Disclaimer: Y sigo con los putos anuncios… Bueno, pero esto es importante. En adición a todo lo anterior, debo anunciar que a partir de aquí aparecerá un OC que no me pertenece y que podrán adivinar de quién es porque ya apareció en la fabulosa historia 'Dystopia', la cual pueden ver en mis favoritos. ¡Chan! Créditos a The Chronicler Fox por su creación.

Advertencia: Puede que se vuelva algo rara la historia, no sé. Como que quiere ser una redención, pero no es seguro. Espero que sea interesante al menos, je.


IV

• [Capítulo cuatro: Crisis en el paraíso (parte uno)] •

El movimiento de las tropas militares ya no era desconocido para el ojo público. El comandante general de las fuerzas armadas del país, el señor Wolfgang Steiner, había hecho una declaración por cadena nacional para desmentir los rumores de un posible golpe de estado, pero tres días más tarde apareció muerto en su casa ―supuestamente por una mezcla errónea de medicamentos para el corazón. Debido a esto, el ejército eligió un nuevo líder: ¿su nombre? Priscilla Swinton.

Todo estaba saliendo de acuerdo al plan.

Los reporteros acudieron a Tundratown como moscas hacia un pedazo de mierda. Sin embargo, el perímetro era resguardado las veinticuatro horas y con amenaza de abrir fuego a cualquiera que intentase cruzar o sacar aunque fuese una mísera fotografía. La nueva comandante en jefe no sabía cómo se había filtrado la información, pero cuando lo descubriera, mandaría a matar a los causantes: las protestas en Zootopia no se hicieron esperar, donde exigían saber qué estaba ocurriendo. La policía tuvo que callarlos, aunque ellos tampoco supieran la respuesta.

―¿Cómo está Bellwether? ―preguntó Priscilla a uno de sus subordinados mientras tomaba una taza de té. Miraba marchar las tropas en medio de la tormenta de nieve que se había desatado. Ella estaba cubierta hasta las orejas, pero eso no la detenía para observar el magnífico espectáculo. Por sus cabezas pasó un F-22 Raptor ―. Desde hace un par de días que no ha pronunciado ninguna palabra. Eso me inquieta.

―Sigue en su celda ―anunció el burro que sostenía un fusil de asalto ―, como usted lo ordenó.

―Perfecto ―asintió, satisfecha. Observó la taza, la cual había manchado con su lápiz labial ―, ¿y Pascal?

―Continuamos con la labor de tortura ―informó el macho.

―¿Todavía tiene fuerzas para luchar?

―Sí, mi señora. ¿Lo matamos de una vez?

―Por supuesto que no, bruto ―escupió la cerda ―. Háganlo lento para que sufra y se arrepienta por el descuido. Es su culpa que Ramses haya fallecido, pero todavía lo necesito para que sea su reemplazo.

―Mi señora, perdone por corregirla, pero el químico sufrió una infección que se agravó, no por la herida.

―¿Te pregunté?

―No, disculpe ―el animal se puso rígido.

―Retírate entonces.

―¡Sí! ―se retiró antes que la superior decidiera callarlo a patadas.

―No se puede confiar en nadie ―murmuró Priscilla ―. Por eso uno tiene que hacerlo todo. Idiotas.

Había pasado una semana desde el incidente en el strip club. Era irónico que la oveja hubiera escapado de una cárcel para caer en otra, mucho más incómoda, oscura y fría. ¿Cómo había sido tan estúpida para confiar en alguien que le había ofrecido una supuesta libertad? Quería echarle la culpa al mapache, gritarle en su cara, escupir su furia y romperle el cuello, ya que fue él quien hizo las veces de mensajero. Sin embargo, no podía. Mal que mal, gracias a Pascal había logrado obtener un celular y un par de esas pastillas, las cuales estaban escondidas dentro del aparato. Tuvo suerte que los soldados no lo confiscaran cuando la metieron allí, pero sí perdió algo más.

Toda la lana de su cabeza.

La habían esquilado sólo por el gusto de atormentarla. Recordó las palabras de la cerda: 'La próxima vez que nos veamos vas a cambiar tu look'. Tuvo suerte que no tocaran el resto de su cuerpo, de lo contrario hubieran encontrado el móvil guardado entre sus bragas ―no estaba orgullosa de haberlo ocultado en ese lugar. Había llorado un día completo luego de sentir su rostro sin pelaje, pero recuperó su compostura para poder pensar en un plan.

―Debo encontrar la forma de parar todo esto ―dijo en un susurro ―. No dejaré que manchen mi nombre más de la cuenta, como que me llamo Dawn Bellwether ―juró apretando sus pezuñas.

La revelación vino por parte de Pascal cuando todavía estaban en la van, hace una semana atrás. Recordaba todo lo que había pasado como si fuese ayer. Había estacionado en el centro de Tundratown para poder charlar con la oveja y advertirle de lo que realmente iba a pasar.

―Dawn, te van a utilizar como imagen del golpe ―había dicho Stripes fijando sus ojos amarillos en los verdes de ella.

―No entiendo ―negó la oveja varias veces, como queriendo no creer lo que estaba diciendo.

―¿Crees que Priscilla va a querer ensuciar su carrera, nena? ―dijo el mapache. Jugó con uno de sus bigotes y soltó un suspiro cansado ―. Van a ascenderla dentro de poco al cargo máximo en el ejército. Para lograr eso, asesinarán al actual comandante en jefe, Steiner. No será el único en caer.

―¿Quién más está en la lista? ―quiso saber. Tragó saliva de forma aparatosa.

―El alcalde de Zootopia, el jefe del departamento de policía… entre otros. Cotton candy, va a correr mucha sangre.

―No me importa que Lionheart caiga, pero… ¿van a culparme por todos esos asesinatos?

―Así es.

―No tendrán pruebas.

―Las inventarán. Swinton dirá que estaba bajo tus órdenes y quedará tal como paloma blanca.

―¿Cómo sabes todo esto, rayadito?

―Porque me contrataron para dar de baja a unos cuantos objetivos ―hubo un silencio incómodo dentro del vehículo ―. No soy ningún informante y ni siquiera mi objetivo principal era rescatarte. Soy un sicario, Dawn.

―Dime algo, Pascal ―soltó el aire con fastidio ―. Si me niego ahora, ¿me vas a poner una bala en la cabeza?

―Tengo las órdenes de hacerlo si no cooperas ―asintió ―. Y Doug también. Ya sabes, él es francotirador y uno muy bueno, por cierto. Pero eso lo sabías de antes.

―Debí haberme quedado en la cárcel ―gimoteó y agachó la cabeza, pero sintió la mano de Stripes en su hombro.

―Te voy a ayudar de todos maneras. Créeme cuando te digo que esto va a terminar en un desastre de proporciones y debemos huir de Zootopia cuando ocurra ―explicó y después de una pausa, agregó ―, pero sólo por algo a cambio.

―¿Qué cosa?

Bellwether regresó al presente. Sintió el pecho apretado al repetir la condición del mapache en su mente. No tenía la más mínima intención en convertirse en una heroína, no como la oficial Judy Hopps. No le llegaba ni a los talones, reconocía con pesar. Tampoco buscaba la aprobación de la gente, ¿cierto? Le gustaba que la reconocieran, que sirviera para algo, que las cosas que hacía valían la pena. ¿Era tan terrible aquello? Su garganta se apretó y sus ojos se nublaron; la rabia estaba consumiéndola por dentro y quería castigar a todo aquel que le había hecho llegar hasta ese punto, pero antes que sus emociones tomaran el control, tomó un respiro profundo. No era tiempo de ser débil y recordar todo el mal que le habían hecho pasar. No. Eso debía quedar atrás. Debía detener a Priscilla Swinton a toda costa, sin importar los motivos. Quedara como la buena de la película o sólo una egoísta, daba igual.

―Y voy a cumplir mi promesa, Pascal ―susurró empuñando sus pezuñas.

Justo en ese precio segundo, el celular que le entregó el mapache comenzó a vibrar entre sus ropas. Se trataba de un número que estaba guardado en el registro del aparato. Bellwether estaba atónita.

―¿Hudson Fawkes?

En otro punto de la ciudad, en pleno centro, la ZPD completa se encontraba a las afueras de la alcaldía. ¿El motivo? Las fuerzas armadas habían rodeado el lugar con la intención de abrir fuego si el alcalde no entregaba el poder a Dawn Bellwether. Por la razón o la fuerza. La toma del poder partiría en Zootopia ―ya que la metrópolis era un ícono en el mundo completo y representaba todo lo que había que cambiar ―y después se expandiría a otras ciudades. Lionheart estaba hecho un desastre dentro de su oficina, pero no podía rendirse ante el pánico puesto que el resto de los empleados públicos que estaba en el edificio necesitaban una imagen fuerte en momentos de crisis.

―Menos mal que llegaron a tiempo ―susurró el león sentado en su despacho con el móvil contra la oreja ―, ¿por cuánto tiempo podrán retenerlos?

No lo sabemos, señor ―respondió la coneja al otro lado de la línea ―. Pero le pedimos por favor que mantengan la calma. Haremos lo posible para que no disparen.

―Se lo encargo, señorita Hopps.

Cuente con nosotros, alcalde Lionheart. Defenderemos la libertad de esta ciudad a toda costa. No tiene nada que temer.

―Así se habla. No me falle.

Terminó la llamada y Judy apretó su pata con fuerza, determinada a detener el avance del ejército y a su líder, la oveja que todavía ocasionaba problemas. ¿Cómo podía ser que insistiera en tomar el poder y de esa manera tan brutal? Pensó que debía de haber planificado todo desde antes que entrara a la cárcel, pero tenía muchas preguntas que no podía responder. ¿Con quién había hecho tratos si el comandante en jefe de ese entonces ahora estaba muerto? ¿Seguían órdenes de todos modos, a pesar del cambio de mando?, ¿cómo era posible que Bellwether tuviese tantos contactos y el poder suficiente como para llevar a cabo un plan de esas proporciones? Parecía ridículo. Había algo que no encajaba y eso molestaba a la oficial.

―¿Dónde está Bellwether? ―preguntó la coneja para sí, quien preparaba sus armas en caso de tener que recurrir a ellas. Cargó una pistola, cerró la cajuela del vehículo policial y se giró: frente a ella habían jeeps y varios tanques apuntando el edificio. Sólo los separaba una débil valla de contención. Nick Wilde se acercó a ella y puso su pata en su hombro.

―¿Hablaste con el alcalde?

―Sí, está bien. Aunque preocupado. ¿Quién no lo estaría?

―La nueva comandante en jefe, Priscilla Swinton, quiere hablar contigo a solas. Cuando estés lista, te espera del otro lado de la valla. Dice que también quiere dialogar con el alcalde.

―¿Por qué conmigo?

―No lo sé. Desconfío de ella, Zanahorias.

―Yo también. Por mucho que sirva en la milicia y sea hermana de Cindy, no puedo quitar el pensamiento de mal augurio de la cabeza. Hay algo que huele muy mal aquí.

―Oye, tomé una ducha esta mañana ―bromeó el zorro. Hopps le dio un pequeño codazo en el estómago ―. Disculpa, sé que no es el momento.

―Lo más preocupante, Nick, es que somos sólo nosotros contra todo el ejército. Si no logramos dialogar con ellos para que desistan, estamos acabados.

―No hace falta que lo digas… ―dijo Wilde tragando saliva con dificultad. Tuvo que desabotonar parte del uniforme porque sentía que le faltaba el aire.

―Necesitamos un milagro.

Esperaron las órdenes del jefe Bogo. Éste no accedió a que Hopps fuera sola, sino que él también debía estar presente a la hora de la charla. Debían negociar, así que acordaron juntarse donde el alcalde para que no hubiese malos entendidos.

De vuelta en la periferia de Tundratown, Bellwether contestó el llamado de aquel desconocido. No deseaba más sorpresas, pero aquel animal podía significar su única esperanza de salir y volver a ver la luz del día. Al principio sólo había silencio, pero después habló una voz profunda y algo rasposa.

En dos minutos exactos necesito que tomes una de esas pastillas. Un regalo del difunto Doug. El celular vibrará para marcar el tiempo. Debes estar al mismo nivel que nosotros. O al menos mantener el ritmo. Si no consigues seguirnos o te niegas a ingerir el medicamento, te quedarás atrás. No nos importará tu destino, si mueres o no. Tengo otras prioridades.

―¡Por favor!, ¡ayúdennos! ―gritó la oveja ―. A Pascal lo encerraron en otra celda. No sé qué ha pasado con él, pero dijeron que lo castigarían. Por favor, sálvenos. Espera… ¿Doug está muerto?

¿No escuchaste? Sigue las instrucciones. El tiempo corre. Yo me encargaré de mi compañero ―dijo Fawkes, tajante. Cortó.

―¡Oye! ¿Aló?, ¿¡Aló!? ―llamó Bellwether, pero ya era tarde. Suspiró y asintió para sí misma: sacó la batería del móvil, tomó la bolsita plástica y dejó el celular listo para que vibrara.

Una gota de sudor frío corrió por su frente. Su corazón latió con fuerza y rapidez, mientras que su respiración se aceleró. Vamos, vamos. Listo. El móvil hizo lo suyo y la oveja tragó la pastilla, tal y como el sujeto le había dicho. Pascal había comentado que todavía estaba en fase de prueba, ¿qué ocurriría si no respondía a la droga? O peor aún: ¿qué pasaría si tenía efectos secundarios no deseados? Podía morir en ese mismo instante. Estaba aterrada; en menos de diez días había estado en dos situaciones de fuga y en más de una ocasión había visto el rostro de la muerte.

―Pero esta vez haré las cosas bien ―prometió.

Entonces, perdió la consciencia.

Tuvo un sueño. Estaba en un desierto, apoyada en un viejo Cadillac negro. Ella reía por algún chiste malo que le habían contado. Miró sus patas traseras y luego desvió su atención hacia la cola rayada que había a su lado.

Despertó con un grito.

La puerta de acero reforzado estaba abierta. Bellwether se levantó en un tiempo y corrió hacia la salida. Los soldados que vigilaban la entrada estaban tirados en el piso con los cuellos quebrados. Un salvaje debió de haberlo hecho. No había tiempo para preguntas o pensar: debía hallar a Pascal y salir de ahí cuanto antes. El problema era que no sabía dónde buscar. Dobló hacia la derecha, donde se extendía un largo y oscuro corredor, pero una figura blanca envuelta en negro la detuvo.

―¿Adónde crees que vas? ―preguntó un zorro ártico que la retuvo por el brazo. Su mirada marrón se clavó como estalactitas en ella.

―¡Suéltame! ―exigió Bellwether. Apretó los dientes chuecos con furia y le dio un solo golpe en la boca del estómago. Tanto el vulpino como la misma oveja se sorprendieron al notar la rapidez del puñetazo.

―Perfecto, dio resultado ―dijo el macho tosiendo ―. Podría haberlo detenido, pero necesitaba probar.

―Sí, cómo no ―se burló la bovina.

―Hudson Fawkes, mercenario y hacker en mis ratos de ocio ―se presentó e hizo una rápida reverencia ―. Tenemos que salir cuanto antes, aprovechando que Swinton partió para joder Zootopia entera.

―¿Y Pascal? ―preguntó, a pesar que lo primordial era detener a la militar que ya estaba ensuciando su reputación a diestra y siniestra.

―A eso iba. El resto de mis camaradas se encargará de los soldados que quedaron en esta base. Necesito que llegues al final de este pasillo, dobles a la izquierda y hables con el yak de lentes oscuros para que te saque. Te dejaremos en un lugar seguro.

―¡No! ―se negó ―. Te ayudaré con el rayadito.

―¿Rayadito? ―repitió, divertido.

―Pascal, Pascal. Como sea.

No hubo caso: Hudson podría haberla noqueado y llevado personalmente donde su compañero, pero la oveja se negó y mostró una determinación que podía calarse en los huesos de cualquiera. ¿Qué significaba eso? Fawkes prefirió no prestarle más atención y le advirtió que si estorbaba aunque fuese un poco, él mismo se encargaría de mandarla de vuelta a prisión. Debía admitir que estaba tentado: ofrecían una suculenta recompensa por su captura. Viva, claro estaba. Sin embargo, su compañero mapache le había pedido explícitamente que no lo hiciera; había jurado que le daría la mitad del pago que ya había recibido por parte de la actual comandante en jefe para que no actuara por cuenta propia.

Decisiones, decisiones.

Corrieron hasta el subterráneo, donde debía estar Stripes. Fawkes le entregó un arma a la oveja por si acaso. Claro, estaba bajo los efectos de la droga, pero eso no la hacía inmune a un disparo. Tampoco podía protegerla en todo momento, puesto que su objetivo apuntaba a su compañero; el grito de auxilio y la alarma de peligro habían llegado a los oídos del zorro ártico hace unos días, pero estaba afuera de la metrópolis por un encargo. Por esta misma razón, Hudson se maldijo por haber tardado. No sabía en qué condiciones encontraría a Pascal.

Cuando dieron con la única puerta donde había seis guardias armados, tanto Hudson como Dawn asintieron, determinados para acabar con ellos. Fawkes se aproximó a una velocidad que podía equipararse a un colibrí y en una lluvia de patadas y puñetazos, derrotó a cuatro de ellos. Uno de los soldados estaba listo para apuntar, pero Bellwether apretó el gatillo primero y depositó una bala justo en la frente. Su puntería había mejorado. El último corrió despavorido para dar el aviso, pero el zorro ártico se abalanzó contra él y torció su cuello, al igual que los otros animales en el primer piso.

Hudson pateó la puerta con una fuerza descomunal y ésta cedió en un instante. Adentro no había nadie.

―Mierda.

―¿No debería de estar aquí? ―preguntó Dawn. Justo cuando el macho iba a abrir el hocico, un quejido que provino de un rincón interrumpió. El par se acercó y se adentró en las sombras, para descubrir al mapache atado de pies y manos, con una mordaza en la boca, los ojos vendados con una tela blanca ensangrentada, además de estar lleno de heridas. Una de sus orejas tenía un pedazo menos. La oveja quedó sin aire y cayó de rodillas frente a él. Quiso quitarle el vendaje, pero se quejó. Parecía que habían puesto corchetes en la tela. Puteó entre dientes ―. Pascal. Perdóname ―pidió. Deslizó la mordaza para que pudiera hablar.

―¿Cotton candy? ―llamó el mapache y sonrió ―, ¿cómo saliste?

―Gracias a mí ―acotó Fawkes. Stripes movió las orejas; su expresión se deformó y enseñó los dientes. Estaba cabreado ―. You fucker! You're pretty damn late, you asshole!

―Español, enano, español ―azuzó el zorro ártico; también se agachó para revisar la gravedad de sus heridas ―. Vale, luego te compenso. Tenía trabajo, ¿qué quieres? Pascal, ¿en qué rayos te metiste? Pensé que tenías mejor juicio a la hora de laburar. Al menos ya te pagaron, ¿cierto? ―dicho esto, Hudson cargó al mapache. Después quitaría las cuerdas.

―Sí, tenemos ese consuelo. Oye, no soy un puto saco. Bájame.

―No seas orgulloso, ojeroso. No podemos perder más el tiempo. Dijiste que podían venir por ti para reemplazar a Doug, ¿no? ―preguntó, el otro asintió ―. Bueno, si nos pillan aquí abajo, estamos cagados.

―Maldito seas.

―¿Por dónde? ―cuestionó Dawn, interrumpiendo, una vez afuera de aquella celda.

―Por allá ―indicó Fawkes.

Debían apurarse. Por fortuna, el resto de los suyos había hecho su parte y la base había perdido a todo su personal. Se trataba de un grupo grande de mercenarios y distintos asesinos a sueldo; el zorro ártico prefirió asegurarse antes que algo más saliera mal. Cuando estuvieron afuera, subieron a un Audi R8, propiedad del mercenario blanco. Éste le dio la instrucción a Bellwether que pusiera una manta negra que tenía a un lado y que recostara al mapache sobre él, ya que todavía sangraba ―aunque no al punto de sufrir una hemorragia. Una vez que partieron, la oveja le quitó con el mayor cuidado la tela sobre sus ojos. Temía encontrar algo terrible, pero gracias al cielo sólo tenía unos cortes superficiales en los párpados.

―Pensé que te habían arrancado… ―no pudo terminar la oración. El pensamiento hacía que quisiera vomitar. La oveja desvió la mirada hacia un lado, pero el mapache tomó su mentón y le regaló una sonrisa para tranquilizarla.

―Por fortuna tampoco tocaron mi lengua. Bueno, no por completo ―dijo Pascal enseñándola. También tenía pequeños cortes, por lo que la zona le ardía ―. No pasa nada. Lo demás todavía lo puedo aguantar. Por fortuna no morí ahogado… ―lo último lo comentó más hacia sí.

―Qué bueno ―murmuró la hembra, aliviada ―, pero vas a necesitar ir a un hospital.

―Oigan, ustedes dos tórtolos ―se burló el zorro ártico al volante; los dos animales se pusieron colorados y carraspearon ―, ¿dónde vamos ahora? Lamentablemente no podemos correr el riesgo de ir a un hospital público y no tengo para pagar una clínica, así que tendremos que improvisar.

―Debemos volver al centro ―respondió Bellwether ―. Tenemos que detener a Priscilla Swinton. No puedo permitir que se salga con la suya. Además, si ella obtiene lo que quiere, no sólo Zootopia saldrá afectada, sino que el conflicto traspasará las fronteras.

―Espera, ¿Dawn Bellwether quiere salvar el día, después de querer joder a los depredadores? ―dijo Fawkes con la mandíbula desencajada por la impresión ―. No lo puedo creer, ¿escuchaste, amigo?

―Dawn ―llamó Pascal ―. No podemos. Si te descubren, créeme que volverás a la cárcel y esta vez no podremos sacarte. Puede que te manden a una de alta seguridad y ni los mejores mercenarios te alcanzarán.

―Entonces lo haré sola. ¿Podrías dejarme en la estación de tren más próxima? Es un último favor.

Stripes y Fawkes intercambiaron miradas a través del espejo retrovisor.

―Sabes que debo acompañarte ―suspiró el mapache ―. De lo contrario no cumplirás la parte del trato que hicimos.

―¿De qué hablas? ―preguntó el zorro ártico.

―Un secreto ―contestó Dawn con una sonrisilla extraña.

―¿Acaso piensan que voy a dejarlos ir, así sin más? Ustedes son un par de ineptos, así que tendré que asegurarme y escoltarlos. Vamos a salvar Zootopia una vez más.

―¿Una vez más? Compadre, estás equivocado. Nunca hemos hecho algo heroico ―acotó Pascal ―. Sólo despachar a unos cuantos animales y ya.

―Eso es lo que crees, pero ya lo he hecho en otro fanfic ―apuntó, pero los otros dos no entendieron ni una sola palabra ―. Ah, el poder de romper la cuarta pared. Muy bien, Bellwether. Tienes a dos profesionales de la muerte a tus servicios. Más te vale soltar mucha guita después que todo acabe. ¿Trato?

―Pagaré con mis ahorros. Lo prometo.

―Perfecto. Voy a dar órdenes a los nuestros para que nos respalden. Si no, van a aplastarnos como insectos.

Mientras el trío se dirigía a Savanna Central, en la oficina del alcalde se llevaba a cabo la reunión que todos esperaban: Judy, el jefe Bogo, Lionheart y Priscilla Swinton estaban en el mismo lugar discutiendo sobre el destino de Zootopia. La nueva comandante en jefe insistió en que entregaran la ciudad a Dawn Bellwether, pero los otros tres animales no entendían por qué debían rendirse ante alguien que ni siquiera estaba presente. ¿Acaso estaba loca?

―Ella está prófuga ―aclaró Judy con el ceño fruncido ―. Tiene que dar la cara primero, señorita Swinton. Y créame cuando le digo que pagará por sus fechorías y usted irá con ella por ser cómplice.

―Hopps ―llamó la atención el jefe Bogo, un tanto molesto pero sin perder su temple ―. Comandante, no podemos ceder ante sus peticiones. Eso usted lo sabe mejor que yo.

―Veo que ustedes todavía no entienden en qué posición se encuentran. Pensé que la oficial Hopps tendría un poco más de criterio, ya que antes había apoyado a nuestra líder, pero veo que eso dejó de ser así. Una lástima ―dijo la cerda paseándose por el salón. Tenía puesto el uniforme con todas las medallas que había ganado; las charreteras relucían con la luz que entraba por el ventanal ―, pero si los he convocado es porque necesitaba tenerlos a todos en el mismo sitio. De hecho, tú, conejita, me has facilitado la tarea.

Hopps no entendió hasta que la hembra sacó un arma de su chaqueta y apuntó al alcalde. La cabeza de la ZPD se interpuso y también apuntó con una pistola. Judy imitó a su jefe.

―Ahora podré liquidarlos a todos ―develó la porcina con una mueca.

―No puedes estar más equivocada ―dijo Bogo sacando el seguro de su arma ―. Entrégate o esto terminará muy mal para ti.

―En este preciso momento hay un francotirador apuntando la cabeza de Lionheart, allá afuera ―aseguró Swinton. El león dejó escapar un gimoteo ―, ¿de verdad quieren perder a su querido alcalde? ―su confianza hizo menguar las esperanzas de los dos uniformados. Sabía que dentro de poco Pascal debía estar afuera reemplazando a Doug, pero la comunicación con la base se había cortado hace una hora. Algo andaba mal.

―¡Mientes! ―rugió Judy.

―Quédate callada, conejita, o serás la primera en caer ―aseguró la comandante en jefe. Luego susurró unas órdenes a través de un micrófono minúsculo que tenía puesto y al menos diecisiete soldados de las fuerzas especiales entraron por la puerta principal. Habían traspasado la barrera de la policía.

Estaban en aprietos.