Hace ya un año que no actualizaba este fic… pero heme aquí. Espero, en serio que sí, que les agrade, y sí, intentaré hoy si mi inspiración lo dice actualizar otro fic, tal vez u Bubblien. Eso… ¡Disfrute de la lectura!

Disclaimer: 'Frozen' NO me pertenece a mí, sino que a Disney y sus asociados.

Helado

Capítulo IV

Por E. Waters

Mientras el tiempo pasaba, con Elsa muy ocupada en sus asuntos que tenían que ver con el mandato del pueblo de Arendelle, Anna se sentía cada vez más y más segura de esa idea de que ella gustaba de Hans.

¿Qué otra explicación podría haber?

Y es que había muchas cosas que respaldaban esa teoría, tales como por ejemplo cuando veía a esos dos juntos, refiriéndonos a la princesa de cabellos platinado y al noble de atractivo rostro, los celos la invadían por completo.

Ella estaba enamorada del chico, ella pensaba que estaba enamorada del chico, ella quería pensar que estaba enamorada del chico.

En eso estaba pensando, cuando de pronto, estando ella sentada en una banquilla de los extensos terrenos del palacete real de Arendelle alguien se acercó a ella.

Y lo más extraño de todo eso, era que la joven de inmediato deseó que fuese la misma Elsa quien era la que se estaba acercando a ella.

—Buenos días, Anna.

Pero cuando ella alzó su pecoso rostro, ella no vio a los inconfundibles y únicos ojos azul hielo de la princesa, sino esos verdosos ojos del mismo Hans.

—Buenos días, príncipe Hans —dijo la joven, quien al tener en cuenta todos esos raros pensamientos, se sonrojó de inmediato para el deleite del muchacho.

—¿Damos un paseo? —habló a continuación el chico, ofreciéndole de forma galante el brazo a la joven de humilde cuna.

Hans, la verdad de las cosas, tenía muchos planes en mente; él sí o sí sería el próximo monarca de Arendelle, además que debía de admitir que la princesa regente tenía mucho, mucho atractivo.

Después de todo, él veía más bien a Elsa como un trofeo, en vez de una monarca en potencia.

Él no permitiría que la joven de ojos azul hielo, pasara más tiempo con Anna, cosa que entorpecía un poco todos esos planes que el muchacho tenía en su ambiciosa mente. No, él debía de hacer algo al respecto.

Hacer algo que tal vez sería horrible, algo imperdonable.

El joven sonrió internamente, puesto que aunque por dentro sus pensamientos eran más que maliciosos, por fuera mostraba una blanca sonrisa, una sonrisa que inspiraba confianza, una sonrisa que dabas ganas de verla.

Y claramente, la muchacha de ojos azules verdosos no era la excepción ante ella… en realidad, la única persona que había resistido a esa cautivante sonrisa, era la misma princesa Elsa.

Anna, ciertamente, podía ser muy ingenua.

De pequeña su madre le había contado historias maravillosas de princesas, princesas que algún momento encontraban a un guapo príncipe azul.

Un príncipe azul que la joven esperaba con ansias… ¿Era acaso que algún día le encontraría?

Claro, la chica no tenía esperanza alguna de hacerlo en su pueblo natal, en donde sólo tenía a Kristoff, pero ahora que estaba en la corte real todo cambiaba.

Sus sueños, esos sueños infantiles, los mismos sueños que Hans, al ser tan caballeroso y gentil con ella, alimentaba más y más, según el tiempo pasaba.

Pero Anna se equivocaba.

Tan pronto como cuando se dio el tiempo de cenar, estaban Elsa en la cabecera, Hans a su derecha y la propia Anna a su izquierda.

Sin embargo, la futura reina de Arendelle no estaba ni un poco cómoda.

Ella sentía, sentía como su criada sólo tenía ojos para Hans, a la vez que él en vez de corresponder la mirada de la muchacha de cabellos cobrizos, mantenía ésta en el pálido rostro de la princesa.

¿Qué estaba pasando allí? ¿En qué momento Anna se mostraba tan interesada en el que era su huésped en el palacete?

Y de pronto, Elsa se dio cuenta que la forma en la cual pensaba acerca de la otra chica, no era una manera sana.

—Debe ser el estrés —se dijo ella a sí misma, creyendo que tal vez esa especie de sutil paranoia se trataba de algo pasajero, algo que solucionaría una vez que fuese reina y estuviese más relajada.

Pero el hecho de que Hans la mirase con tal intensidad la incomodaba en exceso.

Por supuesto, había que reconocer que el joven hijo del lord Southern era muy, muy atractivo, pero para Elsa no bastaba.

No, ella necesitaba a alguien que compartiese sus ideas políticas, en pro del bien del reino, y sobre todo alguien quien fuese inocente, alguien que fuese todo lo contrario a ella, en vista que el tema de esos poderes a cada momento la volvía más alterada.

Sin poder evitarlo, las pálidas manos de la joven comenzaron impregnarse de hielo.

La muchacha soltó una grosería para sus adentros; había olvidado sus guantes en el despacho real, cuando estaba haciendo algo de papeleo.

—¿Le ocurre algo, princesa? —preguntó entonces Hans, mirando otra vez de esa forma la chica de cabellos rubios platinados.

—Oh, nada, príncipe Hans —respondió enseguida la regente de Arendelle, apretando mucho sus manos y escondiéndolas debajo de la mesa.

El muchacho, quien era muy astuto, arqueó una ceja. Sí, lo había notado desde que inició ese viaje… la princesa Elsa escondía algo, algo que el joven no sabía muy que qué era, no teniendo ni siquiera una pista.

Anna, quien estuvo callada en toda la cena, se limitó a mirar su plato.

Celos.

Otra vez esos celos volvieron a ella, cuando vio charlar de una forma aparentemente fluida a ambos nobles.

Era raro, era extraño; si bien, ella sabía que le gustaba Hans, o al menos eso su mente, pocas veces lógica, le decía que así era, no sentía ningún tipo de molestia hacia Elsa, o al menos cuando estaban a solas no le desagradaba en lo absoluto.

Y eso obviamente la hacía confundirse de una forma horrible.

—Princesa —dijo Hans, casi cuando estaban llegando el postre —, ¿le gustaría hacer un pequeño paseo al campo, con Anna y yo, antes que las heladas inunden todo con nieve?

En realidad, Elsa sentía ligeramente confundida acerca de Hans; de forma abrupta, casi cuando el viaje estaba por finalizar, que él comenzó sin razón aparente alguna a coquetear con Anna.

Y eso, igual sin razón alguna, hacía sentir muy rara a la princesa.

Ella siempre había estado alejada de toda especie de juventud, estando siempre confinada en su cuarto debido a sus peligrosos poderes.

¿Era que esta confusión que sentía, era porque jamás había tenido a personas que eran pares a su edad, como ahora pasaba con la compañía de Hans y Anna?

—Haré lo posible —y esta vez algo parecido a una sonrisa apareció en los delgados labios de la chica.

Debido a que tenía mucho trabajo, y en vista que deseaba ir a ese día de campo, todo para alejar esos peligrosos pensamientos acerca de Anna, la joven se retiró antes de la mesa, dejando otra vez a Anna y Hans solos.

Tan pronto como cuando los ojos verdes del chico se posaron encima de los ojos de la chica que tenía unas cuantas pecas en el rostro, ella otra vez se sonrojó.

—Usted es muy guapa, Anna —dicho esto, el muchacho se acercó a la joven, tal vez demasiado cerca —, más guapa que incluso Elsa —susurró él el oído de la chica.

Anna, quien jamás había tenido ese tipo de contacto, se sonrojó de forma furiosa y su corazón comenzó a latir con una fuerza que jamás había experimentado antes, al punto de llegar a una taquicardia.

O bueno, tal vez su corazón si antes había galopado con tanto ahínco, cuando había conocido en persona a la princesa Elsa.

Seguidamente, el muchacho colocó de una forma aparentemente delicada su mano derecha en la cabellera cobriza de la chica, y de forma lenta, muy lenta, comenzó a acercar su rostro al de ella…

Con claras intenciones de besarla.

Sin embargo, cuando Hans estaba a escasos milímetros de los sonrosados labios de Anna, ella no pudo evitar pensar en una persona, esa misma persona que sin mucho trabajo hacía latir de forma feroz su corazón.

Y esa persona era Elsa.

—Y-yo lo siento —tartamudeó ella, levantándose de su asiento con su cara toda enrojecida —, me tengo que ir —y dicho esto, la chica corrió de forma apresurada hacia sus dependencias, dejando a Hans más confuso que nunca.

Aunque claro, la más confundida allí no fue el joven, sino que la propia Anna.

¿Qué estaba sucediendo…?

—Me gusta Hans, me gusta Hans, me gusta Hans —era lo que ella misma se decía en su cabeza, una vez que estuvo bien arropada en su cama, con las frazadas puestas casi a la altura de su cabeza.

Al día siguiente, era el dichoso día de campo, y gracias a todas esas horas extras de trabajo, que Elsa se encontraba ya lista a las afueras del palacete.

—Un gusto en verla aquí, princesa —dicho esto, Hans hizo una pequeña reverencia, y de forma algo zalamera posó sus labios sobre los guantes de la muchacha de ojos azul hielo.

—¿Y Anna? —preguntó ella, viendo que no estaba su criada personal.

—Aquí estoy —dijo la joven, quien tenía unas marcadas ojeras en su juvenil rostro —. Me había quedado dormida, pido disculpas —e hizo una especie de reverencia, similar a la de Hans.

Tanto Anna como Hans intercambiaron miradas, y al hacerlo la muchacha no pudo evitar sonrojarse de forma furiosa.

Elsa alzó curiosa una ceja… ¿Era qué se había perdido algo?

—Iremos a caballo, sin carruaje, en vista que el campo donde iremos no queda muy lejos —informó la princesa, la cual seguidamente montó a una yegua de blanco pelaje.

Los otros dos asintieron con la cabeza, y la mirada de Hans ahora se posó, al revés de otras situaciones, en la figura de Anna.

Y es que él no lo comprendía… entendía que Elsa, como futura reina que era, fuese más selectiva a la hora de escoger pareja, pero el hecho de que una simple campesina, como era Anna, le rechazara era un autentico golpe para su autoestima.

—Nadie me rechaza —se dijo el príncipe a sí mismo.

En eso pensaba el chico, a la vez que la criada de la princesa, se preguntaba y cuestionaba que qué le había sucedido a ella, que por qué no pudo besar a Hans si tanto estaba segura que estaba enamorada de él.

Y por otra parte, estaba el hecho de que la imagen de Elsa, había aparecido de forma inevitable en su cabeza.

Siendo así, y en un silencio que para la princesa fue más que sospechoso.

Después de todo, la muchacha era igual astuta que Hans… y por qué no decirlo, incluso más que él. Ella había aprendido a vivir engañando, engañando de su peligroso, pero a la vez cautivador, poder con el hielo.

La princesa entonces se detuvo, ya cuando había llegado al lugar donde habían acordado hacer el famoso día de campo.

Si bien, Hans logró mantener una conversación apartemente amena con la muchacha de cabellos rubios, Anna no podía hacer más que desviar la vista de ambos, tanto de cómo el joven como de Elsa.

—¿Anna, se siente indispuesta? —preguntó entonces la chica a su criada, creyendo que tal vez ella tenía fiebre o algo así debido al sonrojo de sus mejillas.

La aludida alzó la mirada, y cuando se cruzó con la helada mirada de la princesa, su corazón dio un doloroso brinco. Y una vez más, las dudas la invadieron por completo.

—S-sí —dijo la muchacha de cabellos cobrizos, y es que mentir no era lo suyo, a diferencia de los otros dos presentes —. Creo que ayer dejé la ventana abierta de mi cuarto, y me he resfriado.

Aunque Elsa no le creyó mucho a la chica, no tuvo más remedio que aceptar esa excusa, en vista que tampoco tenía fundamentaciones alguna como para sospechar de la joven. Después de todo, ¿por qué la chica tendría razones para mentirle?

Pero claro, ella no era la única sospechosa allí… Hans también lo era.

—Lo mejor será que nos devolvamos —ordenó poco menos Elsa, quien en realidad estaba algo harta de ese tenso aire en el ambiente.

Anna, quien sentía otra vez esa especie de taquicardia en su pecho, asintió de forma obediente con la cabeza, a la vez que el príncipe encaró con la mirada a la muchacha de ojos azul hielo, cosa que más tarde se arrepentiría.

El atreverse mirar a esa chica a los ojos, y mantenerlos fijos en esta, requería de una tremenda valentía, valentía que el muchacho no tenía ni un poco.

Valentía, que a pesar de todo, Anna sí poseía.

Desde aquella tarde, los tres jóvenes no volvieron a verse la cara hasta el día siguiente.

Hans sabía que debía de actuar con preocupación y cuidado, pero también a la vez él sabía que él haría que Anna se rindiese ante ella, sólo para después dejarla en vergüenza frente a Elsa… y con ello desaparecer a la chica pecosa de sus vidas.

Por otro lado, Anna aún estaba sumamente confusa acerca de los últimos sucesos, ya que su mente, en una especie de mala jugarreta, hacía que ella repitiese una, y una vez más, aquel beso fallido entre ella y el príncipe.

La princesa, en cambio, trataba de alejar cualquier problema personal que pudiese interferir sus objetivos de gobierno, por lo cual lo que hizo fue meterse de lleno en el trabajo que su posición requería.

El trabajo la hacía olvidar, el trabajo la hacía olvidar su peligrosa habilidad.

Hasta hora, sólo unos pocos sabían de esos poderes, siendo en realidad sólo Gustav, en calidad de consejero real, y Olaf, el criado que la acompañó desde que era una cria.

Y a escasas semanas de que el baile se llevase a cabo, la mente de la que una vez fue una campesina más del montón, estaba más que aproblemada.

Porque… ella estaba enamorada de Hans, ¿no es así?

IMPORTANTE

Cómic yuri original, dibujos hechos por Elsa Ookami

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