Sherlock:
El juego no se acabó, y Mycroft lo sabe.
Estoy fuera en lo jardines (y luego de que oscureciera, Mamá estaría escandalizada si supiese; para mi suerte ha caído en un sueño inducido por fármacos y no podría ser despertada por nada más que una sirena antiaérea), acechando en silencio a lo largo de los muchos senderos que serpentean sobre nuestra vasta finca. Estoy en mi cuarto cigarrillo de la tarde, y la nicotina está haciendo temblorosos mis dedos pero está alineando mis pensamientos en una forma que ningún otro producto químico es capaz de hacer. (O, al menos, ninguno que haya probado hasta el momento. No me gustan las pastillas con receta de Mamá, ya que me dejan con una sensación vacía e inestable, pero uno de los imbéciles brutos de la escuela mencionó- no a mí, nunca a mí, no soy de confianza- la idea de aplastar una tableta a base de opio e introducir el nuevo polvo en el cuerpo vía nasal… una curiosa sugerencia, una que he estado jugando mentalmente por varios meses.)
Mis pensamientos, por supuesto, están en Mycroft. Él es un problema de cuatro cigarrillos, por lo menos. Este juego de nosotros me está dejando sin dormir (más de lo normal) e incapaz de pensar en otra cosa. Cada experimento que he comenzado (incluyendo uno con cultivos vivos y la observación de descomposición de tejido animal sobre su incorporación, que debería haber sido, con todo derecho, infaliblemente fascinante) han sido abandonados, tirados a un lado porque mi atención ha sido extraviada, como siempre, al problema de mi infatigablemente plácido hermano. Quiero romper esa máscara suya. Quiero probarme a mi mismo ser más inteligente que él (en algunas maneras, quiero probarme esto a mi mismo) mientras fácilmente lo traigo bajo mi poder. Cualquiera podría ser derrocado fácilmente… pero Mycroft es un desafío. Él me conoce, conoce mis métodos, y no será un trabajo fácil, manipularlo. Y eso es incluso sin mencionar el increíblemente vergonzoso momento detrás del cobertizo del jardín dos semanas atrás, mis estúpidas lágrimas cortando líneas a través de la tierra en mi rostro. Perdí el control. No sucederá de nuevo.
He convencido a Mycroft para que me llevara al estanque que está al borde nuestra propiedad. Tomamos los caballos no queriendo montar esa distancia en bicicletas (y Mycroft siendo muy flojo para caminarlas). Me gusta montar, cuando me conviene, pero odio cuidar a las bestias. Ordinariamente arrastraría a un asistente para que los viera, pero mis planes para hoy requieren reclusión y además, Mycroft parece tener un cierto grado de felicidad de ellos por lo que es probable que no le importe tener que ponerlos a su cargo.
Nos estamos desvistiendo, el cálido aire balsámico contra nuestra piel desnuda. Mycroft no es lo suficientemente tonto para no darse cuenta que esto es parte del juego; sus ojos nunca me dejan. Igualmente, los míos nunca lo dejan. Se ha vuelto más blando en la universidad, la piel en su estómago es pálida y masosa. No me importa, realmente. Su fisiología se me es irrelevante; es su mente la que me señala, su sonrisa de suficiencia, la superioridad de su voz. Pero: reconozco que esta no es la forma en que Mycroft me percibe. No estoy tan alejado de la normalidad que no pueda reconocer el atractivo estético, incluso si hace poco para mí. Mis facciones son placenteras a la vista, imagino; Mycroft las aprecia por lo menos. Bien, dejémoslo mirar.
El día es cerúleo: cielo; piscina; venas, en la muñeca de la mano que Mycroft tentativamente hundió bajo el agua. "Suficientemente fresca," dice innecesariamente (claro que lo leí en su mente, en la lenta curvatura de sus dedos bajo el agua y en la relajación de su columna.) parándose derecho, Mycroft me mira, su expresión aburrida pero paciente. "¿Bueno?"
Nadamos por el tiempo que se me antoja. Mycroft es inteligente, pero demasiado ansioso; me mira constantemente, nerviosos por el momento en que mi turno comenzará. No se da cuenta que ya he reanudado el juego, que esta tortuosa espera era no solo calculada sino, quizá, más importante que lo que espera.
Luego de un largo rato, Mycroft se desliza fuera del agua, bamboleando sus pies dentro de las aguas poco profundas del estanque. En mi mente veo el pequeño cronometrador de vidrio que usamos cuando jugamos ajedrez, la arena flotando rápidamente ahora, casi gastándose. Es tiempo de hacer mi movimiento. Nado hasta quedar de estómago, deslizándome justo entre sus piernas y copiando la sonrisa que se pegó en los labios de Mycroft. Corro mis manos por sus piernas (pálidas, con el vello oscuro peinado hacia abajo con el agua que pelea contra mis yemas) y las pauso en el interior de sus muslos, masajeando lentamente con mis dedos.
"Sherlock," dice, con un toque de protesta en su voz (como si pudiera engañarme) como pone sus manos sobre las mías y las empuja lejos duramente.
Agito mi cabeza. "Es mi turno, Mycroft. Lo dijiste tú mismo."
"Es muy lamentable," dice Mycroft, poniendo sus dedos bajo mi mentón e inclinando mi cabeza hacia arriba. Me fuerza a encontrarme con sus ojos, y ya puedo leer mucho en ellos: preocupación (por mí, por él, por Mamá y su carrera) y hambre tranquilamente peleando detrás de sus iris. "Aún eres muy joven."
"No lo soy." Mi voz es vergonzosamente intensa; necesito recuperar mi equilibrio. Resbalo mis manos de vuelta a su regazo, tanteando ahora más arriba y notando con satisfacción la repentina tensión en sus ojos. No me detiene esta vez, sin embargo levanta su mano a medias cuando presiono mi palma contra su erección. De todas formas no me detiene. Mantengo mi vista en sus ojos mientras dejo caer mi cabeza y la toco con mi boca, presionando cuidadosamente mis labios en su prepucio.
"Sherlock," jadeó, pero no hay advertencia esta vez. Está ya medianamente duro, y puedo sentir la sangre pulsando a través de sus venas mientras muevo lentamente mi boca por su pene, mis labios se abrieron y mi lengua apenas tocando su piel. "Oh, Sherlock," suspira de nuevo, su mano levantándose y enredándose en mi húmedo cabello. Pica un poco, la forma en que tira, pero su rostro es como un lujo que no me importa. Se viene completamente deshecho, mi hermano, y cuando deslizo la punta de mi lengua por la parte inferior de su pene (puedo saborear el agua del estanque y sudor salado, y algo más, algo almizclado) Los ojos de Mycroft se agitan y muerde su labio y eso es: ya he prácticamente ganado. Su rostro está completamente abierto, desprotegido, sonrojado; su pene está palpitando en mi mano. Podría tenerlo, si lo quisiera a él.
Ya estoy aburrido.
Dando un pequeño suspiro, vuelvo al agua y me deslizo bajo ella, cuando salgo Mycroft está mirándome incrédulamente. Se ve más bien ridículo, su erección tan rígida y roja, la cabeza de su pene presionada contra la suave y blanca carne de su estómago. No estoy seguro si he visto a alguien tan nervioso, y ciertamente nunca a un Holmes. Me río y cepillo mi cabello fuera de mis ojos. "Vístete, Mycroft," bostezo, relajándome tanto que estoy flotando de espaldas. "Prepara los caballos. Tengo algo en la mansión, un experimento en el que he estado trabajando. Pienso que requiere más atención que esto." Le echo una ojeada, y me alegro de ver que mi frío despido ha sido recibido como lo quería decir: Has perdido, Mycroft. El juego ha terminado. Estoy positivamente radiante mientras él se esfuerza en meter su aún rígido pene dentro de sus pantalones de montar, con su mandíbula apretada y sus ojos oscuros.
Es una cosa de lástima cuando un buen juego termina, pero yo realmente disfruto ganando.
