Capítulo Cuatro:
Algo no andaba bien esa mañana. El cielo estaba opaco y muchas flores del jardín habían muerto. El aire estaba muy frío y el ambiente se sentía pesado. Todos en el palacio habían notado la magnitud de los cambios y se sentían deprimidos y sin energías.
Kagome estaba sentada en el salón de estar, bebiendo café junto con Kazuki y Miroku. Los tres días de espera, no había hablado con Sesshomaru, más que para saludarlo o preguntarle algo importante. Él la evitaba. Mientras bebía el último sorbo de café, alguien llamó a la puerta. En el segundo piso se escuchó un agudo chillido y luego un montón de pasos que bajan la escalera hasta el vestíbulo. Kagome y los otros dos, sacaron la cabeza por la puerta. Dos figuras femeninas entraron en el castillo. La una era alta, hermosa y de larga cabellera rubia; la segunda era más baja pero con un cuerpo precioso y cabello negro corto.
—Han pasado muchos años, Sesshomaru –dijo Heaven abrazándolo—. Te he extrañado mucho.
Kagome entrecerró los ojos. Se acomodó el vestido y salió caminando elegantemente.
—Mi amor.
Lo agarró de la mano sin mirar a la mujer que se había alejado de él. Era cierto. Kagome se había casado con él.
—Mira a quién tenemos aquí –dijo con desdén—. Pero si es Kagome. Mi adorada prima Kagome.
— ¡Heaven! –Kagome soltó a Sesshomaru y abrazó a su prima—. Han pasado muchos años. ¡Kagura!
— ¿Cómo estás? –preguntó Kagura sonriendo—. Hola Sango. Hola Kazuki.
La familia Taisho y Miroku estaban hechos un mar de confusión. Nuevamente se comprobaba que Kagome era demasiado conocida. ¿Quién hubiera dicho que el primer amor de Sesshomaru fuese nadie más ni nadie menos que la prima de su esposa? A eso le llamo yo, suerte.
— ¿Cómo…? ¿Por qué? –Sesshomaru estaba pálido—. Kagome, explícamelo.
—Heaven es mi prima –dijo Kagome sonriente—. Ella y yo vivíamos juntas en Londres hasta hace nueve años. No tienes idea de cuanto la extrañaba. ¿Tú enviaste la carta, verdad?
—Sí –dijo Heaven rodeando a Kagome. Se enganchó del brazo de Sesshomaru—. Vine a visitarte prima, y de paso, a mi antiguo prometido.
A Kagome se le borró la sonrisa del rostro. Ellos se conocían. ¿Prometidos? ¿Cuando? Kazuki se paró junto a Kagome y dejó que se apoyara en él. Las cosas estaban más retorcidas y enmadejadas de lo que se podía esperar.
— ¿Me disculpan?
Kagome subió corriendo las escaleras. Kazuki y Sango la siguieron. Estaba llorando. Nadie conocía el motivo, pero parecía triste. Ese clima estaba relacionado con la llegada de Heaven, y eso nunca era nada bueno. Heaven sonrió y apretó el brazo de Sesshomaru.
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Nunca en toda su vida se había sentido así. Eran las nueve y media de la noche y Kagome no regresaba a la habitación. Parecía león enjaulado dando vueltas sobre la alfombra, cuando el pomo de la puerta giró y su esposa entró arrastrando los pies. Ni siquiera lo miró. Se soltó el corsé y dejó caer su vestido al suelo, quedándose en enaguas. Llenó la tina de agua y se metió en la bañera después de quitarse el resto de la ropa.
— ¿Dónde estabas?
No contestó. Sacudió la mano dentro de la bañera salpicando el agua en las paredes. Agarró una bata del suelo y se sentó en la cama mirando tristemente el suelo. Sesshomaru suspiró y se sentó junto a ella para cogerle la mano, pero ella la retiró.
—No me toques.
— ¿Qué te pasa? Hoy en la mañana subiste las escaleras corriendo después de estar feliz por verla. ¿Qué pasa?
—No lo sé –respondió amargamente—. No lo sé, y no quiero saberlo. Lo único que quiero es que se largue…
Se cerró otra bata, esta vez de color negro, y salió de la habitación mientras lloraba en silencio. Sesshomaru estaba más que confundido. No tenía ni la menor idea de lo que le pasaba, pero sabía que la llegada de Heaven era la principal culpable. Se sobó la sien y salió de su habitación. Corrió a la de su hermano, y cerró de un portazo sin importarle que Kikyo estuviese medio desnuda frente a él. Se cerró la bata y se sentó con el ceño fruncido en un sillón.
— ¿Qué tienes?
Inuyasha estaba molesto por la intromisión. Su expresión se suavizó al ver la cara de preocupación de su hermano.
—Está llorando abajo –dijo Sesshomaru con la voz quebrada—. No sé que le sucede.
—Son celos –intervino Kikyo—. Tienes que tener en cuenta que Heaven te conocía desde antes, y estuvieron a punto de casarse. A mí parecer, esas dos no se llevan bien desde hace mucho tiempo.
—Ten cuidado hermano –dijo Inuyasha—. Quiero que le expliques a Heaven que amas a Kagome y –lo miró con dureza—. No quiero que te dejes caer. Tú eres muy débil, en cuanto a mujeres se habla. Ten cuidado.
Sesshomaru respiró más calmado. Con que eso era. Celos. Sonrió por lo bajo y salió de la habitación pidiendo disculpas por haber entrado sin pedir permiso. Kikyo sonrió también y se recostó junto a Inuyasha.
—Kagome va a sufrir mucho.
—Lo sé, mi amor. Lo sé.
Abajo, en la sala de estar, Kagome lloraba en silencio sobre los hombros de Kazuki, mientras que Sango y Miroku la contemplaban.
—Tranquila Kagome –dijo Sango—. Heaven se irá pronto.
— ¿Quién es Heaven? ¿Por qué Kagome está así?
La pelinegra no pudo evitar sonreír ante esa pregunta. Se secó las lágrimas y se sentó recta apretando la mano de Kazuki con sus blancas y temblorosas manos.
—Para entenderlo, tengo que contarte todo desde el principio.
—Estoy dispuesto a escuchar.
Kagome suspiró y se acomodó el cabello.
—Heaven y yo nos criamos juntas. Nosotras, al principio, éramos las mejores amigas hasta que empezamos a crecer. Hace tres años, ella y yo competíamos por quién era la más bella o la más sociable. Cosas de niños. Soy una niña todavía. Pero nunca me imaginé que ella vendría aquí a hacer lo que va a hacer. La odio, siempre le he odiado y siempre la voy a odiar.
—Te entiendo –dijo Miroku comprensivo—. Pero escúchame. No dejes que Heaven te vea así. Ella quiere que sufras, y debes hacer todo lo contrario. Enamora más a Sesshomaru, has que se mantenga a tu lado. Ámalo como solo tú lo puedes amar, y vas a ver que tu prima no podrá luchar contra eso. La unión hace la fuerza, mi querida mariposa.
—Miroku tiene razón –dijo Kazuki besando las manos de Kagome—. Ella quiere verte mal, pero sé que tú no le vas a dar el gusto.
Sonrió. El apoyo de sus amigos le había subido el ánimo. Ellos estaban en lo correcto. No podía ponerse a lloriquear. Si Heaven quería guerra, eso iba a tener, pero peleada de manera elegante y altiva, no como ella solía hacer. Besó a Kazuki delicadamente en los labios, como era su costumbre y salió corriendo del salón. Su cara estaba pálida, pero se veía más por los hilillos de sangre seca que estaban dibujadas en sus mejillas.
—Sesshomaru.
Se paró en seco al verlo de pie en el margen de la puerta. Se acercó despacio y sin decir nada lo abrazó. Se puso a llorar nuevamente, pero esta vez estaba llorando en sus brazos. Eso la reconfortaba un poco. No. La reconfortaba demasiado.
—Perdóname…
—Tranquila –le besó la frente—. No tienes por que disculparte. Todo ésta bien.
Kagome sonrió vagamente y lo apretujó un poco. Ambos entraron en la habitación y se acostaron a dormir. Estaban cansados y querían olvidar todo lo que había pasado ese día. Escapar de la pesadilla aunque sea unas horas. Eso les daría fuerzas para seguir luchando, aunque aún no sabían contra que cosas.
Heaven se sentó junto a Sesshomaru, ocupando el lugar de Kagome, quién aún no había bajado a comer. Sango miraba a la rubia con claro desafío, mientras que Kazuki la insultaba con la mente, esperando que un rayo de luz del sol la volviera polvo en ese mismo instante. El ambiente estaba pesado, pero se relajó al ver a Kagome entrar con una radiante sonrisa al comedor.
—Buenos días –Kagome tomó la silla que Kazuki le ofrecía y miró a su prima de una manera dulce. Demasiado dulce. Como si no la conociera—. Sesshomaru, hoy debemos ir al mundo de los humanos. Tengo boletos para el teatro.
—Será un placer el acompañarte.
Heaven arrugó la frente y dejó de sonreír. Kagura estaba conversando con Kikyo, ajena a la batalla de fieras que se batía sobre la mesa del comedor.
—Eres muy atenta con Sesshomaru, primita.
—Sí. Es mi esposo y debo ser atenta con él. Me ama, yo lo amo. Todo está perfecto.
Ambas cruzaron las miradas. Don bellas vampiresas peleando por la atención de un vampiro que sólo tenía ojos para una de ellas. Aquí es donde entro yo. Estas dos mujeres van a matarse si continúan así, pero, este es el punto: no habría historia si ellas se llevaran bien, además, es mi gran deber el de relatar todo lo que pasa con cada detalle, o al menos, algunos que pueda recordar con claridad.
Kagome le sonrió a Sesshomaru, terminó de comer y salió del comedor sin decir otra palabra. Arriba, descargó toda su furia. Lanzó contra el suelo una copa de vidrio y pateó las paredes, tan fuerte, que el espejo que estaba empotrado se remeció. Estaba más que furiosa. Su hubiese tenido la oportunidad, en este momento Heaven estaría desangrándose en alguna de las muchas catacumbas del castillo, pero eso era pedir demasiado. Se sentó en su escritorio y sacó su diario del último cajón.
"¡La detesto! Es una estúpida. Una imbécil. Una regalada y por sobre todo, una zorra. No la aguanto. Daría lo que fuera por que en este momento la tierra se abriera y se la tragara hasta lo más profundo. Siempre hemos peleado por tonterías, pero que quiera meterse con mi esposo, por que eso es lo que quiere, no se lo pienso permitir. Nunca me ha ganado y no puedo dejar que comience. Le voy a dar guerra hasta el último minuto. No puedo dejarme vencer por un buen cuerpo y linda cara. Lo tiene de bella, le falta en inteligencia."
Lanzó el pobre cuadernillo al fondo del cajón y lo cerró con furia. Dejó la pluma en el tintero y bajó las escaleras hasta la sala de estar. Kazuki estaba allí, leyendo.
— ¿Puedo acompañarte?
—Claro que sí.
Kazuki se hizo a un lado para se sentara junto a él. Bajó el libro y lo dejó sobre la mesilla para prestar toda su atención a Kagome.
—Escribir es la mejor manera de descargarse –dijo Kagome más tranquila—. No la aguanto.
— ¿Y quién lo hace?
—Nadie.
Se echaron a reír. Heaven estaba de salida. Los miró un momento y salió sonriendo del palacio.
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—Ridiculeces –gruñó
Kikyo ayudaba a Kagome a cerrarse un diminuto corsé alrededor del torso. Su cintura se había achicado al menos unos dos centímetros por lo fuerte que estaba atado. No le costaba respirar. Estaba acostumbrada a vestidos de teatro.
—Sango, pásame la enagua negra, por favor.
Se la cerró en la cadera con un broche de plata. Sango le pasó el vestido por sobre los hombros y le cerró los botones en la espalda. Se veía preciosa y eso que aún no estaba maquillada.
—Me encanta este vestido –dijo Kagome mientras se contemplaba en el espejo—. Me veo preciosa en el.
—Eso es cierto.
Kazuki y Miroku entraron en la habitación.
— ¿Qué hacen aquí? –Preguntó Sango poniendo los brazos en jarras—. Este es mí cuarto y no los quiero aquí. ¡Se me van!
Salieron riendo a carcajadas. Sango resopló tan fuerte que su flequillo castaño se levantó completo descubriendo en su frente una diminuta cicatriz.
—Ahora vamos a maquillarte.
— ¿Por qué me arreglan tanto? –Preguntó Kagome frunciendo el ceño—. No voy a casarme.
—Heaven está abajo –dijo Kikyo
—Y no soporta cuando te ves hermosa –dijo Sango
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Kagome estaba de pie, al inicio de la escalera. Sesshomaru la esperaba abajo, junto con Inuyasha, quién miraba con interés, el vestido púrpura de Heaven. No podía negar que era hermosa, y más para un joven de dieciocho años.
—Baja.
Kikyo la empujó ligeramente al segundo escalón. Kagome abrió un abanico negro, cubriendo su nariz y su boca. Sesshomaru estaba embelesado. Se veía bellísima. Heaven lo había notado también.
—Vamos.
Ambos se desvanecieron frente a la puerta principal y reaparecieron en un oscuro callejón, a pocos metros del teatro. Se mezclaron entre la multitud con naturalidad, y entregaron sus entradas en la puerta. Kagome disfrutaba mucho del teatro mortal. Los humanos eran muy divertidos. Se sentaron en un palco privado, sobre la demás audiencia con plena vista del escenario. La obra estaba por comenzar.
—No leí muy bien la crítica –dijo Kagome—. Pero habla, creo yo y según recuerdo, sobre la clásica historia japonesa.
—Debo discrepar –dijo un joven de la misma edad de Kagome, con quienes compartían el palco—. Trata sobre Tanabata. Una mujer que descendió del cielo para bañarse en un río y quedó atrapada en la tierra por un campesino que robó sus ropas después de haberse enamorado perdidamente de ella.
—Gracias por la aclaración –dijo Sesshomaru con tono amargo—. Ya empezó.
El extraño miró a Kagome unos segundos más y luego dirigió su vista al escenario.
Kagura y Heaven paseaban por el jardín del palacio. Ambas llevaban puestas un kimono de dormir.
—Desde mañana comienza la tortura –dijo Heaven—. Kagome está ganando puntos con todas las cosas que hace y dice, pero puedo hacerlo mejor. Se que si mañana, alguien, saca a Kagome del palacio, podré hacer mi primera jugada.
—Con alguien, te refieres a mí ¿no es cierto?
—Sí. Pero no irán solas. Pídele a Kazuki que las acompañe. De seguro no se negará; además, así se podrían ir Sango y Miroku, reduciendo el número de personas en la casa. Ahora solo me falta averiguar como sacar a Kikyo a Inuyasha del palacio. Ellos son los más problemáticos en toda esta situación.
—Eres una verdadera bruja.
Kagura alzó una ceja y entró al palacio. Heaven la miró subir las escaleras y se recostó en el pasto, contemplando la luna.
—No tienes idea de con quién te has metido, preciosa primita.
La obra ya había terminado. Kagome aplaudió hasta que las palmas le quedaron rojas. Sesshomaru había ido por unos vasos de agua y al regresar, la encontró charlando con el extraño del palco.
—Es un placer conocerte, Kagome.
—Lo es para mí, pero ¿podrías repetirme tu nombre?
—Soy François St. Pier –repitió el muchacho de cabellos rubios y ojos grises—. Debo irme Kagome. Nos veremos en otra ocasión.
Besó con delicadeza su mano y salió del palco sonriendo son suficiencia. Sesshomaru dio un pisotón y le entregó de mala gana el vaso a Kagome. Ella sonrió divertida y se bebió su contenido de un sorbo.
En el callejón se desaparecieron y entraron al castillo. En el vestíbulo estaban Sango y Miroku. Ambos parecían algo ebrios. ¿Qué habrían estad haciendo esos dos mientras nadie los veía? A Kagome se le tiñeron las mejillas de un pálido rubor, mientras que Sesshomaru reía para sus adentros.
— ¿Sango?
La castaña miró para la puerta sonriendo. Se alejó de Miroku tambaleándose un poco y se agarró de Kagome.
— ¿Qué le has hecho, Miroku? –Kagome parecía molesta. Realmente molesta.
—Nada… nada…
—No lo culpes Kagome –dijo Sango con dificultad—. Fue mi idea el de sacar el ron de mi habitación y beberlo en el balcón. Miroku no tiene nada que ver; él sólo me acompañó.
Kagome alzó una ceja y ayudó a Sango a subir las escaleras. Sesshomaru llevó a Miroku a la cocina y le metió la cabeza en una cubeta de agua helada para que recobrara el sentido.
— ¿Te divertiste? –preguntó Sesshomaru
—No te imaginas cuanto –dijo Miroku. Estaba en su sitio ahora—. Me gusta esa chica, Sesshomaru.
—Más te vale que la conquistes –dijo Sesshomaru saliendo de la cocina—. Alguien podría quitártela.
Kagome y Sango estaban arriba. Ambas estaban en camisón de dormir, conversando en la habitación de Sesshomaru. Sango había recobrado el don de pensar y estaba muy contenta.
—Me gusta Miroku –dijo Sango—. La idea de emborracharnos fue grandiosa. Logré hacer que me contara cosas que sólo tu y él saben. Fue… interesante.
Kagome sonrió y Sango salió de la habitación. Afuera se encontró con Sesshomaru, quién entró y se sentó junto a Kagome.
— ¿Los ayudamos?
—Será un placer.
Gracias a quienes me dejaron reviews. Espero que mi historia les esté gustando verdaderamente.
Princess-Neela.
