Hiroko lo despertó con dulzura a la mañana siguiente. Intentó persuadirla para poder dormir unos minutos más pero no le resultó. Luego lo regañó por dormir en ropa interior cuando no hacía tanto calor ya que podría pescar un resfriado en cualquier momento pero el chico alzó sus hombros en respuesta, dándole a entender que no cambiaría sus hábitos.

Tras cambiarse, miró con rabia la corbata celeste del uniforme y pensó en mil maneras diferentes de deshacerse de ella sin que nadie se enterase pero ninguna lo terminaba de convencer por lo que volvió a dejarla tirada sobre la silla. Bufó al tomar el cepillo que Hiroko le había dejado sobre la mesa, como si fuera una indirecta muy directa sobre el estado de su pobre cabello, y trató de desenredárselo sin hacerse mal. Cada tanto de sus labios salían pequeños quejidos por lo que abandonó tras cepillar la mitad de este. ¡Nadie lo va a notar! Pensó divertido. Además, si la chica de las trenzas decidía peinarlo, ella lograría desenredarlo suavemente sin hacerle mal como cada vez que pasaba sus dedos por su cabello.

Mientras desayunaba, notó que Hiroko estaba más despistada de lo normal. Cada tanto miraba hacia la puerta y sonreía con nostalgia. Vicchan aún dormía sobre el sofá, los pájaros habían comenzado su canto rutinario y él sólo quería volver a seguir durmiendo. Pero el recuerdo de la tarde anterior, cruzándose con Yuuri lo motivó a ir sin quejas al colegio.

Al pasar por la puerta del establecimiento, el presidente del Consejo Estudiantil, un –a su noble entender- mal humorado chico con cara oriental pero no de japonés y de cejas pobladas, lo frenó en seco. Victor lo ignoró, pasándole por el costado para ir hasta su casillero a dejar sus zapatos. El chico le tocó el hombro para que le prestara atención y antes de girar a verlo, el ruso puso sus ojos en blanco.

—¿Sí? ¿Qué necesitas? —le preguntó con notoria fingida amabilidad.

—Corbata —musitó impasible, sin mover ni un solo músculo de su rostro—. Estás incumpliendo el código de vestimenta —agregó.

—¿Ah si? —Fingió no haberse dado cuenta de lo incompleto que estaba su uniforme. Volvió a concentrarse en sus zapatos sin notar que el morocho seguía junto a él.

—Bien. Tendré que hablar con Minako-sensei —agregó— y para que sepas, soy Seung Gil Lee, presidente del Consejo Estudiantil.

—¿Y qué hago? —le preguntó con sorna mirándolo por encima de su hombro.

El asiático se retiró sin responderle y el ruso sintió que era una victoria más en su haber. Continuó con su ritual matutino, saludó a un par de compañeros que se acercaban a él siempre que podían y cuando hubo terminado, se encaminó hasta el aula de siempre con felicidad porque vería aunque fuera por sólo unos minutos a Katsuki. Mila lo esperaba con una sonrisa de oreja a oreja en el asiento contiguo y la muchacha de las trenzas –de la cuál obviamente había olvidado su nombre- aún no había llegado. Apoyó sus libros sobre la mesa y colgó su bolso del banco.

—¿No te habló Minako-sensei? —espetó ni bien se acercó lo suficiente a ella.

—¿Por qué debería haberlo hecho?

—¡Llegó un chico desde Moscú! —gritó emocionada— ¡Hay que buscarlo y conocerlo! Después podremos mantenernos en contacto con frecuencia. ¡Qué emoción! —agregó dando pequeños aplausos. Victor sonrió pero para ser sincero, poco le importaba hacer relaciones que quedaran para la posteridad en Rusia ya que su intención no era volver definitivamente a su país natal, como había dicho cada vez que se lo preguntaban, como lo había dejado en claro más de una vez, pero Mila era terca y se negaba a escucharlo.

La primera clase fue divertida. Habían tenido Lengua Extranjera y ese año trabajarían Lengua Española. A pesar de haber conocido antes a grandes rasgos el idioma, conocerlo a fondo lo entretenía y lo mantenía entretenido. El profesor lo había elogiado por su facilidad para asimilar conocimientos así que volvió a su asiento feliz y contento, porque quizás, sólo quizás, Katsuki lo elogiaría de la misma manera cuando viera la facilidad que tenía para recordar y analizar hechos históricos. Es pan comido, pensó y dejó escapar una pequeña risita. Mila lo miró de reojo mientras sonreía también. Se dijo a si misma que seguramente Victor no tenía ni idea de lo feliz que hacía a todos con su presencia y volvió a enfocarse en el texto que les había dado el joven docente de cabellos castaños hasta los hombros.

Por otro lado, la segunda le resultó aburrida. Estaba cansado de los contenidos básicos de Matemáticas que les daban. Se supone que es Japón, se supone que están adelantados siempre protestaba en su mente mientras esperaba que el profesor corrigiera sus errores. Se sorprendió al escuchar que todo estaba perfecto porque había hecho todo a las apuradas sin siquiera repasar que todo estuviese en orden.

Durante el primer descanso, efectivamente Minako-sensei fue a buscarlo al patio, al lugar donde solía pasar sus momentos de ocio y relajación, debajo de un cerezo que había perdido sus flores hacía ya tiempo. Se había quitado las zapatillas, se había tirado con la espalda contra el cemento del suelo y mantenía las piernas en ángulo recto contra el tronco del árbol. Notó una sombra un poco más densa sobre sus ojos y al abrirlos la encontró con los brazos en jarra mirándolo con cara de pocos amigos.

—Victor Nikiforov, levántate ahora mismo. Tengo que retarte —anunció.

—Sabes que no lo harás —la desafió aún recostado, sin siquiera inmutarse.

—Me habló Seung. Me advirtió que estabas rompiendo el código de vestimenta y a simple vista puedo notar que tenía razón. Es la segunda vez en dos días, Vitya —agregó con resignación— y ya no puedo cubrirte más, no soy tu tutora este año —suspiró, aflojando la posición.

Victor decidió levantarse porque la espalda comenzaba a molestarle. Sin responderle aún se colocó las zapatillas blancas con puntera celeste que debía usar dentro del establecimiento. Estos japoneses y sus ideas raras pensó la primera vez que pisó la cada de Hiroko, cuando esta le había contado todo lo que debía hacer en el día a día a partir de ese momento. Se paró para quedar al mismo nivel que su profesora y se estiró, ignorando que la mujer era alguien superior y que debía guardarle un mínimo de respeto, aunque sólo fuera en el colegio.

—Soy claustrofóbico —se excusó.

—Mientes, Victor. Tu expediente clínico no dice nada sobre eso —le respondió cruzándose de brazos y mirándolo con una ceja alzada— pero bueno, ya cumplí con mi trabajo. No sé que decisión tomará tu tutor al respecto pero sea lo que sea, respétala. Recuerda una sola palabra, Victor: beca —agregó mientras lo apuntaba con el dedo índice. Luego revolvió sus cabellos y con una sonrisa se alejó, volviendo a los pasillos.

Al finalizar el día el ruso se sentía ofuscado. ¿Qué clase de tutor ni siquiera pasaba por su clase en todo el día? Aún enojado, comenzó a guardar sus cosas en el bolso con violencia, apretando los útiles de manera que entraran de un modo u otro. Mila apoyó su mano sobre su espalda y lo miró fijamente hasta que él se giró a verla. Ella le dijo que sólo quería despedirse, así que sin ganas la saludó para luego seguir renegando con su bolso.

Volvió a la casa de Hiroko con la cara larga y arrastrando las pisadas. La mujer, preocupada por el estado anímico del ruso le propuso prepararle un plato que era su especialidad pero que hacía más de cinco años que no preparaba. La ida a Victor lo emocionó demasiado y sin dudarlo, se dedicó a ayudarla en la cocina.

A la mañana siguiente despertó con una sonrisa en el rostro de recordar el sabor del katsudon contra su paladar. No recordaba cuando había sido la última vez que había probado algo tan celestial, único y especial, así que fue pensando durante el viaje sólo en la textura de la carne de cerdo, en el arroz, en lo genial que había sido pasar tiempo cocinando con Hiroko y las ganas que tenía de repetirlo pronto. Esperaba encontrarse con Seung nuevamente o con Minako-sensei pero al ver la hora en su teléfono descubrió que había llegado más temprano de lo usual.

Recorrió los pasillos mientras esperaba que se hiciera el horario de comienzo de clases. Sin darse cuenta terminó paseándose frente a la sala de profesores con la intención de cruzarse a su tutor de manera "casual" cuando este saliera o llegara. Se detuvo de golpe y se escondió detrás de la pared de uno de los pasillos al escuchar su voz. Había algo en el nipón que sacaba lo peor de él, lo sabía y lo ignoraba. Creyó que saldría humo de sus orejas al verlo caminar a la par de un estudiante que desentonaba tanto como él entre los demás.

El joven era rubio, con el mismo tipo de complexión física que la suya pero a simple vista podía notar que era apenas unos centímetros más bajo que él. Llevaba ropa más acorde a su cuerpo además de una campera sobre el sweater con capucha y tenía sus manos dentro de los bolsillos. Podía escucharlo a Yuuri hablarle sobre los cursos, sobre el código de vestimenta –al escuchar eso, Victor puso los ojos en blanco- y que ese año, mientras estuviera en primero, su tutora sería la profesora Nishigori, a la cual le ofreció presentarle si es que aún no la había conocido. El rubio lo miraba fijamente, asentía con desdén y por su lenguaje corporal, quería irse cuanto antes.

Cuando se despidió de Katsuki, Victor decidió salir de su escondite improvisado para volver a buscar un choque casual pero no había alcanzado hacer dos pasos que el susodicho lo estaba llamando por su nombre. El ruso, se puso recto, tirando los hombros hacia atrás y giró a verlo de frente. Y ahí iba otra vez ese sentimiento extraño, prohibido e incómodo que no podía evitar desde el principio de la semana cuando lo había conocido.

—¡Me has ahorrado el tener que irte a buscar! —le dijo el profesor mientras se acercaba a él— Minako me estuvo comentando un par de cosas anoche y preferiría que las charlemos en la sala. ¿Me acompañas?

Victor se quedó mirándolo con los ojos fuera de órbita. Tratando de disimular su emoción le respondió afirmativamente y lo siguió con alegría. Una vez dentro, le indicó que lo siguiera hasta el cubículo que hacía las veces de pequeña oficina y le pidió que tomara asiento.

—No sé cómo fueron los sistemas educativos a los que estuviste sometido anteriormente, pero aquí somos bastante estrictos. Y tú estás siendo bastante rebelde… —suspiró.

—¿Qué he hecho mal, Yuuri-sensei? —le preguntó mirándolo con la mejor cara de cachorrito que pudo poner, mientras cruzaba sus tobillos por debajo de su asiento y entrelazaba sus dedos sobre su regazo.

—Desde el comienzo de clases has estado desobedeciendo el código de vestimenta —sentenció al mismo tiempo que acomodaba sus gafas sobre el puente de su nariz.

—Pero… Eso fue hace tres días. Hoy es el tercer día de clases —le comentó con fingida inocencia. Haría lo que fuera por dejar de usar esa maldita corbata.

—Lo sé, pero no sirve como excusa —le rebatió, alzando sus hombros como si lo que Victor le dijo no le importara en lo más mínimo—, sin embargo, no puedo hacerte volver a tu casa a buscar una simple corbata…

Por fin alguien dice algo coherente aquí, pensó con admiración hacia el japonés tan bello ante sus ojos. Se sorprendió de sobremanera al ver como comenzaba a desajustarse la corbata que llevaba ese día. No le había prestado la suficiente atención pero era de un color similar al de la que debería llevar obligatoriamente. Yuuri se la pasó por la cabeza y jugó con ella entre sus manos sin decir una sola palabra.

—Vamos a hacer un trato entre nosotros. ¿Te parece? —le comentó mientras se ubicaba frente a él para luego arrodillarse hasta quedar apenas unos centímetros más bajo que el ruso sentado sobre la silla. Pasó la corbata por su cabeza y corrió el cabello del menor haciendo que callera por encima del respaldo del asiento. Sin percatarse en el leve temblor del cuerpo de Victor prosiguió con su trabajo hasta dejarlo en condiciones.

Victor sentía que su cuerpo quemaba con la intensidad de mil soles, como si lo estuvieran prendiendo fuego por dentro, cada vez que sentía el toque accidental del profesor sobre su pecho mientras armaba el nudo de la corbata. Estaba tan cerca de su rostro, se veía más joven de lo que era al estar arrodillado frente a él y no entendía por qué. Tenía demasiadas ganas de pasar sus dedos por los cabellos tan oscuros como el petróleo de Katsuki pero tenía que refrenar cada uno de sus impulsos de idiotez.

—¿Te queda bien? ¿Estás cómodo? —le preguntó con una sonrisa. Una sonrisa que fue suficiente para que Victor sonriera en respuesta como si nunca hubiera sonreído en su vida.

—¡Si! Me queda mucho más floja que la mía y no me ahorca —mintió. Sabía que de la única manera que sería capaz de llevar una corbata era esa, si la corbata era de la persona más bella que sus ojos habían visto.

—Bueno, entonces acéptala como un regalo hasta el final del curso. ¿Qué dices?

—¡Gracias, sensei! —respondió con emoción y sin controlarse, se tiró sobre él, rodeando su cuello con sus brazos, abrazándolo con fuerza. El japonés, tratando de mantener las formas, mantuvo los suyos lejos del cuerpo del ruso y sólo los acercó para apartarlo sin hacerle mal. Victor estaba entre feliz y triste, entre emocionado y enojado, pero prefirió darle más atención a las cosas positivas que había vivido ese día. Sabía que tarde o temprano se acercaría al profesor de la manera que él quería…