Una cuestión de prioridades
Capítulo cuatro: Dolor de espalda
Nuestra visita a la casa de Paul Smith dejó huella en el detective más famoso de Londres. No volvimos a casa hasta bien entrada la noche, intentando no despertar a la señora Hudson. Aún estábamos en el taxi que nos llevaba a Baker Street cuando pregunté qué pasó con Amanda Reynolds y el bebé.
—Ella conocía las preocupaciones de su marido, así que habrá querido ponerse a salvo— respondió, mirando las oscuras calles.
—¿Protección de testigos?— él suspiró.
—No lo creo— finalizó así nuestra pequeña conversación, saliendo del vehículo y dejándome de nuevo pagar al conductor. Una vez dentro de nuestra residencia empecé a captar un inconfundible olor a humo y corrí hacia la planta de arriba, donde estaba nuestra cocina, el salón y el dormitorio de Sherlock, temiendo por si habíamos dejado algo encendido.
Mi compañero llegó antes que yo, a pesar de que él subió las escaleras sin prisa, y abrió la puerta lentamente, descubriendo que allí estaba lo que yo nunca me hubiera imaginado. La viuda de Paul Smith estaba sentada en nuestro sofá, leyendo el periódico de aquella mañana, fumando.
—¿Señorita Reynolds?— ella esbozó una sonrisa ante mi sorpresa.
—Buenas noches— contestó, quitándose el cigarrillo de la boca—. Espero que no les moleste.
—No se preocupe— logré decir, quitando papeles de la mesa, avergonzado por el desorden del piso.
Holmes tuvo una reacción completamente distinta a la mía. Se sentó justo en frente de ella, juntando las yemas de los dedos y observándola con detenimiento, en completo silencio.
—Disculpen mi entrada, pero no me parecía del todo correcto que fuera la policía la que llevara el caso si fue mi marido el que os lo encomendó— se justificó, mirando más a mi amigo que a mí.
—Si se me permite la pregunta, ¿qué ha pasado con la niña?— quise saber.
—La he dejado en la cama del dormitorio del fondo… supongo que será ningún problema— Sherlock cerró los ojos intentando aguantar la compostura, odiaba que entraran en su habitación. Al verle, fui corriendo a por el bebé.
La encontré plácidamente dormida con aquella manta blanca con la que su madre la envolvió, sentí pena al cogerla en brazos por si llegaba a despertarla. Sin hacer ruido, me la llevé al salón y le ofrecí a Reynolds el tenerla, pero ella negó con la cabeza, indicándome que me ocupara de ella. Cuando pude sentarme en mi butaca favorita, mi amigo habló.
—Cuéntenos su historia sin ser aburrida— Amanda dejó escapar una risa.
—Como quiera, señor Holmes— cedió, mirándome a mí primero y después a su hija. Me dio la impresión de que el relato no empezaba, sino que continuaba desde un punto que yo desconocía—. Estuve en París durante casi un año, para proteger a la niña. Tres meses después de nacer, la dejé con una de mis parientes y volví a Inglaterra para casarme con Paul.
»Poco después de nuestro matrimonio, mi hermana tuvo problemas económicos y vino a Londres para devolverme a mi hija. Lo que no sabía es que el hombre que me obligó a ir a Francia me perdió la pista y estuvo observando a mi familia, lo cual fue terrible para todos y, en especial, para ella.
»Tras la muerte de su tía, la niña no tuvo más remedio que quedarse conmigo. Paul se negaba a encargarse del bebé, pero yo le prometí que nadie sabría nada y, en efecto, la policía desconoce su existencia. Lo único que no puedo permitirle al hombre que me vigila es dejar ver a Rebeca.
—¿Rebeca?— mi compañero arrugó la boca.
—Se refiere a su hija, Sherlock— expliqué.
—Si accede a ella, me encontrará a mí— añadió con un suspiro Amanda, volviendo a fumar. El bebé se quejó en sueños, lo que hizo que volviera a mecerla. Su madre me observó por un instante, para luego hablar con el detective—. Y ahora bien, señor Holmes… ¿está usted dispuesto a ayudarme?
Mi amigo se apoyó en el sofá, cerrando los ojos.
—No.
Reynolds le dio otra calada a su cigarrillo, echando el humo por la boca y apagándolo finalmente en el cenicero del Palacio de Buckingham. Me pareció que el más preocupado por la situación era yo.
—Sherlock, por el amor de…— intenté decir.
—No le voy a ayudar a ella— volvió a repetir—. Voy a ayudar a… "Rebeca".
Respiré tranquilo. Amanda esbozó una sonrisa socarrona. Holmes cerró los ojos.
—Gracias— la abogada se levantó y me quitó a su hija de las manos, besándole la cabeza para que no se despertara—. Debería irme.
—Salir sola a estas horas con un bebé no es aconsejable, señorita Reynolds— recordé, tapando a la niña con la manta un poco más de lo que ya estaba.
—No se preocupe, señor…— no terminó la frase. Olvidé que ni siquiera nos habíamos presentado en condiciones. Salió de la habitación cerrando la puerta en silencio. Miré a Sherlock, que aún seguía concentrado en sus teorías.
—¿Piensas dejar que esa mujer vague por las calles después de que te haya dicho que está en peligro de muerte?— mi amigo frunció el ceño.
—Ella sabe perfectamente dónde tiene que ir— explicó.
—Aún así, te ha confiado su caso y tú ahora…— intenté seguir. Mi compañero de piso se levantó del sillón con un suspiro, cogiendo su violín—. ¿Me estás escuchando?
—De momento, sí— susurró, dándose la vuelta y mirando por la ventana.
—Pues bien, quiero que…— no me sirvió de mucho el intentar regañarle, puesto que empezó a tocar una de sus melodías preferidas y no paró hasta que no terminé. De cualquier manera, intenté hablar con él con la vaga esperanza de que me hiciera caso—. ¿Me has entendido?— dije, finalmente.
—No— volvió a mirarme y dejó de nuevo su instrumento musical en su sitio original.
—Bien. Me alegro— me dispuse a salir del salón—. Buenas noches.
—¿John?— llamó él, quitándose la chaqueta del traje para irse a dormir.
—¿Sí?
—Me temo que la señorita Reynolds ha seguido tu consejo de no deambular por las calles sola, como yo intenté advertirte en un principio— comentó.
—Perdona, ¿qué?— pregunté.
—Hoy te toca dormir en el sofá, ya que tu cama estará ocupada— y, sin hacer el más mínimo ruido, cerró la puerta de su dormitorio.
Me desperté gracias a la señora Hudson, que siempre solía levantarse a las siete y media para tomarse su té de la mañana. La espalda me dolía muchísimo, puesto que aquel diván en el que Sherlock me había obligado a dormir era demasiado incómodo como para pasar allí la noche.
Fui hacia la cocina, bostezando y sin poder abrir los ojos completamente. Allí, mi compañero de piso se entretenía con su microscopio y la "hija" del político fallecido, que jugaba con una probeta, riéndose y dando palmas. Temiendo por la pobre niña, la cogí en brazos para que no pudiera tocarla.
—¿Pero qué… narices estás haciendo?— me contuve para no soltar ninguna palabrota.
—El ADN es un magnífico campo de estudio— explicó, sin apartar la vista de sus cosas.
—¿Ahora quieres probar que la niña es adoptada?— ella me puso una mano en la cara, pronunciando una sílaba incomprensible.
—No malgasto mi tiempo en averiguar tonterías— molesto, dejó escapar un bufido y escribió una pequeña nota en uno de sus cuadernos.
—Pero sí en investigar ciento cuarenta tipos de cenizas de tabaco— recordé, irritado. Dejé a la niña en el sofá, me abroché la camisa y salí de nuestra residencia de Baker Street con la intención de visitar a Mary.
Vivir con el único detective consultor del mundo nunca había resultado fácil, pero las cosas empezarían a ponerse peor poco tiempo después.
¡Buenos días, buenas tardes y buenas noches!
Espero no invadir vuestro espacio con otra de mis notas, pero ya sabéis que siempre me gusta agradecer que os paséis por aquí. A los que dejáis review, a los que añaden esto a Favoritos y/o que piden una Alerta, también a los que os gusta manteneros en el anonimato y no decís nada... los readers misteriosos a los que les tengo tanto cariñito *insértese sonrisa bonita*. Espero poder escribir un capítulo antes de irme de vacaciones (a partir del próximo fin de semana pasaré quince días sin nada, desconectada del mundo). Si me echáis mucho de menos podéis escribirme un comentario o un PM, cosa que me haría mucha ilusión.
Se despide agradeciendo de nuevo todo vuestro apoyo,
-WN.
