Nos acercamos poco a poco al punto al que quiero llegar, donde empieza la verdadera historia y nos meteremos en problemas, así que, fans del Dramione y del Draco siendo dulce, disfruten del nuevo capítulo.

Capítulo IV. – Wedding, baby, wedding.

Si se asombraba de los giros que daba la vida, nunca se asombraría más que el día en que pasó de ser Hermione Granger a Hermione Malfoy.

Por la mañana, hicieron el amor, incontables veces. Se quedaron ahí quietos, el sobre su espalda y ella sobre su pecho, diciéndose nada. Luego se ducharon juntos en la bañera del segundo piso con champán.

-Esta era mi fantasía desde hacía tiempo – comentó Draco, acariciando las piernas de Hermione, que estaba sentada en su regazo – Y ahora eres completamente mía.

-Para, pareceremos conejos.

-Pareceremos comadrejas, mejor dicho – comentó en un tono amistoso, claro que nombrar a los Weasley le quitó todo el romanticismo al asunto – Dejémoslo en conejos.

Siguieron su recorrido de amoríos por toda la casa hasta la cocina donde comieron como cualquier otro día, y al final fueron a vestirse, juntos. Iba a ser por lo civil, ya que según Hermione era más rápido y se ahorraban un par de libras innecesarias. La gente importantes, es decir, sus padres, no podían presenciarla, desde que los suyos no sabían que tenía una hija y los de él, bueno, habían fallecido en la guerra.

La ayudo a ponerse un vestido blanco de doble capa, por la rodilla y un ligero escote en V que permitía admirar la curva de sus pechos, con flores negras bordadas en la capa superior, subiéndole despacio la cremallera mientras le acariciaba la piel de la espalda, admirando las formas de su cuerpo femenino.

Lo ayudó a ponerse la camisa blanca del esmoquin, el chaleco gris perla y la chaqueta, la corbata, negro. Estaba tan guapo en traje, casi tan guapo como en túnica de gala, como en cuarto año. Lo que ahora, además de la musculatura ganada a través de los años en quidditch, cargaba con lo que había adquirido con su entrenamiento intensivo para ser policía. "Siempre tuve el morbo de tirarme a alguien con ropa de auror, supongo que el policía es el equivalente muggle", había dicho.

-Estás preciosa.

-Tú también estás muy bien.

-Solo te falta una cosa – Se arrodillo y sacó un sickle de plata, y lo puso en el zapato de Hermione – Las costumbres, al menos podemos usar esta.

Era verdad, se había olvidado, tenía que llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado, algo azul y en el mundo mágico un sickle de plata en el zapato. Pero solo cumplirían la última como "ultimo momento".

-¿Te gustaría olvidar tu experiencia en el mundo mágico, Draco?

-Hermione, llevamos más de un año aquí, he hecho todas las tonterías habidas y por haber, la primera vez que fuimos a la autoescuela casi hechizo al profesor y al ordenador, tardé poco en acostumbrarme y llamar a las cosas por su nombre – hizo una pausa – Sigue impresionándome la forma en la que los no-mágicos realizan lo que nosotros hacemos con un simple movimiento de varita, incluida la electricidad.

-Al principio te daba miedo encender las luces.

-Y ni que decir del horno, y la nevera, pero me he acostumbrado a todo esto, a vivir sin magia. Sin quidditch. Sin tener la influencia de un apellido ancestral. Ahora soy Draco Lucius Malfoy, y todavía me preguntan si soy extranjero. – Que a veces lo parecía cuando se trababa con alguna palabra, sobre todo durante los tres primeras semanas – Pero ya no más, tengo un trabajo muggle, me desplazo como un muggle, leo el correo muggle, vivo como uno.

-¿Y todo esto nos lleva a…?

-No quiero olvidar el mundo mágico, incluso acostumbrado a lo no-mágico, soy quien soy por ser un mago, sin Hogwarts no te hubiese conocido. Viviremos como muggles, pero tenemos que agradecer a la magia por conocernos, y la consideraremos la mejor memoria, con buenos y malos momentos. Ahora vámonos, que no llevamos a nuestra propia boda.

Durante todo el camino hasta el juzgado no dejaba de pensar en lo que había dicho, esperaba que esos no fueran sus votos, si no vaya desastre más grande se iba a montar con el juez y los pocos invitados que irían. Apenas unos amigos. Los testigos.

-Draco, tienes tus votos listos, ¿verdad? – La miró un segundo y sonrió. – Quizás deberías decírmelos para…arreglar posibles meteduras de pata.

-No te preocupes, tengo los votos y sé que están bien, no soy idiota.

Sabía que no lo era, pero no podía arriesgarse, intento calmarse y solo cuando la mano de Draco acaricio su mejilla y cuello pudo respirar tranquila. El no arriesgaría sus vidas pacíficas con una tontería como un voto mal dicho.

-Los señores Draco Malfoy y Hermione Granger, por favor.

Los juzgados eran casi como una clínica, te llamaban, pasabas frente al juez con tus testigos y si había invitados. Y la ceremonia era llevada a cabo con profesionalidad y brevedad.

-Hermione, te amo, no desde que te vi, que eras una pequeña mandona con voz aguda y dientes prominentes, si no desde que te conocí, desde que pasé tiempo contigo y supe ver más allá de las creencias de mi padre, para ver a través de tus ojos el mundo que nos rodeaba. Y a partir de entonces, y para siempre, te respetaré, te cuidaré, y me aseguraré de que no te falte de nada, incluso si te enfadas conmigo por desear dártelo todo sin que tengas que mover ni un solo dedo.

-Eres un hombre inteligente, Malfoy, como una serpiente, sabes meterte en todos los fregados y salir casi triunfante, pero no pareces contar con que el león es más grande y muerde. Pero como Draco, eres el hombre de mis sueños, literalmente, y nunca pensé verte a punto de casarte con alguien como yo, y prometo quererte todos los días de tu vida, estar contigo en los buenos y en los malos momentos que nos esperan, por y para siempre.

Firmaron y el juez los declaro, por el poder que le daba el Estado, marido y mujer. Se besaron, les tiraron arroz y desde entonces eran el Sr. y la Sra. Malfoy. Y la vida se les abría de repente, como algo nuevo, una cuenta nueva para hacer lo que quisieran sin mirar al pasado.