Si volvía a cerrar la página, sabía que corría el riesgo que viera desaparecer su computadora y no estaba seguro si estaba listo para llegar tan lejos. Nunca había sido precisamente un rebelde y sobre todo, ninguna fuerza era mayor que su dura educación en el hogar. Jamás, en ninguna circunstancia podría ir en contra de lo que aprendió como correcto y perder su trabajo por una mala decisión sin duda era algo incorrecto.
Pero el nudo en su garganta quemaba al ver las fotografías de esas mujeres junto al número que le correspondía. Cuatro para Lola, dos para Anne. No importaba, podía tomar apuntes de sus casos a lo vieja escuela mientras se le permitía comprar una nueva computadora y aunque nunca se le permitiera, era mejor que traicionar sus sentimientos todavía abiertos y punzantes por Heidi.
Click. Click.
Estaba comenzando a marearse ante el insistente e infructífero pulsar de su mouse sobre la opción de cerrar. La pantalla no se había congelado, el reloj seguía marcando la hora y el cursor se movía . Gruñó, frustrado, arrojando la computadora al otro extremo del escritorio, levantándose.
-¡No voy a ceder en esto!- gritó, azotando la puerta de su estudio. Se quedó parado a mitad del pasillo al ver proyectada contra la pared la misma lista. Volteó, buscando por todos lados el dispositivo que pudiera estar creando esa imagen. Obviamente no había nada. Siguió a la cocina. La pared estaba tapizada de nombres junto a números sin las fotografías. Dejó salir un grito angustiado, sintiendo el aire poco a poco quemar al pasar por sus pulmones, incendiado por tanta rabia- ¡No quiero una nueva pareja, no quiero un reemplazo! ¡Sólo ha pasado una maldita semana!- la televisión se encendió al pasar frente a ella, proyectando la misma lista- ¡No voy a lanzar los putos dados!- recorrió su departamento, buscando cada pequeño dado, arrojándolos todos por la ventana-¡ Me cago en su maldito juego! ¡Prefiero ser un maldito alienado que soportar esto!-
No alcanzó ni a escucharlos chocar contra el asfalto antes de que un par de hombres con ropas hospitalarias entraran a su departamento. No se tomaron el tiempo de sedarlo, de cualquier forma, nadie se hubiera atrevido a salir para ayudarlo.
