Nota de autora: Sé que quieren matarme, y están en su derecho :( pero tuve muchísimo trabajo y falta de inspiración... esta historia me cuesta un poco estructurarla, ya que está en dos tiempos distintos y tengo que estrujarme el seso un buen rato para no perderme. En fin, espero que disfruten de este capítulo y espero no tardar tanto con la última actualización, pero ¡recuerden dejar review! Eso también me desanima, ver que la gente lee pero no comenta. Siempre es bueno saber qué les está pareciendo la historia hasta el momento.


Capítulo IV: Mantén cerca a tus amigos, y a tus enemigos...


"No sé por qué lo hice", repito como un mantra una y otra vez en mi cabeza.

"Marceline, sabes por qué lo hiciste", me responde otra vocecilla igual y sé que es verdad cuando veo a Bonnibel con esa sonrisa tan segura que ilumina su rostro cada que saluda a alguien. Simplemente, se ve radiante. Me maldigo internamente por haber caído ante ella, y me maldigo por sentir ese molesto cosquilleo cada vez que la veo acomodarse un mechón de cabello detrás de las orejas y dejar al descubierto ese hermoso cuello suyo.

Ugh, no por nada me llaman "la reina vampiro". Ya tenía problemas con ello desde que estudiábamos juntas.


Era un día bastante cálido. Estaba sentada con las rodillas juntas y los pies separados, formando un triángulo con mis piernas y el suelo, apoyada sobre mis brazos y arqueando el torso hacia delante mientras me dedicaba a gemir con un dejo de sufrimiento.

"Dios, pero qué calor hace", pensé mientras me apartaba un húmedo mechón de cabello de la frente. La clase de gimnasia había terminado hace un rato y algunos solo nos habíamos quedado para hacer el tonto un rato más. De pronto escuché el sonido de agua al salpicar y observé en esa dirección. Alguien había dejado abierta la puerta que daba a la piscina olímpica y podía ver al equipo de natación conversando animadamente mientras se reacomodaban el cabello dentro de sus gorros. Bonnibel estaba entre ellos; era la capitana del equipo femenil.

"Cómo no", pensé mientras torcía la boca hacia un lado al recordar lo que había visto ese día. Me preguntaba si Bonnibel habría visto el video que le dije y reí un poquito por lo bajo.

Alcé la mirada nuevamente, viendo hacia ningún punto en particular. Se suponía que no debía quedarme ahí después de clases, pero ¿a quién le importa? Volví a mirar hacia donde la bella Bonnibel estaba, sólo para verla desaparecer entre los vestidores.

Me incorporé de mala gana y caminé muy despacio hacia el vestidor. Abrí la puerta de manera tan casual como lo haría abriendo una puerta en mi casa y pasé, silbando débilmente una cancioncilla. Unas chicas iban saliendo entre risas del vestidor, me dedicaron una mirada de reojo y rieron nerviosamente mientras les respondía con un guiño y llevándome el dedo índice a los labios para que no dijeran nada. Ambas se sonrojaron y salieron, todavía riendo.

Me quedé apoyada contra la pared del vestidor mientras escuchaba risas y comentarios. Finalmente, una a una, se fueron retirando, hasta que la chica que estaba hablando con Bonnibel avisaba que se adelantaría. Sonreí al escuchar esto; no podía creer mi buena suerte.

Así que al final solo estábamos ella y yo. Me separé de la pared con sigilo y fui caminando hacia ella entre vapor y humedad.

La encontré sentada en una de las bancas, cepillándose el cabello con mesura. Metódicamente, deslizaba el cepillo una y otra vez de arriba abajo, con el mayor cuidado que hubiese visto jamás. De haber sido cualquier otra chica, tendría la piel agrietada y el tinte rosa estropeado por tanto cloro, pero no ella. Oh, no: no la chica perfecta, ella siempre estaba impecable. Caminé hasta situarme a su lado, y ella no notó mi presencia por estar tan concentrada en el cuidado de su cabello. De pronto, no pudiendo aguantar más, me aclaré la garganta y ella se detuvo y volteó a mirarme con extrañeza. Luego, se sonrojó y se levantó abruptamente.

— ¿Q-Qué haces aquí? —era evidente que no me había notado hasta ese momento. — ¡Este es el vestidor de las chicas!

Dicho esto, tomó una toalla y se la colocó alrededor del pecho, pues aún estaba en sujetador.

—Duh. —le contesté con sorna. —Y yo soy una chica, ¿recuerdas?

—Sí, pero tú… —apretó los labios y tomó rápidamente una blusa colgada en un gancho, se puso de espaldas y se la abotonó lo mejor que pudo.

— ¿Yo qué? —inquirí alzando una ceja, pero no esperé a la respuesta. —Solo quería saber si te ha gustado el video que te mandé.

Tal vez se pregunten por qué la confronté directamente. Supongo que lo común habría sido esperar a que ella sacara el tema… si es que había visto el video, pero lo que más ansiaba era observar su reacción.

—No sé de qué me hablas. —dijo mirando hacia un lado. De repente noté que el tono sonrosado de sus mejillas nada tenía que ver con el vapor que ya se estaba disipando casi por completo.

—Yo creo que sí. —y le lancé una sonrisita de complicidad marca "Marceline Abadeer".

Esto pareció descolocarla un poco, pues pestañeó rápidamente y se puso un mechón de cabello detrás de la oreja. Esa fue la primera vez que veía su cuello tan de cerca y no pude evitar sentir un cosquilleo agradable en el estómago. Rayos, esa chica era simplemente perfecta.

—De verdad que no. —murmuró.

— ¿Caprice & Erica? ¿Morning Lovers? Ya sabes, son dos chicas guapas que…

—Sé de qué va el video. —Me dice con los dientes apretados. Ah, se nos ha pasado un poco la amnesia, ¿no? —Lo que no sé es en qué estabas pensando al enviármelo.

Abrí los ojos de par en par, con fingida sorpresa.

—Te lo mandé pensando que te gustaría, claro. —le digo con mi mejor tono de niña inocente.

— ¿Cómo pudiste pensar que me gustaría algo así? —pregunta y casi espero verla arrancarse un poco de cabello por la exasperación. Me río un poco y ella se enoja aún más. —Ah, te parece gracioso.

—Princesa Bubblegum, por favor corta el rollo. —Dejo de reír pero sigo sonriendo. —Sé que lo has visto y sé que te gustó o no estarías reaccionando así.

—Lo he visto pero no me ha gustado, y francamente no sé qué te hace pensar que a mí puede gustarme algo tan…

—Ay, por favor, princesa. —pongo los ojos en blanco. — ¿O es que solo te gusta cuando son rubias? ¿Te ponen las rubias?

Abre la boca un poco y balbucea. La he dejado sin habla.

— ¿De qué carajo estás hablando? —me pregunta con gran esfuerzo e incredulidad y yo no puedo resistirlo más; me doblo de risa sosteniéndome el estómago. La perfecta Bonnibel Prince, diciendo soeces. Es como cumplir años en navidad, pero mucho mejor.

Bonnibel Bubblegum mira porno y dice malas palabras. Dudo que nadie a su alrededor sepa estas cosas de ella.

—Me refiero a tu video de las dos rubias dándole mientras hablan en un idioma raro de esos que te encantan. —le revelo finalmente y entonces veo el horror en su rostro.

—Por favor dime que bromeas. —dice en un gemido, pero hunde el rostro en sus manos y dice con voz ahogada. —Pues claro que no bromeas, lo viste. Oh, Dios, lo viste. Lo viste…

Verla así me resulta penoso, y eso es mucho decir incluso para mí.

—Oye… —le digo al fin, acercándome muy despacio hacia ella. —tampoco es para…

La reacción que conseguí fue que se levantara como si hubiera un resorte en la banca.

—Fue solo una vez, ¿está bien? Y fue un accidente, yo estaba buscando otra cosa y… eso apareció en mi pantalla.

Parpadeé unas cuantas veces. Luego vuelvo a reír.

—Tal vez no soy tú, Bonnibel, pero tampoco creas que me puedo creer esa idiotez.

— ¡De verdad!

— ¿Y por eso mirabas a la pantalla como boba? Me sentí tentada de darte un plato para que pusieras tu baba. Además… —puse mi sonrisa de niña inocente una vez más. —tus manos sí que parecían saber a dónde ir.

— ¡Tú…! —entornó los ojos y dejó caer los puños a los costados, abatida. Luego hizo una rabieta de cinco segundos. Se levantó hecha una furia y por un momento conocí el miedo. Se abalanzó contra mí y sentí dolor cuando me estampó contra el casillero más cercano.

¡Vaya! Dos sorpresas en un día. Bonnibel Prince maldiciendo y arrojándome contra un casillero; todo en menos de una hora. Traté de que no se notara el dolor que sentía por el impacto y la sorpresa de que una chica de aspecto tan delicado como Bonnibel, tuviera la fuerza de un linebacker.

— ¿Quién rayos deja su puerta abierta cuando va a masturbarse viendo porno gay? —le dije para justificarme. — ¡Ah sí, tú!

Volvió a azotarme contra la puerta del casillero.

— ¿Puedes dejar de hacer eso? Duele bastante, ¿sabes? —le digo con un quejido. Al día siguiente, mi piel tan blanca estaría imposiblemente morada.

— ¿Cómo te atreves a ultrajar mi privacidad de esa manera?

Claro, solo ella diría algo tan melodramático.

—Fui temprano porque no tenía nada mejor que hacer y tú eres una maniática del control. —en este punto yo ya estaba sosteniéndole las muñecas para impedir que me siguiera moliendo. —De verdad, si vas a hacerlo al menos deberías echarle seguro a la puerta.

—Mi puerta estaba rota. —me dijo con los dientes apretados.

—Entonces supongo que llegue en un momento muy afortunado. —y le lancé mi sonrisa encantadora, cuidando de que no se me notara mucho el dolor.

Esto pareció descolocarla un poco. Aflojó la presión sobre mí, dio unos pasos hacia atrás y jugueteó con un poco de su cabello. Hasta parecía apenada.

—No se lo vas a decir a nadie, ¿verdad? —me preguntó en voz muy bajita.

No le pude contestar, estaba muy ocupada mirándola. Estaba realmente hermosa. Su lacio cabello caía en cascadas por sus hombros. Lucía de un rosa muy intenso, casi rojo, como sus mejillas. Sus labios estaban húmedos, pues acababa de pasarse la lengua por ellos. De repente sentía muchas ganas de presionar mis muslos muy juntos. En vez de eso, hice algo muy estúpido, y me le acerqué.

Ella se alejó de inmediato, con miedo. Se presionaba las manos en el pecho, como si aún no tuviera puesta la blusa. Ya no parecía enojada, solo temerosa.

Y eso me gustó.

Hice algo muy temerario, o muy estúpido, según se vea. Con rapidez, me acerqué a ella, le aparté suavemente las manos del pecho y acerqué mis labios a los suyos…

¡PAF!

Un dolor picante y sensación de calor se extendieron por mi cara, y de inmediato me lleve una mano a la mejilla. Volteé a ver a Bonnibel, pero ella estaba muy ocupada metiendo sus cosas apresuradamente en su mochila. Estaba de espaldas pero pude ver que le temblaba todo. En cuanto metió todo desordenadamente, se esfumó sin mirar atrás.

Yo me quedé parada ahí, en medio del vestidor del equipo de natación femenil, sin saber muy bien qué había pasado. Para tener un aspecto tan delicado, Bonnibel sí que tenía una mano pesada. Me seguí frotando por unos segundos y dejé salir un siseo de dolor. Tal vez y me lo merecía, definitivamente tratar de besar a Bonnibel no había sido una buena idea.

Me senté. Lancé un suspiro. No podía decir que lo lamentara. No había podido resistirme, creo que nadie habría podido en mi situación. Nunca me había permitido fantasear con Bonnibel Prince, pero de la noche a la mañana se había vuelto todo en lo que podía pensar.

Porque estaba segura de que Bonnibel había descubierto algo muy en el fondo de sí misma y estaba asustada de ello.

¡Vaya, eso sonó sucio! Pero ustedes entienden lo que quiero decir, ¿no?

— ¡Marceline! —alguien tronó los dedos.

Bonnibel estaba frente a mí, con expresión más preocupada que molesta.

—No soy un perro. —le respondí con disgusto.

— ¿Has escuchado algo de lo que dije?

Suspiré.

—Estamos aquí para que conozca a tus publicistas.

Entornó los ojos, como si esperara ver algo más.

— ¿En qué tanto piensas?

—En nada.

—Seguro que estás pensando en mujeres. —dijo alzando una ceja.

—Sólo en una muy tonta.

Pareció enojarse. Debe pensar –muy acertadamente –que estoy hablando de ella. Pero eso no tiene sentido, pues Bonnibel no es tonta, así que seguro me imagina con alguna de esas rubias vacías que tanto me gustan por ser diametralmente distintas a ella. El pensamiento me entristece.

De repente escucho un ruido de sobresalto por parte de Bonnibel y la miro de nuevo. Hay un tipo guapo vestido con un traje caro que la abraza por detrás.

— ¡Braco! ¡Basta ya! —le dice Bonnibel pero se gira y lo besa.

Claro. Braco.

Braco y Bonnie son algo así como la realeza corporativa. Ambos son multimillonarios, jóvenes y atractivos. Braco dirige una compañía de no sé qué, y la verdad no me interesa. Él parece bastante interesado en ponerse cariñoso con Bonnie sin importarle que esté yo enfrente, pero ella lo aparta con una risilla nerviosa.

—Fui a buscarte pero me dijeron que estabas aquí y quise darte una sorpresa…

—Pues sí que me la diste. Braco, quiero que conozcas a una vieja amiga. Conocida. —se corrige. —Marceline Abadeer. Haremos una campaña publicitaria juntas.

Braco me sonríe, confundido.

— ¡Vaya! No sabía que conocieras a Marceline Abadeer.

— ¿Sabes quién es ella?

Él se encoge de hombros.

— ¿Y quién no? Hey… magnífico trabajo el que hicieron con el tema principal de la nueva película de James Bond.

—Más vale que Adele se cuide, ¿no? —le dije guiñándole un ojo.

Soltó una risa que lo hizo ver aún más guapo. Parecía un tipo agradable y yo ya lo odiaba solo por el hecho de ser el novio de Bonnibel.

— ¡Ya lo creo! Bon, podrías estar viendo a la próxima ganadora del Óscar. Eres un genio por hacer publicidad con ella. Tengo que documentar esto… ¿nos tomamos una selfie? Mi hermana se volverá loca cuando lo vea. —y saca su Smartphone mientras ambos posamos muy sonrientes.

Ella tiene el ceño fruncido, como si solo hasta ahora se hubiese dado cuenta de que soy famosa. Madre mía, ¿y así llegó a dirigir una compañía?

Habla con Braco unos minutos y le dice que lo verá después, que está ocupada y que debe hablar unas cosas conmigo. No puedo evitar sentirme un poco feliz.

—De verdad que ni siquiera sabes qué tan famosa soy, ¿verdad?

— ¿Crees que te habría buscado si no lo supiera?

— ¿Cómo se llama mi banda?

— ¡The Scream Queens! ¿Crees que vivo debajo de una roca?

—No, pero a veces tienes la cabeza tan dura como una. ¿Tan siquiera sabías que estoy nominada al Óscar?

—Pues claro que lo sabía. Sólo lo olvidé por un momento. A Braco le fascina James Bond.

Me mordisqueo el labio con tristeza. Estoy segura de que no lo sabía, y de que hay muchísimas otras cosas que ella ignora de mí.

Parece adivinar lo que pienso, porque me mira fijamente y me dice:

—Lo creas o no, Marceline Abadeer, hay muchas cosas que sé de ti.

Entonces se sonroja, como si se hubiese dado cuenta de lo que dijo y añade:

—Si vas a ser la imagen de mi compañía, entonces debo saber todo de ti, ¿no?

—Y yo también sé muchas cosas de ti, Bonnibel Prince. Por ejemplo, si yo fuera tu novia no te caería de sorpresa. Sé que odias las sorpresas.

No sé por qué dije eso, a decir verdad. Sólo me adelanto, estar con ella me resulta sofocante.


— ¿Es una broma?

— ¿Ve que me esté riendo, señorita Prince? Hablo muy en serio. —nos dice el publicista después de dar un traguito a la botella de agua que estaba en su escritorio.

Yo sólo lanzo un suspiro y frunzo los labios.

—Pero, ¿por qué?

—Su imagen, señorita Prince, por no decir la de Candy Kingdom, se ha visto fuertemente afectada debido a su… exabrupto. Si quiere que todo esto sea creíble, debe hacerse.

—Pero… ¡no puedo fingir…!

—Señorita Prince, creo que no me ha comprendido usted muy bien. —el hombre acercó su asiento, entrelazando los dedos. —Yo no quiero que finja. Yo quiero que usted sea la mejor amiga de Marceline Abadeer. Quiero que estén juntas y salgan a lugares públicos a todas horas, y que todo mundo que las vea, piense que se hicieron tatuajes a juego y se dedican a hacerse mani-pedi los fines de semana.

Bonnie y yo volteamos a vernos. Ambas negamos invisiblemente con la cabeza.

—Señor…

—Kinney.

—Señor Kinney. —dije asintiendo con la cabeza. —Yo no creo que eso vaya a funcionar… Es decir, es un excelente plan pero… ella y yo…

Di una palmada e hice un sonido de "¡kabúm!"

Kinney asintió. Se levantó y cogió sus cosas.

— ¿A dónde va?

—Puede buscar a otro publicista, use a uno de los suyos si quiere. Pero nadie podría ayudarle. Todos la verán como una hipócrita, se verá aún peor de lo que ya se ve.

Me agrada este tipo.

—Una vez trabajé para un tipo… se lanzó para la alcaldía de Pittsburgh. El tipo era un homófobo sin remedio, pero lo convertí en el candidato más fuerte.

—Lo sé.

—Entonces sabe que mi plan publicitario funcionará. —le dijo con una sonrisa.

Un publicista de treinta y pocos años, guapo, mordaz y muy directo. Seguro que es gay.

—Señor Kinney, ¿nos concede un momento?

Él asintió y cerró la puerta tras de sí.

— ¿Lo harías? –pregunto Bonnibel en cuanto él hubo salido. Sus ojos azules me miraban con súplica.

— ¿Qué? —pregunté con sorpresa. —No estarás hablando en serio.

—Estoy hablando muy en serio, Marcy. Ya te lo he dicho, haré lo que sea por Candy Kingdom. Brian Kinney podrá ser un cretino sin escrúpulos, pero es un tigre de la publicidad y sé que tiene razón. En todo lo que dijo.

Pasar mis días con Bonnie. Como en el bachillerato. Mi mente grita que no, pero una parte mucho menos racional de mí, le da a Bonnie la respuesta que quiere oír.

—Dile a Kinney que vuelva y acabemos con esto de una jodida vez.

Bonnibel levanta la bocina del teléfono. Me da una sonrisa enorme y sé que he tomado la decisión incorrecta, pero me encanta.

—Pepper, dile al señor Kinney que pase de nuevo. —está a punto de colgar pero lo piensa mejor y vuelve a hablar. —Y envíame dos Cherry Poppers después de que él se vaya.

Me lanza una sonrisa, esta vez de complicidad. Al ver mi expresión sorprendida, se ríe.

—Oh, Marceline. Te he dicho que lo sé todo sobre ti, ¿acaso crees que no sé de tu adicción a los Cherry Poppers?

Y se ríe mientras yo me sonrojo preguntándome si no estará hablando de algo más.


Nota de autora 2: Y bien, así finaliza este capítulo. Las personas que sepan inglés, sabrán que la expresión "pop the cherry" se refiere a cuando se pierde la virginidad. A esto se refiere Marceline al final, cuando se pregunta si Bonnibel no le habrá dicho que es adicta a los "Cherry Poppers" por alguna otra cosa... ¿se imaginan cuál? ;)

¿Qué son los Cherry Poppers?

¿A qué se refería Bonnibel?

¿Podrán ser amigas y limpiar el nombre de Bonnibel?

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