-¿Usted es el novio de la señorita, joven?-le dijo la mujer, para empaparse más sobre la parejita de novios.
-Sí, y estoy profundamente enamorado de ella ¿Qué se ve hermosa? Se ve maravillosa, radiante, espectacular…como una ninfa.-dijo Inuyasha mientras miraba paralelamente el rostro desencajado de la chica y la risa nerviosa de la señora.- Pero, le pediría por favor, que nos dejara un momento. Tenemos que deliberar sobre si llevar el vestido o no y de otros asuntos de parejas… ¿usted entiende, no?
-O claro, claro… no se preocupe joven. Me retiro.-dijo la mujer, con el rostro colorado y con el billete de 100 € que Inuyasha que le había dado antes de irse.
-¿Te drogas, Inuyasha? O estás probando tus dos neuronas agusanadas de siempre.
-Gracias, amor, tú siempre tan dulce. Y no, de ninguna manera yo propicie algo así. Yo vine porque tu hermana me llamó. Dijo que quería que viera su vestido y, al llegar, te encuentro a ti, vestida de novia y haciéndome pensar en porqué no recordar viejas sensaciones, Kagome, querida.
-Inuyasha tienes dinero, por favor, no intentes hacer funcionar algo que nunca usaste. No pienses, querido, que ahorita llaman a los bomberos para apagar el humo que sale de tu cabeza.
-Guau…hasta graciosa, pero tu faceta divertida no me interesa… eso créeme, Kagome.-dijo acercándosele y pasando sus manos por los brazos hasta llegar a la boca del vestido, tocando con sus dedos sus pechos, después pasándolos por todo su cuerpo hasta llegar a la cremallera del vestido.
-Inu…ya…sha…. Vete.
-Sí, se nota que eso quieres.-dijo mientras la acercaba mucho más a él.
Kagome sudaba frío. Inuyasha, su tan odiado futuro cuñadito, la hacía ver estrellas cuando la tocaba, aunque sea de casualidad, Y él lo sabía ¡Y bien que lo sabía! Era un maldito, por aprovechador e inteligente, y por hacerla caer en sus redes.
Las manos de él se deslizaban por sus piernas mientras que su boca tomaba la suya, jugando con su lengua, que era entre agridulce y tentadora, según el mismo Inuyasha. Y su piel era…suavecísima, como queso crema y tan blanca como la misma. Su boca sabía a leche y de sus senos brotaban un líquido parecido a la miel. Ella era perfecta, perfecta para él, pues no dejó de pensar en ella desde que la conoció, con aquella minifaldita negra que mostraba sus piernas largas y exquisitas, que eran su locura. Pero nunca se lo diría. Cómo tampoco su nuevo plan, que se le acababa de ocurrir en ese momento.
