Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Natalie Rivers.


Capitulo 3

¿Casarnos? –repitió Bella, mirándolo atónita. No podía creer lo que había oído–. Si eso es alguna cruel broma, no me hace gracia.

–No es broma –Edward habló con seriedad y siguió mirándola con esa dura expresión a la que ella empezaba a acostumbrarse–. Nos casaremos enseguida.

–¿Cómo puedes siquiera pedírmelo? –gimió Bella. Seis meses antes habría aceptado sin dudarlo. Habría sido un sueño hecho realidad. Pero en ese momento era más bien una pesadilla–. Después de cómo me has tratado, estaría loca si me casara contigo.

–No te lo estoy pidiendo –dijo Edward–. Estoy diciendo que nos casaremos. Y por lo que respecta al mundo, el bebé que llevas es mío. Él o ella crecerá como heredero de los Masen.

A Bella le daba vueltas la cabeza. Edward se convertía en un desconocido segundo a segundo.

Su madre, Renée, le había advertido lo fácilmente que cambiaban los hombres. El padre de Bella había pasado de amante entregado a bruto amenazador de un día para otro, cuando Renée le dijo que estaba embarazada. Y descubrió que Charlie ya estaba casado.

Tenía esposa y dos hijos y estaba subiendo de jerarquía en la empresa contable de su suegro. A pesar de sus dulces palabras de seducción, solo había querido una aventura. El embarazo puso fin a eso. Se jugaba demasiado.

Si su esposa o su suegro descubrían su infidelidad, Charlie podía perderlo todo: su familia, su estatus profesional y, lo más importante, la posibilidad de hacerse cargo de un negocio de éxito cuando su suegro se retirara.

Para protegerse, Charlie había instalado a Renée en una diminuta casita de campo. Pagaba el alquiler y una mísera pensión de manutención para Bella, pero con el acuerdo estricto de que Renée no revelarla su existencia o la de su hija ilegítima a la familia.

–Mira, no sé a qué estás jugando conmigo –Bella se puso las manos en las caderas y miró a Edward a los ojos. Su infancia había estado marcada por la duplicidad de su padre y tenía la sensación de haber vivido ya demasiada deshonestidad y secretismo–. Pero sea lo que sea, no me interesa. Si quieres comprar el sistema de conferencia en web, perfecto, necesito la comisión para buscar un piso. Si no lo quieres, no importa. Deja que me marche y siga con mi vida. Tengo que encontrar un trabajo permanente.

Tenía que encontrar un trabajo para poder mantener a su bebé. No acabaría como su madre. Ni en una situación aún más precaria financieramente hablando.

Renée habla quedado devastada cuando Charlie le mostró su auténtico carácter. Le había resultado insoportable que el hombre de quien se había enamorado comprara su silencio. Pero sin nadie a quien recurrir y con un bebé en camino, había aceptado su apoyo económico.

Había perdido la confianza en sí misma y en los demás y fue incapaz de encontrar un trabajo que pudiera compaginar con la crianza de Bella. Finalmente había encontrado la paz trabajando como voluntaria en una residencia para enfermos desahuciados. Dedicaba su energía y amor a manualidades y proyectos artísticos y que les dieran algo de felicidad en sus últimos días.

Bella quería mucho a su madre, a pesar de que su infancia había sido muy difícil. Sabia que le rompería el corazón enterarse de que Bella estaba embarazada y sola. Pasara lo que pasara, tenia que proteger a Renée de la verdad, al menos hasta que su situación fuera mejor. Lo primero era encontrar trabajo para que su futuro fuera más seguro a nivel financiero.

–No has escuchado ni una palabra –Edward parecía tan frío e inconmovible que Bella sintió una intensa desazón–. No necesitas trabajo, ni un piso.

–Te he escuchado, pero no has dicho nada con sentido –replicó ella, intentando librarse de su inquietud–. Necesito trabajo y donde vivir; desde que me echaste he estado durmiendo en el sofá de mi amiga.

–Necesitas un marido que os mantenga a ti y al bebé –dijo Edward–. Yo te ofrezco mucho más que eso.

–¡No vivimos en la Edad Media! –exclamó Bella–. ¿Qué es eso tan maravilloso que ofreces? ¿Dinero? Claro que sería fantástico tener un marido rico, pero si no puedo tener un marido que me quiera, a mí y a su hijo, prefiero estar sola.

–¿Lo dices en serio? –preguntó Edward–. Criar a un ilegitimo sola no es fácil.

–No he dicho que lo fuera –Bella sabía demasiado bien lo difícil que le había resultado a su madre.

También había sido duro para ella vivir con alguien con tendencia a la depresión y al pánico, alguien que solo era realmente feliz cuando se entregaba a algún proyecto artístico.

–Piensa en el bebé –presionó Edward–. ¿Cómo puedes negarle, a él o a ella, la posibilidad de crecer como heredero de los Masen?

–Estás loco –Bella se llevó la mano al pelo con gesto exasperado–. Primero me acusas de ser infiel y niegas que el bebé sea tuyo..., después quieres casarte conmigo y convertirlo en tu heredero. ¿Qué se supone que debo pensar? Es surrealista.

Miró sus ojos verdes y, al ver cómo la miraba, sintió un cosquilleo sensual en la piel. Era como si volvieran a estar en el ascensor, confinados en un espacio pequeño y cargado de electricidad.

–Esto es real.

Dio dos pasos hacia ella. No la tocó, pero ella supo exactamente de qué hablaba. Atracción sexual. Una oleada de calor recorría su cuerpo, hacía llamear a sus nervios. Quería que volviera a tocarla, a sentir sus manos recorrer su cuerpo.

–Puede que sea real –Bella se asombró al notar lo ronca que sonaba su voz, mientras él la recorría con la vista–. Pero solo es hormonal, no significa nada.

–Tu virginidad significó algo para mí –dijo Edward. Sus ojos parecían imposiblemente oscuros y un músculo palpitaba en su mandíbula–. Hasta que descubrí que para ti no lo era y lo poco que tardaste en entregar tu cuerpo a otra persona.

De repente su rostro adquirió una expresión casi salvaje, la agarró y atrapó su boca con la suya.

El corazón de Bella dio un bote cuando la besó. Intentó apartarse, pero él la tenía firmemente agarrada. Aunque nunca habla sido brusco con ella antes, su cuerpo respondió de inmediato, con ardor.

A pesar de la débil protesta de su mente, la tensión de sus músculos cedió y se relajó en sus brazos. El la apretó contra si para que sintiera el calor de su cuerpo. Sus labios se ablandaron y abrieron bajo los de él, dando entrada libre a su lengua.

Lo había echado muchísimo de menos, habla anhelado estar cerca de él. No era sólo por la intimidad física, aunque estaba respondiendo a su beso con pasión. Había echado de menos lo que ella había creído que era una relación fantástica. Muchísimo.

El agarró su cabeza y la inclinó hacia atrás mientras arrasaba su boca con un beso que provocaba en ella remolinos y espirales de deseo. Aunque él ya no la sujetaba, se apretó contra él, disfrutando del poder masculino que irradiaba su cuerpo.

Introdujo los brazos bajo su chaqueta y se aferró a él. Después, instintivamente, sus manos empezaron tirar de su camisa. Anhelaba sentir su piel bajo las yemas de los dedos, notar como sus músculos se contraían y relajaban bajo sus manos.

De repente, comprendió lo que estaba haciendo.

–¡Para! – con un monumental esfuerzo de voluntad, interrumpió el beso y se obligo a dar un paso atrás–. Esto no es lo que quiero –jadeó, acercándose hacia enorme ventanal.

-¿Qué quieres? –preguntó él con brusquedad.

–Quiero que las cosas vuelvan a ser como eran – dijo ella, dejándose llevar por el sentimiento.

–Entonces deberías haberlo pensado dos veces antes de serme infiel –espetó Edward.

–¡Nunca te fui infiel! – gritó Bella–. Pero eso ya no tiene importancia.

–Claro la tiene ... eso lo cambió todo! –dijo Edward.

–Nuestra relación... Nada era lo que parecía –sintió la quemazón de las lágrimas en los ojos y bajó la cabeza para ocultarlas–. No eras el hombre que creía que eras, o no me habrías acusado de algo horrible que no hice.

Se dio la vuelta hacia la ventana, pero en vez de la vista de Londres, vio su reflejo: una mujer con ojos muy abiertos, de mirada perdida, con un traje de lino arrugado. Bastantes rizos rebeldes habían empezado a escaparse del recogido que se había hecho esa mañana, a toda prisa. Se pasó las manos por la chaqueta, estirándola, tomó aire y se volvió hacia él.

–Me marcho –Se enorgulleció de la serenidad de su voz, que no denotaba su torbellino interior.

–No. No te marchas –la voz de Edward sonó fría como mármol–. Aún no lo has pensado bastante.

–No hay nada que pensar –dijo Bella–. Has dejado muy claro lo que opinas de mí. ¿Por qué iba a casarme contigo?

–Por el bien de tu hijo. ¿Quieres que crezca siendo ilegitimo? ¿Sin un padre? –se acercó y puso las manos en sus brazos, sujetándola para recalcar la importancia de sus palabras–. ¿Quieres que tu bebé sea el sucio secreto de alguien?

Bella miró a Edward atónita. Sintió unas náuseas horribles y las manos de él le parecieron cadenas.

–¿Por qué has dicho algo tan horrible? –su voz tembló de emoción. Las palabras de Edward habían hecho diana. Reflejaban demasiado bien la inseguridad que la habla asolado en su infancia.

–Porque sabes lo que eso sería para tu hijo –dijo él–. Toda tu vida has sabido lo que implicaba ser el sucio secreto de Charlie Morton.

Ella miró a Edward con horror. Por un momento se olvidó de respirar, su corazón se paró.

Y de repente supo que tenía que escapar, salir de allí lo antes posible. Se apartó de Edward y alzó las manos con miedo a chocar contra la ventana.

La cabeza le daba vueltas. Desde esa altura nada parecía real: personas, coches y árboles parecían de juguete. Era como estar viviendo una pesadilla. Se le nubló la vista y sintió que se hundía en la oscuridad.

–¡Bella!

Manos de acero aferraron sus brazos para impedir que cayera al suelo y luego la depositaron en el enorme sillón de cuero que había junto al escritorio.

–Bella –Edward se arrodilló ante de ella. Por un momento ella cometió el error de creer que estaba preocupado, pero cuando sus ojos volvieron a enfocar comprobó que su expresión seguía siendo tan fría como antes. Solo se había arrodillado para verla más de cerca, y seguramente para asegurarse de que ella también lo miraba y prestaba atención a sus palabras.

–Estás muy pálida –dijo él–. ¿Has comido hoy?

–Claro que estoy pálida –masculló Bella, entre dientes. Sentía unos horribles espasmos estomacales y tuvo miedo de acabar vomitando–. He tenido un montón de sorpresas desagradables esta mañana.

–¿Has comido? –insistió él–. ¿Qué hará que te sientas mejor?

–Alejarme de ti –se levantó tan rápido que Edward se tambaleó en los talones, pero fue un error. Sintió otra oleada de náuseas y tuvo que agarrarse al escritorio para no caer al suelo.

–Siéntate –ladró Edward–. No voy a dejar que salgas y te desmayes en la calle, si es que llegas tan lejos.

Puso una mano en su hombro para obligarla a sentarse y con la otra levantó el teléfono. Bella oyó que daba una ristra de instrucciones, pero solo procesó que estaba pidiendo comida y bebida.

Cerró los ojos y respiró profundamente. Por más que odiara a Edward en ese momento, no soportaba la idea de avergonzarse vomitando ante él. Ya se sentía demasiado vulnerable, ésa sería la humillación final del que estaba empezando a parecer el peor día de su vida.

Unos minutos después, oyó las puertas del ascensor y los pasos de Edward sobre la moqueta. Abrió los ojos y lo vio poner una bandeja en el escritorio.

–Bebe –le dio un vaso de agua con hielo.

Ella lo aceptó en silencio, incapaz de hablar. Estaba recordando cómo le había servido agua con hielo su último día en Venecia. Podía no ser el amante tierno y preocupado que ella había creído, pero seguía sabiendo qué cosas le gustaban.

De hecho, a juzgar por la crueldad con la que le había restregado su infancia por la cara, sabía mucho más de lo que ella había creído.

–Investigaste mi pasado –lo miró acusadora, esperando ver al menos un atisbo de vergüenza en su rostro. Pero no lo hubo. Siguió impertérrito.

–Por supuesto. Estabas viviendo conmigo, investigar tu pasado era imprescindible –aseveró él–. Podías acceder a todo tipo de información confidencial.

Bella lo miró con desagrado. A ella nunca se le habría ocurrido investigarlo así. Sabía que había estado casado antes. Pero nunca había indagado para saber por qué había fracasado su matrimonio.

–Tal vez yo debería haber hecho lo mismo respecto a ti –Bella tomó un sorbo de agua helada. Su estómago se estaba asentando, pero sus emociones seguían siendo un caos–. Habría descubierto a tiempo la clase de hombre con la que estaba relacionándome.

Se apartó un mechón de pelo caoba de los ojos y desvió la vista. Le costaba creer lo que había ocurrido. No debería haber ido a Empresas L&G esa mañana. Sabía que Edward era socio mayoritario de la empresa. Pero tenía otros muchos negocios en Londres. Había pensado que, incluso si estaba en la ciudad, las posibilidades de que estuviera en ese edificio eran remotas. Y más que asistiera a la presentación.

Tal vez, muy en el fondo, una diminuta parte de ella había deseado volver a verlo, a pesar de la imperdonable forma en que la había tratado, pero nunca habría imaginado que ocurriría algo así. Que Edward, el hombre del que había creído estar enamorada, le restregaría la humillación de su infancia por la cara. Y encima le propondría matrimonio.

–Ser el sucio secreto de alguien no es agradable –la voz fría e insensible de Edward rompió el silencio–. No hagas que tu hijo sufra el mismo destino. No tienes por qué actuar como hizo tu madre.

–¡Eres tú quien lo está convirtiendo en sucio! –contestó Bella con ira–. Y no metas a mi madre en esto; vive muy feliz en el campo, ayudando a los pacientes terminales de la residencia.

–Pero tú no eres feliz –contrapuso Edward–. Y tu infancia estuvo muy lejos de serlo.

–No sabes nada de mi infancia.

–Se que tu padre se negó a reconocerte. Que pagó a tu madre para comprar su silencio. Que nunca lo has visto, ni tampoco a tus dos hermanastras, y que es improbable que eso llegue a ocurrir. A no ser que quieras que tu madre pierda su casa y su ayuda económica para satisfacer tu curiosidad por el hombre que nunca te quiso.

–¿Por qué iba a querer conocerlo? –respondió Bella automáticamente–. No es nada para mí.

–Quieres decir que no eres nada para él.

Edward se dio la vuelta y eligió un bollo de la bandeja. Bella lo miró con ira.

–Eres vil –le dijo, mirando el plato que tenía en la mano por no mirarlo a él. Se preguntó cómo podía comer en un momento así. Por lo visto daba tan poca importancia a sus crueles comentarios que le parecía bien combinarlos con un tentempié.

Ella había pasado toda una vida intentando no pensar en el rechazo de su padre. Y quería seguir así. Podría haberlo buscado e intentar que la reconociera. Pero siempre había sabido que no saldría nada bueno de eso. Además, nunca haría nada que pudiera causarle problemas a su madre.

–Toma, come esto –Edward le quito el vaso de agua y le entregó un plato negro con el bollo.

–No tengo hambre –dijo Bella rebelde, pero reconfortada porque no hubiera sido para él.

–Pero debes comer –insistid Edward–. Te sentirás mejor cuando te suba el nivel de glucosa. Esa palidez es excesiva, incluso para ti.

–¿Incluso para mí? –espetó Bella–. No hables como si me conocieras. Puede que conozcas mi secreto, una forma para coaccionarme. Pero eso no implica conocer a una persona.

–No es coacción –dijo Edward–. Simplemente te ayudo a reconocer las implicaciones de intentar criar sola a un hijo ilegitimo. De hecho, sólo tienes que recordarlo, porque lo sabes de primera mano.

–No fue tan terrible como insinúas –protestó Bella. Pero en el fondo de su corazón sabía que había sido duro vivir con las continuas depresiones de su madre y su propio sentimiento de abandono y decepción.

–¿No quieres proteger a tu bebé? –preguntó Edward–. Cásate conmigo y él o ella se librará de la tristeza que amargó tu infancia.

–Mi infancia no fue amarga –insistió Bella. Oyó el tono inseguro de su voz, pero le parecía una deslealtad hacia su madre pensar en eso.

–Siendo mi heredero tu bebé tendrá todas las oportunidades –siguió Edward–. Y tú te librarás de las dificultades a las que tuvo que enfrentarse tu madre.

–No sé –dijo Bella. La propuesta de Edward era inesperada y abrumadora. No sabía qué pensar–. No sé qué decir.

Dos meses antes la propuesta la habría hecho completamente feliz. Sin embargo ahora comprendía que no la amaba y ni siquiera confiaba en ella. Pero estaba ofreciendo una oportunidad para su bebé y eso era lo más importante. ¿Cómo podía negarle a su hijo la vida que Edward podía ofrecerle?

–Si sabes qué decir. Debes aceptar mi propuesta. Y, dadas las circunstancias, debemos organizar la boda lo antes posible. Volaremos a Venecia esta tarde.

La miró, sentada tan rígida, y pensó que ella había tenido razónal decir que no la conocía. La chica inocente y dulce que él creía que era nunca habría tornado un amante e intentado que aceptara como suyo el hijo de otro hombre.

Ni siquiera tenía el mismo aspecto que la amante apasionada y al tiempo inocente con la que había vivido con él casi medio año. Ese defensivo lenguaje corporal era nuevo para él, y la pérdida de peso había vuelto su cuerpo anguloso y huesudo.

Las ojeras de cansancio bajo los ojos color chocolate acentuaban su tamaño, haciendo que parecieran enormes en el rostro delgado. Y en los cinco meses que habían pasado juntos nunca la había visto con el pelo recogido de esa manera.

Pero, a pesar del cambio de aspecto, la atracción que ejercía sobre él no había disminuido en absoluto.

Era tan intensa como la primera vez que la había visto: de pie ante un grupo de ejecutivos en otra de sus empresas, presentando una versión anterior del mismo programa informático que había vendido esa mañana. Y también había irrumpido en la reunión, con la firme intención de descubrir quién era.

De repente, le había parecido imperativo invitarla a cenar, conocerla... acostarse con ella.

Y el deseo urgente que lo había invadido entonces, seguía surcando sus venas como lava ardiente.

Deseaba alzarla del suelo y besarla hasta que desapareciera la tensión de su cuerpo. Sabia que lo conseguiría, había notado su reacción antes. A pesar de sus protestas, lo deseaba tanto como él a ella.

Quería deslizar las manos por su cuerpo hasta conseguir que se fundiera contra él. Quería soltarle el moño y dejar que su rizos flotaran alborotados. Solo había visto su cabello en su estado rebelde y natural al final de sus apasionadas sesiones de sexo. Ella pasaba horas alisándolo y estirándolo para adoptar peinados sofisticados. A él le gustaba salvaje. Hacía que pensara en sexo desenfrenado.

–Incluso si acepto, no estaré lista para viajar esta tarde –la voz de Bella interrumpió sus reflexiones–. Tengo cosas que hacer, gente con la que hablar.

–Claro que estarás lista. Deja los detalles técnicos en mis manos. Cuando lleguemos a Venecia puedes llamar a quien quieras para informarles de tu cambio de dirección.

Edward contuvo una sonrisa de satisfacción por su victoria. No se había permitido considerar la posibilidad de que ella rechazara su oferta de matrimonio.

El que le hubiera sido infiel y lo hubiera negado demostraba que se había equivocado al evaluar su carácter. Pero sabía cómo había sido su infancia. Y confiaba en que sus francos comentarios al respecto llevaran a Bella a aceptar su propuesta.

Sabía que había herido sus sentimientos al echarla de su casa, pero estaba seguro de que su instinto maternal con respecto a su futuro hijo ganarla la partida.

–No, necesito... –empezó Bella.

–Supongo que el equipo que trajiste para la presentación pertenece a la empresa informática –Edward alzó el teléfono–. Un mensajero ira a devolverlo.

La tenía en sus manos. Solo quedaba organizarlo todo lo más rápidamente posible. Después le daría a su abuelo la noticia que llevaba años deseando oír: el apellido Masen no se perdería.

Su abuelo moriría feliz, creyendo que había un nuevo heredero. Después, cuando Bella ya no tuviera utilidad para él, Edward se vengaría librándose de ella. Y del bebé.

Un divorcio rápido y su vida volvería a la normalidad. Bella, y la prueba de su infidelidad, desaparecerían de ella.

–Pero no puedo irme a Italia sin más –protestó Bella–. La gente se preocupará por mí.

–Anunciar que volvemos a estar juntos y vamos a casarnos solucionará ese problema.

–No lo creerán –dijo Bella, preguntándose cómo reaccionaria Alice, su independiente amiga, al saber que se casaba con Edward solo para garantizar seguridad y estabilidad a su futuro hijo. ¿Cómo podría explicar que no soportaba la idea de someterlo a una infancia tan dura como la suya?–. Todos saben lo mal que me trataste, no se creerán ninguna historia que les cuente.

Al menos, no Alice. A su madre no le había dado detalles de por qué estaba de vuelta en Londres.

–No –la palabra cortó el aire como acero–, Nadie debe saber nunca que éste no es un matrimonio completamente normal.

–Pero... –Bella calló cuando él agarró sus manos y la puso en pie con brusquedad. Sintió la intensidad que irradiaba de él. Hablaba completamente en serio.

Nadie lo sabrá nunca –los ojos de Edward destellaron–. Harás que crean que es un matrimonio normal y que el hijo que llevas es mío. Si no lo haces, os echaré a ti y al bebé.

Bella lo miró desconcertada.

No quería que su bebé pasara por lo que había pasado ella. Las palabras «sucio secreto» resonaron en su mente. El había evaluado con certeza lo que habla sido su infancia.

Una madre deprimida, escasez de dinero, la falta de una figura paterna y, además, las burlas malintencionadas de otros niños hablan sido difíciles de sobrellevar.

Pero lo que realmente le rompía el corazón era saber que su propio padre no quería conocerla, que deseaba que no hubiera nacido. No permitiría a que su hijo creciera sin conocer a Edward; sabía con toda seguridad que el bebé era hijo suyo.

Tenía que aceptar. Por el bien de su bebé nonato tenla que casarse con Edward.