Una equivocación Maravillosa
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Edward siguió al chambelán del rey a lo largo del extenso corredor en penumbras. Había demorado un buen rato para averiguar quién diablos era Ammun y cómo ubicarlo. Pero considerando que al menos la tercera parte de aquellos bastardos normandos debía de llevar ese nombre, se sintió satisfecho pese a la demora. Le molestaba que solo hablara en francés. Intentó conservar la calma, mientras le decía la cantidad de habitaciones que necesitaba para su gente, a lo que Ammun respondía con un torrente de palabras ininteligibles. Finalmente, debió arrastrar al hombre hasta una puerta y darle un puñetazo mientras gritaba:
—¡Habitaciones para nosotros! ¡Ya!
Entonces Ammun se puso en movimiento.
Demonios, estaba extenuado. Había viajado con sus hombres a caballo, durante una quincena, y habían dormido en el suelo. Su mayor deseo era dormir en una cama suave y acolchada. Quizá debido a su cansancio se había mostrado aturdido frente a Charlie Swan. Fuera cual fuese la razón, ahora comprendía por qué su tío le había advertido que procediera con cautela en lo concerniente a la hija del conde.
No había guerrero en Cymru que no hubiera oído hablar de lord Charlie y lord Dante Swan. Eran los mejores y más temibles comandantes del rey Carlisle, pero Edward no tenía idea de que el señor de Avarloch resultaría tan peligroso también fuera del campo de batalla. Edward se había preparado intensamente, bajo las estrictas órdenes del rey Eleazar, desde la niñez. Se había criado en la lucha contra príncipes sin piedad y normandos armados con espadas, hachas y lanzas. Pero nadie lo había amenazado con despedazarlo con una sonrisa en los labios. Edward debió ser extremadamente paciente para convencerlo de que nada le interesaba tanto como asegurar la felicidad y la seguridad de Bella. ¡Por más que lo repitiera, el hombre no dejaba de gruñir! Emmett, su principal comandante, había querido desafiar al conde normando, pero Edward no se lo permitió. En nada lo beneficiaría que muriese el padre de su prometida, o que perdiera a su mejor amigo dos días antes de su boda.
¡Su boda! ¡Por Dios! Mañana desafiaría a de Courtenay para ganar la mano de una normanda, a fin de garantizar a su pueblo mejores posibilidades de vida. Por supuesto que Cymru continuaría padeciendo los sufrimientos de la guerra, amenazado por otros príncipes hostiles que reinaban en King y Powys, pero ese era un tema diferente.
¿Qué demonios sabía él del matrimonio? Él era un guerrero y carecía de tiempo para ocuparse de los cuidados propios para tratar a una esposa. Él tenía la obligación de supervisar las aldeas, entrenar a los hombres de armas y cuidar a las personas cuya seguridad era su responsabilidad. Era más que suficiente para mantenerlo ocupado, sin tener que preocuparse por la comodidad de una mujer.
Ni siquiera si esa mujer era Bella Swan.
Lo curioso era que no se le había ocurrido pensar en ninguna de esas cosas desde que ella le había sonreído. No pensaba más que en su incitante hoyuelo y en esos bucles renegridos que le caían sobre la frente. Su voz suave y atrevida. Su belleza era tan delicada como la recordaba desde que la había visto por primera vez. Era exquisitamente hermosa. Al igual que ella, él tampoco comprendía por qué debían ser enemigos. Hasta entonces, no sabía el significado de la palabra; solo se había peleado con sus hermanos. En aquel momento, quiso decirle que siempre todo estaría bien entre ellos.
Pero, luego, habían pasado muchos años. A partir de sus doce primaveras, cuando se enfrentó por primera vez con un enemigo en el campo de batalla, su infancia quedó atrás. Desde aquel momento, nunca había dejado de combatir.
Ammun se detuvo frente a una puerta de roble y se quedó mirándola:
—Peut-être celle-ci est vide. (posiblemente ésta está vacía)
—¿Esta?—preguntó Edward, señalando la puerta.
Ammun asintió con vehemencia y, luego de dar un rodeo, se fue por donde había venido.
Ni bien abrió la puerta, lo primero que notó Edward fue el intenso perfume a lavanda. Examinó el recinto; vio una mampara entre un lecho inmenso, cubierto por un dosel, y un guardarropas de madera lustrada, apenas un poco más pequeño. Se veía una delicada silueta femenina moviéndose detrás.
—¿Sue? —preguntó la mujer. Edward sonrió al reconocer la voz melodiosa de Bella. Sabía que debía retirarse antes que ella lo viera y, a raíz de sus gritos, todo el castillo acudiera en su auxilio. Debía hacerlo, sí; pero no lo haría. Apoyado contra el sostén del dosel, se cruzó de brazos.
—¿Has oído la terrible noticia? Me toca casarme con un galés. –La muchacha pronunció la palabra de una manera tal que parecía que se estaba refiriendo a un salvaje. La sonrisa de Edward se transformo en expresión de disgusto. Pensó en derribar la mampara, para que comprobara la clase de salvaje que podía ser; pero tenía el firme propósito de demostrarle que lo que le habían contado de él y su gente no era verdad. ¿Acaso los salvajes sacrificaban su libertad para ligarse por siempre con sus enemigos, a favor de la paz?
—Ya me he desnudado —anunció Bella y, a modo de evidencia, arrojó un par de calzas de malla tejida—. El vestido me pesaba tanto que no lo aguantaba más.
Edward sintió un escalofrío potente como un rayo, desde la columna hasta la entrepierna.
—Estaré lista enseguida. Si no estás demasiado cansada, te necesito para que me cepilles el cabello. Creo haberlo enmarañado, al quitarme todos los alfileres y hebillas que Lorette y Eloïse me colocaron para sostener el peinado.
Entonces, salió de atrás del biombo.
—En realidad, prefiero llevarlo suelto. Yo... —Abrió los ojos tanto o más que la boca. Atónita, advirtió su masculinidad insolente. Dio un pasó atrás y, sin querer, derribó el biombo. —¿Qué... qué hace usted en mi habitación?
¿Su habitación? No debía olvidar agradecerle a Ammun por su error. Se tomó el tiempo necesario para apreciar cada detalle del delicioso contorno que dejaba traslucir su tenue vestimenta.
—Intentaba convencerme de que no estaría cometiendo el peor error de mi vida al casarme con usted.
—¿Casarse conmigo? Por Dios... jamás hubiera... —Bella se mordió el libio inferior, para no decir algo que pareciera impropio de una dama. Tomo un extremo de lo sábana y se cubrió con ella—. Retírese, por favor.
Élla miró y dijo:
—En un momento.
Su osadía la perturbaba.
—Granuja —le espetó, y dio otro paso atrás, cuando él hizo ademán de acercarse.
—Si yo fuera un granuja —su voz grave reverberaba con el esfuerzo de controlar su deseo mientras se aproximaba y sus ojos ardían bajo las oscuras cejas—, usted ya estaría de espaldas en esa cama, milady.
Empleó su apelativo cortesano con dulce ironía. Bella pensó en correr hacia la puerta. Pero, para eso, debía pasar primero por su lado. El problema era que parecía ocupar todos los espacios. A medida que se aproximaba le iba quitando no solo espacio, sino el aliento. Sus ojos eran candentes llamaradas verdes que la consumían. Ningún hombre se le había acercado con semejante descaro.
—Si se acerca más, deberé abofetearlo —le advirtió.
Su sonrisa se suavizó, como si la amenaza le pareciera adorable. Cuando se hubo acercado lo suficiente como para sentir la agitada respiración de Bella, le acarició el rostro con el revés de su mano y le quitó suavemente los bucles de encima del hombro.
—Habrá valido la pena —fue lo único que dijo.
Ella debía gritar, o patearlo o sacarlo a empujones. Cualquier cosa menos quedarse mirándolo con la boca abierta. Había temido que intentara emplear la fuerza para someterla. Pero la ternura de su caricia por poco le hizo flaquear las rodillas. Su proximidad y un hálito oscuro y sugestivo de aromas del bosque y de cuero le provocaron una sensación acogedora. Recordaba ese perfume aun mucho después de haberlo olvidado a él. Y ahora, tenía la impresión de que despertaba de un largo sueño. Todos sus nervios y sus sentidos eran conscientes de su presencia viril. Toda la vida estuvo rodeada de hombres, pero ninguno jamás la hizo percatarse de ese modo de su femineidad. Quería dejar de mirarlo, pero algo en su interior la instaba a examinarlo con detenimiento. Era el hombre más rudo, hermoso y sensual que había visto en su vida y su mirada atrevida la excitaba aun más.
—Debe retirarse ya —volvió a decir, para convencerse de que todavía no había enloquecido del todo—. No debería estar aquí. Es indecente.
Edward se alejó y recogió una bata sobre una silla, junto a la cama. Se la alcanzo diciendo:
—¿Indecente? ¿Tan evidentes fueron mis intenciones? Pensé que había demostrado un increíble autocontrol.
La trampa sexual que se adivinaba en su voz hizo que ella se apresurara a ponerse la bata.
—Vaya que se ha vuelto primitivo desde que llegó a la madurez. —Muy a su pesar, se quedó admirando sus anchos hombros—. Si mi madre lo encontrara aquí, lo mataría.
Una sonrisa indulgente adornó su boca pagana:
Su preocupación por mi bienestar me conmueve.
Estuvo a punto de contestarle que no le importaba un ápice su bienestar cuando se abrió la puerta. Entre todos los hombres más temibles que formaban parte del mundo de Bella, ninguno tenía un mal genio comparable con el de su madre o su tía Angela. Pero ambas mujeres estaban demasiado sorprendidas como para reaccionar.
Katherine, ve a buscar a tu padre —dijo por fin Renée a una niña pequeña que revoloteaba alrededor de sus faldas—. ¡Date prisa! —agregó sin quitarle de encima los ojos al hombre de aspecto rústico que se encontraba en el centro de la habitación—: Tiene usted exactamente lo que duran diez inhalaciones para explicar que está haciendo en la habitación de mi hija.
Lady Renée Swan parecía una reina vestida de seda dorada, con sus delgados brazos cruzados debajo del pecho, víctima de inusual agitación. Su rostro había adquirido el color rojizo de su majestuosa cabellera trenzada.
—No sabía que era su habitación cuando entré.
La otra mujer cruzó delante de él para acercarse a Bella. Llevaba una corona de flores sobre su frente, que hacía resaltar su belleza singular. Compensaba su falta de estatura con su valentía, porque al pasar a su lado, le propinó a Edward un golpe en el brazo, murmurando frases ponzoñosas en francés. Edward nunca había sido golpeado por una Mujer, así que no sabía se reírse o enfadarse. Se volvió para posar su mirada incrédula sobre la madre de Bella, y se topó con un gigante encolerizado con ojos de plata.
¡Lord Dante Swan! El hombre era puro músculo. Esperaba que lo que había oído decir de él fuera cierto: que primero hacía las preguntas y, después, su juego.
—¿Qué hace usted en la habitación de mi sobrina?
Edward respiró con cierto alivio.
—Es la habitación que me indicó Ammun, el chambelán del rey.
Las cejas negras de Dante se fruncieron sobre sus ojos, brindándole un aspecto aun más amenazante. Buscar pelea con los nobles favoritos del rey no sería del interés de su pueblo.
—El chambelán del rey se llama Rupert. ¿Él lo trajo a esta habitación?
—¿Rupert?—repitió Edward, riendo para sus adentros—. Eso explica por qué Ammun me trajo aquí.
—¿Quién es Ammun?—exigió Renée, que desconfiaba del príncipe extranjero.
—No tengo ni idea —respondió el galés, de buen modo—. Yo le pedí una habitación, yél me trajo a esta.
Dante lo miraba en silencio para evaluar la explicación. Su mirada de acero no era menos siniestra que la gélida sonrisa de su hermano. De pronto sonrió, comprendiendo lo que había ocurrido.
—Ha intimidado a uno de los invitados de Carlisle hasta el punto que se sintió obligado a servirle de anfitrión. Usted debe de ser un guerrero bastante inquietante, cuando no está siendo abofeteado por las mujeres. Venga —dijo el conde, echando su brazo sobre el hombro de Edward—. Será mejor que abandone este cuarto antes que lo descubra mi hermano. No es tan discreto como yo.
—Así he oído decir —confesó Edward.
—¿Oui?—preguntó Dante, escoltándolo fuera del cuarto—. Dígame, ¿qué más le han contado sobre mí?
Bueno como podéis ver el primer encontronazo no ha estado mal eh¿?jejeje… veremos... como siguen los siguientes…
