Mientras esperaba su turno entre bambalinas, Marinette se dio la vuelta para mirarse en el espejo de la pared. En la penumbra, sus rasgos también parecían indefinidos, como si no fuese una niña asustada y con los nervios a flor de piel, sino una dama misteriosa oculta entre las sombras.
Como Ladybug, pensó de pronto.
Obviamente, seguía siendo Marinette. Y aquel vestido no era el tipo de ropa que estaba acostumbrada a llevar.
Pero tampoco lo había sido el traje de superheroína, la primera vez que se había transformado para luchar contra Corazón de Piedra. Y al final, mejor o peor, habían vencido.
La máscara de Ladybug le había permitido desarrollar una nueva y mejorada versión de sí misma; quizá el hecho de vestirse de gala era otra oportunidad para dejar de lado por un rato a la torpe Marinette, la chica que no podía hablar sin tartamudear, ni caminar sin tropezar. Adrián la había visto nerviosa e insegura en la habitación, pero aún no era demasiado tarde para darle la vuelta a la situación.
Como había sucedido con Corazón de Piedra.
Respiró hondo. «Haré que Adrián esté orgulloso de mí», se dijo. «Y, quién sabe...»
No se atrevió a tirar de aquel hilo de pensamiento, pero recordaba muy bien las palabras de Alya: «A veces sucede que, de pronto, de un día para otro... puedes dejar de ver a un amigo como tal... y empiezas a verlo de otra manera..., como a alguien especial».
Sacudió la cabeza. No debía pensar en eso, solo centrarse en la prueba que tenía por delante. «Puedo hacerlo, puedo hacerlo».
Habían desfilado ya cuatro modelos, y quedaban solamente dos delante de ella. Marinette prestó atención a la voz de Nathalie que, a través de los altavoces, presentaba y describía cada uno de los diseños. El tono profesional de la mujer la tranquilizó un poco. Le hizo recordar que, por encima del desfile, de los focos y los flashes de las cámaras, se trataba de un certamen de diseño de moda, algo que la apasionaba y que, según parecía, no se le daba mal del todo.
La última modelo antes que caminaba ya de regreso al telón de fondo. Marinette cruzó una mirada con Sophie. Ella parecía aún muy asustada, pero sonrió. Marinette le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo, fingiendo más valor del que sentía en realidad.
La modelo abandonó la pasarela y el telón se cerró tras ella.
–Tu turno, Dupain-Cheng –dijo el asistente.
Marinette respiró hondo de nuevo. Sintió a Tikki rebullendo bajo su vestido. «Soy Ladybug», se recordó a sí misma. «Me he enfrentado a cosas peores».
Las cortinas se abrieron para ella, y Marinette se halló ante la pasarela, que parecía interminable bajo los focos. Se alisó una arruga imaginaria en la falda, enderezó los hombros y echó a andar.
La luz que la bañó de pronto la intimidó un poco, pero se obligó a sí misma a seguir caminando. Un pie delante de otro, recta, segura, tal como le había enseñado Adrián. Mirando al frente. Sin vacilar.
Comprobó enseguida que su amigo tenía razón: los rostros de los asistentes quedaban difuminados entre las sombras. Sabía que había mucha gente mirándola, pero no los veía.
–Marinette Dupain-Cheng –se oyó la voz de Nathalie por los altavoces–, nuestra duodécima participante de la noche, luce un vestido diseñado por ella misma...
Nathalie siguió hablando, pero Marinette apenas la escuchaba. Llegó al final de la pasarela y giró sobre sus talones. La falda voló a su alrededor, y ella sonrió. Empezaba a sentirse más que cómoda: feliz.
De pronto, un movimiento a sus pies llamó su atención: bajó la mirada y allí, entre el público, reconoció a Adrián, que le daba ánimos con una sonrisa y los pulgares en alto.
Marinette se sentía segura y poderosa, como cuando llevaba la máscara de Ladybug. Le dedicó una amplia sonrisa, se sujetó la falda con la punta de los dedos y le devolvió el saludo con una grácil y elegante inclinación, que en teoría estaba dedicada a todo el público, pero que, en realidad, era un gesto solo para él. Tuvo una extraña sensación de dejà-vu, como si lo hubiese hecho en otra ocasión, y en su mente incluso resonaron unas lejanas palabras: «Superencantada de conocerte, Adrián». Pero no recordaba haber tenido nunca una conversación semejante con él, de modo que debía de tratarse de un sueño, o algo por el estilo.
Volvió a la realidad. Su momento ya había pasado, así que sonrió de nuevo, dio media vuelta y se encaminó de regreso al telón.
El corazón le latía con fuerza. «¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho!», pensó. Dejaba a sus espaldas los focos y el público al que, tal como Adrián le había anticipado, apenas había visto. Había recorrido casi toda la pasarela, ida y vuelta, sin tropezar ni una sola vez.
De pronto quiso que todo acabase cuanto antes para poder relajarse y disfrutar de la fiesta. Aceleró el paso en los últimos metros, alcanzó el telón.. y tropezó en el escalón.
Cayó de bruces sobre la chica que esperaba tras la cortina, que lanzó un grito de alarma.
–¡Lo siento, lo siento, lo siento! –murmuró horrorizada.
Se apartó como pudo y ayudó a la modelo a ponerse en pie.
Era Sophie.
–Sophie Gaudelet, tu turno –se oyó la voz del asistente.
Ella se palpó el vestido para comprobar que todo estaba en su sitio. Estaba tan nerviosa que le temblaban las manos.
–¡Tienes que salir! –susurró Marinette.
–¡No puedo! –gimió ella–. ¿Y si se me ha arrugado la ropa, o hay alguna mancha, o...?
–Si no sales ya, Gaudelet, perderás tu turno –dijo el asistente, y la modelo que estaba justo detrás de ellas en la fila se enderezó, atenta, por si le tocaba salir antes de tiempo.
–Vas bien –insistió Marinette–. ¡Vamos, sal!
Tiró de Sophie y la empujó suavemente al otro lado del telón, que se cerró entre las dos.
Marinette esperó mientras Nathalie describía el vestido de su nueva amiga. Allí, entre bambalinas, no podía ver a Sophie, de modo que se vio obligada a esperar, conteniendo el aliento, a que ella regresara, sin saber qué tal lo estaba haciendo.
Por fin, el telón se abrió de nuevo y Sophie se reunió con ella, temblando como una hoja, pálida pero sonriente.
–¡Ya se ha acabado, y no me he caído! –exclamó.
Las dos se abrazaron, emocionadas.
–¡Muy bien! –exclamó Marinette–. ¡Y ahora por fin podemos relajarnos y disfrutar de la fiesta!
–Aún tienen que anunciar al ganador –replicó Sophie–. ¿No estás nerviosa?
–¡Qué va! La verdad, me da igual ganar o perder, y de hecho estoy segura de que no voy a ganar. Pero he desfilado sin caerme encima del público, y ya no tengo que volver a salir a la pasarela. Estoy tan feliz que todo lo demás me da igual.
Y no veía la hora de volver a reunirse con Adrián. Una vez pasada la prueba de fuego y superado su nerviosismo, por fin podía apreciar los momentos que había compartido con él antes del desfile, lo dulce que había sido con ella, lo mucho que se había esforzado por tranquilizarla y por prepararla para el desfile.
Se moría de ganas de volver a verlo. Se ruborizó solo de pensar que lo había saludado desde la pasarela. ¿Le habría parecido muy atrevida? ¿Poco profesional? ¿Y si se había equivocado y no había saludado a Adrián, sino a otro chico que se le parecía?
Sacudió la cabeza. «No voy a preocuparme más», se dijo. «Ya he salido a desfilar y la suerte está echada. Pase lo que pase, no puedo cambiarlo, así que... ¿para qué preocuparse?».
Las modelos aún tuvieron que formar fila una última vez antes de entrar en el salón. Nathalie pasó ante ellas, sosteniendo una tableta desde la que Gabriel Agreste las observaba con atención. Según les contaron, había seguido todo el desfile en streaming desde su mansión, pero quería examinar los vestidos más de cerca.
–Muy bien, hemos terminado –dijo al fin desde la pantalla, y Nathalie les dio permiso para marcharse.
–Anunciaremos al ganador dentro de unos veinte minutos –les advirtió.
Marinette y Sophie se encaminaron al salón pero, una vez allí, se detuvieron en la puerta, intimidadas.
Había muchísima gente, todos vestidos de gala. Por supuesto los invitados, y especialmente las mujeres, no lucían trajes confeccionados por diseñadores aficionados, sino por famosos modistos del mundo de la alta costura. Muchos de los vestidos, advirtió Marinette, formaban parte de la última colección de Gabriel Agreste. Se tiró suavemente de la falda, nerviosa de pronto y sintiéndose muy fuera de lugar. Oyó en alguna parte la risa de Chloé, y tragó saliva. Había tenido la intención de buscar a Adrián, pero, ahora que lo pensaba, seguro que ella estaba con él.
De pronto se dio cuenta de que Sophie seguía a su lado, y parecía tan perdida como ella.
–¿No conoces a nadie? –le preguntó.
Ella negó con la cabeza.
–Mis padres ni siquiera saben que he venido –confesó–. No les gusta que dedique tanto tiempo al diseño; prefieren que me centre en estudiar y que elija otro tipo de carrera... menos creativa, por así decirlo.
–Oh, no –murmuró Marinette.
–Por eso pensé que, si conseguía ganar el concurso de talentos de Gabriel Agreste... quizá podría hacerlos cambiar de opinión.
De nuevo, Marinette sintió una oleada de simpatía hacia ella.
–¡Yo creo que tienes posibilidades! –le aseguró–. Y no lo digo por ser amable, es que lo pienso de verdad.
–Gracias, Marinette –sonrió Sophie.
Alguien carraspeó entonces tras ellas.
–Marinette.
Ella se volvió.
Y allí estaba Adrián, mirándola con una sonrisa en los labios. Marinette dio un respingo y un paso atrás, sobresaltada. Estuvo a punto de caerse al suelo, pero logró mantenerse sobre sus pies.
–¡A-Adrián!
Quiso añadir algo más pero, como de costumbre, se había quedado sin palabras. Aún sonriendo, el chico la tomó de las manos y le dirigió una deslumbrante sonrisa.
–Lo has hecho fenomenal en la pasarela –le dijo–. ¡Aprendes muy deprisa! Y estoy seguro de que todo el mundo se ha quedado impresionado con tu vestido.
Marinette se había sonrojado y sonreía de oreja a oreja. Se sentía como si estuviese levitando dos palmos por encima del suelo.
–No esperaba menos de ti –concluyó él, con tanta ternura que ella se derritió entera.
Sophie hizo un ruidito a su lado, y de pronto los dos fueron conscientes de su presencia. Adrián soltó las manos de Marinette y se volvió hacia su amiga con una amable sonrisa.
–Gaudelet, ¿verdad? –le preguntó–. Tú también has diseñado y modelado tu propio vestido, si no recuerdo mal. ¡Has hecho un gran trabajo!
–Gracias –susurró ella.
Adrián sonrió de nuevo. Se volvió hacia Marinette para decirle algo, pero entonces Nathalie se materializó de nuevo junto a él.
–Adrián, te están esperando para anunciar el fallo del jurado.
Él le dirigió a su amiga una mirada de disculpa.
–Nos vemos luego, Marinette. ¡Buena suerte a las dos! –añadió, despidiéndose de las chicas con un gesto.
Cuando se alejó, Sophie agarró a Marinette del brazo con urgencia. Ella se volvió para mirarla, aún con una sonrisa embelesada en los labios.
–Marinette, ¿estás saliendo con Adrián Agreste y no me lo habías dicho?
Ella volvió a la realidad.
–¿Cómo? ¿Saliendo, yo? ¿Con... Adrián? ¡No, para nada! Solo somos amigos. Vamos juntos a la misma clase y...
Sophie la contemplaba con incredulidad.
–¿No sois... pareja? Pero... la forma en que te hablaba... y te miraba...
Marinette se puso colorada.
–¡No me habla de ninguna forma en especial! –se apresuró a aclarar–. Es que él... siempre es amable con todo el mundo. Como es famoso, nadie lo esperaría de él, pero es que Adrián es así, nunca tiene una mala palabra para nadie...
–Marinette –cortó Sophie con lentitud–, ha sido amable conmigo. A ti en cambio te ha tratado con un cariño especial, y lo sabes. Entiendo que queráis ser discretos, pero por favor, no me tomes por tonta. He visto cómo os miráis.
Ella enrojeció todavía más. Su corazón empezó a latir con fuerza ante la posibilidad de que Sophie tuviese razón y Adrián, por fin, comenzase a sentir algo especial por ella.
Pero no quería hacerse ilusiones. Sacudió la cabeza, respiró hondo y respondió, con firmeza:
–Adrián y yo solo somos amigos. Buenos amigos, a decir verdad; además, él siempre me ha apoyado muchísimo, y es algo que nunca le agradeceré lo bastante. Pero no hay nada más entre nosotros.
Sophie no pareció muy convencida. Iba a decir algo cuando, de pronto, se oyó de nuevo la voz de Nathalie por los altavoces:
–Señoras y señores, vamos a proceder a comunicar el ganador del segundo concurso de talentos organizado por la compañía Agreste. Presten atención un momento, por favor.
Marinette y Sophie se pusieron de puntillas, intentando ver algo por encima de la multitud. Había un estrado al fondo del salón, y allí estaban Adrián y Nathalie. La enorme pantalla que pendía en la pared tras ellos se encendió entonces, mostrando la imagen de Gabriel Agreste.
–Damas y caballeros –empezó el diseñador–, les damos las gracias por asistir a esta gala en la que se han presentado los diseños finalistas, y a todos los participantes por el esfuerzo realizado. Pero no todo el mundo tiene el talento ni el sentido artístico necesario para estar a la altura de este certamen. Se han presentado muchos diseños insulsos y anodinos, y algunos francamente atroces. Ha sido difícil encontrar entre los participantes talento suficiente como para poder organizar el pase de modelos.
–Oh, no –susurró Sophie, mortificada.
Marinette le oprimió el brazo, tratando de transmitirle su apoyo.
–Entre los finalistas, sin embargo, hay un diseño que destaca especialmente por su elegancia, delicadeza y personalidad, y cuya confección muestra un grado de perfección y exquisitez prácticamente profesional. Por tanto, el vestido ganador es el elaborado por...
Marinette miró a su alrededor, atenta al gesto expectante de los otros participantes, preparada para ver florecer en alguno de ellos una intensa expresión de alegría en el momento en que Gabriel Agreste pronunciase su nombre.
–...Marinette Dupain-Cheng –concluyó él entonces–. Enhorabuena.
Marinette se quedó de piedra. Sophie lanzó una exclamación de sorpresa mientras la sala se llenaba de murmullos de asombro y curiosidad.
–Marinette, por favor, ¿podrías subir al estrado? –la llamó Nathalie.
Ella no se movió. Sophie le dio un suave codazo.
–¡Vamos, te han llamado!
Marinette parpadeó.
–Pero no puede ser... que yo...
–Marinette Dupain-Cheng –llamó de nuevo Nathalie–. Sube al estrado, por favor.
–He... ¿ganado? –logró decir ella por fin.
–¡Sí, sí, has ganado, felicidades! –respondió Sophie con una amplia sonrisa–. Y ahora, ¡ve a recoger tu premio!
Como en un sueño, Marinette avanzó hacia la tarima. De algún modo se las arregló para no tropezar por el camino, y tampoco en los escalones, mientras la recibía una salva de aplausos. Le pareció escuchar en alguna parte la voz de Chloé («¡Ridículo! ¡Completamente ridículo!»), pero no le prestó atención.
Adrián la recibió con una deslumbrante sonrisa y una mirada repleta de orgullo y cariño, y Marinette se quedó sin aliento, tan maravillada que, cuando él le entregó el trofeo, estuvo a punto de dejarlo caer. Las manos del chico rozaron las suyas, y un delicioso escalofrío recorrió el cuerpo de Marinette. Le devolvió una tímida sonrisa y pensó que todo aquello era demasiado bonito para ser verdad, y que sin duda no tardaría en despertar.
Pero, por el momento, pensaba disfrutarlo al máximo.
Los minutos siguientes fueron una locura. Sophie trató de acercarse a Marinette, pero le resultó imposible, porque todo el mundo quería hablar con ella, conocerla o entrevistarla. De modo que la muchacha se quedó en un rincón, sintiéndose de pronto muy sola. No conocía a nadie más en el salón. Nadie con quien compartir la mezcla de sentimientos encontrados que la reconcomía por dentro. Por supuesto, se alegraba por Marinette, que parecía una chica maja. Pero, por otro lado... aquello era su sueño.
–...Completamente ridículo –oyó entonces una voz chillona no lejos de ella–. No puedo creer que Gabriel Agreste tenga tan mal gusto. Nunca lo habría esperado de él, la verdad.
Se volvió para mirar y descubrió a una chica rubia que le resultó familiar. La observó con atención y la reconoció de pronto: la hija del alcalde de París y de la prestigiosa crítica de moda Audrey Bourgeois.
Sophie inspiró hondo, desconcertada. Al principio había imaginado que se trataba de alguna concursante despechada que hablaba mal de Marinette por pura envidia. Pero ella, siendo quien era, debía de entender de moda. Y por otro lado, Sophie estaba bastante segura de que Chloé no había participado en el concurso. De hecho lucía un carísimo modelo del último catálogo de Gabriel Agreste.
–Bueno, a mí me parece que en esta ocasión no ha sido responsabilidad del señor Agreste –respondió entonces la chica que acompañaba, una pelirroja con un vestido verde.
–Explícate –exigió Chloé.
–Él ni siquiera se ha molestado en presentarse aquí, pero su hijo Adrián ha estado en primera fila. No me extrañaría nada que hubiese escogido él a la ganadora.
–¿Adrián, juez en un certamen de diseño? ¡Ja! Cómo se nota que no lo conoces, Rossi. Tiene muchas cualidades, pero el sentido de la moda nunca ha estado entre ellas.
–Y por eso ha elegido a Marinette –concluyó Lila.
–Por favor –se burló Chloé–. ¿Por qué iba Adriancito a darle un premio a esa nulidad de Dupain-Cheng?
–Bueno, ya la has visto toda la semana, hablando de su vestido a todas horas y lloriqueando porque no iba a tener tiempo de terminarlo. Y Adrián es tan buen amigo que probablemente ha querido hacerle un favor...
–Bah –murmuró Chloé, pero no la contradijo.
–Adrián quería que ganase Marinette, está convencido de que tiene un gran talento. Además... ha ido a verla justo antes del desfile. ¿Crees que se ha molestado en visitar a las otras participantes?
–¿Cómo que ha ido a verla? –estalló Chloé–. ¿Precisamente a ella? ¡Eso no es posible!
–Sí, yo misma lo he visto salir de su habitación... Así que para mí está claro, Marinette ha ganado porque el concurso estaba amañado. El señor Agreste no se habría fijado jamás en alguien como ella, pero Adrián seguramente cree que está haciendo una buena obra al ayudarla a cumplir su sueño...
Sophie no escuchó más. Salió corriendo, buscando un lugar tranquilo donde esconderse y detenerse a pensar. Salió a la terraza y se ocultó en un rincón en sombras.
No quería creer lo que Chloé y su amiga estaban insinuando, pero ¿acaso no había visto con sus propios ojos la relación especial que había entre Adrián y Marinette, y que ella se había apresurado a negar? Y, por excéntrico que fuese Gabriel Agreste, ¿cómo podía valorar los vestidos participantes, si ni siquiera se había molestado en asistir al desfile?
¿Y si era cierto? ¿Y si había sido su hijo Adrián quien había elegido a la ganadora en su lugar... y se había dejado llevar por los sentimientos que albergaba hacia Marinette Dupain-Cheng, y le había otorgado el premio por puro favoritismo?
Una idea incómoda la dejó sin aliento.
¿Y si Marinette sabía desde el principio que iba a ganar? Quizá por eso estaba tan tranquila después del desfile, como si no le importase el resultado del concurso... o como si lo conociese de antemano.
Sophie hundió el rostro entre las manos y se echó a llorar.
Aunque al principio Marinette se sintió feliz y halagada con tanta atención, no tardó en verse abrumada y sobrepasada por la situación.
Logró por fin escabullirse un momento y salió a la terraza a descansar. Se apoyó en la barandilla y se tocó las mejillas. Estaban ardiendo, pero el fresco de la noche la ayudaría a enfriarse un poco.
–Marinette –dijo entonces la voz de Adrián a su lado–. Te he visto salir corriendo y... ¿estás bien?
Ella se volvió hacia él.
–Sí, sí, es solo que... con tanto ruido y tanta gente... me he agobiado un poco.
–Es natural. Pero te lo mereces muchísimo, de verdad. Me alegro mucho por ti.
–Gracias –murmuró ella, sonriendo–. No lo habría conseguido sin ti.
Pero Adrián negó con la cabeza.
–No, no, no, el mérito del diseño y de la confección del vestido son solo tuyos. Yo solo te he ayudado con el desfile, pero eso no era lo que se valoraba esta noche, sino tu talento. Y sabes que te sobra.
Marinette suspiró ligeramente. Ambos cruzaron una mirada repleta de cariño, y ella deseó que el tiempo se detuviese para prolongar aquel instante por toda la eternidad.
Sin embargo, por encima del hombro de Adrián detectó a un periodista que salía a la terraza, probablemente buscándola a ella. Suspiró de nuevo, esta vez con resignación.
–Creo que me buscan.
–Es normal, eres la estrella de la noche.
–Sí, y es genial, pero ¿recuerdas lo que hablamos antes, en la habitación? Que durante el cóctel podríamos relajarnos un poco.
Adrián asintió.
–Todavía queda noche por delante, no te preocupes. Ni siquiera ha empezado a tocar la orquesta.
Marinette batió palmas, ilusionada.
–¡Oh! ¿Hay una orquesta? –De pronto, animada por su triunfo de aquella noche, dijo sin pensar–. ¿Y bailarías conmigo?
Se arrepintió enseguida de haberlo dicho, por si él tenía otros planes. Pero no había visto a Kagami en el salón.
Adrián sonrió.
–¡Por supuesto! En cuanto te dejen libre, búscame y seré tu pareja de baile, si quieres.
Marinette sintió que el pecho le estallaba de felicidad. ¿Podía aquella noche ser más perfecta de lo que ya era?
Sonó un trueno en la distancia, y los dos jóvenes alzaron la cabeza. Durante la gala, el cielo se había puesto amenazadoramente gris.
–Parece que va a llover –murmuró Adrián.
Apenas acababa de decirlo cuando comenzaron a caer las primeras gotas.
–¿Señorita Dupain-Cheng? –se oyó entonces la voz del periodista, y Marinette suspiró para sí misma con resignación.
–Volvamos adentro –dijo–. No se puede luchar contra los elementos, ¿verdad?
Los dos jóvenes se apresuraron a regresar al interior del salón.
Aún acurrucada en su rincón, sin prestar atención a la lluvia que comenzaba a empaparla, Sophie lloraba amargamente. Había escuchado retazos de la conversación entre Marinette y Adrián. Ambos habían hablado de su reunión antes del desfile, así que la pelirroja había dicho la verdad. Marinette le había dado las gracias a Adrián por su ayuda. Y el tono entre los dos parecía más cariñoso que el de un simple par de amigos. Ni Chloé ni su amiga habían mencionado que ambos estuviesen saliendo, pero para Sophie resultaba muy evidente.
Sintió crecer su desesperación. Había trabajado tantísimo... Pero ¿de qué servía esforzarse si las puertas de aquel mundo estaban cerradas para la gente como ella, si los concursos acababa ganándolos la novia del hijo del jefe?
Apretó los puños, furiosa. Ella había confiando en Marinette... había creído que tenía buenas intenciones, que podían ser amigas...
Una mariposa de color violeta revoloteaba en torno a ella, pero Sophie no la vio. Cuando el akuma se fusionó con las flores que adornaban su cintura, la muchacha alzó la cabeza de pronto.
Y una voz resonó en su mente:
«Aracne... ¿estás dispuesta a demostrar a todo el mundo quién es la mejor tejedora de París?»
