Capítulo 4: Dime, niño, de quién eres

"Yo soy tu padre".

"Yo soy tu padre".

"¡Yo soy tu padre!".

"¡YO SOY TU PADRE!".

Esa frase le hacía eco en la cabeza, retumbaba en su cerebro una y otra vez para que no se le olvidase jamás. Al separarse de Yoh y chillar lo que no podría ser, sí lo era, Yoh Asakura era su padre, y las comparaciones y similitudes así lo corroboraban. No había duda alguna, pero… ¿por qué le costaba tanto aceptarlo?

- ¡No! ¡Tú no eres mi padre! –exclamó Hana, pateando el suelo–. ¡No! ¡No es verdad! ¡Mientes!

- Hana… –susurró Yoh, ya se lo temía, Hana se pondría furioso con él.

- ¡No me llames por mi nombre! –negó con la cabeza el niño, que estaba nerviosísimo–. ¡No te acerques a mí! ¡Tú no eres mi papá!

- Hana, escúchame, por favor… –se acercaba a él con gesto tranquilizador.

- ¡NO QUIERO ESCUCHARTE! ¡UN PADRE NO ABANDONA A SU HIJO, SI DE VERDAD LO QUIERE! ¡Y SI SUPUESTAMENTE ERES MI PADRE, NO ME MERECES COMO HIJO TUYO!

Yoh se quedó paralizado con esas palabras. Al ser tan pequeño, Hana poseía un vocabulario bastante más maduro y avanzado que los niños de su edad. Su hijo empezaba a tenerle rencor… y eso que antes quería conocer a su padre y saber de él. ¿Por qué esa contradicción? ¿Todo se había volcado por haberlo abandonado?

- ME DA IGUAL SI ERES EL SHAMAN KING COMO SI ERES UN HIPPIE QUE FUMA PORROS, PERO TÚ NO ERES MI PADRE. ¡LARGO DE MI HABITACIÓN!

- Hana, en serio, escúchame, te puedo explicar lo que ocurrió… –se quedó de rodillas junto a él el hombre de cabellos castaños.

En estos momentos, Hana no sabía ni qué pensar. Su nerviosismo daría paso a empezar a llorar si no se hacía algo a tiempo, tal era su rabia, su coraje, su ira, su impotencia… Un desconocido de buenas a primeras se planta y le dice que es su padre… ¿Cómo podía aceptarlo, si todavía el reencuentro no estaba entre sus planes y, mucho menos, en la forma de conocer a su padre?

Anna, oculta desde el quicio de la puerta, se llevó las manos a la cabeza, angustiada y con un dolor en el estómago insoportable. Si no quería ver a su verdadero padre, a ella mucho menos, y desde luego, ella era la verdadera madre, no Tamao. ¿Cómo se tomaría Hana aquella impactante noticia, que de por sí ya lo era? Apoyó la espalda y se deslizó hasta sentarse en el suelo, poniendo su rostro entre sus rodillas flexionadas y éstas estaban rodeadas por sus brazos, sin olvidar que el llanto estaba presente en ella desde hacía un buen rato, un llanto inaudible para su hijo, que estaba pendiente en poder asimilar todo lo que su cerebro recibía y que le costaba muchísimo poderlo digerir.

Al final, Hana comenzó a llorar y al estar tan cerca de Yoh, golpeaba con sus pequeños puños el pecho de su padre, mientras el niño repetía una y otra vez "No" al compás de sus golpecitos, hasta que, después de unos minutos, se cansó del golpearle y solamente lloraba. Sus lloros sonaban a rugidos, gritaba a la vez que lloraba, ponía su garganta en plena potencia, incluso le daba igual si Tamao y Ryû le oían, en esos momentos no pensaba en nada, sólo en llorar y llorar para desahogarse. Yoh aprovechó el momento para tranquilizar a su hijo y abrazarlo, siempre él con una tranquilidad infinita para transmitírsela al pequeño Asakura. Sin embargo, era difícil consolarlo aunque se dejó abrazar por su padre. Y su madre no se atrevía a mirarlos, a enfrentar la situación… ¿Desde cuándo ella tenía miedo? ¿La gran Anna Kyôyama no se enfrentaba a grandes situaciones bastante más complicadas y ahora no? ¿Qué pasó con su entereza, con su fuerza, su imponencia…?

El bultito que tenía Yoh entre los brazos se iba calmando, hipaba de vez en cuando, y sus lágrimas empapaban su blanca camiseta holgada y se arrugaba por las manos del pequeño, que estaban fuertemente sujetas a la camiseta. Las frases que decía Hana quedaban incompletas y entrecortadas por sus hipos, y le costaba mucho respirar por la llorera. Fue un milagro que, por fin, después de un pequeño rato, dejara de llorar e hipar, y que estuviera algo tranquilo. Levantó su cabeza, su rostro estaba lleno de lágrimas y con su mirada le exigió una explicación a Yoh.

- ¿Por qué? ¿Por qué me dejaste? –preguntó el niño, con voz quebrada y afligida por el lloro–. ¿Por qué me abandonaste? Dímelo…

- Sé que quieres explicaciones, y te las voy a dar. Pero no me tengas rencor… ni me odies, porque todo tiene una explicación y un sentido. Me ha costado bastante decidir sobre lo que iba a hacer…

- Explicaciones, explicaciones… ¡Explica ya! –se inquietó Hana, removiéndose un poco entre los brazos del castaño.

- Primero, estate tranquilo. Segundo, no seas impaciente. Tercero, que sí, que te lo contaré todo, peeero… –Yoh dejó suspense en su diálogo con su hijo– mejor será que te lo cuente mientras los dos nos bebemos un zumo de naranja, ¿trato hecho?

Yoh le tendió la mano para sellar el trato, no obstante Hana miraba la cara de su padre y la mano que le ofrecía para estrechársela. La verdad es que aquél hombre se mostraba muy pacífico con él (cómo no, con esas pintas de hippie, quién lo diría…), no le gritaba, ni le chillaba, ni era severo ni nada por el estilo (Tamao sí que lo era, bueno, más que nada, era exigente). Él quería hablar distendidamente, con tranquilidad y le iba a responder a todo. Y cómo no olvidarlo… ¡con un zumo de naranja bien fresquito! Eso último lo motivó y apretó la mano de Yoh con sus dos manos, aceptando la oferta como si hubieran hecho un trato de negocios. Yoh sonrió y se levantó para ir a por los zumos, mientras le decía "Quédate ahí, que voy a por los zumos. ¡Enseguida vuelvo!".

El shaman no se esperaba que su mujer estuviera detrás de la puerta, acurrucada en el suelo y con el rostro lleno de lágrimas, recordándole a su hijo que estaba así hacía unos minutos. Se acercó a ella y la abrazó, diciéndole tranquilamente al oído su típico "Todo saldrá bien" y le dio un suave beso en los labios que Anna no rechazó. Le secó las lágrimas con los dedos pulgares y le sonrió, diciéndole que iba a la cocina para traer a la habitación unos vasos de zumo de naranja. Anna sólo asintió con la cabeza y le devolvió el beso, para después ambos levantarse lentamente.

- Anda, entra –le indicó su marido, señalando con la cabeza la puerta de la habitación–. Le explicaré todo, y necesito que estés conmigo. Recuerda que es tu hijo.

- No sé si entrar, Yoh. Prefiero estar al margen…

- ¿Tú, al margen? Mira, como no me hagas caso ya verás… Anna, eres su madre, y te necesita. Tarde o temprano apareceríamos en su vida y tendríamos que contarle la verdad. Nos hemos enfrentado a cosas mucho peores… Aunque… el sufrimiento y la situación de una madre no se puede comparar –dijo Yoh, acariciando el rostro de Anna.

- Por eso, esto… es totalmente distinto –ella se encogió de hombros cuando él la acarició… le dio un cosquilleo tal por la espalda…

- Pero eso no es mostrar debilidad o lo que sea. Eres una madre que sufre y, sobre todo, siente, y ya está. A mí no me extraña que estés así… porque en estos años que hemos vivido juntos ya te conozco demasiado bien como para ver a través de tus ojos los sentimientos que ahora te embargan.

- Es verdad, me conoces demasiado bien –sonrió melancólicamente la sacerdotisa–. Supongo que no tendré más remedio…

- … que enfrentar la realidad. Al principio el niño se ha puesto enfadado como un toro, pero ahora es manso como un gatito, así que no te preocupes, que si se pasa de la raya lo tendré todo controlado. Jiji, no llores más, que no merece la pena. ¡Ya tenemos a Hana con nosotros!

- … –Anna se quedó callada, prefirió no seguir hablando.

- Bueno, silenciándote no conseguirás evadirte de la realidad. Yo sé que tú puedes con ello. Tú tranquilízate, ya sabes que para todo hay una solución, jijiji. Además, estamos en esto los dos juntos, no estarás sola –decía Yoh acariciando los brazos de su esposa.

- Está bien. Me has convencido, entraré –la sacerdotisa torció el gesto mientras hablaba–. Aunque no te prometo nada de que todo vaya a salir perfecto…

- La perfección apenas existe. Pero en serio, no tengas miedo. Que si ambos iniciamos esto, juntos tendremos que solucionarlo. Yo hace nada tuve la primera toma de contacto con el niño, ahora te toca a ti, sino sería muy injusto. Bueno, ya voy a por los zumos que entonces Hana se extrañará de que tarde tanto –Yoh le dio un beso en la mejilla a su esposa y bajó las escaleras en dirección a la cocina.

Anna y la puerta. Nervios a lo desconocido (lo desconocido era la reacción que tomaría Hana al verla). Respiró hondo unas cuantas veces, suficientes para pensar cómo se iba a aparecer o qué iba a hacer o hablar. Cogió el pomo de la puerta con una mano bastante temblorosa, tragando saliva con brusquedad y ruidosamente. Fue entonces cuando decidió abrir por completo la puerta corredera del cuarto y encontrarse a un niño rubito de espaldas a ella. El corazón le dio un vuelco, el pequeño se estaba girando para mirarla y para saber quién había abierto la puerta de la habitación.

Cuando Hana giró su cabeza para mirar, vio a una bella mujer rubia de cabellos muy largos. Se quedó sorprendido, era muy guapa, su cabello tan largo, con ligeras ondas, brillando como el Sol y adornado con una fina cinta blanca alrededor de su cabeza; unos ojos oscuros penetrantes, del color del café, que emitían un brillo especial; una perfecta y perfilada nariz, así como una fina boca y jugosos labios… Le impactó mucho su rostro, en general, aunque le pareció rara la indumentaria que llevaba: su cuerpo delgado llevaba un vestido estampado de corazones… Vaya, parecía una hippie. ¡Un momento! ¡Esta mujer no sería…!

- Qué guapa –murmuró Hana, con la boca abierta y los ojos como platos.

- ¿Eh-eh? –se asustó Anna ante las palabras de su hijo.

- Uy, perdón –se disculpó el niño–. Es que… me parecía usted muy guapa…

- "No me ha reconocido…" –pensó Anna, mirando con ojos tristes al rubio… su madre, para él, era Tamao.

- Por cierto… ¿qué hace usted aquí? ¿Busca algo o a alguien? –preguntó Hana con curiosidad.

- A alguien… Busco a un hombre de pelo castaño, que viste holgado…

- ¿Yoh? –respondió el shaman, apareciendo con dos grandes vasos de zumo de naranja, sonriendo a ambos y sentándose en el suelo al lado de su hijo.

- ¡Qué pronto has venido! –se alegró Hana, cogiendo el vaso y dando un trago con gusto–. Venga, cuenta, cuenta, no tengo todo el tiempo del mundo, que seguro que mamá nos dirá dentro de un momento a otro que bajemos a comer.

Yoh y Anna se miraron con cara de circunstancias, al parecer habría muchas cosas que explicar… empezando por su familia, su verdadera familia. Yoh bufó y Anna suspiró con pesadumbre, no iba a ser tan fácil…

- ¿Cómo se llama tu madre, Hana? –preguntó Yoh, a ver si el niño se daba cuenta o no.

- Tamao… –contestó el niño, algo desconcertado–. ¿Por qué?

- "Veo que no se ha dado cuenta para nada. Se supone que tendría que saber el nombre de la supuesta madre, pero él no se ha dado cuenta en absoluto. Vamos a ver cómo abordamos esto" –pensaba Yoh, con los ojos en blanco ante la respuesta de su hijo. Cogió de nuevo la foto de familia y se la entregó a Hana–. Mira de nuevo la foto, anda.

Hana miraba de nuevo la foto en donde estaban sus padres de adolescentes y él era un bebé casi recién nacido. Escudriñaba con la mirada los mínimos detalles, ¿había algo que no encajaba?

- Somos mamá, tú y yo. Aunque ahora mi madre tiene los ojos como rosados y el pelo un tanto anaranjado… Qué cambio ha dado cuando se ha hecho mayor… –comentó Hana, algo extrañado por el cambio de look de su madre.

Yoh se llevó una mano en la frente, si Hana no se daba cuenta de la diferencia… es que no es un gran observador. Ya le comentó que la chica de la foto, Anna, en ese momento era su esposa y la madre de Hana. Aunque no se acordaba si le dijo el nombre en ese momento al enseñarle la foto…

- Yoh –le susurró Anna al oído, con mucha preocupación–, tenemos que hacer algo… parece ser que yo, aquí, no pinto nada.

- Tranquila, le estoy haciendo ver que la chica de la foto no es Tamao, para que se dé cuenta de que tú si eres su verdadera madre –la tranquilizó el castaño.

- ¿Tan seguro estás?

- Completamente –dijo sonriendo el shaman–. Tú confía en mí.

- Perdón… ¿De qué quería hablar con mi papá? –preguntó Hana a Anna con mucha educación.

- No la hables de usted, Hana –rió Yoh–. Ella es mi esposa. Se llama Anna.

¿Cómo? ¿Qué? ¿Su esposa? No, no, no y no. Aquí hay un error. Si él era su padre… ¿qué pasaba con su madre? ¿Qué pasaba con Tamao? ¿Que, de todas maneras, ya eran una familia rota? ¿Por eso Tamao no hablaba ni comentaba absolutamente nada de su padre?

- ¿Te has divorciado de mamá? –se enojó Hana, tentado en tirar de los pelos a su padre.

- ¡No! ¡Qué va! Llevo casado con Anna desde que te tuvimos –explicó Yoh, y el "nosotros" se refería claramente a él, Hana y Anna.

- ¿Entonces qué fue mamá para ti? ¿¡Nada!? ¿¡Una novia de quita y pon!? ¡Y yo soy hijo de una madre soltera y por eso te daría vergüenza de estar con nosotros! –la rabia de Hana hacía que no pensara y reflexionara con lucidez.

- Hana, tranquilízate. No es eso lo que tú estás pensando. A ver, ¿qué te he dicho antes?

- Que me tranquilizara –recitó Hana, con muy mal humor.

- Bueno, realmente no me refería a eso, pero bueno… Yo me refería a lo que te dije cuando te comentaba la foto –la tranquilidad de Yoh era sorprendente en situaciones de tensión.

A ver, ¿qué fue lo que dijo? Hana se ponía a pensar y a estrujarse el cerebro para recordar las palabras exactas de su padre…

Flashback

- No me digas que éste eres tú –dijo Hana, señalando a su padre de joven.

- Sí, ese soy yo… y aquella chica rubia es mi esposa… –explicó Yoh, señalando con un dedo a Anna, que sostenía al bebé.

- Sois muy jóvenes, tendríais 15 como mucho… ¿Tan pronto os habéis casado? –se sorprendió el muchacho de cabellos dorados.

- Sí, más que nada porque… teníamos un hijo –el dedo de Yoh se dirigió al bebé rubito de la foto.

Fin del Flashback

Hana abrió los ojos como platos al ver a Anna, y después la foto. Anna y la foto, y así varias veces. Más piezas encajaban en el rompecabezas. Pero muchísimas más. El parecido de la chica de la foto con la de la mujer era considerablemente evidente. Y las palabras de su padre fueron claves. La chica rubia de la foto ya estaba casada con su padre porque ya le tenían a él. Ahora su padre le ha dicho que esa mujer ha sido su esposa siempre, desde que él nació. La chica rubia era su madre… y la bella mujer que tenía enfrente… ¡¿era su madre?!

- Ya lo has captado… –empezó a decir Yoh, viendo la reacción de impresión de su hijo.

- …

- Hana… –susurró Anna, apenada.

- Todos estos años… ¡He vivido una mentira! –chilló Hana, su cabeza daba vueltas, tantas cosas en un día lo iban a dejar loco–. ¡Una auténtica mentira! ¡Mis padres me han abandonado! ¡No sólo mi padre, sino también mi madre! ¡Me han dejado con unos desconocidos! ¡ME HABÉIS DEJADO SOLO!

Anna estaba horrorizada, viendo a su hijo llorar histérico, clamar con rabia y dolor, sacando del armario unos cuantos juguetes y tirándolos al suelo sin importarle que se rompieran. Yoh no sabía qué hacer, parece ser que siempre Hana estaba con mal carácter o que hoy no era su día. Pero nadie se esperó que alguien entrara en acción: la mismísima Tamao. Hana se fue corriendo a las piernas de la que era su madre, quería que lo consolara, quería que echase fuera a esos dos inquilinos y que no apareciesen jamás por el balneario.

- ¡Mamá! –lloraba Hana, casi suplicando–. ¡Dime que eres mi mamá! ¡Dímelo!

Tamao miró al pequeño y después a los padres de éste. Nunca había visto a Anna tan mal, y a Yoh se le notaba la tristeza y la desesperación en la mirada. Volvió a mirar al de los cabellos rubios, se quedó de rodillas y le acarició la cara con una sonrisa algo amarga.

- Lo siento, pequeño Hana –Tamao empleó su antiguo lenguaje lleno de respeto y modales con el niño que cuidó durante años–. Pero yo no soy tu madre. Tu verdadera madre es la señorita Anna. Y tu padre es el joven Yoh.

- Tú… ¿Tú también? –Hana no lo podía creer, parecía una pesadilla–. ¡NO ENTIENDO LO QUE ESTÁ PASANDO!

Tamao lo cogió en brazos y lo abrazó, haciendo que Hana se quedase en estado de shock. En muy pocas ocasiones le abrazaba de esa manera, con tanto sentimiento y ternura, más bien ella era arisca y seria, y sin embargo…

Se sentó en el suelo, haciendo los cuatro un corro, y Ryû, que también escuchó los lloros de Hana, se unió, integrándose en aquella reunión tan particular. El mundo de Hana, tal y cómo lo conocía, se iba desmoronando, quisiera o no. Las cosas no estaban claras, y se tenían que aclarar ya.

- Siento mucho esto. Pero algún día esto iba a pasar –dijo Tamao, haciendo una inclinación a Yoh y a Anna.

- Es mejor que estemos aquí todos. Porque nosotros cuatro lo sabemos todo y el señorito Hana no sabe nada –Ryû se quitó las gafas de sol, descubriendo una mirada seria a la vez que preocupada.

- ¡Sí, no sé nada, y exijo a todos una explicación! –bramó Hana, mirándolos a todos casi con odio, se sentía traicionado.

- Ya sabes que tendrás una explicación, Hana –dijo Yoh, acariciando el pelo del niño, pero éste estaba incómodo con el toqueteo que hacía su padre en su cabello, por tanto Yoh lo dejó tranquilo sin hacerle nada–. Así que no te preocupes por ello.

- ¿Y por dónde deberíamos de empezar? –preguntó Ryû, nervioso (necesitaba un cigarrillo urgentemente).

- Pues por… el principio, ¿no? –todos cayeron hacia atrás con una gota en la cabeza por el comentario del castaño.

- ¡Eso no ha tenido gracia! –chilló el rubito, de mal humor, cogiendo a su padre del cuello de la camiseta y zarandeándolo.

- Jeje, era para que el ambiente no se tensase tanto –se disculpó el hombre, rascándose la cabeza, mientras Hana le sacó la lengua y dejó su camiseta en paz.

- Vayamos por partes –carraspeó Ryû–. Hana, ellos son tus padres, pero Tamao y yo sólo ayudábamos en el balneario.

- Ryû, si empiezas así vas a hacerle un cacao mental al niño –salió del ihai Tokagerô.

- Siempre tienes que salir en los momentos más indicados, ¿no? –dijo con ironía el hombre del tupé a su espíritu acompañante.

- Si vais a empezar a discutir, mejor hacedlo fuera de la habitación, por favor –ordenó Anna, con una vena en el sien y el rostro algo serio.

- S-sí, Doña Anna –asintió el de la espada de madera, avergonzado, y después mirando mal a Tokagerô–. Prometemos no discutir.

- Mucho mejor. Bueno, creo que las partes se deberían de presentar, más que nada –Anna se cruzó de brazos, mirando a Yoh.

- Humm. Tienes razón –afirmó el Asakura–. Escucha con atención lo que vamos a decirte, Hana.

- Me estoy aburriendo. ¡No decís nada importante! –se quejó el pequeño, algo enfadado.

- Hana, claro que sí te diremos cosas que te van a importar mucho. En primer lugar, yo soy tu padre, y me llamo Yoh Asakura. Si quieres que te diga cuántos años tengo y mi signo del zodíaco eso ya para otra ocasión, ¿eh? –bromeó en último lugar el de cabellos largos.

- Mira que eres, Yoh… –lo renegó su mujer–. Bueno, yo soy tu madre, y me llamo Anna, como ya sabes.

- Anna Asakura, perdona. Es que ese detalle se le olvidó. Pero todos la conocemos como Anna, la itako, o con su antiguo apellido antes de casarse conmigo: Kyôyama. Jejeje –puntualizó el shaman.

- Tampoco era tan necesario ese detalle…

- Pequeño Hana, yo soy Tamao Tamamura, y he estado con la familia Asakura desde que era muy pequeña, donde me ha ayudado mucho y me ha fortalecido como shaman. Gracias a tu abuelo, soy una buena shugenja –Tamao volvió a hacer una inclinación, pero dirigida a Hana.

- Y yo soy Ryû, el del bokutô o espada de madera, jeje. Siempre buscando mi lugar favorito, pero ese lugar siempre ha estado aquí, en donde esté Don Yoh. Tu padre me ha ayudado mucho, que lo sepas, chavalín. Y aquí, en el balneario, me siento como en casa, porque sé que Don Yoh y Doña Anna confían en mí, por eso estoy de cocinero, preparando buenos platos para todos los huéspedes –orgulloso, Ryû se levantó con una mano empuñándola hacia el cielo y de fondo aparecía una ola gigantesca rompiéndose detrás de una enorme roca mientras el Sol rojo brillaba en todas direcciones.

- Jeje, tú no cambiarás, amigo mío –sonrió Yoh–. Bueno, todo empieza cuando en el año 2000 comienza el Shaman Fight, es decir, el Torneo de Shamanes. Yo pasé la prueba como otros más. Por el camino iba conociendo a las personas que tú ya habrás visto y que eran los Cinco Guerreros: Ren Tao, Horo Horo Usui, Lyserg Diethel, Chocolove McDonell. Y bueno, no sólo a ellos, también a Ryû y a Fausto VIII (que en paz descanse). El Torneo se traslada a América…

Yoh contaba con detalles lo que le ocurrió en el Torneo de Shamanes, no se dejaba absolutamente nada, ni siquiera ocultó lo de su hermano Hao Asakura y sus planes de acabar el mundo humano para solamente crear un mundo donde sólo existan y habiten shamanes. Se acordaba de todo como si todo lo que contaba hubiese ocurrido ayer. Hana supo la verdadera historia de Redseb y Seyrarm (ahora, como era periodo de vacaciones de verano, los dos niños estaban en la mansión Asakura de Izumo con Keiko, Kino y Yohmei), el Golem, los Soldados X, el plan de los Gandhara con la misión que deberían cumplir los Cinco Guerreros, la aventura en el Infierno…

El niño escuchaba con atención, la historia que le contaba su padre le interesaba muchísimo, no sabía que su padre y sus amigos pasasen por semejantes desafíos, peligros y aventuras. Y al final de todo, Yoh se convirtió en el Shaman King, a pesar de que antes Hao lo era. Hao se dejó morir (total, podría renacer dentro de otros 500 años, cosa que Yoh no podía hacer porque no tenía esa capacidad), y le entregó uno de sus pendientes de estrella.

- Aquí está –les enseñó a todos el pendiente, Hana observó con curiosidad aquél pendiente plateado y Yoh volvió a colocarlo en su cinturón como si fuera un adorno–. Sé que ahora sí puedo contar con él, y está feliz con el espíritu de su madre. Incluso con este pendiente, puedo llamarle y conversar con él. Es bueno tener a alguien con mucha experiencia, jeje.

- Vaya, no sabía que tenía un tío malvado –se encogió de hombros el rubio.

- Ya no es malo, así que tranquilo. Y bueno, las bolas que viste… pues ya sabrás qué son…

- ¡Los Cinco Grandes Espíritus Esenciales de la Naturaleza! –cayó en la cuenta Hana, con la boca abierta.

- Exacto –asintió con la cabeza el castaño–. Y el triángulo, una vez que encajas las cinco piezas, conforma…

- El Gran Espíritu…

- Que posee el Shaman King –complementó la frase Yoh.

- ¡Alucinaaante! –exclamó emocionado Hana–. ¡El Súper-Mega-Híper Poderosísimo Gran Espíritu!

- Aunque siempre Amidamaru será mi espíritu acompañante favorito, jejeje –confesó Yoh; Amidamaru, desde un principio, con la discreción que le caracterizaba, escuchaba desde detrás de la puerta la conversación y, al escuchar eso, se abalanzó hacia su amo en forma de bola de energía.

- ¡Amo Yoh! ¡Amo Yoh! ¡Cuán me place oír tales palabras! ¡Le eché muchísimo en falta! –lloraba Amidamaru, muy emocionado.

- Yo también te he echado mucho de menos, amigo mío. Gracias por cuidar de Hana. Has sido un buen espíritu acompañante para él, por eso te confié esa tarea y veo que la has cumplido perfectamente.

- Dejémonos de sentimentalismos, ¿vale? Ya tendréis tiempo de deciros cosas y rememorar viejos tiempos. Todavía no hemos terminado –les advirtió Anna, aunque Yoh y Amidamaru no se quejaron, es verdad, ya tendrían tiempo para estar más tiempo juntos.

- Jeje, los reencuentros son siempre emocionantes. Bueno, ahora toca lo más interesante. Una vez terminado el Torneo, volvimos a Funbarigaoka, a la pensión. Aunque nuestra vida, en ese momento, no volvió a ser la misma. Primero, porque era el Rey Shaman, y segundo, ya estabas en camino. Así que al cabo de un mes, tu mamá y yo nos casamos.

Yoh sacó de su pantalón otra foto, pero ésta era diferente. En el centro de la foto, aparecían su padre y su madre, vestidos con los tradicionales kimonos de la ceremonia nupcial. La barriguita de Anna era algo notable, pero toda ella era muy hermosa; atrás de ellos, aparecían los demás familiares: Hana vio a sus dos abuelos y a sus dos bisabuelos. Y en una esquina de la foto, la cara de Horo Horo haciendo una gracieta.

- También vinieron los demás, cómo no. Me hizo muy feliz que vinieran. Suerte que por aquél entonces, tu abuelo seguía viviendo, antes de que sufriera el accidente de tráfico. Aunque, Anna… no entiendo todavía por qué estabas tan seria… –contaba Yoh.

- Yoh, sabes que no estaba entre mis planes casarme tan pronto, y más por las circunstancias en las que nos encontrábamos –le explicó su mujer, suspirando–. Tu familia lo sabía, pero tus amigos no. Eso lo entiendes, ¿verdad?

- Y menos mal que sobre todo mis abuelos lo aceptaron… ¡Una chica de 15 años, fuera del matrimonio, esperando su primer hijo! –teatralizó con "tragedia" el padre de Hana–. Como si no fuese un escándalo… Pero qué más da, lo aceptaron e incluso se alegraron… porque por fin la familia Asakura prolongaría su estirpe… aunque fuese antes de tiempo.

Anna sólo sonrió con ironía, al igual que Ryû, pero Tamao miraba a la pareja triste, en el fondo, tenía envidia de que se llevasen tan bien… Al fin de cuentas, ellos ya eran una pareja, estaban casados, y la prueba de que se querían era Hana. ¿Alguien se fijaría en ella? ¿Tendría una familia, un marido, hijos? ¿Algún día podría alcanzar su sueño de ser una cantante de canciones tradicional?

- Pero no todo iba a ser un camino de rosas… –murmuró Anna.

- Tienes razón. Al poco tiempo, los organizadores de la Shaman Fight de la aldea Pache me informaron de una cosa… y sólo había pasado un mes desde que nos casamos.

- ¿Qué fue? ¿Qué te dijeron? –Hana estaba ansioso por saber.

- Con tanto ajetreo no se produjo mi "coronación", y ni siquiera había recibido al Gran Espíritu como espíritu acompañante del Shaman King. Aunque podría decirse que las Cinco Esencias eran como su… pilar, por así decirlo, o su ayuda o como las partes en las que estaba formado. Seis espíritus de una vez… ¡caray! –parecía que Yoh sudaba horrores cuando lo recordaba–. Cuando nos enfrentamos a Hao, sólo controlaba al Espíritu de la Tierra, y más o menos me manejaba bien con él… pero con los otros espíritus era algo ya… que vamos, ¡que me quedaría K.O. en el intento! ¡Ni qué decir con el Gran Espíritu!

- En otras palabras, quiere decir que tenía que ir a la aldea de los Paches para que se produjera, como él dice, la coronación y la entrega del Gran Espíritu. Pero tu padre sabía que manejarlos a todos iba a ser difícil, incluso los paches lo sabían, así que decían que se quedara en la aldea para un entrenamiento especial del Shaman King –explicaba Anna a su hijo.

- Un entrenamiento que duraría años… si no resultaba factible a los tres primeros meses de entrenamiento. Es manejar una fuerza todopoderosa… y de verdad, no es fácil ser el Rey Shaman. Es mucha responsabilidad, tener un cargo tan importante a tus espaldas, dependen de ti todos los shamanes que habitan sobre este planeta… Poseer un alma que no flaquee nunca, ni se tambalee por ninguna circunstancia.

- ¿Por eso me dejasteis? ¿Por un estúpido entrenamiento? –inquirió el niño, algo dolido.

- Es que había algo más… pero eso deben de saberlo los Cinco Guerreros –decía con algo de misterio Yoh, haciendo que Hana se mordiera el labio inferior, suplicando que le contara–. Te prometo que cuando les diga, te lo diré a ti. Ese algo más es muy importante y es la verdadera causa por la cual te tuvimos que dejar con Tamao y Ryû.

- … Vale, esperaré un poquiiito más –tanto suspense y tanto misterio por no desvelar la verdad iban a desesperar al pequeño Hana–. Pero no tardes, ¿eh? ¡Que quiero saberlo todo, no quiero más secretos! Y supongo que mamá lo sabe.

- Por supuesto. En estos años de ausencia, ella siempre estuvo conmigo. Lo que pasa es que Tamao y Ryû lo saben a medias –Yoh giró la cabeza a ellos para dirigirse hacia ellos–. No os preocupéis, que vosotros también os enteraréis de lo que ha sucedido. Sin vosotros, no nos volveríamos a reunir. Muchas gracias.

- De nada, Don Yoh –se sintió halagado el hombre del bokutô.

- Ha sido todo un placer –Tamao inclinó la cabeza como una reverencia.

- ¿… cuánto tiempo estuvisteis conmigo de verdad? –preguntó Hana a sus padres, tornando su cara triste.

- Desde que naciste hasta que cumpliste cinco meses –respondió Anna, cogiéndole de la mano. Hana sintió que su mano era cálida–. A los cinco meses y unas pocas semanas nos tuvimos que ir. Pero no podíamos dejarte solo, y mucho menos poderte llevar con nosotros, porque sería una locura, era bastante arriesgado. Y sé que crecer sin una madre… puede ser fatal para tu corazón y tu alma. No se vive con los valores fundamentales que te da una familia. Por eso… confié en Tamao. Sabía que ella te cuidaría casi como una madre y estaría pendiente de ti. Aunque veo que se ha tomado bastante en serio adoptar mi rol…

- Sólo quería parecerme lo más detalladamente posible a usted, señorita Anna, para que no hubiere ningún indicio de sospecha o algo así. Solamente hacía mi cometido y adquiría mi papel –se encogió de hombros Tamao como signo de disculpa.

- Eso no te lo rebato. Imitas y actúas lo que has visto de mí. Hiciste lo que tenías que hacer. Pero también piensa que, con el tiempo, una persona puede evolucionar e incluso cambiar, eso sí, sin perder su esencia, sin perder su identidad. ¿No habías pensado que con la llegada de mi hijo, en vez de comportarme como solía hacerlo, lo hiciese de una manera totalmente distinta?

- No lo pensé mucho. Pero… también cuando mi conciencia me lo permitía, le dedicaba algo de cariño. En el fondo, Hana es un niño muy cariñoso, aunque parezca otra cosa. Lo que pasa es que me dejé guiar demasiado por lo que vi de usted… y quizás no me comporté totalmente como una madre. Yo, por dicha o por desdicha, no he tenido marido y no he podido gozar de la maternidad, por lo tanto, no sé qué es ser madre o cómo actúa realmente una madre con su hijo. Si cree que he fallado en algo, perdóneme.

- Has hecho lo que creías conveniente. Y no es necesario que pidas perdón. Yo confié en ti en encargarte esa tarea, y la has cumplido. Y sigo confiando en ti, que no quepa duda –le sonrió la sacerdotisa a la mujer de los cabellos rosados (sin olvidar que realmente su cabello lo tenía teñido de rubio para emular a la itako).

- Gracias por su confianza, señorita Anna –le respondió con otra sonrisa la shugenja, bastante agradecida.

- ¡Tampoco nos podemos olvidar de Ryû! –la risa de Yoh, tan característica, no podía faltar–. Bueno, a él no lo considerábamos exactamente como un padre para ti, pero sí como un… tío (pero si de hecho lo llamas así… para qué decirlo). Él sería tu protector, el que te defendía y apoyaba, el que te acompañaba a cualquier lugar si te hacía falta. E incluso en alguien en quien podrías confiar. Vamos, casi como un hermano mayor.

- ¡Vaya que sí me protegió! Tío Ryû, ¿te acuerdas cuando fuimos a América, vi a esos tipos y…?

- Hana, no digas más… –le murmuró entre dientes el hombre del tupé.

- ¿Qué pasó? –preguntó Tamao, mirando de forma sospechosa a Ryû.

- Nada, que fuimos para buscar y hablar con Chocolove, y hubo un pequeño problema. Pero no te preocupes, Tamao, que ya estaba solucionado –sonrió con exageración Ryû, aunque Tamao no le tragaba demasiado.

- ¿Sabes una cosa, Hana? –le susurró Yoh al oído de su hijo–. Tu mamá lloró mucho cuando nos tuvimos que despedir de ti.

- ¿En serio? –Hana se quedó alucinado por aquella confidencia.

- Sí, de verdad. Tu mamá te quería mucho, Hana. Muchísimo –le seguía susurrando, sabía que a Anna no le haría mucha gracia que alguien se enterase de aquello, aunque los que estaban presentes en la habitación lo habían vivido y presenciaron aquel momento–. Cuando eras un bebé, no se despegaba para nada de ti, dedicaba casi todo su tiempo en cuidarte. Y por lo que veo, estaba en lo cierto: sois muy parecidos tú y ella, incluso en el carácter y forma de ser, jeje.

Hana sonrió mientras miraba a su verdadera madre. Pensándolo mucho, tener a esa mujer como madre, en realidad, le gustaba. Era como si ella fuese distinta a las otras mujeres, tenía un "no sé qué" que la hacía especial. Un alma indescifrable, una forma de ser casi indomable, y una belleza extraordinaria. Sí, ella era su verdadera madre y… ¿se sentía orgulloso de ella? Luego miró a Tamao, aquella mujer que lo había cuidado durante el periodo de ausencia de sus padres. Sentía, en realidad, admiración por ella, y cuando se enfadaba, verdadero miedo. Si ella imitaba a Anna, es que entonces su verdadera madre era peor. Hana torció un poco la boca en señal de desagrado.

Pero… ahora entendía. Sus verdaderos padres le querían, Yoh y Anna le querían y mucho. Y él les echaba la culpa de, supuestamente, haberlo abandonado… cuando en realidad no querían hacerlo. Habían pensado en su bien y en su porvenir. Si él hubiera estado con ellos, asumiría muchos peligros. Por eso Yoh y Anna dejaron a Hana al cargo de Tamao y Ryû, para que en todo momento estuviera feliz y protegido, lejos de los riesgos y el peligro. Aunque, si desde el principio, Tamao y Ryû le hubieran contado la verdad, quizás la situación sería distinta, por ejemplo, Tamao no habría tenido la necesidad de adoptar un papel que no era suyo.

Ahora, su verdadera familia eran Yoh y Anna… y tendría que acostumbrarse a ellos y a la nueva situación, pero… no le desagradaba en absoluto porque… ¡por fin tendría una familia! La rubia miró de soslayo a Yoh y Hana, descubriendo que ambos estaban susurrando cosas y se acercó a ellos.

- ¿Qué estáis cuchicheando? –preguntó ella, mirándolos de forma inquisidora.

- Nada –contestó Hana, haciéndose el angelito–. Estábamos hablando de que eres muy guapa, mamá.

Mamá. En boca de su hijo, era la palabra más hermosa que había escuchado. En su mirada, se podía observar cómo la itako se emocionaba por esa simple palabra. La llamaba por lo que era: una madre. Y por supuesto, Hana había asumido que tanto Yoh como ella, eran sus padres. Sin embargo, sabía que en el fondo, Hana le estaba mintiendo, no pensaba que estuviesen hablando de su belleza, más bien de otra cosa y no querían que ella se enterase.

- Desembucha ahora mismo, Yoh –le ordenó su esposa, mirando a su marido directamente.

- Le he contado que cuando nos despedimos de Hana, lloraste mucho –confesó Yoh con total naturalidad–. Y que querías mucho a Hana cuando lo cuidabas de bebé. Ya está, ¿contenta?

- Sí, contenta –Anna sonrió y miró a Hana por un momento, hasta que giró su rostro y observaba a Tamao y a Ryû.

- Vaya, creí que nos regañaría, jijiji –rió Hana.

- Jijiji, lo mismo pensaba yo, jijiji –reía también el cabeza de familia.

- Ryû, míralos –señaló con la cabeza Tamao para que el hombre se diera cuenta.

- Son clónicos cuando ríen –dijo Ryû, bastante asombrado.

- Es obvio, son padre e hijo. También ha sacado sus genes, no sólo los míos –comentó Anna, mirando a ambos, que reían a la par, contagiando su risa el uno al otro.

Se quedaron observándolos por un rato, hasta que alguien tocó la puerta principal del balneario. Se paró aquél momento entrañable, haciendo que Ryû y Tamao se levantasen, el primero dijo que iba a ver la puerta para saber quién llamaba y la segunda para seguir haciendo la comida. Por lo tanto, padres e hijo se quedaron solos en la habitación. Hana se levantó y recogió los juguetes que tenía esparcidos por el suelo (unos pocos estaban rotos, dado la furia con que los tiraba) y los puso en una caja. Sin embargo, Yoh y Anna seguían sentados, esperando que el niño volviera a estar con ellos.

- Sé que faltaba lo más importante por decir… pero sé que no me habéis abandonado así porque sí. Razones de peso tendréis, así que no os voy a juzgar o culpar. De todas maneras, Tamao y Ryû me han cuidado bien –decía Hana mientras se sentaba al lado de sus padres–. Pero me prometiste que me lo ibas a contar, ¡así que no te escaquees y ni te escapes de decírmelo, eh!

- No te preocupes, que ya se te contará en el debido momento. No te hemos dejado queriendo, ya lo sabes. Si no fuera algo tan grave y peligroso, te hubiéramos llevado con nosotros –Yoh acariciaba el pelo de Hana, esta vez, el niño se dejaba acariciar por su padre y éste se alegró.

- Yoh, ¿tienes…? –preguntó Anna, pero Yoh sabía qué era lo que le iba a preguntar y afirmó con rotundidad.

- En nuestro cuarto está, lo puse en una mesa que hay en la esquina junto a la ventana –contestó Yoh, acariciando todavía a su hijo en el cabello.

Anna se levantó y se fue de la habitación donde dormía Hana, quedándose solos, como al principio, padre e hijo.

- ¡Un poco más a la derecha! –pidió Hana.

- ¡Uy! Como tengas piojos…

- ¡Qué va! Tamao me obligaba a bañarme todos los días, es imposible que tenga piojos, sino me picaría todo el rato la cabeza –el niño se sintió algo ofendido por el comentario de su padre sobre los piojos, ¡si sólo él y unos tres compañeros más eran los únicos de la clase que no los tenían!

- Está bien –sonrió Yoh, siguiendo con el agradable masaje en la cabeza de su hijo, que parecía estar en las nubes del gusto.

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- No te vas a venir, entonces…

- No, quizás mañana. De todas maneras, en el balneario no pinto mucho, más bien tú, Ren. Quédate allí por lo menos esta noche, yo por lo menos me hospedo aquí para que el dinero que hemos pagado del hotel no haya sido tontería –la Tao estaba tumbada en una de las camas de la suite del hotel, mientras Ren se miraba al espejo, cambiándose.

- Quedarme allí… no lo sé. Depende con lo que me encuentre, hermana –se atusaba una corbata negra mientras miraba por el rabillo del ojo a su hermana mayor.

- Te has vestido demasiado formal, Ren –se percató Jun–. Con traje, chaqueta y corbata. ¡Ni que fueras un hombre de negocios! Vas a estar con tus amigos, en un ambiente distendido, no en una reunión de magnates.

- Tengo que dar buena impresión, hermana, eso es todo –parecía que a Ren no le gustaba llamar a Jun por su nombre–. Ya soy lo bastante mayor como para saber qué ponerme.

- Está bien, como tú digas –se cruzó de brazos la mujer china de cabellos verdes, su hermano era un cabezota en toda regla–. Ya no pienso intervenir más. Tú solito vas a tomar tus propias decisiones.

- Y así es como debe ser. Soy el líder de la familia Tao. Y si por la ropa que me he puesto vamos a discutir…

- ¿Discutir? No, gracias –negó con la cabeza Jun, y luego suspiró con resignación–. Mejor será que te vayas, o si no llegarás tarde.

- Ya lo sé. Bueno, ya nos veremos más tarde –Ren cogió el pomo de la puerta dispuesto a irse, tentando en el bolsillo de su pantalón.

- Que te lo pases bien –le sonrió.

- Me voy a reír de todos cuando vea sus pintas y sus caras –sonrió con malicia el Tao.

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- ¡Qué mal! ¡Qué mal! ¡Qué mal! Si no estuviera ciego…

- Llevamos dando vueltas por aquí, y no encontramos el balneario Funbari…

- ¡Es un desastre, Lyserg, y lo sabes! –exclamó Chocolove, lamentándose–. Ojalá recuperase mi vista…

- Deberías de haberlo dicho mucho antes que te la repusieran, y ahora te estás lamentando… –Lyserg miraba en varias direcciones, estaban en un cruce de cuatro calles, y el mapa en sus manos le estaba liando bastante.

- Era una forma de pagar mi culpa –Chocolove se cruzó de brazos–. ¿Tú no eras zahorí? Pues prueba a hacer eso con el péndulo para encontrar el balneario.

- Eres listo a pesar de tus chistes pésimos –se sorprendió Lyserg, jamás se le ocurrió tal idea–. Voy a hacerte caso, Chocolove. ¡Morphine, es hora de actuar!

Morphine apareció, tan bonita y bella como siempre, revoloteando alrededor de su amo, brillando para él y enseguida posesionó el péndulo mientras Lyserg decía las palabras oportunas, típicas del ritual de una posesión de objetos. Inmediatamente, el péndulo de cristal y acero se irguió solo emanando una especie de aura verde, rastreó el perímetro (Lyserg estaba en el centro del cruce) y señaló con rigidez una sola dirección.

- Vamos, Chocolove, es por aquí –decía Lyserg, mientras cogía un brazo del afroamericano y se dirigían hacia la derecha.

- ¿Ves cómo tenía razón? –se sintió orgulloso Chocolove, sonriendo ampliamente.

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- ¡Bien! ¡A pillar balneario de gorra! ¡Yujuuuu! –chilló un hombre de cabellos azules, al salir del aeropuerto junto con su hermana y el equipaje.

- ¿Estás seguro de que nos dejarán entrar gratis? –le preguntó la chica de cabellos azules, enfatizando la palabra gratis.

- Seguro. Ryû debe de hacernos un "descuento" especial. Si no lo hace, no es mi amigo –dijo como niño caprichoso el ainu.

- Tienes más cara que espalda, Horo –le echó una reprimenda Pilika–. Seguro que habrá más gente en el balneario, aparte de nosotros.

- Sí: Ryû, Chocolove, Lyserg y… ¡Ren! ¡Qué ganas tengo de ver a ese pelele! ¡En cuanto lo vea, me meteré con él a saco! –la cara de Horo Horo parecía diabólica al pensar en Ren y cómo humillarlo delante de todos.

- Pobre Ren –susurró Pilika, pensando en el chino y suspirando.

- ¿Cómo que "pobre Ren"? –su hermano la escuchó y se giró para mirarla con una cara extraña y de asco–. Hermanita, no me digas que…

- Deja de pensar cosas tan retorcidas. Sigamos caminando, que seguro nos quedará un buen trecho para llegar al balneario. Y a ver si nos acordamos en dónde está, que eso es lo que más me temo.

- ¿Y por qué no pedimos un taxi y le decimos al conductor que nos lleve hasta allí? Así llegamos más rápido y no tenemos que mirar mapas –propuso Horo Horo.

- ¿Acaso ves que tengamos dinero a mansalva? ¿Somos ricos? No –Pilika parecía hastiada.

- Pero no creo que cueste tanto el taxi para que nos lleve ahí…

- ¿Y tú qué sabes?

- Lo que no sabes –le sacó la lengua su hermano.

- Me parece que sí tomaremos un taxi –suspiró Pilika, cargar con su hermano era peor que cargar con su equipaje.

- ¡Toooma! –levantó un puño al aire el ainu–. Pues hay que darse prisa, a lo mejor están empezando a comer y no llegamos a tiempo, ¡tengo hambre!

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- Puaj, propaganda –murmuró el hombre del tupé, mientras caminaba hacia la cocina–. Para qué llaman a la puerta, si no queremos enciclopedias por ahora…

- Yo creía que vendrían los Cinco Guerreros, pero veo que están tardando –Tamao se llevó a la boca un pequeño tazón para saborear el caldo donde haría un riquísimo guiso–. Hum, le falta algo de sal y un poquito de especias…

- Bah, si todavía es pronto –dijo Ryû, mirando el reloj de pared de la cocina–. Quedan más de veinte minutos para que dé la hora de reunión y también la de comer.

- Creo que el pequeño Hana se ha tomado bien todo… al final –removía con una paleta de madera la mujer, Ryû la ayudaba preparando el postre.

- Sí, aunque al principio estaba enfadado y enfurruñado. ¿Te da algo de pena que ya no seas su madre? –preguntó Ryû, sacando harina y huevos.

- Nunca he sido su madre. Más bien… he sido una niñera para él.

- Bueno, entonces su segunda mamá, jeje.

- Ahora el joven Yoh, la señorita Anna y el pequeño Hana por fin se han reunido como la verdadera familia que son. Ahora el niño se tendrá que acostumbrar a la nueva situación… Ryû, ¿podrás apañártelas solo mientras voy al cuarto de baño a bañarme y arreglarme? –pidió Tamao, quitándose el mandil.

- No te preocupes, yo soy el cocinero del balneario. ¡Puedo con todo! –aceptó Ryû, poniéndose un mandil de flores y un gorro de cocinero.

- Está bien, muchas gracias. Voy a volver a ser Tamao Tamamura –Tamao salió de la cocina mientras Ryû le guiñaba un ojo cómplice.

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- Mira, mira.

- ¡Jajajajaja!

- Y éste es mucho mejor…

- Pfff, ¡jajajajaja!

- Os partís de risa con las fotos…

Anna fue a la habitación de la pareja a coger un álbum de fotos que tenían desde siempre y llevaron en su largo viaje. Cuando regresó a la habitación de su hijo, los tres se pusieron a ver las fotos: situaciones cotidianas, divertidas, desventuras y aventuras con sus amigos…

- Dejad de reír, ¿no? –Anna observaba a su marido y a su hijo, estaban viendo una foto de ella, de hecho.

- Qué cara de amargada tiene –le susurró Hana a Yoh.

- Tu madre era así…

- ¿Cómo has dicho? ¿Amargada? –se puso Anna en medio de los dos, había escuchado a Hana perfectamente.

- Eh… esto… yo…

Hana no pudo terminar su frase, pues habían tocado la puerta de entrada del balneario. Oyeron decir a Ryû que no podía abrir dado que estaba cocinando y que Tamao estaba arreglándose en el cuarto de baño. Así que Yoh se levantó del suelo y abandonó la habitación, dejando solos a Hana y Anna.

Bajó las escaleras de tres en tres, se miró al espejo antes de abrir la puerta para ver si estaba más o menos presentable, respiró hondo y abrió la puerta, diciendo "Bienvenidos al balneario Funbari" con una de sus mejores sonrisas.

Se encontró a un hombre con gabardina y sombrero y a otro hombre bastante corpulento de tez negra. Lyserg se quitó las gafas de sol al mirar a aquél hombre de cabellos largos y castaños que vestía holgadamente y les sonreía a los dos. Por el contrario, Chocolove agudizó el oído y no tuvo en reparos de nombrar por su nombre a Yoh.

- ¿Chocolove, acaso lo has visto? –inquirió el de cabellos verdes, mirándolo sorprendido.

- Mi intuición me lo dice, Lyserg, no la vista –dijo con simplicidad el aspirante a humorista de primera.

- ¿Chocolove? ¿Lyserg? –Yoh parecía contentísimo–. ¡Qué alegría veros! ¡Jijijiji!

- Y esa risa es inconfundible –sonrió Chocolove–. Dígame usted, señor, si se apellida Asakura.

- Pues claro que soy Yoh –asintió éste, todavía riendo.

- Vaya detective que estás hecho, Lyserg –se cachondeaba Chocolove del zahorí–. Y a las pruebas se remite uno…

- Perdón –se excusó Lyserg–. Creí que necesitarían más pruebas…

- Pues ya no hacen falta, señor Diethel. ¡Es nuestro Yoh! –sonrió el afroamericano, extendiendo los brazos para obtener el abrazo de Yoh.

Yoh abrazó a Chocolove fuertemente, pero la respuesta de Chocolove fue aún más fuerte si cabía, Yoh parecía ahogarse en el abrazo de su amigo. Luego abrazó a Lyserg de una forma más gentil, olía a deliciosas azucenas, él siempre bien presentable y oliendo como un galán. Se quedó mirándolos a ambos, habían cambiado tanto… pero ellos, en su interior, seguían siendo los mismos.

- Cómo me gustaría tener mi vista de nuevo –comentó Chocolove, haciendo pucheros con los labios.

- No te preocupes, eso se solucionará. ¿Qué tal en la cárcel? –preguntó Yoh.

- Pues nada –Chocolove abrió la boca y bostezó–. Aburrimiento total. Y los chistes allí no me salen con la calidad que deben.

- No te preocupes. Si son diez años de condena y has cumplido seis, ten la esperanza de que dentro de poco podrás salir y respirar la libertad –lo alentó Yoh, dándole golpecitos en la espalda para animarlo.

- Gracias por tu apoyo moral –se emocionó el de la piel morena, ahogando de nuevo al castaño en otro abrazo.

- Chocolove, vas a ahogar a nuestro amigo –le advirtió el hombre inglés, e inmediatamente lo soltó y Yoh pudo respirar aire por fin.

- Yo siempre apoyo a mis amigos… ¡Ah! ¿Y a ti cómo te va, Lyserg?

- Pues no creo que haya duda, en lo que se refiere, de a qué me dedico…

- ¡Detectiiiiveeee! –reveló la profesión Chocolove con voz graciosa.

- Como tu padre –le sonrió Yoh–. Muy bien.

- ¿Y tú, Yoh? –fue Lyserg el que cuestionó–. No creo que nos hayas vuelto a reunir a todos para pasar unas vacaciones…

- Ya. Pero os lo contaré cuando estemos todos –Yoh se dirigió a la puerta–. Vamos, entrad. Esperaremos a los demás en el salón.

Chocolove y Lyserg asintieron a la vez con la cabeza. Yoh se ofreció a ayudarles con el equipaje y Lyserg a guiar a Chocolove hasta uno de los sofás que había en el salón. Sólo habría que esperar hasta que todos estuviesen reunidos y… por fin sabrían la verdad.


Hola!!

Por fin!! Con más contenido en este capítulo, por cierto, uno de los que más tiene, jeje. Les gustó el cap? Qué les pareció? Se esperaban esa reacción en Hana? Y lo de Anna y Hana? O lo de Yoh y Hana? Buah, qué inspiración he tenido en este cap, le he sacado bastante jugo. Sé que no he sido especialmente melodramática, pero algo de emoción (y narración) habría que tener.

Y menos mal que he puesto otras escenas (de los otros personajes), no solo los mismos personajes. Por lo menos, Yoh, Lyserg y Choco son tres de los cinco que están reunidos en este cap. En el siguiente estarán todos. Por poner un ejemplo, en el cap siguiente ninguno de ellos saben que Hana es el hijo de Yoh y Hana… esperen sus reacciones…

¡Volverá Fausto! Eso sí, como espíritu (no olvidemos a Anna, que es itako y puede convocar a cualquier espíritu esté donde esté). Y Hana hará una pregunta bastante comprometedora a sus padres…

Bueno, me despido, tengo que estudiar este verano… (sí, otra vez como en la otra ocasión, suerte que es únicamente una asignatura). Espero que les haya gustado el cap. Espero sus comentarios con ilusión.

También agradezco los views y los reviews que me mandan! Me apoyan mucho para que siga este fic, y eso se agradece mucho!

Besos y que se cuiden!

Con todo mi amor…

Anna Mary Marian

Disclaimer: Shaman King no me pertenece, es propiedad de Hiroyuki Takei