Queridas lectoras,

Un abrazo gigante a todas, pero especialmente a quienes hayan sufrido con este horroroso terremoto ¡Mucha fuerza!

Besos,

Karen

Cap IV: Sex and the city

Ángela era la más privilegiada de todas, porque su casa estaba a tan sólo unos metros de la Casa Vieja. Sus visitas nocturnas a Erick, el mayor de los forestines y otro alcohólico, eran a diario, diurnas y vespertinas. El señor y la señora Weber tenían pleno conocimiento del romance de su hija con un hombre quince años mayor, sin embargo, no tenían problemas en aceptarlo. Siempre tuve la impresión de que la querían casar lo antes posible y esa era la mejor oportunidad que habían encontrado, aún teniendo sólo dieciocho años y ninguna necesidad de comprometerse a tan temprana edad.

Mi tímida amiga dividía su tiempo en estudios, forzosamente, porque no era secreto que lo hacía por cumplir, a pesar de ser muy capaz, era sólo una transición mientras esperaba para casarse; su novio, Erick, un mayorcito buen mozo que necesitaba media botella de ron diaria antes irse a dormir y bueno, bordar cojines y confeccionar distintas manualidades para él. Como era el más antiguo del grupo, casi un padre del resto de los forestines, ejercía cierta jerarquía sobre ellos, permitiéndose mucho más libertades, mañas, palabrotas y chistes de mal gusto.

De un tiempo a esta parte se había obsesionado con dirigirme palabras un poco embarazosas y comprometedoras, algo así como piropos, pero desubicados, incluso delante de Ángela, quien se reía con cara de "no lo tomes en cuenta" y de Edward, que reaccionaba incómodo, pero igualmente, devolviendo una sonrisa. Esa noche estábamos todos invitados a la casa de Ángela. Nos sentamos en el living, Victoria, James, Jacob, que hace un tiempo sólo me dirigía la palabra si era estrictamente necesario, Emmett, Alice y Jasper, Edward y yo, y por supuesto, Erick, y a su derecha, Ángela, una verdadera geisha que asentía en cada cosa que él afirmaba, ya fuese deschavetada o no.

El mundo da vueltas y años después, Àngela le devolvió la mano enamorándose de su hermano y bueno, con gracia, inicialmente, descubrimos que nuestra amiga introvertida tenía su lado B y era una bomba sexy, que le gustaban los golpes, los secuestros y los tríos. Su cambio de personalidad nos pareció divertida hasta que apareció con moretones en brazos y piernas, además de volverse una mitómana. Su transformación y locura llegó a tal extremo que fue cómplice pasiva de cómo el hermano de Erick, encerró a Alice junto a ellos y le comenzó a mostrar los "juguetitos" nuevos que se había comprado esa semana: una maleta de cuchillos con distintos portes y filos. A mi pobre amiga se le erizó el cabello más que de lo normal y cuando intentó salir se dio cuenta que la puerta de entrada y el portón estaban cerrados con llave. Miró a Ángela desconcertada y ella respondió con una risita.

–Me tengo que ir… –agregó Alice, intentando calmar el titubeo de su voz.

–¡Tan luego! Pero sin recién llegaste –insistió Steven con esos inmensos ojos celestes.

–¿Y si no te dejo? –rió el trastornado, con malicia.

–No te atreverías a hacerme nada –masculló Alice, mientras cogía el picaporte de la puerta de entrada.

–Eso es lo que crees… –soltó una carcajada de desquiciado. Él tenía fama de haberle pegado a su ex mujer.

–¡Y está Ángela! –dijo Alice con alivio.

Él le dirigió una mirada de complicidad a la ex novia de su hermano, y ahora suya, y ella agregó, manteniéndose sentada en el sofá reclinable.

–¡No me miren a mí, arréglenselas ustedes dos! –sonrió. Fue cuando Alice comprobó que nuestra querida y bondadosa amiga había enloquecido sin salida.

Cuando ya se sentía como un animal en el matadero, a punto de ser rebanada por los cuchillos de ese par de enajenados, él soltó una risotada y le abrió la puerta. Nunca más supimos de Ángela. Pero en fin, esto sucedió muchísimos años después.

Emmett era, como siempre, el florerito de mesa con sus bromas en doble sentido, de humor negro y sarcástico. Alice parecía muy feliz de haber cazado definitivamente a Jasper, aunque a mí me merecía sospechas la actitud de su novio. Jacob estaba serio como siempre este último tiempo, tras enterarse de la formalización de mi relación con Edward, y desde entonces había pasado de llamarme "conejita" a "coneja" a secas ¡Cosa más ridícula! Pero en fin. Erick, después de tomarse unos cuantos tragos empezó con sus directas directísimas, tan en serio, que quise pensar que eran bromas de un borracho.

–Cullen, ¡Te felicito! La coneja es muy linda, si yo tuviera unos años menos, no dudaría en salir con ella –Ángela se reía con esa actitud pasiva, Edward, sonreía incómodo y yo igual.

–¡Claro! Por eso estamos juntos –pasó su brazo izquierdo por mi cintura, aferrándome a su cuerpo.

–¡Deberías aprovecharla! Ya sabes, haciendo cositas ricas –el enarcó ambas cejas con un gesto de picardía y yo me puse roja como tomate, y Edward se asimiló un cangrejo.

–¡Córtala, Erick! –Ángela le pegaba sutilmente en el brazo a su novio, siempre sonriendo, haciendo que todo pareciera un espectáculo ridículo, como si fuese mentira.

Emmett que estaba a mi lado, con los ojos enrojecidos por el alcohol, acercó sus labios a mi oído, traspasando su hálito tibio y literalmente embriagador, y nos habló a Edward y a mí.

–Y conejita ¿ya lo hicieron? –¡Oh, no! Porque les había dado esta noche por instarme a tener relaciones sexuales con Edward ¡Qué les importaba a ellos! Incluso se me pasó por la cabeza que mi novio les había dicho algo y era deber de sus amigos terminar de convencerme, pero era absurdo, realmente no era necesario.

–¡Qué te importa! –respondí sorprendida, pero no pude evitar sonreír.

–Conejita… es rico, rico ¡Es lo mejor que te puede pasar en la vida! Además ¡Hace bien para la salud! –miré a Edward que estaba a mi derecha y torcía sus labios en una sonrisa incrédula, mientras acariciaba ese dócil cabello broncíneo.

–Bueno, yo sabré cuándo sea el mejor momento –le rebatí incómoda.

–Pero ¡Cuéntenme! Quiero ser como una especie de padrino sexual –agregó.

–¡Idiota! –me di media vuelta y Emmett soltó una carcajada.

Victoria y James ya estaban en la puerta, listos para salir a bailar. Alice venía detrás con Jasper, así que nos pusimos de pie. Cordialmente nos despedimos y les agradecimos la embarazosa velada con una grata sonrisa. En la puerta de salida, situada en el comienzo del bosque y de la Casa Vieja, estábamos listos para salir al "Partenón", cuando Edward se acercó, con cara de explicación.

–No puedo ir… –nunca supe si era una señal para que me quedara con él o no, pero yo estaba con unos buenos vasos de roncola en el cuerpo y sólo quería ir a bailar. Todos ya se iban.

–¿En serio? Pero Edward, ¡Vamos! –le hice un puchero de niña mimada, pero no resultó.

–De verdad, lo siento… –se disculpó a medias.

Mmmm, yo también. Nos vemos mañana entonces –le puse cara de lástima y lo besé sutilmente en los labios, porque mis amigos me esperaban. Edward se quedó parado con sus ojos ámbar incrustados en mí hasta que me fui. Creo que no le había gustado la idea.

Llegamos a bailar a ese cuadrilátero de luces de colores, humo, gente sudando y riendo, con una gran barra que ofrecía distintos tragos deliciosos. Con Alice y Victoria nos acercamos a la barra y pedimos otra roncola. Emmett me cogió por la cintura y me arrastró a la pista de baile. Jacob nos observaba con una sonrisa socarrona en los labios.

La música, extremadamente sensual comenzó a sonar y mi cuerpo culebreó alrededor de Emmett. Mi amigo sonreía y por supuesto, si podía aprovecharse un poco de la circunstancias, lo haría, pero sutilmente: cogerme por la cintura con tanta fuerza que nuestros cuerpos quedaran pegados como imanes, rozándose indirectamente, pero sólo por unos segundos, seguidos por una sonrisa y un guiño de esos profundos ojos verdes. Se me acabó el ron y a él, su whisky, pero como no teníamos mayor compromiso, cada uno se fue por su lado en busca de ese líquido enloquecedor, que nos volvía felices e inconscientes.

Pedí el ron, me entregaron el vaso con hielo y la bebida en la otra mano. Alguien me habló, ya a estas alturas veía borroso, tomé el vaso y me lo tomé completo, dejando la bebida sobre el mesón. Ese personaje en frente de mí me conversaba cosas que no le entendía, hasta que de repente, me sumí en unos labios suaves, tibios y desconocidos. No recuerdo nada más hasta que aparecí al lado de Mike y la hermana de Victoria.

–¡Quiero ir a ver a Edward! –metí la cabeza una y otra vez, a propósito, entre Mike y Grace. Él se reía y ella me miraba con cara de pocos amigos, pero los ignoré, hasta que llegó Alice tan ebria como yo.

–¿Y Jasper? –pregunté con la lengua traposa.

–Se fue, se enojó –mi amiga soltó una risita en evidente estado de ebriedad.

Como pudimos nos ayudamos mutuamente para bajar esa dificultosa escalera que simulaba un estadio y fuimos al baño. Reímos borrachas y entramos al baño. Salí antes que ella y al asomarme en el umbral de la puerta me encontré con Jacob. Sonreía y me dio un gran abrazo que terminó con un febril beso, húmedo y escurridizo.

–¡Vaya! De lo que se pierde Cullen por negarse a acompañarte –me susurró al oído.

–¡Qué dices! –lo separé de mí con el brazo de por medio.

–¡Y tú no te aburres!… no soy el primero que te besa esta noche –masculló con su hálito tibio hasta hacerme estremecer con su cercanía.

Salió Alice, se puso al lado nuestro y me cogió del brazo fuertemente.

–Con ese no –aclaró entre la música y mi sordera de borracha.

No recuerdo cómo llegué a mi casa, pero desperté en mi cama, con un dolor de cabeza que me hizo prometer, en ese minuto, no volver a beber un solo trago en la vida. Me llamaron a almorzar y comí con asco, cada bocado me hacía correr el serio riesgo de vomitar. Estaba pálida y media moribunda, lo que les causó gracia a Reneé y Phil. A las cinco en punto vibró mi móvil. Algo más recuperada lo cogí desde mi mesita de noche y contesté, intentando parecer normal y sana.

–Hola –suavicé mi voz, era Edward.

–¡Bella! ¿Cómo estás? –su tono se oía como un suspiro… ¡Ridiculeces! Esas eran ideas mías, ningún hombre suspiraba por su novia, eso sólo sucedía en los cuentos de hadas. Me resigné a la realidad.

–¿Cómo estuvo la noche de juerga? –fue suspicaz, pero sorteé su humor negro con una dulce voz.

–Nada nuevo… –¡Patrañas! Me había besado con un desconocido y con su archirival, Jacob.

Mmmm, más te vale niñita –amenazó con una sonrisa– ¿nos veremos esta noche? –continuó con un tono muy cordial y agradable.

–¡Claro! –¡Uf! Él no se podía enterar de que anoche había quedado en calidad de bulto, y hoy casi no me podía el cuerpo.

Me armé de valor, tres horas después, y me zambullí bajo la regadera tibia, pero aún, cuando estaba con el agua rociándome el cuerpo, un impulso incontrolable se apoderó de mi estómago y devolví lo poco y nada que había logrado comer ¡Puaj! Me enjuagué la boca y después me lavé los dientes más de tres veces para sacar ese sabor a bilis, amarga de mi boca. Sequé mi cabello y me maquillé con prudencia para no parecer un cadáver. Cogí un taxi, pasado las ocho y media y llegué a la Casa Vieja.

Entré al living, mientras uno de los mozos lo iba a buscar. Llegó con una gran sonrisa en los labios y sin siquiera sospecharlo, se acercó a mi y me besó con pasión, fuerza y relajo ¡Uf, qué bienvenida! Mis sentidos se alertaron de inmediato, aún con el cuerpo cortado.

–¿Cómo está mi novia exquisita? –murmuró en mi oído, erizándome la piel.

–B…bien –le respondí sobre su boca, pegada a la mía.

Me besó una vez más, mientras yo continuaba descansando en la parte alta del sofá y él, aún de pie se inclinó medio cuerpo hacia mí para besarme, apoyando sus manos en el respaldo. Posó sutilmente sus labios cereza, sensuales y sabrosos, sobre los míos, disminuyendo la intensidad de mis emociones y hormonas. Pasó su lengua rosada involuntariamente por sus labios y me ofreció algo para beber, siempre con una bella sonrisa dibujada en su rostro de príncipe azul.

–¿Una roncola? –torció sus labios en una sonrisa maliciosa.

–No, gracias… ¿jugo o agua? –respondí y sugerí, mordiendo mi labio inferior.

Enarcó una de sus bellas y tupidas cejas doradas.

Mmmmmm, parece que estuvo intensa la salida de ayer… –exhaló y dejó entrever la posibilidad de haber descubierto mis affaire de la noche anterior.

–Un poco –sonreí.

Frunció el entrecejo y me miró con severidad.

–Tendrás que compensarme entonces –inspiró en mi oído, provocándome un corrientazo eléctrico de pies a cabeza.

Se paró definitivamente y fue en busca de mi jugo y su trago. Por mera curiosidad de saber quienes estaban en el bar, me puse de pie y asomé en el pasillo de suelo de mármol. Una sonrisa satisfecha me devolvió a tierra, era Mike. Se acercó a mí con despreocupación y noté de inmediato un dejo de perversidad en esos ojos celestes.

–¿Cómo te sientes? –habló con voz baja.

–Bien, bueno, con algo de dolor de cabeza –sonreí.

–Se te pasaron las copas ¿te acuerdas de anoche? –entrecerró los ojos con malicia.

–Más o menos a decir verdad… –continué, tratando de descifrar sus palabras.

–Jacob –fue certero.

–¡Ah! ¿Qué pasó con él? –lo evadí, haciéndome la desentendida.

Mmmm, creo que deberías preguntárselo a él –esbozó una sonrisa leve.

Por detrás de su espalda, caminando, elegante y hermoso, apareció Edward.

–¿De qué hablan? –sonrió al vernos, pero no era difícil descifrar su recelo de vernos juntos.

–Nada, por menores –agregó Mike y le dio un golpecito a su amigo en la espalda. Giró y se fue sin despegarme la vista de encima.

Edward me miró sonriente, ajeno de todas mis travesuras de la noche anterior, causándome gran alivio. Nos quedamos en el living hasta que el resto desapareció, luego, nos trasladamos a un lugar más privado y cómodo: su dormitorio.

Abrió su cuarto, ya me era tan familiar que el olor a humedad me agradaba. Encendió la lamparita de su velador, que emanaba una luz tenue y acogedora. El cuarto parecía desordenado, pero limpio y la cama estaba perfectamente estirada. Atrapé su rostro entre mis manos y lo besé con euforia. Él me cogió por los glúteos y me depositó sobre su cama, mientras yo jugueteaba con sus labios, succionándolos y pasando la punta de mi lengua por ellos, delineando las formas de las comisuras de su boca.

Él me miraba entusiasmado. Mis manos ya más entrenadas, desabrocharon cada uno de los botones de esa camisa azul, lamiendo el conjunto de partículas que conformaban su piel blanca y pétrea. Él me miraba con una expresión de orgullo y yo le mostraba todo lo que había aprendido este tiempo. Cogió mi polerón de plush, de rayas rojas y azules, levanté mis brazos y él, lo sacó. Esos lánguidos dedos se fueron directo al borde inferior abultado de mis senos, acariciándolos con cautela, pasando ambos brazos por detrás de mi espalda para deshacerse de mi corpiño.

Bajó su boca a mi cuello, humedeciéndolo y provocando que mi cuerpo elevara su temperatura de manera grotesca. Lo miré a los ojos, estaba más serio, pero con una leve expresión de placidez. Lamió mis pezones con perseverancia, mordisqueándolos y acariciándolos. Descendió por la línea de mi piel que separa las costillas hasta llegar a mi obligo. Barrió mi vientre con su lengua viscosa y sensual. Continuaba en cuclillas y desabrochó mi pantalón con astucia, para pronto volver a mi boca. Sus manos empujaron mis pantalones hacia abajo, hasta deshacerse de ellos.

Toqué su masculinidad y estaba prisionera en ese pantalón grueso e incómodo. Sólo con afán de hacerlo sufrir un poquito, metí mi mano entre su piel y el boxer, acariciando su parte íntima, afiebrada por las hormonas. El mismo bajó su cremallera. Cogí el borde superior de su ropa interior naranja y los bajé, liberando su parte íntima. El continuaba humedeciéndome con sus besos por todo la extensión de mi cuerpo, logrando que me estremeciera sin dificultad. Enredé mis manos en sus cabellos de bronce, dóciles y enredados. Edward jadeó.

Aún tenía puesto mi bikini, pero estaba ad portas de aflojar. Entreabrió mis rodillas con su muslo, tibio y fibroso, hasta colocarse entre medio de mis piernas. Lo observé y tenía la piel rosada por el calor humano y los labios hinchados de tantos besos, al igual que como probablemente estarían los míos, porque sentía un poco de ardor. Su pecho se agitaba y con una leve sonrisa, preguntó.

–Es tu decisión –me miró fijo, esperando mi respuesta.

–¡Hagámoslo! –respondí desafiante, más por el miedo a que me dejara, a raíz de mantenerlo constantemente en la línea de fuego sin concretar nada y curiosidad, más que por amor.

–¿Segura? –insistió nuevamente, aún corriendo el riesgo de que me arrepintiera. Asentí.

–Espero hacerlo bien, después de todo estoy representando al sexo masculino –sonrió nervioso.

Cogió mi ropa interior desde el borde de las caderas y los jaló con suavidad hasta mis pies, arrojándolo al suelo. Volvió a situarse entre mis piernas, pero ahora más cerca de mi intimidad. Se dio un impulso ínfimo, rozando levemente nuestras partes más sensibles. Estaba nervioso y yo tenía el estómago comprimido, pero en estas materias yo no tenía mayor conocimiento, así que debí dejarlo actuar solo.

Su erección se posicionó en la entrada de mis vísceras, hasta hacerse un espacio muy lentamente. Podía sentir como mi cuerpo se adaptaba al de él sin problemas, con algo de dolor, pero con entusiasmo y confianza. Cuando ya estuvo dentro, pude comprobar la estrechez de mi interior que sufría con placer los estragos del primer encuentro. Su mirada de miel líquida se había dulcificado y me increpaba hasta los huesos. En este momento estaba completamente entregada, en cuerpo y alma, a él. Edward continuaba con movimientos rítmicos y la voz errática.

Pude sentir como un líquido tibio y suave se derramaba en mí. Me asusté, mis pulsaciones se aceleraron y la alarma de peligro me puso en alerta de inmediato ¡Esto me podía dejar embarazada! ¡Oh, no! Eso si que sería tremendo error.

Él estaba perdido en un placer inmenso, que tardé un par de sesiones más en entender. Lo miré con pánico.

–No te preocupes… no está en… ti –sonrió incómodo– no podría hacer eso… es tu primera vez y no podría no haber tenido precaución –se ruborizó. Me hizo el cabello hacia atrás, despejándome el cuello y el rostro– ¡Te amo! –exclamó sinceramente.

–¡Claro! –no atiné a decir nada más, estaba en estado de shock. Él esbozó una hermosa sonrisa.

Me cogió de la mano y me arrastró a su ducha. Me bañó en besos tiernos y dulces, en tanto recorría mi cuerpo con jabón y agua. Nos vestimos, y noté que me observaba inquieto.

–¿Qué pasa? –le pregunté incómoda.

–¿Nos seguiremos viendo, cierto? –me increpó, clavando sus ojos en los míos, mientras abrochaba sus zapatillas.

Lo miré extrañada. Se paró, me cogió por la cintura y acercó su precioso rostro blanquecino al mío, embriagándome de su aroma sensual y único.

–Me tienes completamente embobado –fue una confesión– parezco un idiota –sonrió avergonzado.

–Me alegro mucho de estar contigo –respondí nerviosa y él pareció tranquilizarse.

Para mi fuero interno, pensé que con una vez al mes de sexo sería suficiente para dejarlo tranquilo ¡Qué equivocada estaba! Las maratones de amor eran a diario e incrementaban en intensidad y forma ¡Uf! Emmett tenía razón, claro que… jamás se lo diría.