Chics aqui el cuarto capitulo espero y les guste...

Capitulo 4

-Alégrate, Isabel –dijo Edward, mirandola, mientras aparcaba su Ferrari en la calle de la casa de sus padres, detrás del mercedes de su padre-. ¡Por amor de Dios, sonríe! Yo he aceptado hacer mi parte para convencer a tu familia de que aún estamos casados, pero malgastaría mi tiempo si sigues con esos ojos de cordero degollado… -se quejó Edward.

Bien sabia dios que hacerlo le estaba resultando más difícil de lo que había creído, pensó él.

En aquellos meses había visto fotos de Isabel por todas partes. Pero aunque mostrasen a una mujer hermosa y llena de glamur, aquellas imágenes mostraban a una mujer inalcanzable.

Él se había olvidado de lo sexy que estaba Isabel al natural, con el pelo suelto cayendo sobre su espalda, y la cara con poco maquillaje. Ella llevaba una camiseta blanca ajustada y vaqueros gastados bajos de cadera. Su aspecto descuidado la hacía más sensual aún. Algo a lo que no era indiferente él.

Pero él había intentado disimular cuanto lo atraía ella, hablando lo indispensable con ella durante el viaje.

-Lo siento –dijo ella, disculpándose por su actitud de preocupación-. Estaba distraída.

Seguramente Edward pensaría que estaba pensando en su amante, se dijo Isabel.

Pero la verdad era que no podía pensar en nada más que en Edward, en lo mucho que la atraía.

Pero no iba a demostrárselo, porque él se burlaría de ello.

Su camiseta negra y sus vaqueros gastados le daban un aire sensual que su habitual traje de negocios. Estaba irresistible.

Ella no había podido dejar de pensar en lo que él le pediría a cambio de aquel favor.

Edward la miró impacientemente una vez más antes de salir del coche. Luego bajo el equipaje y le abrió la puerta a Isabel.

-¿Edward? –ella le puso la mano encima del brazo para detenerlo.

Él estaba recogiendo el equipaje para llevarlo a la casa.

-¿Qué?

-Ninguno de los dos parece felizmente casado.

-No sé bien que aspecto deberíamos tener –respondió él.

Isabel frunció el ceño.

-Si pudieras tener un aspecto menos… distante…

-¿Un poco menos distante? –repitió él, pensativo. Isabel dio un paso atrás al ver los ojos de Edward.

-Edward…

Edward le agarró los brazos y tiró de ella hacia él, haciéndole sentir cada uno de sus músculos. Luego bajo la cabeza y la beso.

Apasionadamente.

Aquello era lo último que había esperado Isabel.

Se quedó muda, agarrándose a los hombros de Edward para sujetarse.

Al final, él levanto la cabeza para mirarla.

-¿Así está mejor? –preguntó sensualmente.

Mucho mejor, pensó ella.

Pero no le gustaba esa mirada de triunfo en sus ojos.

-¡No hacía falta que llegaras tan lejos…

-¡Las bodas tiene ese efecto en mi también! –los interrumpió su padre, entusiasmado.

Charlie fue en dirección a ellos.

-Hablaremos luego –murmuró Isabel a Edward.

-Tal vez –dijo Edward, rodeando los hombros de Isabel en el momento en que se daba la vuelta para mirar a Charlie.

Y en aquel momento empezó la representación.

Ella se rió brevemente cuando se dio la vuelta para mirar a su padre, un movimiento que la soltó de Edward.

Edward observó abrazarse a padre e hija. Notó una desconocida fragilidad en Charlie Swan. Tenía la cara pálida debido a la reciente enfermedad, y la ropa le quedaba grande, prueba de que había perdido peso.

Pero el apretón del hombro había sido suficientemente fuerte cuando había saludado a Edward, y sus ojos marrones, cálidos.

-Me alegro de volver a verte, Edward –le dijo Charlie.

-Yo también –contesto Edward-. Lamento que los compromisos de trabajo me hayan imposibilitado venir a verlo antes.

-Oh, sabemos lo ocupado que estás. Además, ya estoy bien –dijo Charlie-. Ven adentro y saluda a Rene. Se alegrará mucho de que estés aquí.

La familia de Isabel no se parecía en nada a su desastrosa familia, había visto Edward. Charlie y Rene, a pesar de llevar casados treinta años estaban enamorados, evidentemente, y sus cuatro hijas estaban envueltas en esa calidez también.

Rene abrazó a Edward. Era evidente que se alegraba sinceramente de verlo, algo que contrastaba con la rigidez y desconfianza que siempre sentía Edward cuando iba a ver a sus padres. El recibimiento que le dispensaba la familia de Isabel le hacía más difícil llevar a cabo la venganza que él había planeado.

Las hermanas de Isabel, Alice, Jane y Rosalie, lo abrazaron también. Jane y Rosalie estaban embarazadas, y después de saludarlo afectuosamente le dijeron que sus maridos, Alex y Emmett, aún no habían vuelto de trabajar, pero que irían más tarde.

Las cuatro hermanas eran muy guapas, pensó Edward.

La madre y sus hijas empezaron a hablar de sus vestidos y el padre de Isabel comento:

-Creo que es el momento de que Edward y yo vayamos a dar un paseo con el perro –dijo Charlie, levantando la voz para que las mujeres pudieran oírlo por encima de la conversación.

Su esposa lo miró. Evidentemente, sus hijas habían heredado su belleza.

-No tenemos perro, Charlie –le dijo su mujer-. Y sabes que no puedes ir al pub, si es allí adónde vas… -agregó con tono de reproche.

-Sí puedo ir al pub. ¡Sólo que no puedo beber la pinta de cerveza que me gustaría beber!

-Bueno, estoy segura de que Edward no tiene ningún interés en ir al pub… ¿No es verdad, Edward? –Rene lo miró.

No, no tenía ningún interés en ir al pub, ni en estar a solas con el padre de Isabel, pensó Edward. Pero tampoco quería estar allí observando a Isabel relajarse en compañía de su familia.

Isabel le había pedido que hiciera algo para ella, y él había aceptado. Y a cambio ella le daría exactamente lo que él quería. Y verse involucrado en la intimidad de su familia no era parte del trato.

Isabel lo miró, adivinando su falta de interés por tener una conversación con su padre en el pub.

¿No es mejor que Edward y yo subamos las cosas a nuestra habitación y nos refresquemos primero? –Isabel se agarró del brazo de Edward y sonrió a su familia-. Puedes sacar el perro dentro de media hora o algo así, ¿no papá?–bromeó Isabel.

-Media hora, una hora, ¡lo que haga falta con tal de escaparme de esta conversación sobre bodas! –su padre asintió, sonriendo.

Isabel intuyo la tensión de Edward cuando se marcharon juntos de la habitación.

Ella sabía que a él siempre le había parecido abrumadora la fluidez afectiva de su familia. Y que no quería ser parte de ella.

Era comprensible su actitud en un hombre que no había crecido en un habiente familiar ni afectivo ni estable. ¡Lo que hacía más incomprensible que hubiera aceptado acompañarla aquel fin de semana a casa de sus padres!

¡Era tan incomprensible, que a ella le hacía sospechar que pudiera exigirle un precio más alto por aquel favor!

-Lo siento –dijo ella, sentándose en una de las camas de la habitación-. ¿Piensas que podrás aguantar todo el fin de semana?

-Oh, sobreviviré –respondió él-. ¿Cuál es el pronóstico de tu padre? –preguntó.

A pesar de que se lo veía bien a su padre, este tenía marcados signos de haber pasado por una reciente enfermedad.

-El pronóstico es bueno –Isabel asintió-. Lo que pasa es que ha sido una advertencia para que frene el ritmo… eso es todo. Que pude volver a trabajar en su agencia inmobiliaria en un par de meses. Pero mi madre quiere que la traspase y que se jubile anticipadamente. –agregó Isabel.

Se dio cuenta de que tal vez estuviera hablando demasiado por los nervios de estar a solas con Edward. Estaba segura de que a él no le interesaba nada de aquello.

-¿Y?

Ella se encogió de hombros.

-Dice que aún no tiene sesenta años, y que no ha ganado suficiente dinero para jubilarse. Pero no quieren aceptar ayuda de mi parte –agregó ella con un suspiró.

Él comprendía que a Rene y a Charlie les costase aceptar ayuda económica de su hija mayor. Pero…

¡Maldita sea! ¡Él no tenía ninguna intención de verse involucrado con aquella cariñosa familia!

¡Iba contra sus principios! Él siempre había querido vivir una vida independiente y controlada emocionalmente desde que había escapado a la influencia de sus padres hacia veinte años.

A pesar de tener los estudios necesarios, él había decidido no ir a la universidad, y en cambio había trabajado en un hotel, y había ido ascendiendo de botones a ayudante de director, y luego había llegado a ser director a la edad de veintitrés años. Más tarde, haciendo un gran esfuerzo económico, había comprado su primer hotel. Y con él se había propuesto sacar beneficios para seguir invirtiendo.

El primer hotel había sido sólo el principio de su carrera de hombre de negocios. Ahora era el dueño de hoteles y apartamentos por todo el mundo, entre otras cosas.

Y muy pronto, cuando diera fruto su plan que llevaba urdiendo desde hacía cuatro meses, pensaba hacerse también con el control de la empresa de cosméticos.

Él nunca había dejado que sus emociones gobernasen su cabeza…

Hasta que había conocido a Isabel y se había casado con ella.

Los problemas habían comenzado cuando ella se había empezado a preguntar por qué él no le decía nunca que la amaba.

Y había seguido cuando ella le había propuesto que tuvieran un bebé.

Isabel había insistido que el niño no tendría por qué sufrir los golpes emocionales que había sufrido él durante su infancia…

Pero Edward no había cambiado de opinión. Y aquella discusión había puesto muy triste a Isabel.

Edward no veía ningún motivo para que tuvieran hijos. Habían sido felices como estaban, así que, ¿para qué?

Isabel no lo había visto así. Y la situación se había vuelto extremadamente tensa entre ellos. El hacer el amor había dejado de ser tan placentero como lo había sido antes, y una barrera parecía haberse alzado entre ellos.

Cuando Cosméticos Black, representado por Jacob Black en persona, había empezado a pasar un montón de tiempo con ella para convencerla de que aceptase un contrato millonario para ser el rostro de su nuevo producto, el enrarecimiento de la relación se había hecho más profundo.

Edward no se había dado cuenta de que hasta qué punto había llegado la situación hasta que hablo con Jacob Black algunas semanas más tarde.

Y para entonces había sido demasiado tarde. Isabel había decidido, y su decisión no había sido él ni su matrimonio. Había aceptado el contrato de Jacob Black para Cosméticos Black, y la posibilidad de tener una relación con él.

Isabel suspiró, y el gesto hizo que Edward se despertara de sus pensamientos.

-El cuarto de baño está allí – Isabel le señalo una puerta dentro del dormitorio-. Tómate el tiempo que necesites. Y si no quieres bajar, no bajes. Estoy segura de que mi familia entenderá que estas cansado después de trabajar todo el día y de conducir hasta aquí.

-¡Tengo treinta y ocho años, Isabel, no ochenta y ocho! –exclamó Edward-. Y recuerdo haber ido a trabajar al día siguiente sin problema, después de una de nuestras maratones sexuales –agregó

Isabel se detuvo en la puerta y lo miró con pena.

-¿Ves? Ahí está la diferencia entre nosotros, Edward. Ya ves. Yo creí que hacíamos el amor, ¡no que se tratara de maratones sexuales!

-A ti siempre te ha gustado ver las cosas color de rosa…

-¡Y tú siempre has llevado anteojeras y no has visto nada más que lo que tienes delante de la nariz! ¡Eso te ha dado una visión muy estrecha del mundo! –ella cerró la puerta suavemente y se marchó.

No había nada más que decir. No podía llegar a Edward. Nunca había sido capaz.

Ella se reprimió las lágrimas mientras bajaba las escaleras para volver a reunirse con la familia, deseosa de que la envolviera el calor de su cariño.

¡Amor!, pensó Edward. Eso era para gente como Isabel, no para él, que había presenciado constantes infidelidades de sus padres. Porque el amor para toda la vida no existía.

Pero ¿y Rene y Charlie?, se preguntó.

Tal vez fueran la excepción a la regla, se dijo.

No se podía confiar en el amor. La mayoría de los matrimonios terminaban en divorcio.

Pobrecito Edward está demasiado lastimado,

ojala y cambie si no perderá a Bella …

haber como sigue desarrollándose la historia.

Saludos y cuidense y ya saben espero sus comentarios.