El sueño de venganza

Capítulo 04 - Siervo

Cuando Antonio llegó de vuelta al Reino, tuvo que permanecer una hora en un rincón, escondido bajo una mesa, oculto en las sombras hasta que se produjese el siguiente cambio de guardia. Afortunadamente, el tiempo en el mundo humano pasaba a un ritmo más rápido que allí arriba, así que no era muy tarde. Se escabulló y corrió hacia la biblioteca todo lo que sus piernas podían. Era una sensación tan intensa que le daba la impresión de que sus músculos ardían. Tuvo que parar unos segundos fuera, justo delante del edificio, para tomar aire. Suerte que las ropas se habían secado de camino al Reino y que ahora su marca no era visible. Se adentró en el sitio, sumido en un silencio sepulcral, y fue hacia aquella sección a la que poca gente se acercaba. La muchacha del mostrador, con cabello rubio liso, una diadema con un lazo blanco y ojos azules, le observó con cara de malas pulgas. Antonio se tensó un poco y puso su mejor sonrisa.

- Hola, venía a consultar un libro.

Con un golpe seco, la chica dejó una carpeta sobre el mostrador y encima de la misma había unas cuantas hojas. Con otro porrazo dejó un bolígrafo y le miró sin expresión alguna. Madre mía, esa muchacha también daba bastante miedo y era un ángel.

- Apunte su nombre, dirección y el libro que quiere consultar. Cuando lo tenga rellenado puede esperar en la sala que hay dentro y le traeré el volumen solicitado para que pueda leerlo. Si quiere llevarse alquilado alguno de estos libros, tenga en cuenta que ningún copista le realizará copia alguna, no puede transcribir el contenido de las obras y, si le descubrimos, que puede darlo por hecho ya que hay un equipo destinado a evitar estos fraudes, tiene penas desde prisión hasta el exilio.

Le parecía tan surrealista todo aquel tinglado que tenían montado... A saber qué libros peligrosos se encontraban en ese lugar. Antonio escribió su nombre, su dirección y el título del libro, que por suerte había memorizado. La chica le hizo pasar a una sala amplia, blanca, brillante, con una mesa en el centro. Lo único que se escuchaba era el tic tac de un reloj que empezó a ponerle nervioso. Minutos después ella regresó portando un libro que era parecido al que la diablesa le había mostrado, pero en mejor estado. Ni un segundo tardó en expresar su deseo de llevárselo a casa. ¿Quién le decía que en esa habitación no había magia o algún otro método para espiarle? No quería que nada grabara o se enterara de que estaba mirando maldiciones de demonios. Le tocó firmar un tocho de veinte páginas en el que se imponían más condiciones de las que podía recordar. Sentía que el corazón le iba a mil mientras iba a paso ligero hacia casa. Era hora de saber de qué iba realmente la cosa.


Era curioso el azar. Se convertía en un factor caprichoso que te hacía verte en escenarios que no esperabas o deseabas. En el caso de Arthur, iba de vuelta a su casa cuando, en la lejanía, divisó una figura conocida. Estuvo unos segundos mirando a esa persona, pensando de qué conocía al demonio, y entonces le vino, como una revelación. Se sorprendió al darse cuenta de que ese tipo era Francis. Seguramente, si se lo hubiese cruzado ni se hubiese dado cuenta de que era él, y es que estaba muy cambiado. Llevaba la ropa de siempre, eso sí, unos pantalones grises y una camisa de tirantes negra que dejaba espacio para que sus alas saliesen libremente, sin impedimentos. Éstas tenían un color rojizo que a pesar de ser oscuro, parecía brillar con luz propia. Se habían vuelto más grandes y tenían un aspecto robusto, como si fuesen capaces de soportar más peso del habitual.

La cola roja también era más gruesa y se movía de un lado para otro mientras su dueño silbaba algo que no llegaba a escuchar. Sus ojos azules refulgían energía, jovialidad, empeño, y su piel se veía incluso más tersa. El detalle más llamativo de todos era el pelo de Francis, el cual le había crecido una barbaridad y ahora se lo recogía en una coleta. Se lo peinaba con la raya al lado y tenía una apariencia fuerte, dorado, y reflejaba el sol del cielo rojizo desde buena mañana.

En ese momento no dijo nada; le observó, quieto, hasta que le perdió de vista. Entonces su gesto se transformó en una mueca de disgusto.

Francis se encontraba bien, como nunca. No hubiese imaginando que robarle los poderes a un ángel tuviese efectos tan inmediatos, pero lo cierto es que no podía quejarse de nada. Sus necesidades sexuales estaban más que resueltas y se despertaba luego con ganas de comerse el mundo, enérgico y animado. Los cambios en su cuerpo habían sido alucinantes y se veía a sí mismo incluso más atractivo. Estaba claro que Antonio era un ángel muy raro. Claro que no podía jurar que esos fuesen unos efectos diferentes a los que sucederían si se estuviese tirando a otro. Quizás, cuando muriera, Francis iba a sentir hasta un poco de pena y todo. Es que era tan inocente, tontorrón, y al mismo tiempo era peleón, malhablado, pasional. Le daban ganas de seguir corrompiéndole repetidamente Era un ser extraño y decir que no era divertido someterle, que no encontraba placer viendo cómo se estremecía y gemía, sería mentir descaradamente.

Pero una cosa no quitaba a otra: Antonio era una víctima, un sacrificio necesario para continuar con el plan. No podía tirar por la borda lo que llevaba tantísimos años planeando sólo por un polvo. La convicción de Francis no era tan débil, no se tambalearía de esa manera. Algo que le extrañó fue que la noche anterior no había podido entrar en sus sueños. Para el demonio, saber cuándo el ser de luz dormía era muy sencillo. Era igual que un aviso, lo sentía en su cuerpo, como un escalofrío. Aquella noche no había habido nada de nada. Bueno, una de muchas no era preocupante. Hubiese sido peor si se hubiera repetido demasiado y muy seguido.

Pero vamos, Antonio no sabía nada de aquello, no entendía cómo se metía en sus sueños, sus palabras se lo confirmaban. Ni siquiera tenía ni idea de que aquellos no eran hechizos, se trataba de una maldición que acabaría con su muerte. No quería añadir esa agonía a cada encuentro, aún menos cuando Antonio no peleaba tanto como antes. Ya había aprendido bien que era imposible huir de él, ya sabía que su cuerpo iba a reaccionar a cada caricia quisiera o no.

Pobre, pobre angelito...

Empezaba a oscurecer cuando llegó a su piso. Antes de poder entrar en el edificio y dirigirse a las escaleras, escuchó pasos a su espalda y pudo sentir un instinto asesino que ya conocía bien. Se dio la vuelta y allí vio a Arthur. El rubio de cabellos cortos llevaba la chaqueta negra y bajo esta se podía ver una camisa morada y unos pantalones que eran también negros. Casi parecía un nazi. No es que aparentara estar muy contento pero, bien pensado, ¿cuándo le había visto alegre? No podía recordarlo. Quizás una vez, cuando capturaron a unas hadas, aunque no fue una alegría sana. Era una dicha extraña, desagradable, ya que el rubio era de lo más retorcido que recordaba.

- Buenas noches, Arthur. -dijo sonriéndole con naturalidad.

- Buenas noches. Tengo que hablar contigo.

- Hombre, lo imaginaba. No hubiese pensado que venías a verme porque me echabas de menos y querías recordar viejos tiempos bebiendo alcohol. ¿Qué tripa se te ha roto? Espero que sea irreparable. -dijo con una sonrisa que intentaba ser inocente y tenía justamente el efecto contrario.

- ¿Qué es lo que te traes entre manos, Francis? -le dijo ignorando aquella burla. El tema era serio y no se iba a perder en provocaciones triviales- Primero te paseas por esa zona del mundo humano y ahora en pocos días empiezas a ganar poder de la nada. ¿Qué es lo que estás tramando?

- ¿Yo? ¿No es esa una pregunta que deberías contestar tú primero? Ya te dije que no fui al mundo humano para invadir ningún territorio. Si estoy ganando poder, a ti ni te va ni te viene. Esto es un tema mío y si me estoy entrenando o haciendo otra cosa, a ti no te incumbe. Sin embargo, tú eres el que no deja de acosarme porque temes que tenga interés en esas tierras y eres tú el que se pasea por ellas. ¿Qué es lo que TÚ tramas, Arthur? ¿Con qué te has ensuciado las manos esta vez?

Se miraron en silencio, de una manera que dejaba bien claro que no eran la compañía que más desearan en ese momento. No soportaba aquella insolencia de Francis. Eso no era nada nuevo y era uno de los motivos por los que había odiado al rubio aún cuando estaba bajo su mando. Terminó por bufar y hacer un gesto restándole importancia, con condescendencia. Estaba seguro de que no merecía la pena enfadarse por lo que hiciera una persona como él.

- No soy yo el que está por su cuenta, haciendo únicamente cosas sospechosas. Nosotros trabajamos para el mismo Satán, por y para derrotar a los ángeles. ¿Otra vez estás con los humanos? Porque creo que te dejé bien claro que eso sólo podía terminar en desgracia.

Francis pronunció una risa seca, irónica, y a medida que lo iba pensando, más "gracioso" lo encontraba, así que siguió riendo. Arthur le miró frunciendo el ceño, observando esa reacción inesperada. ¿Es que había perdido la cabeza? No tenía nada de gracioso.

- Sigo preguntándome por qué de repente hablas como si no hubieses tenido nada que ver con lo que le ocurrió ya que, en aquel entonces, me dijiste que te había forzado a hacerlo.

- Eres débil y esa humana te hacía aún más flojo. -le dijo firmemente. No se arrepentía ni un poco.

- Pues para ser tan débil, creo que ahora mismo soy el más fuerte de los dos, Arthur. -dijo Francis mirándole con una expresión torcida.

- Aunque tengas más poder, sigues siendo débil de espíritu, Francis. Tienes falta de algo que todo demonio tiene, algo que es imprescindible y que te convierte en el más inútil de todos. Te falta el deseo de desolar a los humanos, de volverlos desgraciados, de robarles el alma y torturarla hasta que tu vida se acabe. Y eso es lo que te hace débil: tu falta de maldad para con los humanos.

- Tengo otras muchas ambiciones que son dignas del demonio más maquiavélico que pueda existir. -dijo Francis mirándole seriamente. Era una pelea que ya habían tenido y, aunque decían lo mismo, no estaban evitando repetirla.

- Ambiciones motivadas por sentimientos estúpidos. Abandona tu idiotez, vuélvete frío y quizás dejes de tener problemas. -dijo Arthur con desprecio.

- ¿Y si no qué? ¿Harás lo que le hiciste a Jeanne? -preguntó el rubio con una mueca irónica.

- No me digas que todo esto es por aquella chiquilla humana... ¿Aún? Francis, de eso ya hace muchos años. Pareces uno de esos abuelos que viven en lo que ya pasó en vez de en el presente. Es patético.

- Esto no es por Jeanne.

Y no lo era. Aquella historia de enemistad se remontaba a hacía mucho tiempo y nada tenía que ver con una intención de venganza que hacía incluso más que existía. Francis había decidido entrar aquella facción que se denominaba a sí misma "El primer Escuadrón del Ejército" y cuya misión y eslogan era derrotar totalmente a los ángeles. Era jovencito y su cuerpo era flaco, cosa que provocaba miradas escépticas. De cualquier manera, no andaban sobrados de personal y aprovechaban toda ocasión para reclutar carne de cañón nueva.

El jefe era un poco mayor que él y pronto aprendió que se trataba de Arthur, un hombre que era temido incluso entre sus propios subordinados. No hizo falta mucho tiempo para que comprendiese que era así porque era un puro ogro: Sermoneaba a los suyos sin descanso, de una manera tan crítica que fallar era algo que les asustaba demasiado. Francis entrenó y su cuerpo ganó volumen, pero a pesar de todo no se volvió todo lo fuerte que esperaban y eso le ganó una bronca por parte de Arthur.

La diferencia es que, llegados a ese punto, a Francis se le daba muy mal someter su voluntad a la de alguien. Por ese motivo, cuando su superior decidía que había hecho algo mal, y eso era muy a menudo, él no podía quedarse callado y le replicaba. En una de esas, le mandó a la mierda y le dijo que iba a dejarlo, aunque no fuera cierto en ese instante. Huyó al mundo humano y se paseó por él, inadvertido, hasta que una chiquilla de cabellos cortos castaños claros le vio. Pensó que había sido casualidad que sus ojos se encontraran, pero pronto cambió de opinión dado que empezó a seguirle. Minutos después se detuvo y la observó impasible. Le fascinó ver que ella no parecía para nada asustada.

- ¿Qué es lo que quieres? -le preguntó entonces.

- ¡Tú eres un demonio y voy a vigilarte para que no cometas maldades y atormentes a la gente de mi pueblo!

Y así conoció a Jeanne. Aunque el demonio odiaba a los ángeles, lo cierto era que su opinión respecto a los humanos era muy diferente. Le agradaban aquellos seres cuya vida era corta y que podían ir de la luz a la oscuridad más tenebrosa con una facilidad que asombraba. ¿Para qué atormentar sus almas cuando ellos lo hacían solos? Los humanos tenían facilidad para evolucionar, eran hermosos, nada que ver con ellos, seres que perduraban durante mucho tiempo prácticamente inalterables, con metas iguales, sumidos en una eterna pelea.

Hablar con ella fue cuestión de tiempo y Francis poco a poco empezó a descuidar todo lo demás. Era como si aquella muchacha cultivara su alma y le hiciese evolucionar al mismo ritmo. Fueron tiempos agradables y encontró en esa joven a una amiga que buscaba que dejara el camino del mal para el que Francis había llegado a insinuar que había sido creado. Su nueva amistad llegó a oídos de Arthur y eso no le gustó nada. Hasta en dos ocasiones le advirtió de que jugar a ser amigo con una humana era un sinsentido, antinatural, le hacía débil y una eterna lista de inconvenientes. Francis hacía oídos sordos a todo eso y seguía como hasta el momento, divirtiéndose como hacía tiempo que no lo hacía.

Pero entonces un día regresó y Jeanne no estaba en su casa, la cual había quedado revuelta, como si un tifón se hubiera paseado por ella. Cuando la encontró, estaba en un jurado y era condenada por brujería por un populacho que bramaba como loco. No abandonó su lado aunque a ratos debía esconderse, aunque ella no podía hablarle porque si no se notaría que sí que estaba acusada por algún motivo. Él no entendía cómo se habían enterado, eran demasiado cuidadosos con eso, y por otra parte tampoco le parecía lógico el trato que le habían dado. Ellos no hacían nada malo, no planeaban nada, sólo disfrutaban de su compañía y tenían charlas existenciales que les volvían más críticos y a la vez sabios.

Fue doloroso verla arder en una pira, rodeada de gente que la increpaba de bruja. Ese día fue como una fiera a ver a Arthur y éste admitió que le había advertido y que había desoído sus peticiones. Básicamente le culpó de lo ocurrido y le dijo que lo había tenido que hacer. Le pegó un puñetazo, recibió otro y ahí cortaron "lazos". Francis dejó el ejército y tuvieron que pasar años para que aquello quedase en un recuerdo feliz a la par que amargo. Sin duda fue algo que hizo que la relación entre los dos demonios quedase tan deteriorada que desearan incluso matarse entre ellos, aunque nunca se degradarían a ese nivel. El general, título que él mismo se había otorgado, no veía con buenos ojos que Francis hubiese desertado de aquel modo, claro que tampoco había ley que lo impidiese.

- ¿Estás seguro de que no es por ella? Porque te fuiste por todo el tema de esa mujer y ya incluso antes te habías apartado. No pienso dejar que te interpongas en nuestro camino de nuevo.

Arthur se acercó y puso la mano derecha sobre su hombro, lo cual le ganó una mirada de reproche por parte de Francis. Le repateaba que se comportara de esa manera tan amigable con él, como si no tuvieran ese historial a sus espaldas, o como si no estuviese amenazándole con sus palabras. No pudo aguantarlo y le pegó un manotazo bien fuerte que hizo que su brazo se moviese por la inercia hacia el lado contario. La insolencia nunca había sido algo que Arthur aguantara bien y por eso mismo fue que aquella muestra de insubordinación le produjo una ira que le cegó, que le motivó a cerrar el puño y moverlo hacia Francis. El rostro del susodicho se giró hasta que estuvo mirando hacia el lado contrario y su mejilla empezó a adoptar un color rojizo. El rubio de cabellos largos se mantuvo en silencio, sin decir nada.

Pasaron hasta tres segundos hasta que Francis se giró y le golpeó contundentemente con el puño. Empezó entonces una pelea física en la que Arthur tenía ventaja. No le importaba estar recibiendo también, con sólo poder asestarle algún puñetazo le valía. Pero, en ese momento, el de rango superior estaba más que dispuesto a terminar con esa molestia que hacía ya demasiado tiempo que duraba. Francis se fue unos pasos hacia atrás con el último golpe que encajó y en ese momento vio que su contrincante se venía hacia él con un cuchillo en la mano. Extendió los brazos, con las palmas hacia él y estrechó su mirada. Justo en ese momento una oleada de fuego golpeó a Arthur, el cual cayó unos metros hacia atrás, con parte de la ropa en llamas. Tosió y se movió hacia los lados, pero fue incapaz de levantarse.

- ¿Desde cuándo puedes invocar tú a las llamas? -le dijo con voz ronca, claramente turbada por el dolor. Se dio una palmada fuerte en uno de los costados en que el fuego se negaba a apagarse.

- Creía haberte dicho que era más poderoso que tú. Puede que físicamente no sea rival para ti, que tu fuerza en ese campo sea mayor, pero si hubiese querido ahora mismo de ti no quedarían ni huesos. -dijo Francis con desdén- No te metas en mis asuntos, Arthur. Te vuelvo a comunicar que nada tienen que ver con los tuyos. Estaba allí porque ese sitio tiene significado para mí. Eso ya está fuera de tu jurisdicción. Déjame en paz y yo te dejaré en paz a ti.

No esperó respuesta, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del edificio. Arthur estiró la mano y le lanzó el cuchillo por la espalda. Su sorpresa fue mayor cuando, con un movimiento de la cola, Francis desvió el arma sin recibir ni un sólo rasguño ni detenerse. El rubio se quedó sentado en el suelo mirando hacia el lugar en el que había presenciado esa escena, ahora vacío.

Era un misterio de dónde estaba sacando todo ese poder, pero Francis se estaba convirtiendo en alguien peligroso.


Estaba paranoico en ese momento. Le daba la sensación de que en todas partes había ojos críticos que le observarían y descubrirían su secreto. No le gustaba nada haber ido a la Biblioteca, a esa zona polémica, a sacar un libro. Cerró las cortinas de su habitación tras haber hecho lo mismo con la puerta. El libro lo había lanzado sobre la cama y casi se avalanzó sobre él una vez su cuarto estaba sumido en la penumbra. Estaba tan centrado mirando la portada con los ojos fijos, tenso, que ni se dio cuenta de que la puerta se había abierto y que había alguien más dentro de su habitación ahora.

- ¿Qué piensas hacer con ese libro? -dijo una voz profunda.

Dio un bote sobre la cama en la que estaba sentado, apretó el libro contra su pecho y miró hacia la puerta. Allí pudo ver a su padre, que quieto le dirigía una de las expresiones más decepcionadas que le había visto poner en toda su vida.

- Padre, ¿cómo...? -¿cómo se había enterado? Había olvidado por completo que por la mañana le encontró en el rellano de la puerta.

- La pregunta no es cómo, Antonio. -le dijo acercándose a él- ¿Qué está pasando? No me parece nada normal que salgas por la mañana como si el mundo se acabara, que estés desaparecido durante horas y que en cuanto vuelvas lo primero que hagas es correr a la Biblioteca a sacar un libro peligroso que escribió un demonio.

- Es sólo que...

- Este cuento ya me lo conozco. -interrumpió con firmeza- Es así como empiezan tus excusas y tus mentiras. Ya hace años que nos conocemos, creo que eso nos lo podemos ahorrar. Me he enterado porque ese libro es uno de los que nadie debería consultar sin un buen motivo y, cuando lo consultan o lo sacan, me informan. Imagínate mi sorpresa al ver que es mi propio hijo quien lo ha retirado de los muros que lo custodian.

Por un momento se quedaron en silencio. Antonio bajó la mirada hacia la cama y, a pesar de eso, Romario no apartó sus ojos de su hijastro.

- Feli me escribió una carta diciendo que estabas raro, que te veías cansado y diferente. No puedo decir que estés muy extraño, pero sí que veo que tu estado físico no es el mismo que tenías cuando me marché. -dijo Romario estirando una mano y acariciando su mejilla- Eres el único hijo que me queda, deberías saber que puedes confiar en mí para lo que haga falta, Antonio. ¿Por qué estás de esta manera? ¿Estás enfermo? Tienes pinta de estarlo.

No podía negarlo, ese hombre delante de sí mismo era su padre y era normal tanta preocupación. Él también se alarmaría si sus sobrinos empezaran a comportarse raro y terminaran cogiendo un libro escrito por demonios. Ya había huido suficiente. Se movió y lo que hizo fue desabrocharse la camisa hasta dejar al descubierto aquella marca negra que infectaba su hombro.

- Esto es... -dijo Romario observándole con sorpresa. No había esperado ver algo así.

- El demonio que me atacó me maldijo. Se ha estado apareciendo en mis sueños y creo que me está haciendo algo. Intenté dar con él de alguna manera, estaba desesperado. El caso es que me encontré a una mujer que tenía un libro como este y que me dijo que mis respuestas estaban en él. Por eso mismo vine a buscarlo. No puedo seguir a este ritmo, no sé qué va a ser de mí. Quizás mi solución está en estas páginas...

- Antonio, esa mujer es Sheila, una diablesa que incluso es buscada por los suyos por sus crímenes. ¿Por qué tendría que ayudarte? Quizás es una manera de debilitarte más. Y si la solución está en este libro, significa que ella se lo ha enseñado a ese demonio. ¿Por qué confiar en alguien así?

- ¡No lo sé, padre! Sólo sé que esto es lo único que he tenido en todo este tiempo y que me aferraría a un clavo ardiendo si hiciera falta, si fuese efectivo. No sabes lo que es estar cada día atormentado porque en cuanto duermas sabes que va a aparecer ese demonio para humillarte de nuevo... Padre, necesito saber qué es todo esto. Quiero ver si puedo poner remedio a lo que me ocurre. No me quites la única esperanza que en este momento tengo.

- Puede que en el libro no haya nada.

- Pero entonces sabré que no ha sido por mi falta de esfuerzo. -le dijo Antonio.

- ¿Por esto empezaste a entrenar? -preguntó con gesto algo entristecido. No podía imaginar qué era lo que ocurría en esos sueños, pero visto que su hijo no quería hablar de ello y no insistiría. Antonio pegó un suspiro entristecido y asintió con la cabeza. Puso una mano sobre la del ángel más joven- Está bien, lo miraremos juntos.

No podía negar que fue como quitarse un grandioso peso de encima. Aunque no sabía la historia entera, su padrastro no le miraba con desprecio, sólo quería ayudarle. Las primeras hojas contenían barbaridades que Antonio nunca pensó que existirían: eran páginas sobre la anatomía de ángeles y demonios y habían dibujos sangrientos al detalle sobre ellos. Algunas páginas tenían marcas de dedos en un líquido rojo que se había secado y oscurecido. Por un momento, el chico pudo imaginar al padre de Sheila como un científico loco, cubierto en sangre mientras algún desgraciado estaba en una camilla, abierto en canal, listo para que él, con unos dedos cubiertos en ese líquido escarlata que se espesaba al secarse asiendo un lápiz, el cual empezaba a dibujar lo que sus ojos apreciaban. Las manos le temblaron por un momento y las de Romario las acunaron, devolviéndole la firmeza que le faltaba en ese momento. Fueron pasando hasta que vieron escrita sobre una de las páginas la palabra: Maldición. Seguido de ese título se veía un texto que no podía leer. Pasó la yema del dedo índice por el relieve de esas letras y no pudo evitar hablar en voz alta.

- Me pregunto qué pondrá aquí...

- Es el idioma personal de los demonios, lo usan para realizar sus maldiciones y asegurarse de que los ángeles no puedan leerlas. No quieren que esta magia llegue a todo el mundo, está claro. Puede que esta sea la maldición que estamos buscando, Antonio.

"Maldición:

Tras seguir los pasos anteriores, el demonio podrá detectar cuándo el ángel duerme gracias al vínculo creado por la magia. La manera de hacerse con el poder de un ángel es mediante el acto sexual. El ser celestial ha pasado a ser un cuerpo que responderá a la voluntad del demonio el cual, con un simple gesto, podrá detener cualquier movimiento e impedir un ataque contra su persona.

No se obtiene, sin embargo, poder de ningún ser mediante un acto que no es placentero. Es por tanto requisito indispensable que el ángel alcance el clímax y eso provocará que una parte de su poder se torne como propio. Tampoco se vuelve el demonio un ser de la luz, el poder se modifica en demoníaco.

No existe una manera de deshacer la maldición para el que la ha recibido, el único que puede revocarla es el que la ha echado y debe desearlo de corazón.

El desgaste psicológico y físico es un factor clave y la herida provocada para infectar con la maldición se irá tornando negra y extendiendo por el cuerpo de la víctima hasta que ésta muera. Ver imagen en la siguiente página."

Estaba bloqueado, aún no podía procesar todo lo que estaba leyendo, así que hizo lo que le pedía; giró la página y sus manos se aferraron con mucha fuerza al libro al observar en él la imagen de un ángel cuya piel estaba toda negra, marchita, el cual se había quedado en una pose extraña y su gesto estaba contraído en una mueca de dolor y horror. ¿Ese era el destino que le esperaba? Ni siquiera podía apartar los ojos de ese dibujo demasiado realista y fue Romario el que se apresuró a cerrar el libro, quitárselo y alejarlo de su alcance. Se levantó y lo dejó sobre la mesa. Tras eso se quedó mirándolo mientras asumía que todo lo que narraba era lo que le había ido ocurriendo a Antonio.

- Voy a morirme... -dijo el ángel más joven sacándole de sus pensamientos- ¿Cómo no me he dado cuenta antes de que la cosa estaba tan mal? Ese demonio va a quitarme todos mis poderes, todas mis energías, se hará fuerte y yo me moriré.

- No vamos a dejar que pase. Aunque te haya hecho eso, si no te roba más de tus poderes, podrás recuperarte a tiempo y tus alas volverán a ser blancas y fuertes. No voy a dejar que te pase nada, hijo. Cuando te adopté, prometí protegerte en cualquier circunstancia y voy a cumplirlo, aunque tenga que remover cielo y tierra para encontrar una solución. ¿De acuerdo? -Antonio no contestó, ni le miraba. Por la manera en que sus manos se apretaban contra su pantalón, temblorosas, seguro que estaba pensando en la imagen de aquel ángel muerto- Eh, Antonio, mírame.

El chico pegó un pequeño respingo y sus ojos verdes le enfocaron. En ese momento Romario se dio cuenta de que sus orbes no eran ni un amago de lo que habían sido antes. Si previamente habían sido jovialidad e inocencia, ahora parecían los de un anciano que ha vivido muchas cosas y sufrido demasiado. Por supuesto, tras estas noticias, no quedaba ni un rastro de vitalidad en ellos. Si alguien estaba feliz después de recibir noticias así es que era un completo necio.

- Ahora no te preocupes por eso, te juro que le pondré remedio y te protegeré. No voy a dejar que ese demonio te haga más daño.

- Necesito estar solo un rato... -murmuró en voz baja. No podía decir que le creía porque eso se lo había dicho otras veces con otras cosas y había resultado en que no había estado cuando le necesitaba. Pero decir algo así en ese momento hubiera sido maleducado.

- Me llevo el libro, suficiente has visto ya.

Era lo mejor y por eso mismo no le dijo nada, sabía que era capaz de quedarse toda la noche mirando el dibujo del ángel muerto. Era preferible no torturarse más de aquella manera. Ya era bastante saber que día tras día había dado un paso que le había aproximado rápidamente a la muerte, obligado por ese demonio. ¿Era por eso que solía lamer su semen? ¿Le daría el poder ese gesto? Con razón el tío se esforzaba tanto en darle placer, si no de nada serviría. Romario miraba a su hijo, sumido en sus pensamientos, ausente y reservado. Lo peor de todo es que desde que había leído eso, no podía acercarse a Antonio y tocarle. Era un impulso, como una voz en su mente que le recordaba que su hijo había sido mancillado por un demonio. Necesitaba tiempo para aceptarlo y la almohada iba a ser su consejera. No iba a permitir que eso le alejara de él.

- Padre... -llamó cuando ya veía a Romario en el marco de la puerta. Éste se giró y le miró interrogante- No se lo digas a Lovino y Feliciano, por favor. No podría mirarles a la cara nunca más si eso ocurriese.

- Descuida, no se lo diré. -replicó antes de marcharse y cerrar la puerta de la habitación tras de sí.

Aquella noche Antonio no pudo dormir y se pasó la mayor parte del tiempo mirando su reflejo en el espejo, sobre todo aquella marca negra.


La parte buena de observar durante mucho tiempo un trabajo aparentemente mecánico, calculado al dedillo, era que, al final, encontrabas que algo no funcionaba bien. Francis había hallado la manera de llegar a las puertas del Cielo y, oculto en las sombras, había observado el comportamiento de los guardias durante largas horas, sin perder la paciencia ni bostezar en ningún momento. Ese procedimiento lo había repetido durante unos días, descuidando su aparición en los sueños de Antonio. No había que engañarse, no había abandonado su interés por el poder de ese ángel, pero si dejaba que se regenerara ligeramente sería capaz de absorber más y afianzarse un puesto en la lista de los demonios a los que hay que temer. Así era probable que le dejaran en paz.

El caso es que su observación le había hecho descubrir pequeños fallos que ese día aprovechó. Con un gesto escondió las alas y la cola y complementó su vestimenta, blanca, con una gorra que tapaba sus cuernos con disimulo. De aquella manera pasaba hasta por un ángel. Cuando se vio en una superficie reluciente le produzco un pellizco de desagrado en su estómago. Bueno, aquello era necesario para seguir con su plan y tenía que ser ahora que el Arcángel Romario llevaba una temporada quieto en la capital del Reino.

Era uno de los eventos más extraordinarios que habían ocurrido y se rumoreaba que se debía a que su hijo estaba enfermo y que por eso no salía ya a la calle. ¿El angelito le habría contado a su padre lo que le hacía por las noches? Pudo imaginar perfectamente su gesto, los ojos medio cerrados pues se encontraría mirando hacia abajo, a un lado, con la vergüenza escrita por doquier y sus mejillas sonrojadas por eso mismo. Le hubiera gustado presenciarlo, mirar con desafío a ese arcángel y decirle unas cuantas palabras que había ensayado a veces, cuando se tiraba un buen rato preparando su venganza. Pero aquello tendría que esperar unas horas y definitivamente no contaría con la presencia de Antonio.

La gente hacía cosas muy estúpidas por amor, lo sabía. Arrincona a alguien y amenázale con perder algo o a alguien que ama y entonces verías de lo que esa persona es capaz. Los grandes hombres habían sido presos de esa toxina que se llamaba amor y les había hecho cometer muchos errores. ¿Qué estaría dispuesto a sacrificar Romario por que Antonio viviese? Era algo que tenía intención de averiguar.

El siguiente paso de su plan era muy simple, ofrecerle ese trato por el cual no terminaría con la vida de Antonio si él dejaba que le echara la maldición. Como seguro que aceptaría, Francis tendría ahora una nueva fuente de poder y ésta aún era más grande que la que el joven ángel le pudiera proporcionar. Por supuesto, aunque dijese que iba a liberar a Antonio, no lo haría ya que él sería la vaina que calmaría a la espada que era Romario. De esa manera no se preocuparía por ataques por sorpresa porque siempre podía amenazar con volver a atormentarle. Eso le quitaría cualquier idea de resistirse y él le seguiría robando su energía, transformándose en uno de los más poderosos demonios.

Cuando Romario estuviese muerto, él haría acto de presencia y clamaría ese Reino para él mientras mantendría captivo al hijo del arcángel muerto y a todos les mostraría que éste iba por el mismo camino. Se encerraría en esa casa y dejaría que los ángeles de esas tierras vivieran en la inseguridad de la anarquía que les había ofrecido. Pero ese no era el final del plan: Francis no quería ser el soberano de un montón de ángeles blancos y estúpidos. No eran esas sus intenciones, iban más allá. Hacer sufrir a los ángeles de un único reino no tenía sentido, no era ambicioso.

Mantendría esa farsa durante un tiempo y cuando viese que los ángeles se movilizaban, entonces se retiraría, se marcharía a las sombras, a su piso en el Infierno, y desde allí vería los últimos actos de su plan. Estos últimos pasos en los que él no tomaría parte eran consecuencias obvias de sus acciones. ¿Quién en su sano juicio viviría tranquilo teniendo de vecino a su más acérrimo enemigo? Nadie, ni humano, ángel o demonio podrían soportarlo y eso significaría que el resto de los Reinos le declararían la guerra a ese condado huérfano. Empezarían batallas contra un fantasma, puesto que él ya no estaría allí, y los ángeles residentes, viendo los abusos, intentarían defenderse. Provocaría una guerra civil dentro del Cielo en la que los ángeles sufrirían todo lo que merecían.

Era un plan maestro, uno que sería admirado por muchos demonios, que no sabrían los motivos que le habían llevado a realizarlo. Le ofrecerían poder, posiciones privilegiadas, riquezas y un rango elevado. Y, por muy tentador que todo eso pudiera sonar, Francis permanecería en las sombras, oculto, disfrutando de una copa de vino mientras de banda sonora tendría los gritos de sufrimiento de aquellos seres de luz. Seguro que lo iba a disfrutar, era lo único que le había mantenido cuerdo, sereno, durante años.

Se deslizó por las calles, silencioso, con expresión tranquila, y se dio cuenta de que nadie le identificaba a simple vista como un demonio. Subió a uno de los edificios más altos que pudo divisar y desde ahí oteó el horizonte. La casa del Arcángel era fácilmente reconocible, estaba cargada de lujos y resaltaba su fachada como si estuviese rodeada por luces.

Era hora de ponerse en marcha.


La luz de la mañana entró por los amplios ventanales, se deslizó por el suelo y fue ganando terreno hasta que bañó el rostro relajado de Antonio mientras dormía. Aunque tuviese los ojos cerrados, ésta se filtraba por su piel y le molestaba hasta que terminó por despertarle. Terminó por abrirlos, somnoliento, y miró a su alrededor. Cada nueva mañana en la que se despertaba y veía que aquella había sido otra noche sin sueños, Antonio necesitaba unos minutos para asimilar que era cierto, que otra vez se había librado de Francis. Ahora ya no se hacía ilusiones, lo tenía como una cuenta atrás, el tiempo que restaba para que todo volviese a empezar de nuevo.

Había pasado más de media semana desde que le contó a Romario lo que le ocurría. Desde entonces, no habían hablado ni una sola vez. Se habían quedado en silencio mientras comían, el cual llegaba después de preguntarle cómo seguía y si había dormido bien. Lovino y Feliciano se comportaban como normalmente y eran los que aportaban la conversación a la mesa. En realidad los dos chiquillos no eran tan tontos como pretendían serlo y se habían dado cuenta de que algo sucedía entre ellos. Ahora Antonio no era el único que se comportaba raro, su abuelo se había unido a ese teatro. Por la noche, cuando se quedaban solos, se reunían en la habitación de Feliciano como hacían desde siempre para comentar el día. Desde que las cosas habían cambiado, los jóvenes usaban ese tiempo para comentar y analizar esos comportamientos extraños.

- Yo creo que se han discutido otra vez. Seguro que ese idiota que tenemos por tío estaba deprimido desde entonces por eso y cuando ha regresado el abuelo se han vuelto a pelear. Por eso el ambiente es tenso.

- Pero el abuelo parece preocupado... -murmuró Feliciano indeciso hacía dos noches, mirando al techo.

- El abuelo siempre parece preocupado cuando algo nos ocurre. Pero, si no se ponen de acuerdo, está claro que van a seguir discutiendo el tiempo que haga falta. Antonio es terco y el abuelo Romario incluso más. No encuentro otro motivo por el que las cosas estén tan tensas. ¿Fuiste a preguntarle a ese idiota?

- Sí, Alfred me ha contado que su hermano y Antonio estuvieron entrenando, que la cosa se les fue de las manos y casi tuvieron un accidente. También le dijo que entonces había venido el abuelo y que no parecía para nada contento.

- ¡Ahí lo tienes! Seguro que es eso. Ya sabes que, llegados a un punto, Antonio se come mucho la cabeza con las cosas y lo peor es que no se lo cuenta a nadie, como ese viejo. Y por eso están los dos como si se hubieran peleado desde hace un montón de tiempo.

Cada vez que caía el sol, la teoría se desarrollaba más o se quedaban pensando en nuevas ideas que pudiesen encajar en ese escenario. Aunque ya los últimos días fueron complicados porque uno u otro se saltaba alguna comida, según su criterio, para no tener que encontrarse y provocar esos silencios extraños. Ese era el motivo que había hecho que Antonio madrugara un poco más, cogiese su desayuno y hubiese empezado a degustarlo en su cuarto, observando por la ventana la ciudad que poco a poco empezaba a despertar. Entendía que todo el tema tuviera a su padre afectado, sin saber cómo reaccionar, pero esa falta de afecto le dejaba un poco desanimado. El silencio tenso se parecía a un pequeño animal subiendo por su pierna, que en el fondo parece inofensivo pero acaba picando demasiado.

Algunas noches Romario había aparecido en su habitación para decirle cómo iban las cosas. Las noticias siempre eran pésimas: nadie sabía nada del demonio en cuestión o del tipo de maldición que se explicaba en el libro. Eso siempre era igual que recibir un puñetazo en toda la cara, que le devolvía a su amarga realidad.

El Arcángel, por su parte, no descansaba apenas buscando una manera de deshacer esa maldición que hastiaba a su hijo y le cambiaba en una persona que no reconocía. La frustración era el manjar de cada día y le dejaba un sabor extraño en la boca, amargo, que a veces le quitaba hasta el hambre. La situación con Antonio era tensa y cada vez que iba a él para decirle que no tenía nada, no podía evitar que la vergüenza se apoderara de él. Sabía que era otra decepción más que le daba y ya lo había hecho en suficientes ocasiones. Le gustaría haber sido un mejor padre, pero quizás hasta ahora no había sido consciente de que no es que hubiera sido un progenitor ejemplar. Por eso Antonio había acabado como estaba. Pero aún no era tarde para él, no lo iba a permitir. Lucharía por protegerle y esta vez mantendría su promesa.

Tras despertar y recordar que su vida era, según sus propios pensamientos, una mierda, Antonio dejó atrás la calidez de las sábanas y se puso una túnica y una camisa encima que tapara aquella marca negra, que aunque no se había extendido aún perduraba sobre su piel, antes de salir de la habitación. La cocina a esas horas era un hervidero de criadas que iban y venían preparando las cosas para el desayuno que oficialmente se serviría en poco tiempo. Estuvo buscando, pasando entre ellas con gracilidad, hasta que por fin dio con la muchacha. Era una chica pequeña, delgada, con el cabello corto, media melena. Sus ojos eran verdes, grandes, rodeados por unas pestañas largas y oscuras que le daban un aspecto más infantil y llevaba un lazo sobre el pelo, que le proporcionaba el toque femenino. Llevaba un vestido blanco que era el uniforme, por así decirlo, de todas las criadas. Las mangas eran abultadas por la parte de los hombros y después la tela marcaba la forma de los brazos hasta llegar a las manos. El traje era ajustado hasta la cintura y a partir de ahí se formaba una falda de vuelo que les llegaba hacia la rodilla aproximadamente y tenía encajes dorados en el borde. Lilly se quedó mirándole fijamente y cuando él le sonrió, bajó la vista avergonzada. Ni siquiera sabía si le echarían la bronca por observar a uno de sus señores de esa manera, pero es que Antonio continuaba buscándole y le había encomendado la tarea de prepararle el desayuno de manera que se lo pudiera llevar a la habitación.

- ¿Está seguro de que no prefiere comer con su familia, señor? -dijo ella, la cual siempre había considerado que los parientes eran en los únicos en los que al final se podía confiar.

- Segurísimo, gracias por tu preocupación, Lilly. -le contestó él con una sonrisa amable- Prefiero comer tranquilamente, por las mañanas estoy de humor variable y prefiero tomármelo con calma y despertarme a mi propio ritmo.

La chica lo único que hizo fue asentir con la cabeza y tenderle el desayuno. Antonio lo cogió y se despidió rápidamente, no quería que le pillara nadie antes de que pudiera ponerse a salvo entre aquellas cuatro paredes que le "pertenecían". No tuvo ningún imprevisto y llegó a su habitación. Se sentó en el sillón de siempre, subiendo las piernas sobre el mismo y usándolas para apoyar el plato, y empezó a comer. Después de desayunar no tenía nada mejor que hacer, así que llenó la bañera y se metió, hundiéndose hasta que el agua le llegó por debajo de la nariz. El calor le dejó atontado y en aquel silencio se quedó dormido durante un par de horas. Cuando se despertó, estornudó y se dio cuenta de que el agua estaba fría. Se apresuró a levantarse y envolver su cuerpo en una toalla seca y suave que había dejado a mano.

Decidió vestirse con una de sus camisas viejas que le iban grandes y unos pantalones cómodos. Después de eso se sentó en la cama y estuvo dibujando un rato en una de las hojas que tenía por ahí tiradas. A Antonio no se le daba mal la pintura, quizás porque su padrastro había insistido desde pequeño en que recibiese educación en esa disciplina. Normalmente pintaría lo que se le ocurriera, lo que su mente imaginara, pero lo había intentado hacía dos días y había acabado con uno de los dibujos más rocambolescos y grotescos que nunca había hecho. Por eso, como tenía que ocupar su mente con algo, se dedicó a copiar lo que sus ojos veían. Ignoró el rumor de gente que iba y venía y siguió a lo suyo. No sabía qué era lo que ocurría pero parecía que había cierto jaleo. No le incumbía.

O eso fue lo que pensó hasta que de repente llamaron a su puerta. Deseó no tomar en cuenta ese ruido insistente pero se le estaba haciendo insoportable, así que dio paso a quien fuera que llamara tras levantarse. Entraron dos soldados a los que no conocía de antes, pero era una situación bastante común esa de que alguien le conociese a él pero él no supiera quién era la persona que tenía delante.

- Señor, su padre ha salido y nos ha dejado dicho que le llamemos a usted en caso de emergencia. Bueno, tenemos una. Hemos capturado a un demonio que se había infiltrado en nuestras tierras, creemos que con intenciones hostiles.

Antonio arqueó una ceja ante esas noticias. ¿Ahora se colaban hasta demonios en sus territorios? No le gustaba nada escuchar algo así. Le daba bastante pereza tener que pensar en que ahora le tocaría seguramente a él encargarse del tema. Ojalá su padre regresara pronto...

- El demonio insiste además en que quiere hablar con vuestro padre, que se llama Francis y que tiene un mensaje para él.

Entonces se tensó como si de repente lo hubiesen rellenado con toneladas del hormigón más pesado que existiese. Los ojos verdes de Antonio estaban tan abiertos que el blanco de sus pupilas eclipsaba el color de su iris. Ese nombre se repetía sin cesar dentro de su cabeza, una y otra vez, mientras seguía en ese estado en el que no había podido procesar sus palabras.

- ¿Francis? ¿Habéis capturado un demonio que se llama Francis? -dijo mirándoles casi fieramente, lo que asustó un poco a esos dos soldados. A sus oídos habían llegado rumores de que el hijastro del arcángel era amable y agradable con todo el mundo. Bueno, pues en ese momento aquello parecía ser una mentira bien grande.

- Sí, señor. Eso es lo que iba anunciando cuando decía que quería hablar con su padre.

- ¿Dónde está?

- En los calabozos, señor. -dijo el soldado asintiendo con la cabeza, muy serio.

- Llevadme ante él, ahora mismo.

Era uno de esos momentos en que alguien no era consciente por completo de la realidad que le rodeaba. Antonio no podía creer que Francis realmente estuviese allí, encerrado en uno de los calabozos de su padre. Le llevaba buscando desde que habían empezado esas pesadillas y parecía de todo menos posible. Era el tío más escurridizo que existía. Las dependencias donde encerraban a cualquier peligro se encontraban irónicamente cerca de su casa, seguramente para ahorrarse el ir y volver. Engañaba mucho la fachada, blanca como las demás, con ventanas relucientes, pero en cuanto entrabas, a mano izquierda, quedaban unas escaleras que descendían y ahí todo era diferente.

Los pasillos se tornaban entonces más estrechos, lóbregos, y la pintura de las paredes estaba sucia. Unos metros más adelante había una sucesión de pasadizos y a cada lado había celdas, formando un complejo laberíntico. No es que tuviesen a mucha gente encerrada, pero en las sombras había algunos seres que se quedaban mirando al ángel a medida que iba avanzando. En la más alejada, se dio la vuelta y observó esa figura familiar, la que había visto en muchas ocasiones en sus sueños, aunque con el cabello más largo. Cuando le vio, Francis dibujó una sonrisita burlona que hizo que el gesto de Antonio se volviera más severo. Hizo un gesto con la mano.

- Dejadnos a solas. -ordenó.

No tardaron casi nada en moverse y abandonar el lugar. El silencio que se instaló cuando dejaron de escucharse los pasos de los soldados se prolongó durante un buen rato más hasta que el que no pudo aguantarlo más fue el demonio.

- ¿Ni tan siquiera me vas a saludar? Te has vuelto todo un maleducado, angelito. -dijo con descaro Francis.

- Bonito pelo, espero que mi poder te lo haga crecer hasta que te lo pises, te caigas y te abras la cabeza contra una piedra. -dijo Antonio sin ocultar el desdén que sentía hacia ese demonio- Debería matarte ahora mismo...

- Si mal no recuerdo, el asesinato es pecado. ¿Ya estará tu Dios de acuerdo si lo haces? Ah, claro, que al parecer si es asesinato de demonios la cosa cambia y ya puedes hacerlo con libertad, ¿no?

- No intentes hacerte el listo, Francis. ¿Ahora te va la dialéctica? Has agotado la paciencia de un mismísimo ángel y estoy seguro de que vas a recibir el peor castigo que puedas imaginar. De esta forma, como estarás muerto, no tendré que preocuparme más.

- ¿Piensas que la marca desaparecerá porque yo esté muerto? No puedes negar la realidad sólo porque parte de lo que la formaba no esté. Seguirías llevando esa mancha negra por tu hermoso cuerpecito durante toda tu existencia. Pero eso no es lo importante. Creo que sería una mala idea que me matases, ¿sabes?

Durante un segundo, Antonio pudo imaginar lo que supondría tener que vivir con su cuerpo en aquel estado para siempre, sería como estar marginado de por vida. Nadie querría estar con alguien que había sido usado por un demonio de aquella forma sucia e impura. Y, aunque no lo contara, tendría una marca negra que estaba repartida por su piel como si fuese una infección, prueba de que algo oscuro había ocurrido con aquel ángel. Nadie querría estar con alguien que ocultaba secretos de ese tipo.

- ¿Y por qué es una mala idea que te mate? Yo no lo veo tan malo. Si tengo que quedarme con este estigma que me has puesto, lo aceptaré. No vas a quitarme la maldición por propia voluntad.

- Así que ya lo sabes... -se rió y negó con la cabeza. Se sentía tonto y todo- Sheila te lo ha contado. Esa maldita mujer... No me extrañaría que ella también tuviese que ver con la facilidad con la que me han encontrado. No, no voy a quitarte la maldición y es una mala idea porque si me matas, te morirás también.

Se produjo un silencio de segundos.

- Si te matamos, ¿yo también pereceré? -le preguntó con un tono de voz más apagado que el que había estado usando.

- ¿Cómo te piensas que me entero de cuándo exactamente estás durmiendo? No es que lleve espiándote semanas para aprenderme tus horarios de sueño. Desde que te maldije, nuestros cuerpos se han conectado, cada vez que duermes puedo sentirlo y así puedo aparecerme para jugar contigo. Eso también hace que si me haces daño, tú también lo vas a sentir. ¿No te despertaste un día, hace cosa de una semana, entumecido? Como si te hubieras peleado con alguien.

- Sí... Lo achaqué al cansancio que me llevas provocando.

- Bueno, lamento decirte que eso no fue cansancio, eso fueron las secuelas de la pelea que tuve yo en el Infierno. No pensé en lo golpes que recibía, lo siento~

- Es mentira. -le dijo Antonio aferrándose a los barrotes y acercándose a ellos.

Le dirigía una de las miradas más cargadas de sentimientos que nunca había visto: ira, frustración, miedo... Era irónico que pudiera fascinarle tanto aquella fuerza explosiva que un ser tan frío como él no debería desprender. Las manos de Francis agarraron los barrotes, encima de las de Antonio, con la misma fuerza, agitándolos y haciéndolos vibrar. Su rostro estaba adornado por una sonrisa socarrona.

- ¿Seguro que lo es? ¿Tienes la certeza? Vale, entonces golpéame hasta que sangre, a ver si estás tan tranquilo. ¿Qué te pasa, angelito? ¿Estás asustado? ¿Es que todo el valor se te va por la boca? Lo único que hacen bien esos labios es gemir cuando te tengo entre mis brazos.

Aquello colmó su paciencia, Fue la gota que desbordó un vaso que llevaba al límite de su capacidad un buen tiempo. Apartó la mano derecha y la coló entre los barrotes, cerró su puño y golpeó el estómago con toda la fuerza y frustración acumulada. Francis jadeó ahogadamente, perdiendo por un momento la respiración, preso de ese dolor, pero no fue el único que lo hizo, Antonio lo sintió de igual manera y eso le confundió. Dio unos cuantos hacia atrás y se llevó la mano derecha al estómago. El rubio levantó la mirada y al poder apreciar el dolor que sentía, sonrió.

- Vaya, parece que si hubieses usado un arma contundente ahora mismo estarías igual de muerto que yo, ¿no crees? -dijo con la voz medio rota aún por la falta de aire.

- Esto... ¡No tiene sentido! ¡Entonces si yo muero tú también morirías, ¿no?! ¡Si me matas con la maldición, por mucho poder que tengas, tú también caerías conmigo! -expresó Antonio demasiado confundido con todo lo que ocurría.

- ¿Qué? No, por supuesto que no. Ese enlace no es bidireccional. Cuando acabe de quitarte tus poderes entonces morirás y punto. Si crees que yo también caeré fulminado es que eres muy inocente. Sería una maldición estúpida, ¿no crees?

Antonio apretó sus puños con fuerza contra su cuerpo, evitando de este modo temblar de manera evidente. Así que ahora lo tenía delante pero no podía interrogarle, no podían golpearle para sonsacarle la verdad, no podían matarle porque todo eso le afectaría de manera indirecta. ¿Es que no tenía fallo alguno su plan?

- ¿Dónde está tu padre? Quiero hablar con él personalmente. Tengo algunos temillas que quiero comentarle.

- Mi padre no está, ha salido, Así que por el momento tendrás que conformarte conmigo y comentármelos a mí. -dijo el ángel mostrándose de nuevo frío e inalterable.

- Mmno... No quiero hablar contigo, quiero hablar con tu padre. Tú díselo, puedo esperar. -dijo con una sonrisilla.

- Voy a dejar que te pudras de hambre y frío aquí hasta que te arrepientas de todo lo que me has hecho, demonio.

- Eres un rencoroso, angelito... ¿No sabes que eso es pecado?

El hombre de cabellos castaños se dio la vuelta después de dirigirle una mirada de odio y se alejó de allí hecho una furia. Encima aquello sería contraproducente porque iría sufriendo hasta que finalmente moriría y le arrastraría consigo a la nada. No quería perecer y menos de esa manera. Lo primero que hizo en cuanto llegó a casa fue encerrarse y echarse bocabajo sobre la cama para gritar de pura frustración contra la almohada. Aún sentía el ardor en el estómago, era hasta estúpido pensar que ese dolor se lo había producido a sí mismo.

Horas después llegaba Romario a la casa, el cual había sido asaltado por su nieto Feliciano, quien le explicó que Antonio se había ido con unos guardias y que al volver se había puesto a gritar contra la almohada de manera audible. El arcángel dejó sus cosas y fue hacia allí, había escuchado que había habido revuelo por un demonio y temía que era eso lo que tenía a su hijo irascible.

- Antonio, voy a entrar. -dijo tras llamar a la puerta.

El susodicho joven se encontraba sentado en el sillón, en la creciente penumbra, mirando por la ventana. Sus ojos verdes se movieron hasta enfocarle, aunque no es que pareciese tampoco muy contento de verle. Se aproximó y se sentó en la cama, desde donde le miró.

- ¿Qué ha ocurrido? Me han dicho que un demonio ha venido y que lo han capturado.

- Es él, padre, es Francis. Quería hablar contigo pero creo que sería un error que lo hicieras.

- Voy a ajusticiar a ese hijo de Satán. -dijo Romario con un tono muy enfadado.

Antonio se apresuró a levantarse y agarró a su padre de un brazo, chillando una negación para hacerse oír por encima de toda esa molestia que cegaba al alma del arcángel. Romario se tensó, no se esperaba eso, y la reacción de su hijastro fue la de inmediatamente soltarle. Se apartó unos pasos, rodeó el sillón y se terminó sentando en él de nuevo.

- ¿Que no? Antonio, ese demonio te ha hecho todo esto, te ha arrebatado muchas cosas y ahora dices que no tengo que hacerle pagar. Eso no tiene sentido.

-Primero y más importante, no deberíamos ponernos a su nivel, padre. Somos ángeles, encarnaciones del bien al servicio de Dios, no creo que sea la mejor idea. Además, hay un detalle que no he dicho.

- Él es el mal y necesita un castigo, no me vengas con esas, hijo. ¿Cómo puedes defenderle? ¿Es esto a causa de la maldición? ¿Es que no te das cuenta de que incluso te ha cambiado? -replicó Romario indignado- ¿Cuál es el detalle que has omitido?

- Si le ocurre algo a Francis, por culpa de la maldición, yo también moriré y sufriré. Ese es el motivo que espero que te convenza, padre.

Lovino y su hermano menor se encontraban al fondo del pasillo, observando escondidos la puerta de la habitación de su tío. El pasillo se había mantenido en silencio hasta que escucharon a Antonio gritar un "No" que hizo que ambos pegaran un salto en el sitio. Siguió otro momento silencioso en el que nadie dijo nada y ellos pudieron notar que el corazón les iba a mil. Poco después la voz fue subiendo de nivel progresivamente hasta que se les escuchaba gritar muchísimo aunque no se entendía tanto como hubiesen deseado. Lo único que si entendieron fue la voz de su abuelo gritar:

- ¿¡Es que has perdido la cabeza!?

La voz de Antonio, más débil, era la que menos se entendía, aunque sí se escuchaba que gritaba, que replicaba a las reclamas de su padrastro. Los dos se escondieron al escuchar que los gritos cesaban y que la puerta se abría.

- Tú verás lo que haces, pero que sepas que no lo apruebo. -dijo Romario en el marco de la puerta. Se escuchó un murmullo pero les fue imposible entender qué decía- Está bien.

El arcángel cerró la puerta y se marchó hacia su habitación con una expresión entre enfadada y triste que encogió a sus nietos. ¿Qué estaba pasando en su hogar? ¿Desde cuándo estaban su abuelo y su tío tan separados, tan enfrentados? ¿Qué o quién era responsable de que su familia pareciese romperse por momentos?


Romario había regresado al Reino aunque al parecer, si había hablado con Antonio, había decidido ignorar su invitación a tener una conversación con él. Y no era sólo eso, también había dejado instrucciones para los que estaban vigilándole, dos tíos con pinta de armario a los que dirigirles la palabra no servía de nada. Habían golpeado en infinidad de veces las barras de la celda en la que le habían encerrado y le habían impedido dormir. Sentado en una esquina de aquella prisión, con sus brazos rodeando su propio cuerpo, el rubio había mirado hacia fuera con una sonrisa irónica. Habían leído el libro, estaba claro. Por ese motivo a él no le dejaban dormir, no querían arriesgarse a que en verdad no hiciera eso, sino que acosara a Antonio en sueños. Se hizo la mañana y no había dormido ni un poco.

Pero él no era el tipo de demonio que sin más se queda callado esperando al destino que fuese. De vez en cuando Francis intentaba que los guardias le hicieran caso y fueran a buscar a Romario para poder hablar de tú a tú. Le ignoraban de una manera casi profesional. Pasó dos días despierto, sin un momento de sueño y sin probar ni un sólo bocado, sumido en un silencio que al ser forzado le incomodaba. Bueno, sería irónico quejarse por la falta de sueño cuando él había hecho eso mismo con Antonio durante algunas semanas.

Al tercer día escuchó el rumor de pasos y voces. Miró hacia el techo, arqueando una ceja, aunque pronto el ruido se transportó al piso inferior en el que él se encontraba. Se quedó quieto y agudizó el oído aguantando su propia respiración. Incluso de esa manera, no pudo escuchar lo que se hablaba pero parecía que uno de los guardias estaba exaltado. No podía negar que le inquietaba la cantidad de pasos, parecía que había una tropa de gente. ¿Habían decidido ajusticiarle? O quizás le llevaban a una celda aún más horrible. Bueno, podía aguantarlo. No le asesinarían, no tirarían por la borda la vida de la persona a la que querían vengar, no tendría sentido.

Sus ojos azules se quedaron fijos y observaron con sorpresa a la persona que estaba de pie al otro lado de los barrotes, liderando a un grupo de personas. El conjunto de gente eran ángeles de menor rango, criados y criadas que realmente no entendía qué hacían ahí. Delante de todos ellos estaba Antonio, serio, decidido, vestido de manera elegante. Estaba ataviado con un pantalón blanco de pinza que cubría parcialmente unos mocasines del mismo color. Sobre el torso una camisa y sobre sus hombros una chaqueta que le llegaba hasta la primera mitad del muslo, con adornos sobre las solapas en oro y plata que le daba un aire señorial. Francis alzó sus cejas rubias, sorprendido por la presencia de Antonio allí y viendo que sus ojos verdes le observaban, el demonio dibujó una sonrisilla.

- ¿Me echabas de menos? -preguntó con descaro. ¿Acobardarse por la situación en la que se encontraba? Jamás.

El ángel se acercó a las rejas y le hizo un gesto con el dedo índice de su mano derecha invitándole a hacer eso mismo. Tuvo que volver a repetir el gesto antes de que Francis le hiciese caso y se aproximara. Le producía curiosidad. ¿Le golpearía de nuevo aún a sabiendas de que le dolería a él también? Cuando estuvo delante de él, vio que Antonio se movía rápido y lo siguiente que supo es que tenía algo apretando su cuello, algo frío. El collar que le había puesto era simple, fino, de oro, pero no era una pieza decorativa cualquiera y él se había vuelto loco, no. Cuando Francis llevó la mano hacia el metal, sintió una descarga que le abrasó la yema del dedo y se apresuró a apartarlo mientras se quejaba. Miró a Antonio y le sorprendió aún más ver que él estaba indemne.

- ¿Qué es esto? -le preguntó por primera vez algo enfadado al ver que lo que ocurría se salía por completo de sus planes.

- Ese es un collar bendito que he ido expresamente a buscar durante estos dos días para ti. Como tiene imbuido el poder de uno de los ángeles más puro, en cuanto lo tocas con intención de quitártelo es como si estuvieras acariciando una substancia abrasiva. Además tiene otros efectos, es la herramienta perfecta para tenerte a raya. Guardias, soltadle.

Alzó las cejas y abrió más sus ojos azules. ¿Qué? Lo del collar le parecía casi lógico, una venganza a todo lo que le había hecho. ¿Pero qué podía decir acerca de esa última orden? Era mentira, ¿verdad? No tendría sentido que le soltara. Los guardias parecían estar igual de confundidos que él y ante el gesto insistente con la cabeza de Antonio, no tuvieron más remedio que meter la llave en la cerradura y abrir la puerta. Francis ni se atrevió a moverse aún.

- ¿Es que ahora vas a dejar que me vaya? ¿Ya te has vuelto estúpido del todo? -le dijo arqueando una ceja.

- Voy a dejar que salgas de ahí, no que regreses al Infierno. A partir de hoy serás mi asistente personal y mientras no decidas levantar la maldición o encontremos cómo deshacerla, vigilaré lo que haces.

- ¿Me vas a convertir en tu criado? Pues sí que se te han subido los humos, señorito... -dijo Francis.

- Dadle ropas. -dijo Antonio a los sirvientes que venían tras de él. Otra mirada de confusión le fue dirigida a su persona antes de hacerle caso.

No cuestionaron más la autoridad de su señor, se adentraron y le dejaron unas prendas blancas perfectamente dobladas que Francis miró con la expresión más grande de desconcierto que pudo poner. Para ser sinceros, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo y empezó a pensar que se había dado un golpe y que en realidad estaba muerto en la celda. Miró los ojos verdes del ángel y no pudo más que leer decisión, seriedad, no había nada de broma en todo aquello.

- ¿Ahora me vas a dar ropita y todo?

- Llevas tres días sin ducharte y tus ropas dan asco. No voy a tener a un asistente personal que parezca que acaba de salir de una piscina de barro y mugre. Cámbiate y saldremos de aquí.

Iba a decir si lo hacía para verle desnudo de nuevo pero, dado que se había girado, no tenía sentido hacer la broma. Se quitó con rapidez la ropa y se la cambió por las nuevas, que curiosamente le sentaban bien. Se acomodó el cabello e intentó peinarse con la mano. No quedó perfecto pero sin duda estaba mejor de lo que había estado antes. Antonio se dio la vuelta y vio que seguía aún asentando sus mechones, a pesar de no poder ver cómo estaba. Hizo rodar la mirada, exasperado al verle comportarse de esa manera.

- Te avisaré antes de que salgamos de algo: ese collar que te he puesto impide que te alejes mucho de mí, pedí el hechizo expresamente de esa manera y no he aguantado despierto desde entonces y hecho el viaje para que luego encuentres la forma de huir. Empezará a lanzarte descargas que te irán afectando hasta que no puedas moverte. Tranquilo, no te matará, es algo que no me interesa. Además, me permite localizarte con facilidad, antes de que puedas correr muy lejos ya te habré encontrado. Así me aseguraré que no te pasa nada mientras encontramos una manera de arreglar mi problema.

- Vamos, una manera de quitarte la maldición para así luego poder matarme, ¿no? -dijo Francis abandonando las rejas y mirándole de frente. Por muy surrealista que pudiera sonar, creía lo que le acababa de decir. Sabía que había unos ángeles expertos en crear hechizos poderosos que conseguían cosas extraordinarias. Lo curioso de esos ángeles era que no aceptaban peticiones de apenas nadie, así que cuando alguien venía, tenían que cumplirse condiciones que todo el mundo desconocía.

- Lo que me deja perplejo es que a ti no te hagan absolutamente nada estos calambrazos que me llevo...

- Soy un ser de luz, ¿por qué debería dolerme ésta? -le dijo Antonio sonriendo con malicia- Intenta cualquier cosa rara y te meteré otros dos días en estas condiciones y así hasta que aprendas dónde está tu lugar. Ahora vamos. Debo añadir que mi idea no es matarte, te patearé de vuelta al Infierno, aunque mi padre sí que quiere hacerlo.

- ¿No me matarías? -inquirió mirándole sorprendido- ¿Cómo puedes ser tan tontorrón? Nadie en su sano juicio haría eso. ¿Qué te asegura que cuando me dejes ir, en un supuesto de que encontraras una manera de deshacer la maldición, que no la hay, no voy a volver para echarte la maldición de nuevo?

- Nada. Mi padre dice que en cuanto sepamos cómo quitarla deberíamos castigarte para que a Sheila no se le pase por la cabeza usar la misma treta que tú, que le sirva de advertencia, pero no creo que sea la manera, la verdad. ¿Por qué hay que pelear para arreglar esto? Que tú no vayas a aprender la lección no me parece motivo suficiente para terminar contigo. Quizás una paliza sí te la mereces y te la daría, por todo lo que me has hecho en esos sueño, pero no me gusta pensar que eso me pondría a tu nivel. Me considero mejor que tú.

El rubio no dijo nada, se quedó callado y siguió al ángel hacia aquella casa que destacaba de entre las demás por la forma y por el jardín bello y repleto de flores, entre otras. La luz del sol le molestó en los ojos, que habían pasado mucho tiempo en la penumbra, y tuvo que bajar la vista durante un rato. La casa era incluso más impresionante de cerca y cuando entraron había una fila de criados que observaron a Francis con tal rencor que el demonio lo que hizo fue sonreír con fingida inocencia. Antonio sabía que ninguno había aceptado con felicidad que un demonio fuese a vivir bajo ese techo, aunque fuese como un criado.

- Señores, este es Francis y a partir de ahora será mi sirviente. Se encargará de preparar mi comida y lavar mi ropa, entre otros. Si les pide alguna cosa extraña, sospechosa de ser un acto de rebeldía, es su obligación avisarme a mí. En caso de llevar una autorización firmada por mí, las cláusulas en el documento deben llevarse a raja tabla. No tienen permitido hablar animadamente con él o discutir, le contestarán escuetamente y seguirán a sus tareas. Espero que les haya quedado claro.

Al unísono, todos corearon un sí. El ángel asintió con la cabeza, satisfecho por no tener que repetir de nuevo aquellas instrucciones. Le hizo un gesto a Francis con la mano para que le siguiera. No habían avanzado ni dos metros cuando, delante de ellos, se plantaron Lovino y Feliciano. Este último se escondía tras su hermano y se asomaba por su hombro derecho para ver a ese demonio del que todos hacía un día que hablaban, tras que Antonio diese la controvertida noticia. Aunque no se viese a la primera, Lovino estaba tenso como nunca y las piernas le temblaban, dándole la sensación de que en cualquier momento cederían y se pegaría un buen tortazo.

- Antonio, ¿estás seguro de lo que estás haciendo? Esto no es como adoptar un gato que encuentres en la calle. El abuelo tiene razón, ¡es una locura! ¡No puedes meter a alguien tan peligroso en casa!

- Yo me responsabilizo de lo que pueda pasar, ahora mismo no me queda otra opción, creo que es lo mejor. -dijo el ángel mayor serio. Aunque tuviese que oponerse, no tenía sentido tenerle ahí, pudriéndose. No iba a ceder y quién sabe si eso no le daría más ganas de volver a tirárselo en sueños. Lo consideraba una tregua en la que seguiría investigando por su cuenta- Sígueme, Francis.

Los ojos azules del rubio no se apartaron de esos chiquillos, tenían curiosidad y podía notarlo. Seguro que era la primera vez que tenían tanto rato seguido a un demonio cerca y no le atacaban. Al mismo tiempo le tenían miedo. Para acabar de divertirse, Francis les guiñó un ojo cuando pasaba por su lado, con una sonrisa socarrona, y le encantó ver cómo se tensaban e incluso retrocedían. Siguió a Antonio por un pasadizo mientras éste le explicaba las habitaciones donde podía realizar tareas: la sala para limpiar la ropa, la cocina y poco más. Finalmente llegaron a una de las habitaciones, amplia, con una cama grande y con pinta de ser cómoda. Tenía un sillón junto a la ventana, una mesa con una silla preparada y luego un sofá a la izquierda. Había una puerta al fondo que estaba cerrada así que no supo qué había allí.

- Siéntate, Francis. Vamos a hablar de tú a tú. -dijo Antonio caminando hasta sentarse en el sillón que quedaba cerca de la ventana.

El rubio le hizo caso, aún seguía sin entender qué motivaba a Antonio a hacer todas esas cosas así que ahora que parecía que iban a hablar claramente, estaba interesado en obedecer. Se sentó en la silla y no pasó nada hasta que entró un ángel con un carrito en el cual, para su sorpresa, había todo tipo de comida. Su estómago rugió con fuerza. Se quedaron sumidos en un silencio denso que duró durante un buen rato a pesar de haberse quedado solos. Su boca se inundaba de saliva mientras el olor se metía en lo más profundo de su nariz y le dejaba atontado por un rato. Tenía tanta hambre... Hasta ese momento no había sido consciente de cuánta. Pero, antes de asaltar aquellas delicias, Francis podía escuchar en su mente una voz que le advertía de que eso no estaba bien, que no cuadraba, que quizás estaba todo envenenado o drogado.

- O has perdido la cabeza por completo, o estás tramando algo muy malo... Me inclino por pensar eso último. ¿Ahora me ofreces comida? ¿Y lo siguiente será un baño?

- No está drogada o envenenada, si es lo que te preocupa. Llevas días sin comer y no quiero que eso te debilite hasta poner en peligro tu vida, ya que eso amenazaría la mía. Lo considero una inversión de futuro, ¿sabes? Tienes hambre, antes he podido escuchar tu estómago, así que come.

Volvió a mirar la comida durante unos segundos antes de empezar a devorarla de manera atropellada casi. No le gustaba abandonar los modales de esa manera, pero es que le estaba haciendo perder la cabeza el hambre y ese olor que le infectaba. No pudo notar nada raro en el sabor, que era excelente, así que dedujo que el bueno de Antonio decía realmente la verdad. Le miró, con la boca llena, y le hizo un gesto para que continuara. El ángel le miró arqueando una ceja, casi se veía chistoso con las mejillas hinchadas de la cantidad de alimentos que tenía en la boca.

- Come con cuidado que aún te atragantarás como si fueses un niño pequeño... -le dijo por instinto. Después de eso carraspeó y empezó con su nueva explicación- Mientras estás a mi servicio, permanecerás en mi habitación. Si intentas acercarte con sucias intenciones, te daré la paliza de tu vida y te meteré en un calabozo durante meses de ser necesario. Estableceremos turnos para usar el lavabo privado, está tras esa puerta. Tú dormirás en el sofá. Si intentas acosarme en sueños, a la celda.

- A ver, a ver... ¿Me vas a dejar dormir en la misma habitación que tú sin protección alguna? -hasta a él le parecía ridículo.

- Es un voto de confianza ya que te voy a tener como mi sirviente. Tómalo como un juego: ¿Se acabará antes tu paciencia y me quitarás la maldición o encontraré antes el remedio?

- Tengo paciencia, no me voy a echar atrás por tener que trabajar para un ángel como tú, que ni siquiera tiene instinto de supervivencia. Me parece normal quitar de en medio a lo que te amenace. -dijo Francis y bajó la vista hacia la comida para seguir atacando.

- Pues siento no compartir vuestra opinión. También te advierto de que no entables conversación con nadie. Te veo muy capaz de intentar lavarle el cerebro a alguien. Si me entero, buscaré reglas más restrictivas.

- Entonces, -dejó los cubiertos sobre el plato ya vacío, tomó la servilleta y la fue doblando, preparándose para limpiar su boca en cuanto terminara su frase- lo del voto de confianza va en serio. -mientras se pasaba la servilleta por la boca, vio que Antonio asentía- La última vez que confiaste en mí acabaste con un agujero en el hombro.

- Es la última vez que lo hago. Si vuelves a traicionarme, la próxima ocasión no seré tan condescendiente.

- ¿Y cómo no sabes que es posible que sólo me haga falta una traición más para terminar contigo? -dijo Francis, más que por amenazar, por ver su reacción. Le sorprendió verle tan tranquilo.

- No vas a matarme. -le contestó con decisión.

- ¿Por qué estás tan seguro? Mis manos no están limpias. ¿Ahora vas a decirme que en el fondo soy un demonio bueno y estupideces sin sentido?

- No. Sería idiota, como has dicho. Está claro que no te conozco, tampoco me quita el sueño no hacerlo, no puedo ir proclamando que eres bueno. En cambio, lo que sí que puedo afirmar es que no te interesa matarme. Tienes algún plan, por eso quieres hablar con mi padre, estoy seguro. ¿Crees que podrías negociar con él si mataras al único hijo que le queda? Te daría la muerte más terrible que puedas imaginar.

Lo pensó todo en conjunto y Francis empezó a reír. Tenía toda la razón del mundo, matarle haría imposible seguir adelante con su plan. Si estaba vivo en ese momento era porque el bienestar de Antonio, su salud, su futuro, estaba en sus manos. Acabar con él era romper en pedazos su salvaguarda. El ángel le observaba tranquilo, sin inmutarse, aunque en sus ojos se podía leer una pizca de curiosidad.

- Al final resultará que no eres tan tonto...


La noche en que Antonio le liberó, Francis la pasó echado en el sofá, solo en esa habitación. El ángel había salido por ahí bajo el pretexto de que tenía asuntos pendientes con su padrastro. Para el rubio no eran más que excusas para no tener que lidiar con él. Por muchas palabras bonitas que salieran de su boca, Francis no creía en su veracidad. El buen orador podía realizar mil y una florituras para luego acabar siendo un vil mentiroso que haría lo contrario a lo dicho. El sofá era mucho más cómodo que aquella celda húmeda y con olor a orín en la que había pasado eternos días. Su prisión temporal no había tenido ni un miserable colchón sobre el que echarse y, al final de todo, había dormido -más bien intentado, esos malditos ángeles le pinchaban cuando veían que estaba muy tranquilo y con los ojos cerrados- en el suelo como si de un perro se tratara. El sol de aquel Reino era mucho más fuerte que el que había en el inframundo y le molestaba demasiado. Levantó uno de sus brazos y en un gesto perezoso cubrió su rostro para protegerlo de la deslumbrante luz. Lástima que aquel gesto ya le hizo despertarse y, por más que lo intentó, se sentía desvelado.

Se incorporó, su cabello rubio despeinado y cara de sueño, y miró hacia los lados. Pues sí, todo lo ocurrido no había sido ningún sueño, estaba en la casa del Arcángel mayor. Antonio aún no había vuelto, estaba solo. Le dieron ganas de escaparse, pero el peso sobre su cuello le disuadió. Además, en el lugar en el que se encontraba tenía más oportunidades de poder hablar con Romario. Bostezó y decidió que era hora de cotillear. El lavabo le gustó, aunque no era demasiado amplio, resultaba bonito. Lo único que hizo allí fue peinarse y echarse agua sobre la cara, con la intención de remediar su expresión somnolienta.

Se asomó a la ventana para otear el horizonte, se echó sobre la cama y probó si estaba blanda y cuando iba a chafardear el cajón de la ropa, escuchó que la puerta se abría. Se tensó por completo y ni se movió durante un rato. Los segundos transcurrieron con una lentitud exasperante, dando paso a una sensación en la que el tiempo no pasaba y el momento se prolongaba eternamente. Se fue dando la vuelta, muy lento, aún con las manos levantadas, a la altura de su estómago. En el marco de la puerta estaba Antonio, que le miraba con una de sus cejas oscuras arqueada.

- ¿Ibas a rebuscar entre mi ropa interior? -le preguntó el ángel con una expresión que vagaba entre la sorpresa y el asco.

- ¿Eeh? -dijo tenso. De todos los cajones que podría haber ido a escoger, ¿cómo se las había apañado para que le pillara a escasos centímetros de abrir el cajón de sus calzoncillos?- ¿Este era el cajón donde los guardas? Yo sólo iba a ver qué ropa tenías, te lo prometo.

- Puede que las maldiciones se te den bien, pero tus excusas son penosas. -dijo Antonio adentrándose en la estancia, bostezando sonoramente.

- No es una excusa, es la verdad. -apuntó Francis ladeando el rostro, con el ceño algo fruncido.

Sus ojos se quedaron entonces fijos en el hombre de cabellos castaños, que avanzaba hacia la cama quitándose primero la chaqueta y a posteriori la camisa. Le decepcionó ver que no se despojaba de ninguna prenda más. Fue en ese instante en el cual se dio cuenta de que puede que sintiera atracción hacia el físico del ángel. Su espalda estaba bien formada, aunque sus pectorales no eran musculosos, su piel era suave y apetitosa, daban ganas de lamer alrededor de aquel ombligo redondeado que tantos estremecimientos le había ocasionado en sus muchas sesiones sexuales. Si Antonio hubiera sido un ángel poco atractivo, seguramente no hubiese sido capaz de acostarse con él en tantas ocasiones.

Se sentía contrariado por sentir atracción física hacia un ángel. Era esa la parte que le había retenido, su libido había tomado consciencia propia y le había gritado que si le mataba se quedaría sin perfecto trasero al que golpear mientras le embestía con salvaje pasión. Podían llamarle degenerado, enfermo, lo que quisieran, pero eso era todo porque no habían probado lo que él sí. Era imposible que lo entendieran entonces.

- Tus tareas de hoy son limpiar esa ropa y la que hay en el cesto del baño, preparar la comida, tender la ropa y plancharla. -tras ordenar todo aquello bostezó perezoso. Había estado la noche en vela tratando de hablar con su padre, pero éste había estado demasiado ocupado para atenderle- ¿Crees que podrás hacerlo?

- Aunque no me gusta tu tono de señorito remilgado mandón, te voy a demostrar que algo así es tan fácil que hasta es insultante que insinúes que no puedo hacerlo.

- Vale, adiós. -dijo agitando la mano, demostrando con esa manera de comportarse que poco le preocupaba aquello. Sólo quería dormir, era bien sencillo. En ese momento el mundo le importaba poco. Se movió hasta quedar de lado.

Indignado por la falta de algún tipo de respuesta, Francis bufó y fue a recoger la ropa del cesto. Como no iba a poder cogerla con las manos ya que Antonio parecía llevar siglos acumulando ropa en ese lugar, lo agarró con una facilidad ridícula y lo cargó fuera de aquella habitación. En ese trayecto pudo ver que el ángel cada vez estaba más adormilado y entrecerró los ojos. Una de las mentiras ya había salido a la luz, eso estaba claro.


Pues esta semana actualizo antes =u='' No sé bien qué comentar del capítulo. Decir que el título puede hacer referencia tanto a Antonio con su maldición, que en el fondo su cuerpo es un siervo de Francis, o a Francis ahora mismo en su situación.

Paso a comentar vuestros review:

ShootingStarXIII, Es un ángel muy inocente, es lo que hay. Tiene sus momentos agresivos verbalmente, pero en el fondo es un trocito de pan -hearts- Sheila es un misterio porque está loca, loca~ xD Gracias por leer y comentar ouo

BrujitaCandy, puede que Antonio tampoco se conozca a sí mismo, así que tienes razón, por eso quizás no se reconozca en eso. La verdad es que en este fic hice bastaaante lemon al principio, ahora digamos que se centra un poco más en la historia. Hay un pasado, pero no es momento de explicarlo, creo que en el siguiente capítulo sí. La mancha fue un cambio de eventos, tenía que terminar descubriendo un poco más acerca de lo que le estaba pasando. Ella sabía quién era porque leyó los recuerdos de Francis, sí. No leyó todos sus recuerdos, los de Antonio. Y como ves, la copia está en la biblioteca xD. Gracias por tus comentarios, me animan mucho, de verdad ouo

XX22, hahaha xD me alegra que te esté gustando cada vez más ouo No la había escuchado nunca antes pero la verdad es que en momentos se me saltaba la sonrisa porque sí, me lo recordaba bastante XDDD Gracias por enseñarme la canción, fue muy interesante. Awww no te preocupes. No hay que tener un master en comentar y aprecio mucho todos los comentarios ;v; Así que no te preocupes de verdad, me gusta mucho recibir feedback para saber qué partes os gustan más. Una cosa es reaccionar yo a lo que escribo, otra ver cómo reaccionan los demás ouo Gracias por el comentario, en serio ovo

Anooonimo P, Bueno, primero pensé en no hacérselo pasar mal pero luego me lo replanteé. Si a mi me estuvieran acosando sexualmente cuando se supone que duermo y encima me estuvieran robando mi poder... Seguramente no me sentiría demasiado bien. Así que tiré por dejarle caer un poco, necesitaba sueño. Romario tenía que salir más, era cuestión de tiempo. En este capítulo también sale, aunque no sé si te hará tan feliz y te caerá tan bien Romario... xD Se desvelarán más cosas sobre ese momento, ni lo dudes :D No podría dejarlo apartado.

Eso es todo por esta vez,

Nos leemos.

Miruru.