Un muy breve extra después de finiquitar la historia...
EPÍLOGO
Keith Kogane se apartó imperceptiblemente del respaldo del sofá, la pelota de goma viajando de una palma a otra mientras los húmedos ojos caninos le observaban expectantes desde la alfombra, asomando la cabeza tras la mesilla para café que su novio recibió tras mudarse. Era un hábito que tenía desde que había rescatado a esa curiosa cachorrita fuera del café donde trabajaba.
E igual que siempre, arrojó la pelota consciente de que nadie iría por ella.
-Podrías al menos fingir que lo intentas –le reprendió
Las orejas del can se irguieron, la cola se le erizó. Su amo mantuvo sobre ella una mirada expectante que respondió con un ladeo de cabeza y un movimiento frenético de su pata trasera rascando el pecho enmarañado.
Ni siquiera estaba del todo seguro de la raza que era. Probablemente mestiza. De no saberlo, habría pensado más bien en un disimulado lobato.
-No sé por qué me molesto –reclamó por fin, cruzando los brazos fastidiado.
Con emoción, el animal interpretó las palabras a su satisfacción, abalanzándose sobre su amo, tan veloz que ojos dispersos lo habrían juzgado como teletransportación.
-¡Kosmo! –se deslizó de su boca con una carcajada nerviosa.
Pretendía quitarse al animal de encima sin real esfuerzo. La larga lengua salivándole por completo el rostro.
-No, Kosmo. No –le reprendía fingiéndose firme.
Shiro lo observaba a distancia sonriente, deslumbrado y satisfecho. Era un hábito que tenía cuando Keith era simplemente... Keith.
-Kosmo, basta –ordenó con dulzura y sólo eso se necesitó.
La hembra se aproximó con emoción, dejándose acariciar por la mano mecánica. La otra extendiendo un pañuelo.
-Gracias –ya de pie, lo tomó para frotarse el rostro.
Sus ojos purpúreos lo recorrieron de inmediato, embelesados: el saco a medida, los pantalones no demasiado ajustados, la camisa blanca y la corbata negra. ¡Siempre lucía tan apuesto en traje!
-Te ves fantástico –se adelantó a decir Shiro, y le apenó sonrojarse con la facilidad de una virginal colegiala.
-Gracias –caviló al menos cinco respuestas diferentes, todas acerca de lo absurdo en la afirmación. No, no. Prometió evitarlo lo más posible. Así que optó por aflojarse la corbata roja y estirar el cuello blanco que le picaba un poco-. Tú también luces increíble –se acercó a él, la cola de la canina pululándoles entre las piernas. Le rodeó del cuello con parsimonia, obsequiándole un beso muy pequeño, muy dulce-. Feliz aniversario.
Shiro rodeó su cintura, sonriendo contra los labios que todavía le rozaban, apoyando las frentes juntas.
-Cuatro años –susurró Shirogane-. Los mejores cuatro años de mi vida.
No respondió nada. Él era un hombre de acción, así que lo besó de nuevo. Esta vez con la presión suficiente, su lengua pidió permiso para entrometerse en la boca ajena. Se le derretía en los labios. Pronto sus manos pequeñas ansiaron explorar los músculos portentosos que sabía ocultos bajo las telas de algodón y poliéster.
-Es suficiente –interrumpió Shiro, separándose con pesar. No hizo ademán alguno de apartarlo-. Si llegamos tarde perderemos la reservación.
-¿Eso sería tan malo? –preguntó con su entonación más tentadora: dulce e inocente, cual ensayo. ¡Que incitación más apetitosa!
Shiro arqueó una ceja, a juego con la media sonrisa: un sobre entendido y mudo reproche.
-Bien –se rindió Keith, adornando con falaz indignación-. Voy por mi abrigo.
Fue directo a la alcoba con la perrita tras sus pasos.
Solo, rió por lo bajo y pensó un poco. Suspiró, todavía nervioso pero ilusionado. Deslizó entonces la mano por el bolsillo de su pantalón hasta apretar la cajita aterciopelada, no muy seguro aún si se lo pediría durante la cena. Lo cierto es que tampoco sabía si se pondría en una rodilla, antes o después de la culminación de un discurso por años ensayado. Mucho menos si obtendría un sí como respuesta.
-¿Nos vamos? –la voz suave le sacó de su ensimismamiento.
-Claro –atinó a responder.
Keith lo sujetó del brazo, recargándole la cabeza un momento. Lo miró, y en el destello sideral de sus ojos supo que realmente no importaba tener un plan o cualquier presunción de certeza, que no importaba el cuándo, el cómo o el dónde. Estaban listos, estaban enamorados, y si fallaban... bueno, tendrían una vida para reescribir las estrellas todas las veces que fuera necesario.
FIN
Antes de cualquier cosa... ¡Sí! Kosmo es hembra sólo porque sí (no sé, fue un detalle que me gustó para el doblaje latino).
Hemos llegado al final, final. De nuevo les agradezco por su tiempo, su paciencia y su interés para con esta historia a la que le tengo mucho cariño porque me ayudó a salir de un largo bloqueo escritor; de modo que aprecio como no tienen una idea que me hayan acompañado en este viaje tan especial, siendo mi primera incursión (¡pero no la última!) en este maravilloso fandom de Voltron: El defensor legendario.
Espero les haya gustado leerla tanto como a mí me gusto escribirla (claro que aceptaré que con más talento pudo quedar mucho mejor. Pero hago lo que mi capacidad me permite).
Y, como siempre, les agradezco de corazón a todos aquellos que me obsequien el tiempo de dejar sus bellos comentarios y respetuosas críticas, pues éstas siempre animan a mejorar. De verdad sus reviews han sido una gran motivación que ha relajado mis inseguridades como autora después de estos años sin que nada mío viera la luz de ojos ajenos. ¡Mil gracias a todas las personas que se han tomado y tomarán la molestia de comentar mi historia!
Me despido y nos veremos de nuevo cuándo y dónde sea la próxima...
¡Dayna Kon fuera!
