Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención.


Mi Destino Escrito con el Tuyo

CAPITULO IV

La desición

La mañana estaba un poco fría y mucho más para Candy que se había levantado más temprano que lo de costumbre, para hacer la carta de renuncia al hospital donde trabajaba. También tenía que hacer otras dos cartas una para su abuelo y otra para Albert, la más difícil de hacer. No sabía cuántas hojas había roto, pero se imaginaba que habían sido muchas por todas las que estaban botadas en su habitación. Decidió tomar otra y comenzar a escribir, pero tampoco le salía las palabras justas para decirle a su querido amigo que no podía casarse con él. Por nada del mundo quería lastimarlo, aunque sabía que era inevitable que eso ocurriera, Albert sufriría mucho y lo peor de todo que solo ella sería la culpable de ese sufrimiento. Él no se merecía que ella le hiciera algo así, él era una de las personas más importante en su vida, con él había compartido muchas cosas, aventuras, tristeza y alegría, hasta habían vivido juntos cuando el tubo amnesia y ella lo cuido, pero él también la cuido a ella, consolándola cuando su relación con Terry se tuvo que terminar. Albert siempre había estado ahí apoyándola en todo momento y ahora ella estaba a punto de pagarle de la peor manera todo lo que había hecho por ella, pero que podía hacer si su corazón quería estar con Terry.

En ese momento el sonido de la puerta la interrumpió. Dejo de lado lo que estaba haciendo y se dirigió a abrir, encontrándose con una presencia que menos esperaba.

—¡Albert! –lo nombró sobresaltada.

—Pequeña –la saludó sonriente y entrando al departamento más atractivo que nunca a pesar que su ropa era informal.

Esa mañana se había colocado un pantalón color gris y una sencilla camisa en tono verde de manga corta, dejando ver sus fuertes brazos, provocando que se viera muy varonil.

Para Candy aquello paso desapercibido, estaba tan nerviosa con aquel escape con Terry, que no se dio cuenta que frente a sus ojos tenia al hombre más guapo del mundo, y que más encima estaba completamente enamorado de ella.

—¿Albert qué haces tan temprano aquí?

—Vine a hacerte una invitación.

—¿Una invitación?

—Sí, que te parece si hoy pasamos el dia juntos.

—¡El dia juntos! –repitió Candy tragando seco.

—Si…que te pareces si nos vamos por ahí algún lugar natural hacer un picnic, solos tú y yo –la miró a los ojos intensamente, mientras le mostraba una seductora sonrisa –¿Qué me dices pequeña?

—¿Y tus obligaciones en tus empresas?

—Olvídate de eso, hoy no tengo cosas importantes que hacer, además esta George que siempre está pendiente de todo.

—Albert…es que yo tengo que ir al hospital.

—Pequeña que yo sepa hoy es tu dia libre…Así que no tienes ninguna excusa para que no quieras salir con tu prometido –le sonrió –Ve a ponerte hermosa y nos vamos.

La rubia suspiro, pensando que tal vez sería bueno hacer ese paseo con Albert y así tener la oportunidad de hablar con el directamente sin que nadie los interrumpa. Rápidamente se fue a su habitación donde se colocó un bonito vestido en tono damasco que le asentaba muy bien a su delgada silueta.

...

Una hora después Candy y Albert pasaron a comprar unas cosas de comer y se fueron a un hermoso parque, para pasar el dia. Ahí se sentaron debajo de un árbol para disfrutar del dia despejado y el hermoso paisaje del lugar, rodeado de árboles, flores y una pequeña laguna que se podía ver a lo lejos.

—Me hacía falta salir un poco, a mí me encanta la naturaleza que no puedo dejar de disfrutar de ella –comentó Albert aspirando el aire puro con aroma a bosque. Su aroma favorito.

—¿Extrañas mucho tu vida de antes verdad? –le preguntó Candy sabiendo que era así, que aunque su amigo ahora era el millonario William Albert Andrew, en el fondo de su corazón siempre iba estar ese hombre aventurero que ella conoció.

—Si pequeña –admitió con una voz melancólica -Abecés me dan ganas de tomar mi mochila y salir a recorrer el mundo, pero después me acuerdo que no puedo hacerlo, que mi vida ya cambió.

—Te entiendo, Albert...

—Lo bueno que ahora te voy a tener a ti y los hijos que vamos a tener que me darán las fuerzas para seguir siendo William Albert Andrew.

—¿Albert tu estas seguro que deseas que yo sea tu esposa?

—Claro que estoy seguro pequeña ¿Por qué me preguntas eso?

—Bueno…por qué no soy la más indicada para ser tu esposa, con lo atolondrada que soy al final te traería puros problemas.

—Pequeña no digas eso tú solo me traerías felicidad.

—A pesar que ni siquiera se cocinar. Tú te mereces otro tipo de mujer.

—Jajajaja pequeña tu sabes que eso no me importa. Te amo como eres, yo deseo que tú seas mi esposa, nadie más –le dijo acariciándole una mejilla mientras se acercaba a los labios de ella, esos labios que moría por probar.

Candy cerro sus ojos sintiendo el aliento cálido de su prometido, que se acercaba sus labios llegándolos a rozar, en un rose que la envolvió por completo y la hiso sentir un fuerte temor.

—¡Albert no! –exclamó asustada parándose bruscamente, sintiendo un escalofrió por todo su cuerpo que la obligo a frotarse sus brazos.

Él también se paró al ver la repentina reacción de la rubia.

—¿Que pasa pequeña? –le preguntó.

—Albert tenemos que hablar…-le respondió ella, que de una vez por toda quería decir todo aquello que le estaba aprisionando el pecho.

—Pequeña si me vas a salir con lo mismo que no me amas, ya te dije que eso no me importa…

—Albert tienes que escucharme, es que yo…

—Es que nada pequeña, te amo y no descansare hasta conquistar tu corazón –le dijo atrayéndola a su cuerpo y besándola sin que ella lo pudiera impedir.

Fue un beso tierno, anhelado y profundo. Un beso que reclamaba como su prometido, un beso con el que soñó muchas noches y un beso que reafirmaba que solamente ella, su pequeña era la mujer de su vida. No le cabía duda que ella había nacido para él y él para ella. Definitivamente el destino sabía lo que hacía y siempre la había colocado en su camino, desde que era una niña, en una colina de pony, donde desde entonces el sin saber que era su prometida la comenzó a proteger, para siempre verla con esa sonrisa que el tanto ama.

El beso poco a poco se fue rompiendo dejando los labios temblorosos de ambos. Candy no sabía lo que sentía en ese instante, su corazón estaba lleno de confusión. Solo Terry la había besado, solo él había probado de su dulzura, pero ahora lo había hecho Albert, el hombre que por muchos años fue su mejor amigo y protector. No podía negar que aquel beso había tocado lo más profundo de su alma, pero al mismo tiempo la hacía sentir que estaba traicionando los besos de Terry.

—¿Pequeña estas bien? –le preguntó Albert al notar que Candy estaba como en las nubes.

—Sí, estoy bien –respondió ella como aturdida.

Él se acercó a la rubia nuevamente, para volver a probar de esos labios que lo dejaron aún más enloquecido por ella, ahora esos labios eran solo de él, así que tenía el derecho de reclamarlos cuando quisiera, pero en ese instante uno de los automóviles de los Andrew se estacionó frente de ellos, donde bajaron los hermanos Cornwell.

—¿Stear, Archie que hacen aquí? –les preguntó Albert sorprendido de verlos.

—Tio, Candy sentimos mucho interrumpirlos, es que paso algo grave.

—¿Que pasó muchachos?

—El abuelo de Candy se puso muy enfermo –contestó Archie.

—¡Mi abuelo enfermo! -exclamó la rubia.

—Sí, dicen que se lo llevaron a un hospital.

—Albert llévame con el –le pidió Candy afligida.

—Si pequeña, vamos de inmediato.

...

Candy y Albert llegaron al hospital, que era el mismo donde ella trabajaba. En uno de los pasillos se encontraron con Sally que estaba muy triste por lo que le había pasado al señor Edwards.

—¿Sally como esta mi abuelo? –le preguntó Candy preocupada.

—Prima el abuelo se puso muy mal.

—¿Qué le pasó?

—Esta mañana lo encontramos inconsciente en su recamara. Candy no quiero que le pase nada malo a mi abuelito.

Candy la abrazo.

—Ya tranquila prima…él se va poner bien. Voy haberlo enseguida.

—No te van a dejar pasar…

—No te preocupes yo trabajo en este hospital. Albert quédate con mi prima por favor.

—Si pequeña, ve a ver a tu abuelo.

La rubia se dirigió a la sala donde habían llevado al anciano.

—¿Doctor como esta mi abuelo? –le preguntó de inmediato acercándose a la cama donde estaba el hombre muy pálido y ojeroso.

—¿Es su abuelo enfermera Candy?

—Si…¿qué tiene?

—Tuvo un infarto.

—¡Un infarto!

—Si…está muy delicado.

—Por favor Doctor no permita que se muera mi abuelo, lo acabo de conocer –le suplicó la rubia afligida por la salud del anciano.

—Tranquila enfermera Candy, vamos hacer todo lo posible para que se recupere.

—¿Déjeme cuidar de él?

—Por supuesto…La dejo un momento, vuelvo de inmediato.

El doctor salió de la sala y la rubia con mucho cariño comenzó a acariciarle la frente a su abuelo, sintiendo un gran temor de perderlo justo ahora que la vida le había dado la oportunidad de conocerlo. En ese momento se sintió culpable pensando que tal vez lo que le había pasado a su abuelito era una señal, o mejor dicho un castigo por querer escaparse con Terry de una manera que no correspondía.

Minutos después entro Albert para saber cómo se encontraba el señor Edwards.

—¿Pequeña cómo está tu abuelo? –le preguntó.

—A mi abuelo le dio un infarto, tengo miedo que se muera –le respondió abrazándolo.

—Tranquila pequeña, tu abuelo no se va morir.

El anciano comenzó a reaccionar.

—Mi... querida nieta... estas aquí... –le dijo con una voz entre cortada.

—Abuelito te vas a poner bien –le dijo ella con dulzura - Yo te voy a cuidar para que te recuperes. Hay tantas cosas que tenemos que hacer juntos.

—Lo se…Candy, pero no sé si tenga las fuerzas para poder seguir viviendo.

—Se tiene que poner bien señor Edwards –le dijo Albert –Recuerde que tiene que entregarme a Candy el dia que nos casemos.

—Me hubiera gustado tanto poder estar el dia de su boda...

Candy se quedó en silencio pensando en las palabras de su abuelo, él deseaba tanto que se casara con Albert, que ella no podía quitarle esa alegría a ese hombre que estaba ahí con riesgo de morir. Habían sido muchos años sin saber quién era su familia, que no podía dejar a su abuelo ahora que el más la necesitaba. Aunque le doliera en el alma tenía que tomar una decisión, una decisión que mandaría al carajo todos aquellos planes que tenía con Terry. Una decisión que la haría renunciar al hombre que amaba nuevamente y una decisión que cambiaría su vida para siempre.

—Y así va ser abuelito, tú me entregaras a Albert el dia de mi boda…-le dijo Candy con sus ojos llenos de lágrimas y con seguridad.

—Eso me aria muy feliz... mi querida nieta... –le dijo el señor Edwards con una leve sonrisa.

Candy le dio un beso en la frente, pensando que ahora venía lo más difícil decirle a Terry que no se iría con él.

...

Más tarde Fabiola llegó al hospital, para saber cómo se encontraba su padre.

—¿Cómo está papá? –le preguntó a Sally que estaba en la sala de espera del hospital.

—Reacciono. Candy lo está cuidando.

—¡Candy!

—Sí, ella trabaja en este hospital.

—Lo último que me faltaba que esa muchacha trabaje aquí.

—¿Mamá dime la verdad estuviste discutiendo con el abuelo?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Por qué él siempre se pone mal cuando discute contigo.

—Sí, pero todo fue por culpa de Candy.

—¿Que tiene que ver ella?

—Tu abuelo le quiere dar el apellido Edwards e incluirla en su testamento -le contó Fabiola con rabia.

—Y que tiene de malo eso mamá, ella también es su nieta.

—Nosotros merecemos quedarnos con todo, no Candy, es una aparecida.

—¡Eres muy ambiciosa mamá!

—Solo estoy defendiendo lo que nos pertenece hija. Parece que se te olvida que tu padre cuando murió no nos dejó nada.

—Lo se mamá…

—Entonces no te metas en mis asuntos, yo sé lo que hago. No voy a dejar que Candy se quede con el dinero de mi padre, eso te lo aseguro –dijo Fabiola con una mirada llena de ambición.

—Estas muy mal mamá –dijo la joven sintiendo temor de la actitud de su madre, que la podía llevar a cometer alguna locura.

Por la tarde Candy se fue a la estación, donde Terry la estaba esperando ansioso para irse juntos a Nueva York. Ahí comenzarían una nueva vida, una vida que ambos se merecían por todo lo que sufrieron en el pasado por su triste separación. Pero ahora las cosas sería diferente, ya nada ni nadie se opondría a su amor y solo la felicidad seria su compañera.

—Pecosa –la nombró el al verla llegar –Subamos de inmediato, el tren está por partir.

Ella lo miró con sus ojos llenos de lágrimas.

—Lo siento Terry, pero no voy a irme contigo a Nueva York.

—¿Que…?

—¡Que no puedo irme contigo! Mi abuelo se puso muy enfermo, el me necesita, no puedo dejarlo así.

—¡Pecosa tú no puedes hacerme esto, tienes que venir conmigo! –la tomó por los brazos –Olvídate de tu abuelo, de Albert, de todos, solo piensa en lo felices que vamos a ser juntos.

—¡No Terry! –se soltó de el bruscamente sintiendo que su corazón una vez más se rompía en mil pedazos –Comprende que no puedo dejar a mi abuelo, se puede morir.

—¿Vas a sacrificar nuestro amor por tu abuelo?

—Si Terry. Es mi familia, lo acabó de encontrar, no podría irme tranquila dejándolo así. Al parecer el destino no desea que estemos juntos.

—¿Te vas a casar con Albert?

Ella bajó la mirada sin tener las fuerzas para responder.

—¡Dímelo Candy te va a casar con Albert! -le exigió zamarreándola por los brazo -¡Dímelo de una vez!

—Si…voy a casarme con él. Es lo que quiere mi abuelo y lo voy a complacer.

Terry la soltó sintiendo que se le helaba la sangre, no podía creer que nuevamente estaba a punto de perder al amor de su vida. Realmente el destino se estaba ensañando con el, siempre le estaba poniendo ostaculos para que no fuera feliz. Antes habia sido Susana y ahora el abuelo de Candy se estaba interponiendo en su felicidad junto a su pecosa, pero esta vez no lo iba a permitir, no iba dejar que Candy lo dejará.

—¡Candy tú no puedes hacerme esto! ¡Yo te amo! –la tomó por el rostro –¡Mi amor recapacita, vámonos juntos si te casa con Albert vas hacer muy infeliz con él!

—Lo siento, mi decisión está tomada…Olvídame Terry, que yo haré lo mismo contigo –le dijo Candy saliendo corriendo de la estación con el corazón destrozado, igual que cuando tuvo que dejarlo en Nueva York.

El destino no la quería al lado de aquel amor de adolescencia, sino al lado de Albert, él era su destino, ya no le cabía duda que así era y que por más que ella trato de negarse, el destino de ella y de él estaba escrito desde siempre.

Continuará...


Hola mis lindas chicas.

Aqui les dejo otro capitulo, espero que les guste. Muchas gracias a todas las chicas que siguen leyendo la historia y comentandola, tambien a las que la han colocado en sus favoritas y a las que leen anonimamente, mil gracias a todas por su apoyo.

Saludos para :

Silvia, Mary silenciosa, Awylin0440, Nina, Isasi, Stormaw, Alebeth, Elo Andrew, Karina, Guest, MadelRos, tutypineapple, C.C. Suu, Alexy fanalbert, Lizita, clauygc, K.e.c.s, Adoradandrew, sayuri1707, Enamorada, iurinibe, Jennifer, Ster star, jeanete perez.

Besitos para todas, que tenga un lindo fin de semana.