Cuando comprobó que la herida no rezumaba más sangre, Sakura procedió a intentar ponerse de pie.
Fue costoso y dolía muchísimo, pero era necesario acostumbrarse a ese dolor si quería sobrevivir.
El sudor helado calaba todo su cuerpo, haciéndole sentir más frío del que debería, salvo su muslo, que ardía y palpitaba con cada mínimo movimiento.
Se lavó la cara con agua fría del lavabo, mojó su nuca y poco a poco recuperó el control de su organismo.
"Bien… tiene una ballesta, un arma de largo alcance… si consiguiera quitársela o al menos inutilizarla, eliminaría una de sus principales ventajas… ¿Pero cómo, cómo puedo hacerlo?"
En su mente sonaba una narrativa extensa, un monólogo en el que se barajaban todas las opciones posibles, pero no era del todo seguro que ocurriera lo que necesitaba para desarmarlo, aún así, debía intentar todo a toda costa, y cuanto antes mejor, ahora el tiempo corría todavía más en su contra, su herida le causaría la muerte si no conseguía escapar pronto.
Paseo moviéndose en círculos por el baño, algo debía poder utilizar, algún tipo de comunicación podría establecer. Era imposible que hubiese agotado todas las opciones.
Una luz invadió su mente, con una nueva esperanza. La última comunicación para utilizar que estaba a su alcance, era el teléfono móvil de emergencia situado en el interior de su coche.
Sólo le había pinchado las ruedas, el interior estaba perfectamente, el coche no estaba lejos de casa, si actuaba bien podría llegar, a pesar de que su primera idea de salir al exterior tuvo consecuencias nefastas.
Tenía que planear su segunda salida mucho más cuidadosamente que la primera, lógicamente el agresor no caería dos veces en la misma trampa.
Quizás debería salir y esperar escondida bajo el porche, ya que el espacio entre la tierra y el suelo de madera era suficientemente amplio para que ella cupiera, y una vez allí, podría observar un poco al malvado hombre, comprobar cómo se movía, o dónde esperaría escondido a que ella se expusiera.
Bajó a la planta inferior con mucho esfuerzo, más o menos comenzaba a acostumbrarse al dolor, dudaba mucho de si podría correr, pero no había más remedio. La zona más cercana de la casa a su coche era la cocina, caminó hasta allí y se asomó discretamente por la ventana, por enésima vez, el terreno estaba libre, sin embargo, cada vez que intentaba algo el agresor parecía adivinar en qué momento lo haría y dónde, por lo que la única teoría posible es que estaba observándola.
Tras un buen rato de mucho mirar, consideró el terreno seguro. Abrió con mucho cuidado la puerta y la dejó apoyada sobre el marco, dando la falsa sensación de estar cerrada por si el hombre volvía a rodear la casa.
Sin perder de vista todo lo que tenía enfrente, se deslizó suavemente bajo el suelo del porche, se tumbó con cuidado y se arrastró hasta quedar completamente cubierta por el mismo.
Se tapó la boca para contener el más mínimo ruido de su respiración, y esperó pacientemente algún cambio.
Podía vislumbrar al fondo, en la parte trasera de la casa, las piernas del asesino, que probablemente recorría constantemente el terreno para cerciorarse de que ella seguía dentro, o de si encontraba alguna rendija por la que tenerla controlada y vigilada.
Esperó a que el hombre terminara su siguiente rodeo, quería comprobar qué hacía a continuación.
Unos cinco minutos después de este hecho, el ex-enmascarado volvió a retomar su ronda de vigilancia con la ballesta preparada, reanudando su camino con pasos lentos y calmos.
"Se está alejando… debo intentarlo ahora, en cuanto pase del lateral corro…" se repetía constantemente para remarcar lo que debía conseguir.
Desde su llegada el coche había permanecido abierto, no había apenas vecinos en los alrededores, y los que había eran todos de fiar, por lo que no veía nunca la necesidad de asegurarlo.
Se arrastró con fuerza saliendo de su escondite y reprimió un quejido cuando tuvo que apoyar ambas piernas en el suelo y emplear todo el empuje posible para correr hasta su objetivo.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta un fuerte tirón de pelo se lo impidió. Se vio rodando bruscamente por la húmeda tierra en cuestión de segundos.
Buscó ansiosa con la mirada, viendo con pánico cómo el agresor se situaba a pocos pasos de ella, estaba claro que no había corrido lo bastante, y que ese hombre tenía una forma física íntegra mucho más ruda y fuerte que la suya.
Intentó levantarse pero el hombre propinó una fuerte patada en su estómago, dejándola tendida en el suelo boca arriba por el dolor.
Se apoyó a horcajadas sobre ella, llevando sus manos hacia su cuello, cubiertas por dos gruesos guantes de tela.
Comenzó a apretar con saña, la pobre pelirrosa pudo observar sus sádicos ojos, disfrutando del momento, de tenerla allí, a escasos segundos de la muerte.
Se estaba asfixiando, no podía coger aire, su corazón latía con fuerza deseando llevar un oxígeno limitado a sus células. Podía escuchar cada palpitación de su cerebro, la tensión en sus ojos, que casi parecían salírsele de las órbitas.
"Sakura no puedes morir… ¡Tienes que hacer algo! ¡Haz algo, maldita sea!"
Como si supiera la respuesta sin pensar, la joven tanteó temblorosa su bolsillo izquierdo, concentrándose en no perder el conocimiento, en no sucumbir sin luchar.
Logró sacar las llaves de la vivienda, empuñó una de las llaves y con toda la presión que podía ejercer en aquellas condiciones, se la clavó como pudo en el cuello.
El hombre gritó, llevó su mano al lugar de la herida, empapándose de sangre, esa fracción de ventaja fue aprovechada por la joven pelirrosa rápidamente.
Empujó al suelo al asesino, y corrió hacia lo más importante de aquel momento: la ballesta, que yacía a pocos centímetros del coche, totalmente abandonada.
Sakura sabía por dónde había clavado la llave que la herida no era mortal, ni suficiente para hacer que se marchara, pero sí lo bastante útil como para conseguir esa maldita arma tan eficaz en la distancia.
Tambaleándose ligeramente corrió, agarró la ballesta de un tirón sin detenerse, y se dirigió a toda prisa de vuelta a la puerta de la cocina.
El hombre se incorporó maldiciendo de mil maneras a Sakura, gritó intentando ganar ventaja para recuperar la ballesta pero fue en vano.
Desgraciadamente, cuando la joven alcanzó la cocina, comprobó con horror un pequeño detalle: la ballesta no estaba cargada. No tenía ninguna flecha.
Probablemente cuando ella corría hacia el coche él le disparó sin atinar en el blanco.
Buscó ávidamente con sus ojos verdes y pudo ver un par de flechas al pie de las escaleras del porche, se tumbó súbitamente como movida por hilos transparentes, y tanteó con la mano buscando agarrar la flecha.
Disponía de un par de segundos antes de que el hombre la alcanzara.
"Vamos… joder ¡vamos!" pensaba estirando el brazo hasta hacerse daño.
-¡Ni se te ocurra, maldita zorra! –bramaba furioso a punto de alcanzarla.
Cogió una flecha y se incorporó tirándose al interior de la cocina, cerrando la puerta de una patada y sentándose para echar el pestillo en el picaporte.
Se quedó inmóvil en esa posición viendo cómo el hombre golpeaba furioso la puerta varias veces, cuando dejó de temblar (señal de que habían cesado), cogió su nueva adquisición y fue al salón para desplomarse sobre el sofá.
Observó atentamente el artilugio en cuestión, constaba de un mecanismo claramente personalizado, en la punta había situado una especie de encaje para meter el pie y sujetar la ballesta, mientras que con los brazos se estiraba para tensar la cuerda, y cargar la flecha.
Sólo poseía una.
Un único intenso.
Volvió a retomar su monólogo interior, procurando barajar con la debida atención cada opción nuevamente disponible.
"Nunca he manejado una, no sé qué puntería tengo… Tampoco puedo practicar porque si lo hago corro el riesgo de partir la flecha. Necesito una distancia prudente, pero debe ser un tiro mortal, o en el corazón o en la cabeza. Si fallo me habré expuesto y podrá volver a ponerme la mano encima. ¿Qué debo hacer? Aunque al menos ya no puede usarla en mi contra…"
Ese último pensamiento le consoló un mínimo. Al haberle quitado su principal arma, ahora intentar salir al exterior era más seguro.
Introdujo el pie en la pieza destinada a este uso, estiró con los brazos haciéndose daño en los dedos, soltando la cuerda bruscamente.
¡Estaba demasiado rígido! ¿Cómo se las apañaba ese tío para tensarlo?
Lo intentó cinco veces seguidas más, pero no obtuvo éxito.
No era capaz de cargar la ballesta…
Agotada, se dejó caer sobre el sofá, cerrando los ojos, buscando descansar aunque fuera tan sólo algún minuto.
Ajena a lo que ocurría a su alrededor.
Sin ser consciente de nada de lo que estaba ocurriendo, Naruto caminaba preocupado por el sendero, camino directo a casa de su amiga Haruno.
Hacía varias horas que Hinata había ido a visitarla, y todavía no había vuelto. Seguramente se hubiera quedado con Sakura viendo películas, hablando, riendo… cualquier cosa, pero por la hora, prefería cerciorarse.
Estaba demasiado preocupado.
Cuando llegó, se acercó a la puerta principal y golpeó con decisión.
-¡Sakura! ¡Hinata! ¿Me podéis abrir? ¡Soy yo! –alzaba la voz golpeando- Aunque claro… sólo me oirá Hinata…
Al no obtener respuesta, el joven Uzumaki volvió a insistir, hasta que una voz lo sobresaltó.
-¡Quieto ahí!
El muchacho rubio se giró para encararse al dueño de esa voz, tuvo que cubrirse los ojos al ser deslumbrado por una linterna.
-¿Quién es usted? –preguntó el asesino, fingiendo un papel muy calculado.
-¿Yo? La pregunta es quién es usted, no lo he visto nunca en esta zona… -frunció el ceño temiéndose lo peor.
El hombre bajó su linterna, relajando su postura.
-Disculpe, soy agente de policía –afirmó con tono convincente- estaba aquí porque recibí una llamada de emergencia, pero alguien me ha golpeado y he caído inconsciente una hora…
-¿A qué se refiere con una llamada de emergencia? –inquirió el rubio temiendo por su novia y su amiga.
-Hace un par de horas hemos recibido un aviso sobre un hombre armado con una ballesta –explicó- vine a comprobar el terreno, pero se debió adelantar golpeándome…
Naruto se tensó, no quería pensar en que hubiera ocurrido algo grave… No, no quería.
-Por favor, mi amiga y mi novia estaban aquí, ¿no sabe si están a salvo?
-Me temo que no –negó el hombre con la cabeza- sólo supe de la señorita Haruno cuando llamó por teléfono a la comisaría.
El joven Uzumaki sintió un vértigo en el estómago… eso ya sonaba raro. Aunque Sakura podría haber llamado por teléfono, no podría haber mantenido una conversación normal. Haciendo las preguntas adecuadas averiguaría si el hombre mentía o no.
-Perdone –interrumpió el hombre el pensamiento de Naruto- ¿Tiene teléfono móvil? Necesito pedir una unidad de refuerzo.
-Claro –el Uzumaki le tendió su móvil, desconfiado, pensando en un plan para saber cómo actuar.
-Muy amable…
El hombre fingió marcar a su supuesta comisaría, utilizó un tono preocupado pero sereno, Naruto no le perdía de vista.
-Sí… soy el agente Kazuya, llamo de uno de los chalets de la zona del bosque. Hay alarma por un supuesto agresor armado con una ballesta, necesito una unidad de refuerzo, por favor.
A los oídos del Uzumaki, la conversación aparentaba ser normal.
-Muy bien, les espero, gracias señor –colgó el hombre.
-Así que usted ha dicho que mi amiga Sakura llamó, ¿verdad?
-Exacto –el hombre guardó el móvil del rubio en su bolsillo, sin devolvérselo- nos ha dicho que ha escuchado muchos gritos y que no sabía nada de su amiga.
-¿Y usted le atendió personalmente?
-Sí, claro. Estaba muy nerviosa la pobre, pero le he dicho que se calme, que perder los nervios en esta situación no era nada bueno.
Estaba claro. Era mentira, Sakura no podía haber hablado con nadie por teléfono.
-Disculpe… no me ha devuelto el móvil.
-Oh, claro, la costumbre –rio el hombre sacando el móvil del bolsillo, devolviéndoselo.
Un detalle que pasó desapercibido por el agresor, no fue insignificante a los azules ojos de Naruto.
Vio con total claridad cómo un mechón de pelo azulado caía de su bolsillo al porche, esparciendo los cabellos. Un mechón de pelo sumamente lacio, de una textura y color únicos… un mechón de pelo de Hinata.
Naruto estaba cara a cara con el agresor, por lo que las chicas estaban claramente en peligro.
Necesitaba intimidarlo, darle a entender que él era el que estaba en mala situación. Planeó mentalmente una pequeña mentira para derribarlo.
-Es muy raro que usted haya podido hablar con Sakura, ¿sabe? Tiene una grave infección de oído… ahora mismo está prácticamente sorda.
Un momento… ¿sorda? El asesino tensó la mandíbula encajando todas las piezas. Que fuera tan escurridiza con su actual sordera le molestó, era un insulto a su eficiencia de cazador.
-Mmm ¿seguro? Creo que algo debía oír, aunque ahora que lo dice… sí que es cierto que gritaba bastante –disimuló.
-En ese caso… ella tiene una llave de emergencia guardada aquí fuera, por si ocurre algún imprevisto –mintió el rubio con total convicción.
-Eso será muy útil, así podremos saber si está en peligro o no –el hombre cayó de lleno en la mentira, pensando en cómo los mataría a ambos en pocos minutos.
-Sí, en ese macetero de ahí, si se agacha puede cogerlo sin problemas –señaló el joven Uzumaki al azar.
Su plan era claro… en cuanto el hombre bajara la guardia lo golpearía con todas sus fuerzas.
El asesino no tardó en obedecer las falsas indicaciones de Naruto, pensando que así conseguiría rápidamente su objetivo. Se inclinó sobre el macetero dando la espalda al joven, que fue distraído por unos golpes repentinos a la cristalera.
El joven Uzumaki se giró, Sakura golpeaba y gritaba a través del cristal, procurando alertarlo.
-¡NARUTO ALÉJATE DE ÉL! ¡ES UN ASESINO!
Antes de que el rubio pudiera actuar, un puñal se clavó en su cuello, tirándolo al suelo.
Sakura admiró con auténtico horror cómo su acción, totalmente bien intencionada, había ayudado al asesino a atacar a su amigo.
Se quedó paralizada sin poder apartar su mirada de esa macabra escena…
La sangre brotada por todos lados, al igual que las lágrimas de sus ojos, empapando la noche de dos cosas muy opuestas.
