It's been a long time... pero aquí estoy de nuevo.

Disclaimer: Nada de esto es mío. Obviamente, yo no soy GRR Martin.

A los amantes del SanSan como yo... aquí tienen un poquito más de droga. Necesito más de esta pareja en el fandom!


-BAILE-

Susurró algo ininteligible incluso para ella misma. Por la cara que puso el caballero, él tampoco debía de haber comprendido la excusa que había utilizado para rechazar su invitación a un baile, pero guardó silencio, le hizo la reverencia que correspondía para aquellos casos y se marchó en busca de alguna de las otras muchachas del salón.

Margaery la estaba mirando, podía notar aquellos ojos verdes clavados en ella incluso desde el otro extremo de la sala. Ella la ignoró. No podía enfrentarse a la futura reina en aquellos momentos. No cuando se sentía sucia y ultrajada, débil, derrotada.

Una de las doncellas de la reina Cersei se le acercó y le susurró las órdenes que la leona había dictaminado para ella. "Sonreír más y mostrarse amable con los caballeros invitados". Sansa despachó a la muchacha con un leve asentimiento de cabeza y desvió la atención para otro lado, para la pista de baile. Con las manos cruzadas sobre la falda, empezó a recorrer la sala del trono. Jeoffrey o, mejor dicho, sus consejeros, habían preparado un baile para celebrar la futura unión de éste con la familia Tyrell. Las familias más influyentes del reino y vasallas de los Lannister habían acudido fielmente a la invitación y ahora un despliegue de extraños, se movían por aquel lugar como si todo aquello fuese suyo. Presters, Reyne, Swyft… Cersei la había obligado a aprenderse todos aquellos nombres de memoria, a saber reconocerlos, tratarlos… complacerlos.

Su piel se erizó por el contacto del recuerdo y Sansa no pudo reprimir el odio y el asco que la invadió.

Algunos de los invitados a la reunión se habían adelantado y habían llegado una noche antes de lo esperado. Cuando ella ya estaba desvestida y lista para irse a dormir, Cersei la mandó llamar y la obligó a volver a vestirse con sus "mejores galas". Lo que significó un vestido de terciopelo verde que le quedaba demasiado suelto por todas partes.

-No debéis hacerla esperar –había susurrado una y otra vez la doncella mientras volvía a cepillarle el cabello.

Sansa no dijo nada, acostumbrada ya a los caprichos de sus anfitriones, había aprendido desde hacía tiempo a no rechistar cuando se le daba una orden, aunque esta viniera disfrazada de favor.

Recorrió el pasillo de su alcoba hasta el comedor donde habían dispuesto la cena de bienvenida en silencio. Se lamentó en más de una ocasión por su mala suerte. Los moratones del último arrebato de Jeoffrey acababan de desaparecer y, por primera vez en mucho tiempo, podía dormir con tranquilidad, sin despertarse a media noche porque le dolieran demasiado las costillas al respirar. Podía haber durado un poco más. Sólo un poco.

Los guardias que custodiaban la puerta apenas sí la miraron cuando la dejaron pasar. Dentro, cinco hombres altos y robustos reían y bebían bañados por el sudor, el polvo del camino y la embriaguez que les estaba dando el vino. Cersei no estaba por ninguna parte, sólo Jeoffrey, encabezando la mesa, custodiado por su fiel perro guardián.

El rey le hizo una señal con la cabeza, indicándole un hueco vacío junto al más joven de los recién llegados.

Sansa se sentó.

-Caballeros… -el niño alzó una copa y la miró con una sonrisa pérfida y hastida entre los labios. –Os presento a Lady Sansa Stark, mi… invitada.

Un escalofrío la recorrió. Aquellos ojos, aquella voz… ¿cuánta crueldad podía albergar un cuerpo tan pequeño?

-¿Stark? –ahí estaba… el reconocimiento, la burla… -¿Cómo ese traidor norteño?

Las manos de Sansa se contrajeron en un puño y la sonrisa de Jeoffrey se amplió.

-Bueno… -contestó éste. –Ya no.

Los caballeros estallaron en risas. Sansa permaneció impertérrita en su sitio, mirando al frente, escudándose de la ofensa y del dolor, negándose a darle la satisfacción a ninguno de ellos de que la vieran llorar. Sandor le devolvió la mirada y ella se quedó más helada aún. El Perro era el único de los presentes que no reía.

Una mano fría se deslizó bajo la mesa, entre sus piernas. La niña dio un saltó en su asiento, sorprendida por el atrevimiento al que estaba siendo expuesta.

-Lady Sansa –dijo el caballero con burla, riéndose de su posición, lamiéndola con el hedor del vino. –Mi nombre es Tybolt Crakehall, encantado.

Ella seguía sin apartar la vista de aquella mano fría y rugosa que no paraba de moverse entre sus piernas, horrorizada.

Tybolt Crakehall era un hombre enorme, atractivo a su manera, si no fuera el brillo que acababa de descubrir en sus ojos, la ferocidad con la que magullaba su carne y la cercanía con la que ahora le hablaba.

Algo dentro de Sansa se rompió, consciente por primera vez de la trampa en la que se había metido.

-Saluda, Sansa. –le ordenó Jeoffrey, llevándose la copa a los labios, bebiendo un trago largo de ella.

Nada salió de los labios de la loba.

Cuando quiso darse cuenta, aquel tipo enorme la arrastraba por los pasillos de la Fortaleza como si su resistencia no fuera más que un juego de niños. Jeoffrey se la había ofrecido y él sólo reclamaba lo que el rey había hecho suyo. La mente de Sansa vagó, desapegada de la realidad, siendo testigo desde fuera de la brutalidad de las palabras del joven león.

"Mercancía", había dicho. "Deja que al menos sirva de algo esa loba inútil".

Los hombres habían protestado cuando se supo que Tybolt era el que se había ganado antes la gracia y los favores del rey. Cansados del viaje, solos y con una cama fría esperándoles. Todos querían gozar de lo que la hija del traidor podía darles, todos querían saborear su piel blanquecida, saber lo caliente que estaban sus piernas…

Sansa odió a los Lannisters con todas sus fuerzas, por lo que le habían hecho a su familia, a su padre, a ella misma…

Él la estrelló contra una de las paredes frías de piedra que formaban el castillo y le amasó los pechos por encima de la tela del vestido. Buscó a tientas la boca de Sansa para cubrirla con la suya y la niña descubrió con pesar que aquellos labios grandes no eran tan suaves como le parecieron en un primer momento. Eran posesivos y dolorosos. La barba de dos días le abrasó la piel de las mejillas, pinchándola, haciendo que ella emitiera más de un gemido de dolor que no hicieron más que avivar los esfuerzos y las ansias del hombre que la estaba sometiendo.

-Por favor…

Él la apretó con más fuerza, pegándose a ella, dejándole saber lo necesitado que estaba, cuándo la necesitaba.

Sansa se asustó por el bulto que notó junto a su estómago.

-No…

¿Qué ocurriría si gritaba? ¿De verdad vendría alguien a ayudarla?

Lo dudaba.

Por eso se contuvo. Aspiró con fuerza y reprimió el chillido que bramaba por salir cuando notó sus manos desatándose los calzones y dejándolos caer al suelo. En cuestión de segundos sería su turno.

-Madre –llamó. –Padre…

El aire frío le golpeó el rostro cuando unas manos fuertes le arrancaron de cuajo la masa de piel amorfa que tenía encima. Se dio cuenta por primera vez que tenía los ojos cerrados. Otro mecanismo de defensa, decidió. Decidida a enfrentarse con lo que quiera que estuviera ocurriendo, Sansa separó los párpados y lo que vio la asustó más que el hambre masculina que había estado a punto de robarle algo más que la inocencia.

Tybolt estaba en el suelo y él estaba sobre él, rodeándole el cuello con sus manos, golpeándole la cabeza contra el suelo.

Sansa se llevó las manos a los labios, cortando de cuajo el grito que se agolpaba en su garganta.

Los ojos del Perro eran rojos, furiosos, pero terriblemente decididos. No vaciló ni una sola vez. Superada la sorpresa inicial por verse agredido por semejante mole, Crakehall reaccionó como cabía esperar y empezó a devolverle los golpes a su agresor. Sandor retrocedió, pero volvió a lanzarse contra el caballero, embistiéndole por la cintura, cayendo de nuevo los dos al suelo.

Sansa vaciló, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo frente a ella. Avanzó un paso, pero volvió a retroceder cuando se lastimó el pie con lo que acababa de pisar. Se apartó las faldas y comprobó que era una pequeña daga sin ningún tipo de ornamentación. Un grito de rabia la hizo de nuevo volver la atención a los dos hombres que peleaban frente a ella. Ahora era Sandor el que estaba arrinconado bajo el cuerpo de Crakehall. El rostro de Tybolt adquiría un tono granate cada vez más acusado debido al enorme esfuerzo que estaba haciendo por asfixiar al lacayo del rey.

-¡No! –gritó lanzándose a por el forastero.

Sansa saltó a su espalda y le golpeó el rostro, aunque dudaba de que aquel gigante apenas notara sus manos como si fuera una caricia. Tybolt no tardó en quitársela de encima y de mandarla volando hacia la pared en la que minutos antes la tenía acorralada.

El Perro lanzó un grito de rabia. El mismo que se escapó del alma de la norteña.

La niña gruñó con odio, enseñando los dientes, olvidándose por un instante de su envoltura de carne y hueso y volviendo a ser una loba afrontando el frío del invierno. Sin pensamientos ni razón, sólo instinto y rabia. Dolor, humillación, venganza… Tomó la daga a sus pies y volvió a levantarse. Aquel idiota sin cerebro le daba la espalda, ¿por qué preocuparse de ella si no era más que una niña a la que podría violar por obra y gracia de Jeoffrey Baratheon?

Ciega, confusa, guiada por el Guerrero a las órdenes de la Madre y la Doncella…

El calor de la sangre resbalando por sus manos la sacó de su ensimismamiento. Agarró con fuerza la empuñadura de la daga y volvió a arrancarla del cuello de aquel demonio venido desde tan lejos.

Tybolt también se llevó las manos a la garganta, pero cuando quiso comprender lo que había sucedido, ya yacía inerte sobre el cuerpo jadeante de Sandor Clegane. El Perro la miró, se quitó de encima aquella masa de carne y se acercó a la niña en un par de pasos. Tuvo que zarandearla un par de veces para que ésta reaccionara.

-Vete a tu cuarto y lávate –le dijo. –Quiero que eches el vestido al fuego. Para cuando te despiertes mañana ya no quedarán más que las cenizas.

-¿Qué pasará con él? –susurró, conmocionada por lo que acaba de hacer.

-Yo me ocupo de él, pajarito. Ahora sé buena y haz lo que te he dicho.

Sansa lo miró a los ojos, tratando de hallar en ellos algún rastro de cordura al que pudiera agarrarse y seguir adelante. Se agarró con fuerza a sus brazos, que aún la agarraban por los hombros, y se dejó caer. Cansada.

¿Por qué no sentía remordimientos por lo que acababa de hacer?

Sandor la puso en pie de nuevo.

-Pajarito…

-No soy un pájaro –le respondió sin apartar la vista del cuerpo vacío de aquel monstruo. –Soy una loba. Una loba de Invernalia.

-Y hoy acabas de cobrarte tu primera presa. Lo sé, pero debes hacerme caso. Procura que nadie te vea, niña.

Sansa volvió a mirarlo, apretando la daga contra la palma de la mano.

La música restalló en sus oídos cuando se acabaron los recuerdos. Las parejas iban y venían, chocándose con ella, apartándola de su camino. Con cuidado, Sansa se acercó a un grupo de mujeres a las que no había visto antes, poniendo especial cuidado en las manos cruzadas contra su regazo.

-Como lo oís –repetía una solícita hacia su señora. –Lo han encontrado hoy flotando en el Aguasnegras. Dicen que podría tratarse de un ajuste de cuentas.

-Yo he oído que puede tratarse de una mujer. Tybolt Crakehall nunca ha sabido respetar las pertenencias de otro hombre.

Ya había escuchado demasiado. Sansa siguió su camino, buscando al rey, acercándose al trono. Una sonrisa sincera se dibujó en sus labios en cuanto lo vio, respirando de alivio. Se acercó hasta él, sin apartar en un solo momento la mirada.

Sandor se quedó de piedra cuando vio a la niña acercarse hasta donde él estaba. Jeoffrey hablaba con su señora madre, por lo que el atrevimiento de la muchacha era algo que sólo él y aquella norteña sabían. Sansa no frenó en ningún momento. Se acercó hasta él y se inclinó, haciendo una profunda reverencia, tratándole como el caballero que nunca había sido. Regalándole la devoción que jamás se había merecido.

Sin saber por qué, Sandor le devolvió el gesto.

-Esto debe ser vuestro –susurró la muchacha extendiendo la mano y mostrándole sobre la palma la daga que la noche anterior se le había caído del cinto. –Recordad, Sir Sandor, se acerca el invierno…

El Perro no supo qué decir. La mano aún le temblaba de rabia cuando recordaba lo que ese animal de Crakehall le hacía a Sansa la noche anterior.


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