Hola buenas aquí Kirliana, con el siguiente capítulo de La Historia de Judith. Siento haber tardado tanto en subirlo, me despisto siempre ^^'.
Bueno espero que os guste, y que la espera haya valido la pena. :3
Amanecía una hermosa mañana de sábado en la ciudad de Inazuma. En los apartamentos Winsor Silvia se encontraba barriendo el portal, mientras que Arion salía a dar un paseo matutino con su perro.
Por otro lado en el apartamento de Judith, esta se encontraba dormida profundamente en su cama. Había pasado media noche componiendo un trozo de canción que se le había ocurrido mientras buscaba a Víctor, y entre una cosa y otra estuvo un bueno rato despierta.
De repente se oyó el sonido del móvil de Judith, una cancioncita, que aunque pegadiza era insoportable en aquel momento. Vagamente Judith extendió la mano, si moverse de la cama, hacia su mesita de noche. Tras varios intentos fallidos consiguió alcanzarlo antes de que saltara el buzón de voz.
-Judith: ¿Quién eres? –preguntó con voz de ultratumba.
-Víctor: Soy Víctor. –respondió.
-Judith: ¡¿Víctor?! –preguntó mientras se levantaba de un brinco de la cama.
-Víctor: ¿No me digas que no te acordabas que habíamos quedado en el campo de la rivera? –preguntó molesto.
-Judith: Emmm, si. Lo que pasa es que estaba terminando de desayunar. –Mintió – Salgo en cinco minutos. –dijo antes de colgar el teléfono.
Tiró el móvil a la cama y se metió rápidamente en el baño.
Cuando Judith decía que estaba lista en cinco minutos no era de broma. Cualquier chica diría lo mismo pero tardaría una eternidad, en cambio ella no. Cuando sabe que no tiene tiempo es como una chispa, de un lado para otro si parar ni un segundo para descansar.
Y así fue. En tres minutos ya estaba vestida, y los otros dos que le sobraban los usó para comer algo.
Bajó corriendo por las escaleras, decidida a llegar lo más rápido posible. Pero la voz de Silvia la paró en seco.
-Silvia: ¡Espera Judith! –Exclamó – Toma. –dijo, mientras le daba una mochila.
-Judith: ¡Gracias Silvia! –agradeció sonriente mientras se iba.
Rápidamente cogió la bicicleta de detrás del edificio, y se puso en marcha.
-Silvia: ¡Esta chica nunca para! –Exclamó.
Como un rayo Judith se dispuso a buscar algún atajo para llegar más rápido. Se conocía la ciudad al dedillo, después de haber estado varios meses trabajando en el Ray-Ray. Aun así, no se sabe cómo pero cogió todos los pasos de peatón en rojo, además de que por poco atropella a una señora.
Al ver de lejos el campo de la Rivera, Judith se puso eufórica, tanto que por poco se cae de la bicicleta.
Allí le esperaba Víctor que estaba chutando a puerta para practicar. Judith dejó la bicicleta y sus cosas a un lado y se dispuso a practicar con Víctor.
-Víctor: ¿Te habías quedado dormida verdad? –preguntó nada más verla.
-Judith: Emmmm… menos charla y más darle al balón. –respondió intentando pasar del tema.
Víctor le pasó el balón con fuerza, Judith lo detuvo sin problemas.
-Víctor: ¿Qué te parece si practicas la mano celestial? –preguntó – Seguro que hoy te saldrá.
-Judith: Bueno… vale. –respondió.
Judith cogió los guantes de la mochila que le dio Silvia, y se colocó en la portería.
-Víctor: Bien, empecemos con algo fácil. –explicó.
Chutó con fuerza, Judith de un salto lo despejó con el puño. Al ver que pudo despejarlo sonrió.
Tiró otra vez más, esta vez con más velocidad que el anterior. La chica se mantuvo firme y consiguió abrazar el balón si salir despedida por los aires. Cada vez tenía más seguridad en sí misma.
Víctor siguió chutando, cada vez de una manera diferente, y Judith consiguió parar la mayoría.
Tras la ráfaga de tiros Víctor se paró un momento preocupado por el estado de su amiga. Al verlo intranquilo la chica sonrió y asintió, esa era la señal para que empezase a chutar con sus supertécnicas.
Víctor se preparó, y ejecutó con todas sus fuerzas "el Proyectil Letal".
Judith tragó saliva, y se preparó. Estaba decidida a conseguirlo.
Se colocó en posición, una extraña aura salió de su espalda. Una ligera sombra salió de su mano, "Mano Celestial" gritó intentado ejecutar la supertécnica. Pero por desgracia fue otro intento fallido, y Judith cayó al suelo.
Víctor fue a ayudarla a levantarse. Le puso su brazo en su hombro para que se apoyara.
-Víctor: Será mejor que descansemos un poco, dijo llevándola bajo uno de los árboles.
Se sentaron junto a sus pertenencias, a la sombra. Víctor le alcanzó la mochila de Silvia. Judith sacó una toalla y se la puso en el cuello para secarse el sudor.
-Víctor: ¿Te diste cuenta? –preguntó por la extraña aura de antes.
-Judith: ¿Qué si me di cuenta de qué? –preguntó.
-Víctor: De… –se fijó en que Judith no se había percatado del aura que desprendió – De que ya casi te sale la Mano Celestial.
-Judith: *Resopla* Si otra vez he vuelto a fallar. –gruño rabiosa.
-Víctor: Seguro que si lo vuelves a intentar te saldrá. –intentó animarla.
-Judith: Eso es lo que dices siempre… –dijo molesta, mirando hacia otro lado.
Víctor se quedó callado, pensativo. Quería intentar conseguir que Judith se uniera al club de fútbol, pero con esos ánimos que tenía era imposible. Tenía la sensación de que últimamente estaba más deprimida, y pensaba que si se unía al club y jugaba un poco se animaría más. Quería preguntarle que le pasaba, pero si aún no le había contado nada seguramente era porque era un tema del que tenía que tratar ella sola.
-Víctor: Mañana tengo entrenamiento por la tarde, ¿qué te parece si te acercas un poco antes de que termine y después vamos a ver a Vlad? –preguntó intentando romper el silencio.
-Judith: Mmm –se quedó pensativa– Mañana me toca reparto, así que desde que termine puedo pasarme por allí si quieres. –Respondió.
-Víctor: Vale.
-Judith: Pero después no me vengas con que los chicos piensan cosas raras de nosotros. –añadió en tono burlón.
-Víctor: Me da igual lo que piensen ellos. –respondió– Oye, una cosa –dijo cambiando de tema– ¿te habías quedado dormida verdad?
-Judith: Emmm –se quedó pensando en una escusa– Bueno… no exactamente… –respondió.
-Víctor: ¿Entonces? –preguntó.
-Judith: Mira –dijo, sacando su móvil y poniéndole un auricular en el oído.
Víctor no quiso preguntarle que le quería enseñar. Sabía que últimamente Judith estaba componiendo una canción, pero que no le venía la inspiración como para terminarla.
Empezó a escucharse el sonido de la guitarra, seguida de la voz de Judith. La dulce voz de Judith te atrapaba completamente, era como si te llevase a otra dimensión. Incluso Víctor cerró los ojos de la emoción.
Y de repente, la grabación se paró.
-Judith: No sabía cómo seguir y me pasé toda la noche a ver si se me ocurría algo, pero nada. Fue imposible. –explicó.
-Víctor: No comprendo cómo con lo tonta que eres puedes cantar así de bien. –dijo intentando burlarse de ella.
-Judith: Me lo intentaré tomar como un cumplido. –respondió molesta.
Se había pasado el tiempo volando. Ya era la hora de comer. Todavía seguían practicando en el campo de la rivera.
De repente, las tripas de Víctor rugieron como un león. Judith empezó a mearse de risa.
-Víctor: No tiene gracia. –dijo Víctor sonrojado.
-Judith: ¡¿Qué no?! Pero si parece que un monstruo te va a salir de las tripas. –dijo entre carcajadas.
-Víctor: Venga deja de reírte de mí y vamos a comer. –respondió molesto.
Se sentaron en el mismo sitio de antes. Judith se puso a rebuscar en la mochila, en busca de comida. Víctor se quedó mirándola al ver el empeño que ponía en la exploración. De repente, a Judith se le abrieron los ojos como platos, Víctor intentó mirar a ver que era lo que había cogido, pero Judith lo apartó de él para que no se lo quitase.
-Víctor: ¿Qué has cogido? –preguntó intrigado.
-Judith: Nada… Toma sigue buscando a ver si encuentras algo. –respondió lanzándole la mochila.
Víctor no le dio mucha importancia y siguió buscando en la mochila.
Judith se puso de espaldas a él y se dispuso a abrir el táper que había sacado de la mochila. Se quedó asombrada al ver el contenido, un ligero brillo salía de sus ojos.
-Víctor: Con que era eso. –dijo de repente.
-Judith: Es mío. –dijo hinchando las mejillas y alejando el táper de él.
-Víctor: A ver que tenemos aquí… -susurró poniéndole una mano en la frente y quitándole el táper con la otra.
-Judith: Eso no es justo. –dijo molesta, después de que Víctor le quitara su tesoro.
Víctor abrió el táper, pasando un poco de las quejas de Judith. Dentro había unos cuantos trozos de pizza, cada uno con diferentes ingredientes.
-Judith: ¡Aaaaaw pizzaaaaa! –exclamó al volver a ver los trozos.
-Víctor: No se cómo te puedes comer la pizza fría –dijo entregándole el táper.
-Judith: La pizza siempre está buena, esté como esté y sean cuales sean sus ingredientes. –explicó, sonriente al recuperar el táper.
-Víctor: Seguro que en tres segundos ya te las has comido todas. –dijo.
-Judith: Jooo es verdad… –se quejó– Bueno da igual. Cuando me gane la lotería me compraré todas las pizzerías del mundo para mi solita y así que comeré todas las pizzas que existen, muajajajaja. –carcajeó como una mala de película.
-Víctor: Lo que tienes con la pizza no es normal. –dijo.
-Judith: ¿Emmm? ¿Qué decías? –preguntó, mordisqueando un trozo.
-Víctor: *Resopla* Déjalo.
Víctor se dispuso a buscar algo para él. Tras una larga búsqueda, encontró un bocadillo. No muy contento empezó a comérselo lo antes posible.
De repente, sonó el teléfono de Judith, pero esta no se dio cuenta porque esta distraída con su comida. Al ver que no estaba pendiente, Víctor decidió cogerlo por ella.
-Víctor: ¿Quién es? –preguntó al coger el móvil.
-Sr. Di Rigo: Soy el padre de Riccardo, ¿está por ahí Judith?
Víctor se quedó en blanco. ¿Cómo es que ese hombre quería hablar con Judith? No sabía qué hacer, así que le dio el teléfono a Judith.
Judith se quedó asombrada al ver que Víctor le pasaba el móvil, no sabía cómo no se había dado cuenta de que la estaban llamando. Se fijó en el nombre que aparecía en pantalla, se quedó un poco sorprendida, pero cogió el móvil antes de que colgase.
-Judith: Hola, soy Judith. –Dijo con la boca un poco llena– Hace mucho que no llamaba, ¿pasa algo? –preguntó.
-Sr. Di Rigo: Hola Judith, siento molestarte. La verdad es que quería hablar contigo en persona lo antes posible. –Explicó– Hay una cosa muy importante que tengo que contarte.
-Judith: ¿Una cosa importante? –preguntó.
-Sr. Di Rigo: La verdad es que ahora no es el momento más adecuado para hablar. ¿Qué te parece si te pasas por casa pasado mañana para habla? –preguntó.
-Judith: Emmm… bueno creo que no tengo trabajo, así que supongo que puedo pasarme por allí. –respondió un poco dudosa.
-Sr. Di Rigo: Vale, supongo que todavía te acuerdas de donde es. Así que ya nos veremos allí. –dijo despidiéndose.
Colgó el teléfono rápidamente. Parecía que no quería que nadie se enterase que la estaba llamando. Judith no sabía que pensar. Hacía mucho tiempo que no hablaba con él, la última vez que lo vio fue cuando vino a visitarla al hospital. ¿Qué sería eso tan importante que solo le podía contar en persona? Las dudas le rondaban por la cabeza.
-Víctor: ¿Pasa algo? –dijo, interrumpiendo sus pensamientos.
-Judith: Emmm… no. –mintió.
-Víctor: ¿De qué conoces al padre de Riccardo?, y ¿por qué quería hablar contigo? –preguntó sin rodeos.
-Judith: Bueno… su padre y mi padre eran muy buenos amigos. –explicó– Y la verdad es que me sorprendió que me llamase después de tanto tiempo. Me dijo que quería hablar conmigo en persona, pero no sé de qué…
-Víctor: Mmm… supongo que será algo muy importante como para que quiera que vayas a verle. –dijo.
-Judith: Será… -añadió.
Se dispusieron a recoger las cosas. Judith no quiso darle más vueltas a lo ocurrido, y Víctor no quería preocuparla más. Se despidieron y cada uno se fue por su lado. Víctor se iba, como siempre, a ver a su hermano. Y Judith, por otro lado, iba al cementerio a ver a su padre.
El cementerio estaba al otro lado de la ciudad, pero daba igual. Era su padre, y hay que ir a verlo esté donde esté. Cogió su bicicleta, y pasó por varios callejones para llegar lo antes posible.
El cementerio estaba rodeado por un gran muro, de tal manera que ningún vándalo pudiera hacerle nada a los nichos. En la entrada se encontraba un gran portón, el cual estaba sellado bajo llave. Al lado de este, había una pequeña oficina donde se encontraba el "portero", John.
John era un chico joven de veintitantos años, pelirrojo, de ojos dorados como la miel. Alto, un poco flacucho, y de piel pálida con pecas en la cara. Listo y educado, y sobre todo, con un tacto especial para tratar a las personas. Había terminado sus estudios, pero no había encontrado un trabajo acorde a ellos, así que acepto el trabajo allí.
Conoció a Judith en el entierro de su padre. Le habían llegado los rumores de que su madre le había abandonado cuando era pequeña, y que el encargado de ella iba a ser Percival.
Las primeras veces que vino a ver a su padre intentó apoyarla en todo lo posible. Hasta que finalmente fue como un hermano para ella.
John se encontraba en su oficina, sentado, junto al ordenador esperando a ver si alguien quería entrar.
Judith aparcó la bici a un lado, y se acercó a la oficina de John.
-Judith: Buenos días, Zanahorio. –saludó.
-John: ¡Oh! –exclamó sorprendido– Buenos días, Renacuaja. Supongo que vienes a ver a tu padre. –dijo mientras salía con la llave del portón.
-Judith: Sí, vengo a ver a papá. –respondió.
John abrió la puerta del portón, y un gran terreno cubierto de lápidas se abrió ante él. Judith entró tranquilamente, y John cerró la puerta tras de ella.
Había un pequeño camino de baldosas que recorría el cementerio por el centro, bifurcándose cuando había algún mausoleo. Judith empezó a recorrerlo tranquilamente, observando todos y cada uno de los nichos. La mayoría de las lápidas estaban llenas de flores, algunas más que otras. Aunque entre ellas siempre resaltaba alguna vacía, que no tardaba mucho en volverse a llenar de color. Los mausoleos se alzaban entre la multitud de lápidas, cada uno con una forma distinta. Unos en forma de templo, otros de ángeles y algunos del retrato del fallecido.
Judith iba leyendo los nombres de las lápidas que iba pasando, siempre se preguntaba quiénes podrían ser, a qué se dedicaban y qué les habría pasado.
Cada persona es una historia. Pero todas aquellas historias ya habían tenido su fin, y no uno muy feliz.
Había llegado a su destino. Se paró frente a una lápida un poco más grande de lo normal, y se sentó junto a ella. Ponía: "John Medina, el amante del fútbol". Al lado de la lápida había una pequeña foto de él. Judith la cogió dulcemente y se paró a mirarla un momento.
Estuvo un buen rato, sola con sus pensamientos. Había un montón de cosas que le habían pasado desde el accidente hasta ahora. Algunas dolorosas, otras no tanto y algunas muy buenas.
Aquellos recuerdos duros del pasado le hacían pensar que podía seguir adelante. Recordó una frase que siempre le solía decir Víctor para animarla: "Lo que ya pasó se queda atrás, ahora es mejor vivir el presente."
Entre unas cuantas lágrimas por los recuerdos, Judith consiguió sacar una gran sonrisa.
-Judith: Sabes papá… –dijo mirando a la foto– estos últimos días Víctor a estado intentando convencerme de que entre en el club de fútbol del Raimon. ¡Dice incluso que soy muy buena! Lo que pasa es que no sé si se les permite jugar a las chicas en el torneo… Y tampoco sé si le parecerá bien al resto del equipo… *Resopla* Me gustaría recuperar el fútbol que tanto te gusta…
Estuvo unos cuantos segundos esperando a algo. Tal vez, una respuesta de su padre o una señal. Una ligera brisa acariciaba su cara, llevándose las lágrimas.
-John: Si es eso lo que quieres –interrumpió– no estarías aquí lamentándote sino en el instituto haciendo las pruebas que hagan falta para entrar en el club, si es que las hay. –dijo intentando ayudarla.
-Judith: Creo que tienes razón John… –murmuró pensativa.
-John: ¡Pues claro que tengo razón! –exclamó sonriente.
John le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Judith dejó a un lado la foto y se levantó de un salto ayudado por John.
-John: ¡Venga, vamos! Que tengo que cerrar esto ya. –dijo.
No se había dado cuenta, pero el día ya había pasado. El cielo tenía un color anaranjado y los últimos rayos de luz del día iluminaban el cementerio cálidamente.
John la acompañó hasta la salida tranquilamente. Le colocó el brazo en el hombro suavemente y la abrazó unos segundos. Fueron paseando y hablando sin prisas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Quería que Judith se desahogase, que le contase todo lo que le preocupaba para poder ayudarla. Y así fue.
Al llegar al portón Judith estaba más relajada, como si se hubiera quitado un peso de encima. Se secó las lágrimas con la manga y sonrió feliz por haberse quitado ese estrés que tenía.
-John: Renacuaja –susurró mientras le quitaba una pestaña de la mejilla– Si necesitas desahogarte estoy aquí todos los días, ¿vale?
-Judith: De acuerdo –respondió alejándose– ¡Ah! Y John… ¡Gracias! –dijo sonriente.
-John: No tienes por qué dármelas. Ese es el trabajo de un hermano mayor. –respondió alegre.
Judith cogió su bicicleta con seguridad y se marchó veloz a su casa.
Una pequeña lágrima corría por su mejilla, pero esta vez no por pena o tristeza, sino de alegría por el apoyo que les estaban dando los demás.
~Continuará~
