Hola chicas! De nuevo por aquí... dejando otro cap para ver si les gusta... siento mucho la tardanza, pero aquí estoy para reivindicarme… espero no me odien…
Besos enormes a mis hermanas... las extraño...
Disclaimer: Nada es mío, todo pertenece a JK, la WB... y demás gente, aunque algunos personajes y situaciones le pertenecen a su humilde servidora...
Vivan los Sly!
Enjoy!
YA NO SOY LA ULTIMA
Se quedo congelada en su sitio cuando el eco terminó de resonar en el amplio espacio de la estancia.
No atinaba a reaccionar, a pesar de ver la enorme sonrisa en el rostro de su padre, y las lágrimas derramadas en los de su madre y abuela. Estaba consciente de que tenia que decir algo, pero su cerebro se había ido de paseo y no atinaba a articular ningún sonido. Las miradas expectantes clavadas en su persona la trajeron a la realidad, mientras sentía la mano de su esposo dando ligeros masajes circulares en su espalda.
-¿Cómo?-dijo aun atontada.
-Vamos a ser padres nuevamente… vas a tener un hermanito-
Un hermanito.
Un nuevo Black.
-Ya veo…-
De improviso se sintió mal. La hiel le amargo la boca, mientras las lágrimas trataban de hacerse camino hacia sus ojos, pero las reprimió como pudo. Sabia que debía sentirse feliz por el nuevo miembro de su familia, pero no era así.
Se sentía desplazada, como si la hubiesen hecho a un lado. Veía la felicidad de sus padres, sus palabras de alegría, y sentía que eran como puñaladas en su corazón. El eco sordo de la traición comenzó a corroer sus entrañas, mientras un pensamiento se abría paso entre todo el caos que daba vueltas en su mente: fue reemplazada.
Mascullo una disculpa mientras se desaparecía, dejando a su esposo e hijos en Grimmauld Place, mientras ella huía del dolor que comenzaba a nacer en su pecho. Apareció en su casa en Salem, en pleno jardín, rodeada de Quetzales, los cuales salieron huyendo despavoridos cuando se percataron de la imprevista presencia. Se dejo caer de rodillas, las lágrimas saliendo a borbotones, mientras los sollozos arrasaban su garganta.
"¿Es que ya no la querían?" Se preguntó.
Seguramente era eso, porque la estaban reemplazando por otra persona, la estaban haciendo a un lado, le estaban quitando todo lo que le pertenecía y por lo que tanto había luchado.
¿No había atravesado medio mundo por conocer a su padre? ¿Por sentir su cariño?
¿No habían sido suficientes todos los sacrificios que había hecho para tenerlos a ambos a su lado?
Por lo visto no, porque ahora querían quitarle todo por cuanto había luchado. Ahora todo el amor de sus padres seria para el, y ella se quedaría sin nada.
Porque el si iba a tener el amor de sus padres desde pequeño. Crecería envuelto en su amor, en su presencia. Nunca tendría que ser llamado despectivamente un bastardo. Nunca tendría que esperar por besos nocturnos, palabras de aliento, presencia en sus cumpleaños, orgullo cuando ganara algún premio, porque siempre iba a tenerlos.
No como ella, que aunque tuvo el amor de su madre y sus abuelos, siempre le falto el amor de su padre, el reconocimiento, la atención, el saber que el estaría ahí para ella, pasara lo que pasara.
¿Es que así iban a ser siempre las cosas?
¿Siempre tendría que luchar hasta la extenuación para conseguir lo que tanto deseaba, para terminar perdiéndolo apenas conseguirlo?
Primero consiguió a su padre y perdió a su abuelo, consiguieron la libertad pero perdió a Theodore, y ahora que finalmente tenía a su familia completa y estaban en paz, la dejaban de lado.
¿Porque? ¿No era lo suficientemente buena para sus padres?
El corazón le duele como si un animal se lo hubiese arrancado a dentelladas. Se deja caer al suelo, sin fuerzas, mientras el cielo azulado da paso a las nubes oscuras que anuncian la tormenta. Cuando las primeras gotas caen, mojando de a poco todo a su alrededor, la humedad se confunde con las lagrimas que salen de sus ojos. Los cierra con fuerza, los sollozos dejando su garganta como gritos desaforados, espantando aun más a los pequeños Quetzales, que se acurrucan aún más dentro de su pequeña casita.
El cabello se confunde con el fango, sus manos enterradas en el lodo, como garras, arañando el suelo desesperadamente, como desesperados son los intentos de sus pulmones por jalar oxígeno. Un luminoso rayo cae a escasos metros sobre uno de los árboles cercanos, partiéndolo en dos y haciéndolo caer al suelo envuelto en llamas, precedido por un trueno especialmente ensordecedor, tanto, que cubre el ruidoso "crack" de una aparición.
El hombre caminó hasta ella, arrodillándose a su lado, cubriendo su cara con su cabeza, observándola atentamente y buscando alguna herida visible, haciendo muecas cada vez que un nuevo sollozo escapa de los rosados labios. Da un respingo cuando la ronca y titubeante voz se deja escuchar.
-¿Que haces aquí?-
Lo ha sentido llegar del mismo modo en que sabe que el sintió que no estaba en el mismo continente. Si bien la empatía debió haber desaparecido cuando ella finalmente obtuvo toda su magia, la mezcla de sangre y magia, realizada por la poción (1), les permitió tener una especie de conexión, parecido a un presentimiento, que les permite sentirse a pesar de la distancia.
-Sentí que me necesitabas- respondió.
La lluvia y las lágrimas apenas la dejan ver el rostro preocupado del mago, pero aún así sabe que tiene el ceño fruncido. Se limpia la cara con ambas manos, pero el barro entre sus dedos la ensucian aun más. Harry se ríe bajito, tomándola de los brazos para ponerla de pie, mientras la estrecha entre sus brazos. La siente estremecerse, tal vez por el frío, tal vez por los sollozos, y la aprieta aun mas dentro de su cerco, enterrando su nariz en las empapadas hebras oscuras. Huele a lluvia y tierra, y a algo más característico, el aroma que lleva impregnado en la nariz, la esencia que lleva tatuada en su alma.
Dentro de si, el ha reconocido que la ama, no como ama a su esposa, por quien daría todo, sino de una forma mas profunda, de la manera que sabe que nunca amara a ninguna otra mujer, puesto que ella ha sido la primera. Es algo que se mezcla con la sangre de sus venas, intrínsecamente mezclado con su magia, con su alma.
Ella es el amor de su vida.
La separa un poco de si, lanzando hechizos no verbales para limpiarla y adecentarla. La lluvia no los moja, pues el ya se ha puesto a buen recaudo. La toma entre sus brazos, cargándola como una princesa, mientras se dirige al caserón. Su respiración le hace cosquillas, pues ella entierra el rostro en su cuello, sujetándose con fuerza. Las puertas dobles se abren justo antes de que el siquiera pregunte por la forma de entrar, se sorprende un poco, pero comprende cuando ella murmura sobre el reconocimiento de magia. No pregunta aunque la duda de si es sobre la magia de ella, la suya o ambas le quema la lengua.
Se encuentran con la estancia, llena de figuras cobijadas por sabanas blancas, defensoras contra el polvo inexistente gracias a la ayuda de los elfos. Sin embargo, le parece extraño que en todo el tiempo que llevan ahí ninguno se hubiera aparecido a recibirles. Nuevamente ella le murmura algo sobre que todos están en la casa Valerius, en Londres, y solamente vienen una vez por semana a adecentar la casa. El cabecea afirmativamente y continua su camino hacia un largo mueble, que resulta ser un aterciopelado diván, algo que vislumbra por las formas reveladoras de sus patas. La fina tela oscura, decorada con arabescos en tonos plata, le permite depositarla con delicadeza, aun así, ella no se suelta, quedando prácticamente sentada sobre su regazo.
La envuelve mas apretadamente, meciéndola como a una niña pequeña, mientras espera a que decida darle alguna explicación. No es que las necesite, pues antes de venir él ya había sido enterado por su muy histérico padrino, quien le envió a buscarla ante la hosca y odiosa mirada de su marido. En otro momento se hubiera reído, pero la angustia le había ganado, y concentrándose en sentir su núcleo mágico, se desapareció.
Los minutos les envuelven en silencio, el tiempo caminando con lentitud hipnótica mientras la tarde va cayendo afuera. Siente su respiración acompasada, como si estuviera dormida, pero sus manos no han dejado de aferrarse a su cuerpo, como si tuviera miedo de dejarle ir. Siente el cuerpo entumido, resultado de haber pasado más tiempo del esperado en la misma posición. Se remueve un poco, buscando aliviar el dolor de sus articulaciones, cuando de pronto la cabeza oscura se mueve y cae hacia atrás, dejándole observar sus perfectas facciones.
Recorre con la mirada el rostro amado, aquel que quisiera mirar embelesado para toda la eternidad, pero que sabe no puede hacerlo durante más que unos minutos. La tentación es grande, y con la mano libre comienza a delinear las finas cejas oscuras, el arco de la respingada nariz, el dibujo lleno de sus rosados labios. Las sonrosadas mejillas le atraen con su aterciopelada palidez sin mácula, la suavidad de su oscuro cabello, que atrae hacia su nariz entre sus dedos para aspirar el extasiante perfume. Sus ojos verdes se clavan en sus labios, deseando acercarse, degustar el dulce sabor de su saliva, la cálida fragancia de su aliento. Sus propios labios le hormiguean, ardiendo de ansias por cubrirlos, rogando cumplir el mayor anhelo de su vida.
Y entonces, como un pecador, finalmente cae.
Sus labios se acercan, lentamente, degustando en la distancia, la anticipación, y cuando finalmente esta a punto de cubrir con los suyos la fruta prohibida, cuando siente el cosquilleo de rozar su piel con la otra piel… se detiene abruptamente cuando escucha el glorioso sonido de un ¿ronquido?
Separa el rostro confundido, al percatarse de que, efectivamente, la mujer más seductora del mundo, al menos para el, esta roncando suavemente. La risa se le atora en la garganta, haciéndole atragantarse en el intento de no emitir ni un sonido para no despertarla. Riendo por lo bajo, la acomoda entre sus brazos nuevamente, mientras por dentro ríe como loco, feliz por contemplar la humanidad de quien considera poco meno que una diosa. Y así, con ella segura entre sus brazos, clava su verde mirada en el retazo de jardín que se vislumbra por la enorme ventana, dejándose extasiar por el atenuado sonido de la lluvia, golpeando contra la ventana.
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Días después, ya más tranquila, después de haber reconocido que había sido una completa exagerada, y de haber escuchado, en diferentes tonos y volumen, la regañina de todos sus seres queridos. Su mirada esta clavada en el jardín, donde sus hijos corretean detrás de los pavos, mientras Lucius los observa de reojo, la sonrisa ocultándose detrás del periódico. Narcissa ha dejado de tratar de reñirlos, sobre todo cuando Theodore, su preferido, le lanza esa miradita de Gryffindor arrepentido, esa que... si, esa.
Suspira divertida, mientras atrae la túnica y su bolso hacia si, ya lista para aparecerse en Diagon Alley. Da un vistazo a su alrededor, pero cuando encuentra todo en su lugar, finalmente se desaparece. No necesita avisarle a sus suegros que se ha ido, después de todo, en el desayuno ya había hecho el comentario, además que las protecciones de la mansión seguramente les han avisado.
Se aparece frente a Gringott`s, lista para su entrevista con Leviank, el duende que lleva la administración de sus cámaras. Finalmente, después de varios tramites, la donación para el fideicomiso para la ayuda de los chicos huérfanos esta lista. Y gracias a su marido, también tiene un mago dispuesto a ayudarles con la administración. Es un Slytherin, como ellos, y a pesar de la fama de la Casa, Draco asegura que es de confianza. Se topa casi de frente con Miles Bletchey, quien la espera en la entrada del banco. No le pasa desapercibida la mirada apreciativa que le lanza, pero lo deja estar porque el no le ha faltado al respeto en ningún momento, y tampoco es que no le halague un poco la atención. Le sonríe al mago como bienvenida, y después del apropiado saludo, donde ella reafirma una vez más su posición de bruja felizmente casada, ambos caminan hacia el interior del banco.
Sin embargo, antes de terminar de entrar, siente sobre si una mirada intensa, y un roce inesperado, como una caricia, sobre su espalda a través de la oscura cascada de su pelo, que le hace darse media vuelta, oteando con cautela hacia todos lados.
-¿Pasa algo?-
-Es… no, no pasa nada, olvídalo-
Siguen su camino hasta encontrarse con el duende, quien les mira con cautela pero a la vez con respeto.
Después de eso, ella no presta mucha atención a la charla, pues lo ocurrido anteriormente la inquieta tanto, que la sensación la acompaña por el resto del día…
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Se apareció en la destartalada vivienda que le servía como punto de encuentro para sus movimientos. Apenas hubo puesto los pies en la habitación, se dejo caer contra la pared, sosteniéndose precariamente, jadeando como si hubiese corrido un maratón. El sudor corría por su rostro, siguiendo su camino hacia su cuello, perdiéndose en la tela de la fina camisa, la cual había visto tiempos mejores.
Con rapidez se abrió los pantalones, bajándolos hasta medio muslo junto a los calzoncillos. Su mano callosa rodea su miembro erecto, el cual lo siente tan duro como el hierro, mientras comienza a bombear con rapidez, buscando llegar al orgasmo furiosamente. En su mente continúa reproduciéndose la sensación del tacto de los suaves cabellos oscuros, el aroma de la piel perfumada, el sonido de la profunda voz de la bruja que ayudo a asesinar a su señor. Su mente trata con fiereza de reproducir la sensación que le recorrió de pies a cabeza cuando sus dedos rozaron su espalda, que si bien fueron solo segundos, la electricidad que corrió por su piel le dejo en tal estado de éxtasis, que en esos momentos termina corriéndose con un ronco gemido, imaginándosela debajo de su cuerpo, rozando su piel desnuda, recibiéndole en su interior.
Aprieta los ojos con fuerza, mientras termina de eyacular, mordiéndose las ganas insatisfechas. Se retira el sudor del rostro con una mano enguantada, y mientras se lanza un hechizo de limpieza y se sube los pantalones, desea con todas sus fuerzas que el día en que pueda meterse entre sus piernas llegue pronto. Porque ha confirmado finalmente sus pensamientos.
Le necesita.
No solamente su magia, sino a ella, toda completa. Necesita su cuerpo, su piel, su presencia. Y cuando finalmente obtenga lo que requiere de ella, le rogara a su señor porque se la entregue como premio, para tenerle solo para el. Su perfecto y bello juguete para siempre. Después se desaparece, dejando tras de si, solamente un pequeño charco de semen, olvidado en medio de la soledad de la ruinosa casona…
(1)En el penúltimo capitulo de la Última Black, Altaír y Harry intercambian sangre y magia para que éste último se haga mas fuerte y pueda derrotar a Voldemort, por este intercambio, ambos se convierten en "hermanos gemelos", pues comparten, sin saberlo, los tres tipos de enlaces que vinculan a estos magos para toda la eternidad: Sangre, Alma, Magia.
Bueno, espero me perdonen por la tardanza, no tengo cara... bueno si, tengo Face... jajajaja
Un abrazo a todas y gracias mil por leer...
