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Holmes cogió el maletín con una mano, sostuvo al doctor con la otra, y emprendieron el regreso a casa. Evidentemente, el ruido había despertado a la señora Hudson, que asomó la cabeza, adormilada, por la puerta de su habitación, preguntando qué había ocurrido.
—Un accidente de tráfico —le dijo Holmes—. El doctor Watson estuvo atendiendo al herido, y le aseguro que ahí fuera hace un frío terrible. ¿Sería tan amable de prepararnos café?
—Por supuesto, señor Holmes. ¡Ahora mismo!
Holmes sonrió y volvió a centrar su atención en Watson, que se dirigía hacia las escaleras con dolorosa dificultad. Holmes se adelantó e, ignorando sus protestas, cogió al doctor por el brazo y lo ayudó a subir hasta la sala de estar.
—Y ahora, siéntese aquí, junto al fuego…
Watson se dejó caer en la butaca sin poner objeciones, incapaz de reprimir por más tiempo sus escalofríos. Había perdido la chaqueta; se la había dejado al lechero para mantenerlo caliente cuando partió en el coche. Su camisa estaba empapada a causa de la niebla matutina, los charcos de lluvia y el hielo derretido sobre el que había aterrizado tan abruptamente cuando Holmes lo apartó del camino del malintencionado jinete. Sus pantalones también estaban mojados por haber estado arrodillado en el suelo, y le dolía tanto la pierna que dejó escapar un fuerte gemido al colocar los pies sobre la banqueta.
Tras llevar a cabo un autodiagnóstico y decidir que en realidad se encontraba bien, Watson se frotó las manos, tratando de devolver la circulación a sus dedos. Tosió para aclararse la garganta y entonces descubrió que no podía parar.
Finalmente, consiguió respirar y, cuando alzó la cabeza, se encontró con la mirada de Holmes, que lo observaba con una mezcla de sorpresa y preocupación. El detective le tendió un vaso de agua que Watson tomó agradecido con manos temblorosas. Bebió a sorbitos para no desencadenar otro ataque de tos.
—Mi querido amigo —dijo Holmes con voz queda—, no creo que deba ir a hacer su ronda esta mañana. No está bien…
—¿Y quién la hará, entonces?
—Seguro que sus colegas podrán repartirse su trabajo durante unos días —respondió Holmes con voz amable pero firme—. Tome, aquí tengo su bata. Haga el favor de quitarse esa camisa mojada.
Watson rezongó algo por lo bajo, se levantó de mala gana y se quitó rápidamente la camisa, pero agradeció poder ponerse la bata, cálida y seca, tras lo cual volvió a acomodarse en su butaca, tosiendo ásperamente tras un pañuelo. En ese momento, la señora Hudson irrumpió en la estancia portando una bandeja con café y tostadas.
—Les prepararé un desayuno más adecuado a una hora más razonable —les dijo—. Dios mío, doctor, está muy pálido. ¿Era usted a quien he oído toser? ¿Debo llamar a un médico, señor Holmes?
—No será necesario —repuso Watson, adelantándose a Holmes—. Bastante ocupados están ya con casos mucho más serios que el mío. No es más que un resfriado. Un día de descanso y me pondré bien.
—Gracias, señora Hudson —añadió Holmes, contemplando el tan ansiado café.
La casera asintió y salió rápidamente de la habitación, sin duda dispuesta a volver a meterse en la cama durante un rato más. Watson hizo ademán de levantarse, pero Holmes lo devolvió a su asiento y se dispuso a servir el café. Le llevó una taza a Watson, que la aceptó con gratitud, pero sus manos temblaban tanto que estuvo a punto de derramarla. Holmes fingió no darse cuenta, pero Watson se maldijo en voz baja por aquella pequeña muestra de debilidad y se esforzó por controlar sus temblores.
A Holmes le preocupaba la facilidad con la que Watson había cedido a su sugerencia de tomarse un día de descanso. Eso demostraba lo mal que debía encontrarse el generalmente obstinado doctor.
Permanecieron sentados en un agradable silencio durante un rato, roto sólo por la tos de Watson y el crepitar del fuego en la chimenea.
Era ya una hora casi razonable para pedirle a la señora Hudson el desayuno y más café cuando sonaron unos golpes en la puerta principal, fuertes e impacientes. Holmes apretó los dientes y echó un vistazo a Watson, esperando, esta vez por razones menos egoístas, que no se tratara de otra emergencia médica. Oyó a la señora Hudson acudir a abrir la puerta, luego unos pasos rápidos y familiares en la escalera, y la enjuta figura del inspector Lestrade irrumpió en la habitación. Holmes se levantó rápidamente para saludarlo mientras el inspector se tomaba un instante para recuperar el aliento. Había corrido, pero no venía de muy lejos; Holmes reconoció en sus zapatos el característico barro gris de Baker Street.
—Lestrade —saludó al recién llegado, mientras la señora Hudson retiraba los restos del anterior desayuno y se marchaba a toda prisa—. Ha tenido que atender un incidente cerca de aquí y algo en la naturaleza de sus circunstancias lo ha dejado perplejo. Imagino que el escenario está cerca, y que es reciente. En la manga lleva sangre que aún no se ha secado porque le estuvo buscando el pulso a algún pobre desdichado…
—…¡que aún podría salvarse si usted y el doctor Watson fueran tan amables de acompañarme! —exclamó Lestrade, impaciente—. Se lo explicaré por el camino. ¡Por favor, debemos darnos prisa!
Holmes echó mano del sombrero y del abrigo, mientras Watson, a pocos pasos de él, sustituía la bata por su camisa, ya seca, sin perder tiempo en buscar una nueva. No fue hasta llegar a la calle y escuchar los ásperos jadeos de Watson que Holmes comprendió que aquello no había sido muy buena idea. Abrió la boca para decir algo, pero Watson lo interrumpió.
—¿Por dónde, inspector? —preguntó, dirigiéndole a Holmes una mirada de advertencia.
—Por aquí, caballeros. ¡Síganme!
