el tipo de chica todo lo contrario a ella, exuberante y extrovertida, una de las más populares del colegio. Tenía el cabello rojo, ondulado y largo y grandes ojos mieles, provenía también de una familia americana pero de ascendencia escocesa, cuya gran mayoría de miembros se había educado en Europa y sumado a lo pudientes que eran, se creían casi parte de la nobleza. La constancia de ello sumado a que siempre buscaba ser la primera en todo, hacía que se considerara toda una autoridad dentro del curso y detestaba a Sarah por su sencillez, sus buenas notas, su modestia y sobre todo porque era más bonita que ella, llegando a considerarla una rival en todo. Angélica no podía entender como le iba bien sin complicarse o hacer los esfuerzos que aplicaba ella. No intentaba adular a los profesores ni buscaba causar la admiración o envidia de nadie y eso le parecía inconcebible, haciendo que la considerase falsa.
Lo bueno es que la antipatía era recíproca. Al ser la personalidad de Sarah tan diferente a la de ella, chocaban y no era difícil para nadie darse cuenta de ello.
Un instante antes de cantar el número solicitado por el profesor, Angélica la miró con malicia, tal como suponía. Entonces mencionó el suyo, el antepenúltimo de la lista.
-Número 28: Srta. Sarah Williams. Pase por favor al frente- ordenó el Sr. Morgan
Sarah sintió la angustia en el pecho correspondiente al miedo y un frío que le helaba la sangre por temor a pasar vergüenza pero también sintió un profundo coraje. Todas sus compañeras centraron de inmediato su vista en ella, algunas con curiosidad por ver cómo reaccionaba y otras con compasión, como Alice, quien se sentaba a su lado y le palpó el brazo en ese momento, en busca de infundirle fuerza y valor.
Los segundos que transcurrieron desde su pupitre en la parte de atrás, hasta llegar al frente del aula, le parecieron eternos. Tener que pasar a la pizarra era su fobia estudiantil más terrible, el temor de hacer el ridículo.
Para cuando estuvo adelante, el profesor ya se encontraba escribiendo el ejercicio, copiándolo de su libro. Sarah sospechaba que iba a ser extenso y temía el no poder plantearlo bien por falta de preparación. Todo su verano había estado consciente de que debía repasar esa asignatura, a sabiendas además de que empezaría una nueva etapa de colegio. La más importante de todas, en la que decidiría al final su futuro profesional. Sin embargo, haber pasado la mayor parte del tiempo junto a Hoogle, Ludo y Sir Didymus, era algo de lo que nunca se arrepentiría. Habían sido las mejores vacaciones de su vida.
-Por fin aparece aquí adelante Srta. Williams, ya parecía que íbamos a tener que esperarla todo el día- comentó sin mirarla el profesor, con sarcasmo malintencionado –Debo informarle que es usted muy lenta, pero bueno, esperamos que en este caso no sea así- añadió volteándose entonces y entregándole el marcador en la mano –el tiempo es oro, recuérdelo- con seriedad le recomendó
Sarah estaba tensa, no obstante al recibir el marcador acrílico, tuvo una sensación rara en su interior que le llenó de sorpresa y en contra de todo pronóstico, su nerviosismo al instante desapareció. Se sintió en un abrir y cerrar de ojos con nuevos bríos y muy capaz de resolver no solo ese, sino cualquiera de los problemas matemáticos de dichas tareas mencionadas… aunque en el fondo no recordase bien los procedimientos.
En cuanto colocó la punta del marcador sobre la pizarra fue como si su mano empezara a moverse sola y de repente la resolución empezó a brotar de dentro suyo como si alguien más se la estuviese soplando. Pudo rellenar así una buena parte del pizarrón explayando un amplio procedimiento… solo que aquellas habilidades…reconocía, no eran suyas.
Al terminar ella misma se quedó asombrada de su proceder.
-Uhm… resolvió el ejercicio mediante una forma poco usual pero correcta- expresó el Sr. Morgan colocándose a su lado para analizar la resolución –De acuerdo Srta. Williams, ha obtenido usted un punto adicional para sus parciales- decretó al final haciendo que Sarah se sintiera feliz después de todo, a pesar de lo raro del asunto.
-¡Pero Sr. Morgan, ese método no nos lo habían enseñado, ¿de dónde lo sacó?! No debería ser válido- protestó Angélica llena de envidia, una vez que la vio pasar a Sarah, airosa pero en especial aliviada, en dirección a su puesto.
-No veo el por qué de su objeción Srta. Reagan, es un método inusual, es cierto, pero no por eso quiere decir que deba yo darlo por no válido. Es más, usted también debería conocerlo de haber estudiado e investigado a conciencia durante las vacaciones, tal como lo hizo la Srta. Williams, quien a diferencia de muchas, como supongo al ver su actitud y la de sus compañeras, sí se tomó el tiempo de ejercitar su mente ¡sin permitir que le salieran polillas de la cabeza!- El Sr. Morgan no dudó en regañarle, generalizando además la falta y causando un gran descontento. La principal aludida ante aquello no pudo objetar nada pero sí se encargó de proferirle a Sarah una mirada de profundo odio.
-¡Oh por Dios, Sarah, necesito que me ayudes con estas Matemáticas ya! No entiendo nada- le pidió Alice moviendo su lápiz con visible preocupación por su futuro estudiantil, ni bien la chica castaña pudo tomar asiento, pero antes de que ésta intentara explicarle que su desenvolvimiento se debía a una especie de casualidad, se dio cuenta de que Alice no sería la única que se lo pidiera. Su compañera del asiento de atrás, Tessa, una de las atletas del curso, también se inclinó hacia su banca luego de escuchar la primera petición.
-Yo también me apunto, no me puedo exponer a quedar suspensa con Morgan. Si así nomás es de tenso en clases, ¿se lo imaginan en supletorios?- les comentó en voz baja a ella y a Alice
-Sarah yo también necesito de tu ayuda, ¿te podrías quedar un ratito después de clases para explicarnos? Por favor- pidió a su vez Sonia, una de las chicas más aplicadas del curso, quien se sentaba a su izquierda y varias de sus amigas en los asientos cercanos a ella, le apoyaron. Con aquello, Sarah suspiró entendiendo que sería un largo día.
El siguiente suceso extraño, ocurrió en la hora de Educación Física, días después. Clase en la que nunca había tenido muy buen desempeño pero para la cual ese día se encontraba cargada de una inusual energía que le hacía al final de cuentas sentirse segura de que en esa ocasión podría ser capaz de cualquier cosa.
La Señorita Betty Chung, profesora de deportes para hacer ejercitarse a las alumnas les ordenó primero correr veinte minutos dando vueltas sin parar por toda la pista del coliseo del colegio, el cual era grande. Actividad que se encargó de controlar bajando puntos a quien se detuviera sin tener la mínima consideración del no tan buen estado físico de todas o el hecho de que ninguna fuese cinta negra en artes marciales como ella.
Al culminar el tiempo, Alice se dejó caer "molida" como solía decir, a un costado de la pista y Sarah se sentó a su lado, sintiéndose aun extrañamente llena de vigor a pesar del notorio cansancio y las protestas de su amiga, al igual que de la mayoría.
-Creo que moriré- expresó Alice tendiéndose de espaldas en el suelo –¡Qué desalmada la Srta. Betty, no comprende que no está entrenando a karatekas!- se quejó con rabia mirando a la maestra en mención, quien para entonces ya estaba rodeada de algunas chicas adulonas que querían a simple vista congraciarse con ella para que las pusiera en los clubes de deportes que querían, ya que ese día se hacía la designación según las aptitudes de cada chica. Se trataba de nada menos y nada más que Angélica y su grupito.
Sarah observó la escena con una mueca.
-¡¿Hey y cómo es posible que tú no estés para nada cansada?, mírame a mí estoy en las últimas!- espetó Alice dándose cuenta de la resistencia de Sarah, a quien se le notaba en vez de transpirada, fresca como una lechuga –¿No me digas que fuiste al gym durante las vacaciones?- preguntó
-Ehm…- Sarah analizó la sorprendente situación de su repentino buen estado físico, del cual se había dado cuenta ese mismo día y lo atribuyó a las divertidas excursiones realizadas con sus amigos en Underground porque no encontraba otra explicación, teniendo en cuenta que durante el verano no había escatimado en comer -…Bueno, digamos que algo así- respondió encogiéndose de hombros – Bien, ¡andando, levántate!- le animó, poniéndose de pie primero y ofreciéndole luego una mano para ayudarla -¿Sabes lo único bueno de todo esto?, que a este paso si no morimos en clase, conseguiremos dentro de poco tener unas piernas de primer impacto- expresó convencida. Alice sonrió aceptando el apoyo y logrando incorporarse con dificultad.
-En eso estoy totalmente de acuerdo- corroboró
La clase no terminó allí pues faltaban otros veinte minutos para completar los cuarenta que duraba la disciplina deportiva, sin contar los otros veinte que tenían para cambiarse en los camerinos el calentador azul, la sudadera de la misma tonalidad con cuello y mangas rojas, la camiseta blanca por dentro y los zapatos de lona que consistían en totalidad el uniforme de gimnasia.
Los siguientes ejercicios se realizaron de manera individual para evaluar la condición física de cada alumna y eran decisivos para la ubicación en los diferentes clubes deportivos. Consistían en correr, saltar y darse una voltereta o media luna, para lo que se colocaron largas colchonetas y la prueba empezó por orden de lista. Sarah como era de las últimas, tuvo bastante tiempo para prepararse, si así podía llamarse al dar vueltas por allí pensativa, pues al estar inactiva era cuando más parecía dolerle el corazón de recordar a ese alguien a quien se prohibía mencionar. Curiosamente no sentía nada de nervios por la evaluación como usualmente hubiese sucedido debido a que su mente estaba ocupada en cosas que le resultaban entonces más importantes, como los obstáculos que le impedían estar en el mundo de sus sueños, al lado de quien quería y de sus amigos.
Pero Alice a diferencia suya, realmente centrada en la clase como se debía, estuvo calentando todo el rato a la espera de que llegara su turno, intentando dominar el pararse de cabeza.
-Sarah es que no vas a intentar practicar nada- preguntó asombrada deteniéndose un momento al ver a la ojiverde sentada en el suelo con un brazo apoyado en una de sus rodillas y llevándose la mano al cabello, pensando a profundidad en algo que le hacía perder la mirada en el vacío, media deprimida, como si tuviera una resolución importante que tomar y todavía la estuviera decidiendo –Mira que nuestro desempeño desde ya va a ser calificado- le recordó
-Lo sé- contestó Sarah al tiempo que se arreglaba con cierto fastidio la coleta media suelta que se había hecho en el cabello. Por alguna razón esa y todas las demás asignaturas ya no le importaban como antes así como muchas otras cosas. De un tiempo hasta allí todo le daba igual pero tampoco le interesaba. Prefirió por lo mismo, ocupar su tiempo restante en ir a los sanitarios a lavarse la cara y de allí a deambular por los pasillos, porque necesitaba pensar y para eso era mejor estar sola. Extrañaba cada vez más Underground junto a su gobernante, sólo que no se atrevía a invocarlo… por cobardía.
Había ratos como ese, en los que se sentía incómoda aun estando rodeada de tanta gente y lo único que quería era estar sola, tener un poco de privacidad ya que nadie la podría comprender respecto a ese problema "demasiado especial" que la inquietaba y que se había transformado en lo más importante de su vida. El estudio y los deberes frente a aquello ya no poseían la misma relevancia.
Decidió por lo tanto ese día no complicarse, la Educación Física nunca habían sido uno de sus fuertes, así que le dejó al destino lo que en su prueba pudiera pasar, no le preocupaba si al final obtenía una mala nota porque después de todo nadie repetía el año por esa asignatura.
Volvió al coliseo justo a tiempo para ver a Alice dar su demostración, que por desgracia no fue buena porque en vez de media luna terminó dándose un trampolín, ocasionando la risa de todo el curso. Momentos después de que su amiga fuera calificada, llegó su turno.
-Srta. Williams, adelante- decretó la Srta. Betty
Respirando profundo pero sintiéndose de algún modo tranquila y confiada aunque no tuviera en realidad habilidad para ejecutar la rutina exigida, Sarah se ubicó al inicio de la colchoneta. Exhaló preparada y entonces tomando valor empezó a correr.
Sucedió en cuestión de segundos, lo hizo con la agilidad de una gacela, algo que desconocía en ella y llegado el momento brincó dándose una voltereta sin manos con toda la maestría de una gimnasta, arrancando el asombro y los vítores de todas alrededor.
-¡Wow!-
-¡Increíble!-
-¡Genial!-
"Esas habilidades no son mías" fue lo primero que pensó Sarah en su interior al detenerse extrañada pero de forma magistral. Entonces llegaron las felicitaciones de la propia maestra.
-Srta. Williams debo reconocer que me ha sorprendido, no sabía que contaba con esas aptitudes para la gimnasia. Como ha sido la de mejor desempeño hasta ahora le informo que a diferencia de sus compañeras, puede elegir libremente el club deportivo de su preferencia: Atletismo, Volleyball o Gimnasia Olímpica. No debe decidirlo ahora pero tiene tiempo para pensarlo hasta la siguiente clase, cuando serán notificadas de sus resultados todas las demás- expresó la Srta. Betty anotando un gran visto al lado del apellido Williams en su lista -¡Felicidades!- añadió dándole una palmadita en la espalda, antes de volver a lo suyo– ¡Muy bien, la que sigue!-
Cuando la profesora se retiró, Sarah aún en medio de su aturdimiento, notó las miradas de odio y envidia puestas sobre ella por Angélica Reagan y su grupo.
-¡Sarah, estuviste recontra genial, felicidades!- Alice impactada se acercó a decirle con sinceridad más allí no terminó todo. La capitana del equipo de las Cheerleaders, las cuales estaban practicando aparte, en un rincón del coliseo, también se acercó, causando el asombro y curiosidad de todas las presentes. Ser parte de las Cheerleaders era la aspiración más alta de la mayoría de las estudiantes a las que les encantaba ser admiradas o ser el centro de atención y era bien conocido que a ese selecto grupo solo se ingresaba por castings especiales que se daban solo una vez al año. Las elegidas debían ser chicas ágiles y atléticas para estar a la altura de las competencias intercolegiales en las que siempre participaban y por cuyo buen desempeño el colegio en ese ámbito, también era reconocido. Toda Cheerleader era siempre super popular.
Angélica, quien no había desempeñado su prueba tan mal, enseguida quiso darse a notar, acercándose sonriente, e intentando hacerle conversación pero la admirada muchacha pasó de largo para dirigirse directo a Sarah.
-Hola, mi nombre es Lena como ya debes saber- saludó la esbelta chica, presentándose ante una atónita Sarah –Estuvimos con el resto de las animadoras observando las pruebas todo el tiempo y debo decirte que la tuya fue excelente. ¿Quisieras de pronto formar parte del equipo?- le ofreció
-Eh…yo…- Sarah tartamudeó sin poder creer lo que le sucedía, hubo expresiones de asombro alrededor –Debo pensarlo…-
-Bien… si no interfiere en tus estudios- dijo Lena cruzándose de brazos con una mueca de decepción
-Ella quiere decir que con probabilidad aceptará- Alice se dio el lujo de responderle, interviniendo con una sonrisa afable, colocándose al lado de Sarah y rodeándola con el brazo, remeciéndola para hacerla reaccionar.
-Bien, si aceptas ya sabes dónde encontrarnos- le profirió Lena a Sarah como despedida, dio media vuelta y se retiró con su top y su falda de vuelitos azul brillante con ribetes rojos, moviendo su impecable trenza al caminar.
-¡Sarah que te sucede!- le espetó Alice entonces zamarreándola para hacerla reaccionar y regresarla de aquella galaxia lejana en la que últimamente parecía andar perdida -¡Esa era Lena Maloney, la chica más popular del colegio pidiéndote que seas parte de las animadoras! Te recuerdo que ellas cuentan con enormes ventajas que las alumnas comunes del colegio no tienen: como casi no asistir a clases por dedicarse a ensayar pero aun así tener buenas notas y aparte de eso ser admiradas. ¡Es algo que no puedes rechazar! ¿No sabes acaso el montón de chicas que quisiéramos estar en tu lugar?-
Sarah no respondió pero sabía que lo dicho por Alice era verdad. Sus compañeras del curso comenzaron a hablar a sus espaldas, algunas a favor y otras en contra que la miraban con desprecio o envidia. Una de ellas era Angélica, que pasó como un vendaval en medio de Alice y ella sin importar por poco empujarlas.
-Lo ves, algunas no pueden esconder su frustración, la proclaman casi a gritos- observó Alice moviendo la cabeza en desaprobación. Sarah entonces se cruzó de brazos llenándose de coraje por el fastidio de esa idiota.
-No he dicho que no vaya a aceptarlo- declaró mirando desafiante hacia donde se había ido su enemiga. Alice sonrió conforme.
-¡Eso es!-
-Y entonces estábamos en la fiesta en su lujosa casa de playa en Ibiza y me sacó a bailar…- contaba Angélica durante la cena en voz alta a su selecto grupo de amigas, sin importarle para nada que todas las demás en la larga mesa, la oyeran pues era su propósito.
El comedor estaba dividido en varias mesas rectangulares grandes, a las cuales las monjas les hacían sentar por orden de lista en grupos de diez. Para mala suerte de Sarah la inicial de su apellido no estaba muy lejos de la de su insoportable archienemiga por lo que con tortura debía soportarla todos los días durante las comidas con sus comentarios malintencionados, ya que la infame pelirroja no perdía oportunidad para tratar de hacerla quedar en ridículo.
Esa noche, de las primeras meriendas del año lectivo, Sarah no tenía la menor intención de tomarla en cuenta en las frivolidades que comenzara a relatar, más al escuchar lo de la fiesta, su propio subconsciente empezó a prestarle atención al recordarle a su vez el maravilloso baile que había compartido junto a Jareth…
"Jareth"…
Quien le había dado su primer beso y ¡qué beso!, que de sólo recordarlo se le incendiaba el corazón.
La Reagan no dejaba de presumir el haber conseguido conquistar a un joven millonario, sin embargo ella había conquistado a un rey pero prefería guardárselo para sí misma… Un rey que le había suplicado que lo amase y que había vuelto al mundo del revés por ella.
Sarah sacudió de su cabeza esos pensamientos sintiéndose un poco sonrojada, justo al tiempo que escuchaba a Angélica mencionar el nombre de su mejor amiga, quien estaba sentada enfrente suyo. La pelirroja había percibido su falta de interés en la conversación por lo que le habían entrado ganas de hacerle bullying a Alice, con la intención de fastidiarla a ella.
-Webber y ¿qué tal te fue a ti en tus vacaciones, por qué no nos cuentas?- indagó con oculta perfidia -¿Conociste a algún chico?-
-Bueno, sí- Alice confesó con cierta timidez, acomodándose en su asiento y dejando a un lado el tenedor con un trozo de lasaña que estaba por llevarse a la boca para responder, agradecida de que le preguntaran. Sarah la miró con cautela levantando apenas su mirada del plato para intentar advertirle que tuviera cuidado, no estaba demás recordarle que Angélica no era alguien de quien se pudiera fiar
–…En realidad ya lo conocía, es mi vecino y lo conozco desde que era niña pero por diversos motivos nos fuimos alejando al crecer. Creía que se había olvidado de mí pero no fue así… me ayudó a salvar a mi gatito que de travieso se subió a las ramas más altas de un árbol y gracias a ello volvimos a hablarnos. Nos hemos vuelto muy unidos desde ahí e incluso me invitó al cine unos días antes de venir acá- prosiguió Alice entre rubores y risitas nerviosas – ahora me escribe todos los días al whatsapp… ¿será que le gusto?- añadió lo último en voz baja dirigiéndosesólo a Sarah, quien le sonrió con un asentimiento de cabeza, indicándole que era muy probable.
Angélica Reagan las miró mientras tanto a ambas con desprecio. Hubo felicitaciones de otras chicas hacia Alice y entonces aprovechando que Sonia le consultó a Sarah que había hecho también, simuló que revisaba su smartphone y fingió percatarse repentinamente de una noticia relevante.
-¡Sí Sarah cuéntanos!- animó con sarcasmo. Les permitían alumnas llevar consigo celulares y tablets en las horas libres debido a fines investigativos, aunque estaba normado que no se los utilizara durante las comidas por ser considerado una falta de respeto, sin embargo eso a Angélica le importaba un comino.
-¿Conociste al galán de tus sueños?, tu mamá trabaja en Broadway debe ser amiga de muchísimos de los actores jóvenes de moda, dile que te presente alguno y de paso, no estaría mal que a otros tantos para todas nosotras- bromeó aplaudiendo Maráis, la chica más entusiasta y participativa del curso, haciendo que las demás la apoyaran entre risas.
A la única que pareció no causarle nada de gracia fue a Angélica, que no podía tolerar que alguien más del curso corriera el riesgo de volverse tan popular como ella, menos alguien que usualmente sólo era una "cerebrito". Ese motivo estaba ocasionando que detestara a Sarah aún más, porque se le estaba convirtiendo en una potencial amenaza. El que su madre fuese una afamada actriz y de que tuviese por lo tanto fácil acceso al mundo del espectáculo cuando quisiera, era otra de las tantas causas por las que la detestaba. Aquello era un privilegio que no muchas personas en el mundo tenían pero Sarah no lo aprovechaba y al parecer no tenía tampoco el menor indicio de hacerlo. La pelirroja simplemente no lo podía entender. El carácter de Sarah tan opuesto al suyo, hacía que la creyera una puritana fingida y no lo soportaba. En su opinión no era más que una mosquita muerta a la que debía desenmascarar.
-¡Oh, pero miren lo que acabo de encontrar en internet! –Exclamó de pronto atrayendo de nuevo la atención de todas las presentes -Es una nueva sobre tu mamá Sarah. Dicen que fue vista cenando en un lujoso hotel de New York junto con el director de su última obra. Ya sospechan los medios sobre un nuevo romance. ¿No nos digas que es cierto? ¿Ya dejó a Jeremy, tan pronto?- comentó con maldad –Vaya, estos artistas sí que varían rápido en cuestión de relaciones-
-¡Eso es mentira!- se defendió Sarah con ahínco, golpeando la mesa con las manos y levantándose del coraje pero la pelirroja haciéndole caso omiso, continuó
-…Además comentan que fue vista paseando con él del brazo por la Quinta Avenida. No sé, pero bien dice el dicho que una foto vale más que mil palabras y cuando el río suena es porque piedras trae, ¿qué opinan chicas?- añadió con el celular en la mano, agregando más leña al fuego en tanto un ambiente tenso se empezaba a formar en la mesa –Creo Sarita que tu mamá lo hizo de nuevo, oopss! Es una pena que jamás piense en el ejemplo que le puede dar a su hija-
-¡Angélica basta!- protestó Alice indignada poniéndose a su vez de pie para tratar de hacer que se callara, dispuesta a defender a su mejor amiga si hacía falta
No había donde esconderlo ni cómo negarlo, aquello era una clara alusión al comportamiento de su madre hacia tres años atrás cuando estallara la noticia de que se había involucrado con el guionista de la obra en la que entonces se encontraba participando. Había sido un corto affaire ocurrido meses antes de que conociera a Jeremy, una infidelidad que constituía el motivo por el que se separara de su padre.
Conteniendo apenas las ganas de llorar de la vergüenza y la rabia, Sarah dejó la mesa desobedeciendo todas las normas, para echar a correr hacia la habitación.
-¡Sarah espera!- gritó Alice preocupada pero sin atreverse a mover del lugar
-¡Niñas!- se escuchó enseguida la objeción de enfado de una de las madres supervisoras mientras en la mesa, a pesar de ello, se abría de inmediato un pequeño debate
-Lo último que dijiste Angélica no es cierto. En ningún lado mencionan el supuesto paseo que contaste, solo estiman que Linda Williams se encontraba cenando con el director debido a negociaciones de una nueva obra – reclamó Sonia mientras verificaba la información de farándula en las redes sociales a la escondida, cuidándose de no ser vista por las religiosas, a diferencia de la antes mencionada, a quien le daba lo mismo ganarse un castigo cuando de molestar y de querer ser odiosa se trataba.
-¡Ay a quién le importa!- Angélica manifestó con quemeimportismo –No se va a morir por una simple broma ¿o sí?-
Sonia, Maráis, Alice y las demás la quedaron mirando con incredulidad, impresionadas por su bajeza
-Esta vez te pasaste Angélica, reconócelo- Maráis le sacó en cara.
Cuando Alice llegó a la habitación a comprobar si Sarah estaba bien, la encontró llorando debruzada en su cama.
-Oh amiga, no le hagas caso a la Reagan, solo es una plástica tonta que te tiene envidia, ¡Vamos, arriba esos ánimos!- intentó con optimismo darle fuerza y valor pero Sarah estaba herida y sobre todo cansada de las burlas a las que la sometía de costumbre la insoportable de Angélica y sus secuaces desde que la conocieran.
Sabía por una parte que Alice en algo tenía razón puesto que en más de una ocasión le había descubierto a la pelirroja observando con odio su hermosa cabellera castaño oscura y lacia que le caía por los hombros como cascada y que si se le desordenaba volvía con facilidad a su lugar, un don que ella no poseía y así se empeñara en alaciarse su rojo cabello con plancha, queratina o demás cremas, el resultado que obtenía no era igual. Recordaba respecto a eso, que en la época en que recién ingresaran al colegio llegó a ponerle incluso el sobrenombre de "gitanilla", pero como no había conseguido que le prestara importancia por estar en aquellos tiempos más preocupada con el problema de sus padres, pronto lo había dejado de lado.
Si de algo estaba segura en la vida Sarah, era que poseía una belleza particular, exótica y singular por lo que ningún insulto que intentara proferirle Angélica respecto a su aspecto físico conseguía llegarle, pero lo más importante era que sus encantos provenían en mayor parte de su interior. Su alma estaba inundada de arte y ésta le brotaba a través de las manos en su manera de escribir o de dibujar, por otra parte nunca buscaba hacerle mal a nadie, tan solo quería ser feliz. Ser feliz y soñar… aunque de lo último, su mayor vicio (así podía llamarse) ya se estuviera obligando a curarse.
-¡Cómo te digo, Angélica te envidia!, ella no tiene las buenas notas que tus tienes porque no posee cerebro y tampoco tiene tus habilidades artísticas o tus ojazos verdes, si nos ponemos a observarla bien. Es pura apariencia y maquillaje nomás pero debajo de ello, es insípida- continuó comentando su amiga, tratando de subirle el ánimo.
Sarah detuvo sus sollozos sin dejar de abrazar su almohada y se sentó, apoyándose al respaldar de la cama con la mirada inundada de tristeza. Le agradecía a Alice su gran esfuerzo pero lo que necesitaba en esos momentos era estar sola.
-Alice sé que te expusiste a que te castiguen por mí, por favor ¿podrías irles a decir que me encuentro bien?, si regresas será menor la represalia que las supervisoras tomen contigo- sugirió
-¿Sabes lo que haré?- expresó Alice entonces decidida - ¡Iré abajo y les contaré todo, este bullying de la insufrible de la Reagan para con todas, acabará de una buena vez, ya verás! Tú descansa y no te preocupes que yo les explicaré lo que en realidad pasó a la Hermanas-
-Gracias-
Sarah asintió, confiaba en ella ya que compartían una buena amistad desde el primer día de ingresar al internado y era una suerte que continuaran llevándose tan bien.
En cuanto Alice salió, Sarah meditó en que su amiga tenía mucha suerte. Su casa estaba a dos horas y media de allí, por lo que tenía relativamente cerca a su familia y al chico que le gustaba, ella en cambio tenía a la suya en otro continente y el tipo de sus sueños no era ni siquiera de este mundo, además de que aparte del príncipe azul esperado, era un villano en quien no estaba segura si podía del todo confiar...pero a pesar de ello lo extrañaba aunque sabía que jamás podría conversarle de él a nadie.
Era oficial no tenía a quien acudir o refugiarse. La vida no era justa y pensar en ello le dolía.
-No es justo- se dijo para sí misma
Por qué no podía tener la vida de una adolescente normal. Golpeó la almohada varias veces de impotencia volviéndose a recostar sobre la cama mientras las lágrimas caían de sus ojos a raudales. La coraza de la que se había armado y que con tanto empeño se empeñara en vestir durante días, cayó por fin esa noche y todos aquellos anhelos que estaba escondiendo clamaron por salir a la luz.
Fue así que por tanto estarlo evadiendo, terminó por soñar con el deslumbrante Rey de los Goblins.
Una oscuridad extraña la rodeó impidiéndole ver nada, al igual que una inusual calma únicamente rota por el sonido de gotas de agua retumbando con eco, al caer de un grifo en alguna parte. Sarah se levantó dejando el lecho, no alcanzaba a distinguir lo que había alrededor pero caminó en línea recta con cuidado, despacio, siguiendo una intuición que le decía que ya no estaba dentro del internado y que además debía hallar pronto a alguien.
Más que intuición era una corazonada solo comparada con la que había sentido en el baile de ensueño en el ballroom, aun cuando no recordara nada de su vida… Un ansia por encontrarlo a él.
Como una respuesta a sus sentimientos, de repente las penumbras empezaron a atenuarse y a lo lejos divisó una puerta abierta, a la cual se acercó con rapidez tan solo para comprobar que afuera había un extenso pasillo, cuyas paredes de piedra estaban adornadas con antorchas. Ver aquello fue suficiente para que no se preguntara más. Entendió así dónde se encontraba y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Había vuelto al subsuelo, a Underground y aquel era el castillo que se levantaba imponente más allá de la ciudad de los Goblins. La siguiente cuestión era dónde se encontraba su rey.
Sarah temía encontrárselo, no sabía que podía suceder cuando se volvieran a ver pero tampoco quería volver atrás hacia la oscuridad, debía seguir adelante. Su única opción era ser valiente y presentarse ante Jareth con cordialidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos. Había interpuesto distancia por unos días pero esperaba que no por eso se comportara hosco, decidiera tratarla mal u ordenara sumergirla en el Pantano del Hedor Eterno.
Por alguna razón algo en su interior le decía que no le haría daño, quizá el mismo dolor en el alma que sentía cada vez que pensaba en él.
Caminando con precaución muy atenta por si escuchaba venir a alguien, Sarah continuó por el largo corredor y al dar la vuelta en una esquina encontró una ventana que tenía una vista privilegiada hacia todo el territorio. Era de noche tal como en el mundo real y en el cielo brillaban la luna y las estrellas.
"Como una conexión entre ambos universos" Sarah pensó y se entretuvo contemplando durante un rato el paisaje, allí estaba la Ciudad de los Goblins con el colosal laberinto que se extendía como barrera infranqueable en la lejanía y más lejos había montañas donde se advertía aún en la nocturnidad los colores que poseían, majestuosos árboles como ningunos que hubiese visto en la Tierra y un río que atravesaba todo el territorio, que resplandecía a lo lejos como si fuera de plata… pero también Sarah reparó en que había algo más, algo que no estaba bien.
A veces le sucedía así, solía ser tan despistada que no reparaba enseguida en los detalles.
Lo inusual ocurría en la ciudad, estaba demasiado oscura y en silencio como para pertenecer a los duendes, no provenía de allí ni el sonido de los grillos mucho menos el cacareo de alguna gallina de las tantas que había observado en su primer paso por allí. No parecía tampoco como que sus habitantes estuviesen durmiendo sino más bien como si el lugar estuviese abandonado, desolado, destruido… Un mal presentimiento le sobrevino, haciéndola retirarse de la ventana, ¿qué pasaba? ¿En dónde estarían todos? ¿Qué les había ocurrido a sus amigos?
"¿Dónde está Jareth?"
Asustada, Sarah empezó a correr y a buscar en medio de ese inmenso palacio donde estaba ubicada la sala real.
Si una vez había confiado en su sagacidad para dirigirse allí dentro, podía hacerlo de nuevo, solo no esperaba encontrarse una vez más con aquella galería del montón de escaleras que desafiaban la física porque allí sí, inevitablemente iba a verse en problemas.
Para su angustia el castillo también parecía estar vacío, su única compañía resultaba ser el viento que se filtraba a través de los ventanales haciendo extraños sonidos que quizá en cualquier otro momento le hubiesen dado miedo, de no ser por el que ya tenía a causa de no saber si el Rey Goblin se encontraba bien o mal.
No llamó a nadie ni gritó pidiendo ayuda pues prefería ser cautelosa y buscar por su cuenta cualquier respuesta.
Después de deambular por galerías y corredores vacíos con habitaciones pequeñas cerradas con candado, llegó hasta unas puertas enormes que para su sorpresa se encontraban entreabiertas y se asomó entre ellas con cuidado. Ni bien puso un pie dentro, reconoció el lugar aún en medio de la poca iluminación que había. Era la recámara real. Había fuego en la gran chimenea, lo que le ayudó a distinguir con facilidad los suntuosos tapices y los finos muebles con sus acabados llenos de detalles, notó también lo afelpado de la alfombra en el sector aledaño a la cama, aún debajo de sus zapatos de colegiala. Le atacó la duda por un momento de si debía continuar o no, sentía recelo del accionar de Jareth y nerviosismo después de lo que había pasado entre ellos pero también una secreta emoción por poder volver a verlo, quería constatar que estuviese bien porque se preocupaba por él y ese sentimiento al final, era más fuerte que sus propios temores. Le hacía querer acercarse a las llamas a riesgo de consumirse.
Por ello avanzó despacio apreciando esta vez con detalle y calma la majestuosidad del lugar con todos sus enseres. Rozó con sus dedos las lujosas cortinas de lino que pendían del dosel de la cama admirándose en su delicadeza que se advertía también en las sábanas, edredón y almohadas que cubrían el lecho, haciéndole sentir de alguna manera acogedora esa habitación que ya conocía. El ambiente allí era cálido a diferencia del resto del castillo. Olía a incienso de pino, un aroma que le encantaba porque le traía recuerdos de las épocas navideñas de su infancia y también se percibía de forma muy sutil una agradable y seductora loción masculina como ninguna otra que conociera. Olía a él. Una fragancia que evocaba la perfección de su dueño y que de alguna forma llevaría grabada también para siempre en su memoria.
-Rey de los Goblins ¿estás aquí?- se atrevió a consultar entonces con el corazón latiéndole a mil por hora. Sabía que estaba en la habitación aunque aún no se dejara ver. Podía sentir su sobrecogedora presencia en el aire.
El ruido de una bola de cristal cayendo al suelo le hizo sobresaltar y darse vuelta al instante. Jareth se encontraba sentado en el alfeizar de una ventana del otro lado de la cama. Llevaba en ese sitio por lo que se podía apreciar un buen rato, más ella no lo había notado debido a los cortinajes.
Por la posición cómoda en la que se encontraba, medio recostado y con los pies subidos también en el marco de la ventana, Sarah se dio cuenta de que al igual que para ella en su propia casa, su alcoba, era su lugar favorito en el castillo y de seguro desde aquel ventanal solía controlar lo que sucedía en la ciudad.
Permaneció callada durante unos instantes, estática sin saber que decir o actuar, mucho menos atrever a moverse. Jareth era un rey al fin ya al cabo y toda su presencia era solemne estuviese o no en sus respetables y cotidianas funciones. Se hallaba en esos momentos al parecer listo para irse a dormir pero su ropa de cama no contrastaba con su elegancia habitual. Llevaba unas mallas grises y una camisa blanca de vuelos entreabierta que dejaba al descubierto su níveo pecho delgado pero fuerte al igual que su recio abdomen, no llevaba guantes en esa ocasión y también estaba descalzo por lo que pudo observar por primera vez sus manos blancas y bonitas al igual que sus pies, varoniles y normales.
El constatar de nuevo lo bello que era le cayó como un golpe, aturdiéndola y haciéndole arrebolar el rostro al imaginarse que debía ser igual de perfecto, desnudo a su vez pero moviendo la cabeza sacudió de su mente aquellos pensamientos impuros, reclamándose a sí misma el estarse volviendo incorregible como fiel ejemplo de algunas de sus compañeras.
Estaba consciente además de que ese no era el lugar más adecuado para que ambos se encontraran, siendo ella una señorita y él un hombre. Aparte de todo lo que tenían que hablar, la situación entre ellos era muy comprometedora pero había llegado hasta allí para saber si se encontraba bien y no podía echarse para atrás.
Se dio su tiempo entonces para contemplarlo embelesada, deslumbrada como una tonta y eso que todavía él no la había siquiera mirado de vuelta, por tener fijada su atención en algún punto lejano de su basta comarca.
Era el hombre de sus sueños después de todo, ya no podía negarlo ni era tiempo de engañarse. Se reconoció en esos instantes perdida por completo por el Rey Goblin, más haciendo caso omiso a su presencia, Jareth intentó girar en un nuevo intento varias esferas entre sus manos y para sorpresa de Sarah, falló otra vez provocando que otra esfera cayera al suelo y rodara hacia ella. Notó enseguida que algo le pasaba, no parecía ser el mismo, estaba triste.
Le quedaban dos esferas en la mano pero entonces dejó caer en la alfombra una más para quedarse solo con la otra, la cual acercó a su rostro con curiosidad y sonrió a medias al observar a través del cristal con cierta pesadumbre.
-Qué iluso fui al creer que podrías corresponderme Sarah. Al final ¿qué es lo que soy para ti?... solo un producto de tu imaginación del que ahora quieres deshacerte-
Desesperanzado, Jareth se levantó con desgano y caminó hacia el centro de la habitación, hacia donde se encontraba ella, quien impresionada todavía no se atrevía a pronunciar ninguna palabra. No esperaba una confrontación tan repentina y directa sobre su complicado asunto, por lo que se sintió de repente muy torpe al verlo acercarse, sus nervios se dispararon al igual que su pulso, más de lo que ya estaba. Atinó entonces tan solo a cerrar sus ojos, resignada a que la atrapara a la fuerza entre sus brazos y pasara lo que tuviera que pasar… más para su sorpresa aquello no sucedió y eso que Jareth ni siquiera cambió de dirección.
Sarah giró de inmediato mirándolo extrañada y mirándose a su vez su propio cuerpo para comprobar si se encontraba allí físicamente y no tan solo en espíritu. Más sí se podía ver, estaba ahí y para colmo en uniforme, no obstante Jareth parecía no percibirla y al hablar lo había hecho consigo mismo, como si no estuviese presente. Había pasado a través de ella, tal como sucediera en el laberinto de las escaleras tiempo atrás.
-Esto se va a acabar aquí y ahora- le escuchó pronunciar en voz baja pero con determinación –Ya no puedo seguir con esto-
Acto seguido, le vio dirigirse hacia una especie de reservorio de agua, cual pequeña pileta de forma circular y revestimiento elevado, situada con exactitud en mitad de la habitación y como si estuviese cansado de un gran sufrimiento que llevara a cuestas, se apoyó en sus bordes de piedra antes de decidirse a dar el siguiente paso.
Sarah solo optó por permanecer observando en silencio, intuyendo pesarosa que todo se debía a ella.
Jareth deslizó enseguida, de forma horizontal, una de sus manos sobre la superficie del agua y para asombro de Sarah una imagen, primero borrosa entre las ondas, apareció hasta volverse nítida como si de la pantalla de un lcd se tratara. Interesada pero cautelosa se acercó tan solo un poco para observar de qué iba la cosa y como si le hubiesen lanzado un balde de agua fría descubrió que la escena retratada correspondía a ella misma durmiendo en su habitación del colegio…como supuestamente debía estar su cuerpo en esos instantes en el mundo real, descansando entre sollozos después de lo que ocurriera durante la cena.
-Debí terminar con esto hace mucho tiempo pero lo soporté con la esperanza de que algún día volvieras a mí… He sido un necio en no querer aceptar lo evidente por estar cegado por tus encantos, pero ahora sé que todo ha sido en vano y que jamás signifiqué nada para ti. Yo no soy indulgente con nadie, mi naturaleza es la de un tirano cruel, como bien lo sabes, sin embargo te aseguro querida mía, que no hubiese soportado nada de esto si no te amara tanto-
Sarah permanecía atónita desde el anonimato, escuchando cada una de sus palabras y grabándoselas en el corazón. Al final de todo él nunca había sido cobarde en cuestión de sentimientos, siempre los había hablado alto y claro. Ella en cambio era la hipócrita, esquiva, quien había intentado eludir la situación por temor a afrontarla.
-Por favor espera, las cosas no son como tú dices- por fin se atrevió a musitar solo que él ya no podía escucharla
El rey ajeno a su presencia continuó con su mágico ritual, volviendo a hacer aparecer entre sus manos la esfera de cristal que se había quedado, exactamente la misma que ella una vez no aceptara (con un escalofrío lo comprendió). La cual al parecer contenía también algo de los propios sueños de él.
De pronto un extraño viento inundó la habitación jugueteando con los cortinajes así como con las largas cabelleras de los dos y afuera el cielo comenzó a cubrirse con rapidez de nubes para darle paso enseguida a atemorizante tempestad.
Conteniendo la respiración, Sarah observó por unos instantes como Jareth se detenía antes de continuar, pareciendo dudar entre lo que debía y lo quería hacer, una señal inequívoca de que aún guardaba sentimientos hacia su persona y que le bastó para hacerle renacer la esperanza
-Por favor…- suplicó desde su invisibilidad dando un paso hacia delante, un paso más hacia él, como debía haberse permitido desde hacía mucho tiempo, conservando la fe de que talvez aun cuando no la viera, al menos pudiera sentirla. Hubo más relámpagos y truenos en respuesta a sus pensamientos y en medio de ellos Jareth implacable gritó:
-¡Con esta acción irrevocable Sarah, cierro el portal que une nuestros mundos!…tal como tú decidiste hacerlo primero-
Sarah palideció, decidiéndose en ese mismo momento a actuar. Sin pensarlo ni un segundo, de un impulso corrió a lanzarse sobre él, olvidando su condición.
-¡Jareth espera, no!- gritó atreviendose a llamarlo por fin por su nombre, pero él no la oyó y lo único que consiguió fue caer de costado sobre el frío cemento de ese lado de la sala, luego de atravesarlo.
"Cómo si estuviera en otra dimensión" pensó
-¡Ay!- se quejó entonces observándose el moretón, quizá podía ser incorpórea pero el raspón que consiguió hacerse en la rodilla era real. Dolía aunque no tanto como su alma que sin poder hacer nada al respecto, presenció como él terminaba el hechizo.
Con rabia, Jareth lanzó el cristal dentro del agua al tiempo que un rayo quebraba el cielo y ésta de inmediato se volvió de un tono verde burbujeante, llevándose a sus entrañas la lejana imagen del mundo real.
Estaba hecho y no había vuelta atrás.
-¡No!- lloró Sarah sentada en el suelo, sintiendo que al final no dejaba de ser una niña, alguien inmadura que nunca había estado a la altura de un rey y se sintió derrotada y perdida, quebrada por dentro después de entender que acababa de perder al más real y bello de sus sueños sin opción a recuperarlo.
El suelo empezó de pronto a tambalearse o quizá era lo que ella percibía mientras todo a su alrededor comenzaba a volverse borroso, a girar.
-¡Nooo!- repitió
El Underground estaba desapareciendo, aquella fantasía tan querida borrándose de su vida para siempre, sin que ella pudiese hacer algo para detenerlo.
Lo último que se llevó de ese mágico reino en medio de su mareo fue la visión del hermoso rostro de Jareth muy triste y del sonido de su sensual voz que jamás volvería a oír, despidiéndose de ella
-Adiós Sarah…-
-Por favor… no me olvides…- sólo pudo suplicarle devastada, aunque no pudiera oírla.
Continuará…
¡Gracias por leer!
Belén (Moonlightgirl86)
