¿POR QUÉ LA ELEGÍ COMO MI ESPOSA?

Capitulo 4: Cita

Después de un día ajetreado en el hospital Phoebe y Gerald se tomaban un momento de descanso y veían la televisión.

— Es bueno estar de vacaciones, puedo verte más —le susurró Gerald en la oreja a su esposa.

— Sería mejor que yo también tuviera vacaciones… lo siento —se disculpó. Sus próximas vacaciones serían al cabo de seis meses, aunque no resultaba del todo mal ya que Gerald tendría unos días de descanso para entonces.

— No importa. Amo tenerte aquí a mi lado —se inclinó para besarla apasionadamente y ella correspondió. Hacía rato que no tenían tanto tiempo a solas. Sus horarios eran algo complicados pero a decir verdad ellos lo sobrellevaban muy bien. Gerald era un hombre muy comprensivo, dulce y ocurrente que apoyaba al máximo su sueño de ser una doctora preparada y ella era su fan número uno. No se perdía sus partidos y estaba en primera fila para alentarlo. Por eso funcionaban tan bien.

Se habían olvidado de la televisión y tumbado en el sillón profundizando los besos, cuando el sonido del celular de la doctora los interrumpió:

— Perdón, creo que es del tra… Es Helga —dijo extrañada al ver el nombre de su amiga en la pantalla.

— Puede ser sobre Arnie, contesta —le aconsejó él, aún acomodado sobre ella.

— Helga… ¿Qué pasa? —preguntó enseguida al escuchar el tono de voz de su mejor amiga que la delataba de inmediato, además de que la conocía a la perfección, supo que algo no andaba muy bien.

— Ella está aquí. Están en la sala y yo… no puedo, no…

— ¿Qué pasa? —preguntó bajito Gerald al ver la cara de su esposa.

— Layla —prununció Phoebe que no necesitaba que su amiga le dijera el nombre de aquella mujer porque sólo había una persona que podía poner a Helga G. Pataki de esa forma. Gerald se llevó una mano a la cabeza. No eran buenas noticias.

— Si… Arnold no recuerda nada y yo… quisiera sacarla de aquí. Ni siquiera sé porqué la dejé entrar, pero cuando me di cuenta Arnold la había visto y quiso saludarla.

— Helga, sé que quisiste hablarme porque no sabes que hacer y te sientes aturdida, pero no es momento para dejarse llevar por los miedos, así que escúchame bien —habló la médico, decidida—: Vas a ir y vas a sentarte al lado de TU esposo y a vigilar a esa mujer. Sé natural, sonríete con Arnold, haz contacto con él para que ella se de cuenta. Seguramente alguien de la universidad le contó sobre el estado de Arnold y es algo sospechoso que se presente así a tu casa pero eso no importa ahora. No los dejes solos, no le des oportunidad. ¡Defiende lo que es tuyo! —bramó Phoebe, apretando el celular.

— Te amo, Phoebs, gracias —dijo ella y colgó para salir corriendo hacia la sala.

— Esto no es bueno, Gerald. No sé que intenciones tenga ella, pero estoy segura que algo trama…

— ¿Crees que sabe que Arnold no recuerda y por eso regresó?

— ¿Por qué más? Si él no recuerda todo lo que ella hizo para interponerse y no recuerda a Helga… no sé, no quiero pensar, Gerald —le dedicó una mirada preocupada detrás de sus lentes. Él le tomó la mano y le dio un apretón con fuerza, tratando de transmitirle animo.

— Desearía que los dejara en paz, suficiente tienen los dos con todo esto como para agregar un problema más. Qué lejos quedó la Layla linda y educada ¿quién iba a pensar que cambiara tanto?

— Si… la linda y educada Layla —meditó ella un poco—. A raíz de la muerte de su padre, se volvió otra persona… o más bien, sacó su verdadero yo a relucir…


— Y a ¿qué te dedicas, Layla? —preguntó el rubio, mientras la observaba con cierto detenimiento. Para él no había habido mucho cambio en la pelirroja, lucía prácticamente igual salvo el peinado, pues había dejado atrás sus largas trenzas sustituyéndolo por el cabello suelto. Aun podían notarse sus pecas en las mejillas y ahora llevaba maquillaje en su rostro, pero Arnold pensó que si comparaba los cambios, nada podía ser más grande que el de Helga. Fisicamente había cambiado mucho e incluso, sentimentalmente (recordó los poemas que había leído y el corazón le dio un pequeño vuelco).

— ¿Alguien quiere más café? —Helga había entrado a la sala llevando la jarra en una bandeja. Estaba nerviosa, molesta, intranquila, pero las palabras de Phoebe la habían hecho reaccionar. Podía ser que Arnold no la recordara, pero era su esposo y esa misma mañana habían decidido intentarlo, así que no se iba a rendir tan fácil.

— Yo sí, muchas gracias —admitió su esposo. Ella sonrió y le sirvió para después dejar la jarra en medio de los panecitos que les había llevado y sentarse al lado de él.

— Soy maestra de educación especial, ya saben, siempre me gustaron los niños.

— Claro, recuerdo esa parte —comentó Helga con sarcasmo, aunque advirtió que ninguno se dio cuenta del significado.

— ¿Y que te trae por la ciudad? Me dijiste hace un rato que ya no vives aquí desde hace años y perdón pero no recuerdo lo que pasó —Helga se mordió el labio. No era que Arnold lo hiciera a propósito porque no sabía, pero la estaba poniendo al tanto de que no recordaba y ella temía que Layla lo aprovechara.

— Lo que pasa es que a mediados de la universidad Layla recibió la propuesta de una beca para estudiar en el extranjero, ¿no es así? —inquirió la rubia, mirándola fijamente. La sonrisa de la chica se difuminó a una mueca seria. Ambas sabían lo que en esa ocasión había sucedido.

— Es cierto Arnold. Nada me hataba a esta ciudad y decidí que lo mejor para mi y para todos era que tomara esa beca y me fuera de este lugar en donde no estaba mi destino o bueno, ahora puedo decir que quizás sí…

— ¿Por qué dices que quizás si? —cuestionó Arnold dándole una mordida a un panquecito.

— Porque están por abrir una escuela aquí en Hillwood y me ofrecieron el trabajo como directora. Así que al parecer mi destino era regresar —la pelirroja mostró una amplia sonrisa y pestañeó al mismo tiempo. La rubia resistió el impulso de rodar los ojos.

— Es una buena noticia ¿no crees Helga? —le preguntó a su esposa un tanto animado.

— Claro que lo es —contestó sin alterarse, aunque por dentro el corazón le bombeaba de nervios y miedo—. Siempre es bueno tener a las amistades cerca —comentó nuevamente usando una nota de sarcasmo en su tono.

— ¿Y a ti cómo te va Helga? Supongo que ha sido algo dificil coordinarse con la presidencia de Telefonía Pataki, estos días que Arnold ha estado delicado —Layla clavó sus ojos en los de Helga y se hizo hacia delante indicando con su lenguaje corporal que era toda oídos para lo que Helga tuviera que decirle.

Perra —pensó Helga para sus adentros, controlándose para que sus facciones no develaran lo que Layla quería: provocarla—. Pues verás, Heidi —la llamó en forma despectiva. Layla odiaba que Helga usara ese apodo pues hacía referencia a que ella provenía de un pueblo y había sido pobre durante casi toda su vida, pero se limitó a sonreír falsamente cosa que no pasó desapercibida de la empresaria—, no voy a mentirte, no ha sido nada difícil —sonrió con malicia al ver el desconcierto en el rostro de su enemiga que no esperaba esa respuesta—, ser la presidenta tiene sus beneficios y ausentarse en casos especiales es uno de ellos, además de que no hay nada más importante para mí que Arnold —el aludido volteó a ver a Helga mientras ella hacía esa confesión. Por un momento se perdió en la mirada fija de la rubia, en el brillo en sus ojos y el movimiento de sus manos. ¿Estaba diciendo eso tan lindo de él? —sinceramente, la empresa se puede ir por un caño, mi esposo es primero —defendió ella.

El movimiento fue mecánico y sorprendió a Helga: Arnold que la miraba sin entender muy bien lo que sentía, le tomó la mano con fuerza y ella correspondió de la misma forma, sorprendiéndose del tacto. Layla hizo una mueca casi impercimtible con la boca, molesta ante ese gesto de la pareja.

— G-Gracias, H-Helga… yo —balbuceó él con las mejillas encendidas.

— Bueno, bueno tortolitos, creo que debo irme —anunció la maestra, interrumpiendo el momento a propósito.

— ¿Tan pronto?

— Si querido Arnold, debo atender unas cuestiones legales de la escuela, ya sabes. Pero estoy segura que podremos coincidir de ahora en adelante ¿no te parece bien? —la pecosa se acercó hasta Arnold y le dio un abrazo.

— ¡Hey! ¡No tocar! Tiene las costillas rotas —se metió Helga jalando a Layla de un brazo para que lo soltara.

— Cuídate Layla, espero que todo marche bien con tú escuela, felicidades y bienvenida de nuevo.

— Nos veremos pronto, Arnold —le guiñó el ojo.

— Te acompaño, querida —la apresuró Helga llevándola del brazo. Caminaron unos pocos pasos antes de llegar a la puerta y la pelirroja se soltó bruscamente del agarre.

— Tranquilízate Helga ¿A qué le temes? —la encaró enarcando una ceja.

— No sé que tramas, pero te advierto que no te metas con Arnold, ni conmigo —constestó Helga.

— ¿Tienes miedo de que te lo quite? Después de todo, parece ser que no se acuerda de nada… ni de ti —picó la pelirroja, esperando una reacción de su rival.

— Eso no va a suceder ni en tus sueños más locos, y por lo demás yo me encargo de que se acuerde, no te preocupes —le dijo y le cerró la puerta en la cara. La rubia se tomó un minuto en la entrada para calmarse, no quería que Arnold la viera alterada o comenzara a hacer preguntas pero la verdad era que tampoco estaba muy de acuerdo en que ambos fueran amigos. La pelirroja se estaba aprovechando totalmente de la situación para quedar bien con su marido.

— Vaya, si que fue una sorpresa la visita de Layla ¿no? —comentó Arnold observando el enorme ramo de flores que ésta le había llevado y que Helga había puesto en un jarrón y dejado en la cocina.

— Vaya que si —comentó en tono seco la rubia mientras terminaba de lavar la tetera y las tazas de café que habían utilizado con esa visita no grata. Arnold no pasó por alto la seriedad de Helga. Desconocía el motivo de que hubiera tanta tensión respecto a Layla pero pensó que quizás eran imaginaciones suyas.

— Oye, emmm, Helga — la llamó con suavidad—. Gracias por lo que dijiste… eso de que soy mas importante que tu empresa… no esperaba escuchar algo así pero, fue muy lindo de tu parte —agradeció el joven con las mejillas encendidas. Helga se dio la vuelta y lo miró a los ojos con gesto tierno.

— Es la verdad Arnold. Aunque no lo parezca y las cosas no estén tan bien, eres lo más importante que hay en mi vida —la propia Helga se sorprendió de la confesión tan sincera que acababa de hacer pero le era un tanto dificil no hablar desde su corazón, pues con Arnold era con el único que podía decir ese tipo de cosas sin sentir vergüenza. El rubio se quedó de piedra en su lugar. Le daba la razón a Helga; eran esposos por alguna loca circunstancia de la vida que en ese momento él no podía recordar, pero eso significaba que eran compañeros y que debían cuidar el uno del otro. Helga estaba haciendo de forma excelente la parte que le tocaba y él, no podía decir lo mismo de su comportamiento, pero quería intentarlo.

— Gracias por quererme de esa forma, te prometo que lo voy a compensar —concedió él, apenado por no poder devolver en la misma intensidad las palabras.

— No, Arnold, no estás obligado a ello, es lo que siento, así que tómalo con calma, que mis sentimientos no te asusten o te presionen ¿de acuerdo? —asintió él, un poco nervioso.

— Oh, por cierto Gerald llamó en la mañana —recordó.

— ¿Y qué quería ese cepillo? Digo eh… ¿Qué te dijo?

— Nos invitó a su partido de básquetbol este viernes y pues aprovechando la ocasión quería ver si podríamos tener una especie de… ¿cita? ¿quisieras probar…? —a Helga le sorprendió mucho el gesto de Arnold, ¡lo estaba intentando!

— Me encantaría, mucho… gracias—respondió ella sonriendo sin poder ocultarlo.

— Creo que es buena idea, también me gustaría —sonrió de vuelta—. Gerald dijo que mandaría los boletos

— Si, regularmente los manda por correo y el portero nos los entrega.

— ¿Vamos muy seguido a verlo?

— No faltamos a ningún juego local. Creo que es un gusto que compartimos tu y yo, desde niños, aunque claro, a ti te gusta más el béisbol.

— Bueno, sí, aunque eso era antes, creo que ahora que sé que Gerald es basquetbolista, ese gusto puede cambiar un poco.

— Supongo que sí, el viernes que veas el juego lo sabremos. Y ahora jovencito, es hora de que vayas a tomar un baño y después te cambie las vendas.

— De acuerdo, por cierto… estuve indagando un poco en la casa y encontré esto —del bolsillo de su chaqueta Arnold sacó su pequeña gorra y el listón rosa de Helga—. ¿Cómo es que esto no está a la vista?

— Te dije que no estuvieras haciendo cosas que te hicieran daño y veo que no has hecho caso, pero me alegra que los hayas sacado de esa caja. La verdad es que los guardamos ahí por la mudanza y se nos olvidó con el tiempo…

— Pues creo que deberían tener un lugar especial

— ¿Y cual será ese lugar especial? —preguntó ella con curiosidad viendo la cara de Arnold iluminarse al observar su gorra.

— Creo que podríamos dejarlos en el librero por ahora y después hacer como una especie de repisa con otras cosas importantes ¿qué dices?

— Es buena idea —Arnold depositó los dos objetos en el librero donde descansaban sus libros de investigación.

— Y ahora si, a bañarse —señaló Helga con tono maternal.


Cuando Arnold salió del baño vio que Helga había dispuesto las vendas y las tijeras en la cama y lo esperaba mientras revisaba su celular.

— Vaya, pensé que querías arrugarte como una pasa… ¡si que tardaste en bañarte! —le comentó algo somnolienta.

— Lo siento, es un poco dificil moverse —dejó la toalla con la que se secaba el cabello sobre el perchero al lado de la cama y después se sentó al borde del colchón.

— Pues comencemos —anunció ella sin más—. Acuéstate —sugirió, y la incomodidad comenzó a hacerse presente entre los dos. Arnold obedeció—. A-ahora quítate la playera de la p-pijama—pidió ella, tragando saliva. Iba a ser más difícil de lo que pensaba. Después del accidente no habían tenido un contacto tan cercano como en ese momento, excluyendo el gesto que habían tenido durante la visita de Layla.

Arnold se sacó la playera con cuidado. Ya recostado decidió que sería más facil si apartaba la vista de ella y se limitaba a mirar el techo del cuarto. Helga se sonrojó, pero no dijo nada más y comenzó la labor de las vendas.


— Listo, creo que terminamos —dijo Helga examinando el vendaje que cubría las costillas y parte del abdomen de Arnold—. ¿Está muy apretado? —preguntó metiendo los dedos entre la venda y el cuerpo de su esposo para comprobar que estuviera bien.

— N-No… e-está b-bien a-así, g-gracias —comentó él bastante nervioso.

— Bueno entonces ya está —concluyó ella, guardando las tijeras en el botiquín de primero auxilios que tenían—. La verdad yo no tengo hambre pero si tu tienes podría cocinarte algo…

— Estoy bien, esos panquecitos y el café me llenaron —comentó él, tocándose el estómago.

— Si, a mi igual… bueno entonces me iré a dormir —anunció—. Trata de descansar por favor.

— Helga espera… — comenzó él sin saber muy bien porqué. Ella se quedó expectante con una mano en la perilla de la puerta —Arnold se quedó en silenció mirándola, se frotó el cuello con una mano y después desvió la vista hacia la pared.

— M-mañana iré a Sunset Arms a mi consultorio, quiero retomar a mis pacientes... ¿Tienes las llaves? —ella lanzó un leve suspiro; había esperado otra declaración totalmente diferente.

— Están en una cajita en la mesa del recibidor.

— De acuerdo, muchas gracias y emm... buenas noches.

— Buenas noches —contestó ella mientras ya cerraba la puerta.

Arnold se sintió tan culpable. Habían tenido algo de más acercamiento aquel día; escucharla decir que él era lo más importante en su vida lo había conmocionado, por eso había querido decirle que no se fuera a dormir al sillón, que si dormía ahí con él no pasaba nada, pero una sensación de incomodidad lo rebasó. Era muy pronto para él y en verdad quería intentarlo, por lo menos llevaban las cosas como amigos y estaba en cierta forma bien... pero ahí radicaba el problema.

Helga se fue a dormir una noche más a la sala mientras que el compañero que ella había elegido para su vida lo hacía por separado en su cuarto. La chica se sentía muy intranquila: por una parte la llegada de Layla no podía significar nada bueno, viejos miedos se arremolinaban en su mente y en su corazón. Sin embargo también había habido progresos, el recuerdo de Arnold la vez que ella lo encontró en el panteón... la idea de la cita para el juego de Gerald... su tacto cuando le tomó la mano... se estaba volviendo loca con tanta incertidumbre y pese a eso, decidió que pondría sus esperanzas en aquel juego del mejor amigo de Arnold. Algo bueno tendría que suceder.


Al día siguiente, después de haber desayunado lo que Helga le había dejado preparado, Arnold se alistó, pidió un taxi y se dirigió a Sunset Arms.

Durante el recorrido en silencio en el auto, el chico se dedicó a observar la ciudad por la ventana: Había cambiado bastante y no la recordaba de esa forma. Había más negocios grandes y quedaban pocos de los que él había conocido… se sentía como si hubiera emprendido un viaje de muchos años y estuviera regresando.

Lo peor vino cuando el taxista se detuvo frente a aquella fachada que conocía de sobra. Se le hizo un nudo en la garganta al jovencito al tomar las llaves y girar la perilla; La casa estaba remodelada: un nuevo papel tapiz color crema con rombos azules y una alfombra guinda le daban la bienvenida. Las fotografías del recibidor habían sido removidas y reemplazadas por diplomas con su nombre. Caminó unos cuantos pasos para encontrar que el viejo comedor se había convertido en la sala de espera de sus pacientes, pues en vez de una mesa habían varios sillones y una televisión. Se adentró un poco más y descubrió que la cocina seguía ahí, intacta a como la había conocido en su infancia. Se detuvo en medio del lugar y los ojos se le llenaron de lágrimas. Recordaba a la perfección los días en que su abuela le cocinaba vestida con algún disfraz exótico que había encontrado en su ático y el abuelo leía el periódico mientras esperaba a que le sirvieran el desayuno. Era horrible pensar que jamás volvería a verlos y el estar en su casa y saberse sin ellos le partía el corazón.

Arnold movió la cabeza, tratando de despejar sus pensamientos y decidió ir escaleras arriba, en donde se encontraban los cuartos de los huéspedes. Helga le había dicho que aun vivían algunos ahí pero no estaba seguro si eran los mismos inquilinos de siempre o si eran nuevos, además de que quería ver su antigua habitación y su consultorio.

La primera habitación que se topó era su consultorio: un cuarto amplio, blanco, con tres libreros repletos, un escritorio, un diván para los pacientes y un sillón para él. Pese a que no recordaba el sitio, no se sintió extraño, sabía que aquel lugar era suyo, la atmósfera se sentía así, cálida… familiar. Arnold se acercó al escritorio en donde había una taza, una laptop, carpetas, bolígrafos y una fotografía que no esperó ver. El rubio, tomó entre sus manos el portarretrato y miró con detenimiento: era una fotografía de él y de Helga, parecía que estaban en una especie de restaurante, pues yacían sentados frente a una elegante mesa donde se podían ver dos copas de alguna bebida. Arnold pensó que esa fotografía había sido tomada en alguna ocasión especial ya que el vestía de traje azul con corbata a juego y ella llevaba un vestido negro de tirantes y el cabello suelto.

— Lucíamos tan… tan enamorados —susurró para sí, analizando la fotografía. Observó a Helga y le pareció que estaba hermosa se veía tan plena y feliz. Después, se miró a sí mismo y lo que encontró en su rostro le dio una extraña sensación en el pecho: Él sonreía de oreja a oreja, sus ojos estaban encendidos y enlazaba su mano con la de Helga sobre la mesa. Arnold acercó el portarretrato a su rostro y notó el anillo de compromiso que lucía ella en su dedo anular lo que le hizo sentir curiosidad por saber exactamente en qué momento de su relación se encontraban ambos cuando esa fotografía fue tomada.

— ¿Arnold? —una voz en la puerta del consultorio lo sobrasaltó. Una mujer de tez blanca y cabello corto y rubio lo miraba sorprendida desde la entrada. A Arnold le tomó un segundo reconocerla.

— ¿Suzie? ¿Eres tú?

— ¡Ay, Arnold! ¡Estábamos tan preocupados por ti! —dijo y se le echó a los brazos. Él correspondió el abrazo—. Dios mío, todo esto ha sido como una pesadilla, la pobre de Helga me telefoneó hace unos días para avisarme, gracias al cielo que estás bien… pero... ¿qué pasa? —le preguntó al notar la mirada desconcertada del joven.

— No es nada. Sólo, bueno… no sé si Helga te dijo que no recuerdo algunas cosas de cierto tiempo al presente…

— Si, me mencionó algo. Lo lamento, no quise asustarte con mi cercanía, quizás no me recuerdes mucho, pero nos llevamos muy bien, más que cuando eras niño y por eso nos preocupamos por ti al enterarnos y no pude evitar… lo siento…

— No, no te disculpes, es que todo ha sido repentino para mi. Dime, ¿siguen viviendo todos aqui? Parece que hay demasiados cambios, mi consultorio ocupa casi todo y no sé si sigan habiendo inquilinos.

— Arnold, quizas no has recorrido toda la casa pero, antes de poner tu consultorio hiciste ampliaciones arriba para que tuviéramos más espacio. Ernie, el Sr. Hyuun, Oskar y yo seguimos viviendo aquí… después de lo de tus abuelos, bueno nosotros no tuvimos el corazón de dejar esta casa… pues todos éramos ya una familia, así que decidimos quedarnos sin importar que tuvieras aquí tu lugar de trabajo. Realmente no nos molesta, porque es un ambiente muy tranquilo.

— Entiendo. Gracias por no dejarme Suzie… en verdad me alegra saber que siguen aquí conmigo. Por cierto ¿dónde están ellos?

— Aunque no lo creas, Oskar está trabajando, desde hace años tiene un trabajo fijo en la misma tienda departamental en donde trabajo. Ernie abrió su constructora y el Sr. Hyuun anda de vacaciones en Vietnam con su hija.

— Ya veo…me alegra saber que están bien.

— ¿Y… cómo está Helga, querido? —preguntó ella, notando que Arnold aun sostenía el portarretratos.

— Bien creo… bueno ella me está ayudando mucho en este momento y se lo agradezco. Lamentablemente creo que yo no la estoy ayudando a ella en nada y tampoco sirve que yo no recuerde nada de lo que vivimos…

— Me imagino que es duro para ella y también para ti —concedió Suzie con dulzura—. Sin embargo ella es una mujer muy fuerte, que ha pasado de todo y sé que les irá bien, es cosa de tener paciencia y poner de su parte. No te presiones Arnold, poco a poco irás recordando y en lo que pueda ayudarte, sabes que cuentas conmigo y con Oskar.

— Muchas Suzie, lo aprecio muchísimo y créeme que si voy a necesitar tu ayuda. Estoy aquí porque quiero retomar los casos de mis pacientes que dejé antes del accidente —vaciló—, sin embargo no sé por dónde empezar… es como retomar algo que no recuerdas… es como si alguien más lo hubiera hecho y no yo.

— No te preocupes, un tiempo la hice de tu secretaria así que sé perfectamente donde está todo, te mostraré.


Después de ese día en el consultorio a Arnold no le tomó mucho tiempo en volver a la acción. Lo primero que hizo fue comprar un celular nuevo y así comenzó a contactar a varios pacientes que amablemente agendaron nuevas consultas con él y se fueron presentando en los días posteriores en su consultorio. El joven pensó que le costaría mucho trabajo pero se encargó de estudiar muy bien los expedientes de todos antes de darles consulta y todo fluyó muy bien. Tenía la comprensión de sus atendidos ya que se habían enterado de su accidente por las noticias y ellos mismos le decían que se lo tomara con calma.

En casa, todo seguía igual entre la pareja: Todo era cordial y amable, pero no había habido algún cambio significativo desde la visita de Layla en donde ambos habían tenido cierto acercamiento. Helga estaba un poco preocupada porque debido al trabajo que había dejado rezagado los días que estuvo en el hospital, tuvo que quedarse más tiempo del normal en la oficina y poco vio a Arnold en la semana, pues él también se estaba integrando a su vida cotidiana laboral y estaba echándole muchas ganas a estudiar los expedientes de sus pacientes en casa. Coincidieron un par de veces en el desayuno y sólo cenaron juntos una noche, por lo demás las comidas las hacían cada quién en sus trabajos y en la noche al llegar a casa alguno de los dos ya estaba dormido cuando el otro arribaba. Helga seguía durmiendo en el sofá y se preguntaba hasta cuándo seguiría la situación de esa forma. Comenzaba a plantearse el comprarse una cama individual y trasladarla a su estudio, el cansancio físico comenzaba a hacerle meollo en la columna y más allá de eso sus únicas esperanzas estaban depositadas en el viernes, el día del juego. Esperaba que Arnold no hubiese cambiado de opinión respecto a "la cita" que tendrían, porque ya había acomodado su horario de trabajo para disfrutar aquella tarde el juego con él:

Viernes, 05:20 pm, Hillwood, Centro de Basquetbol "Michael Jordan".

Helga veía impaciente el reloj de su celular. Arnold estaba retrasado viente minutos, el juego estaba a punto de empezar y ella temía que su esposo se hubiera arrepentido. La rubia daba vueltas en su lugar, afuera del recinto de basquetbol. Ambos habían acordado verse ahí ya que sus horarios de trabajo les impedían reunirse en casa primero para llegar juntos, así que optaron por llevarse sus mudas de ropa más cómodas para cambiarse antes de llegar al evento. El último mensaje de texto que Arnold le había contestado había sido hacía una hora y ella comenzaba a desesperarse.

¿Y si no viene? ¿Y si realmente no quiere intentarlo? Debo aceptarlo, no puedo obligarlo a nada... —pensó la rubia con el pesar arremolinándose en su pecho y mordiéndose las uñas de los nervios.

— ¡Helga! ¡Helga! —la voz de Arnold irrumpió en sus pensamientos negativos. El chico corría lo más rápido que podía y cuando llegó hasta ella tuvo que tomarse unos segundos para recuperar el aliento.

— ¡No deberías correr! ¡Aún no estás tan bien como crees! —exclamó Helga colocándole ambas manos en los hombros—. Pensé... pensé que no vendrías... —confesó ella y Arnold pudo ver la tristeza en los ojos de su esposa.

— Perdóname, mi celular se quedó sin pila y una consulta se alargó más de la cuenta y luego ningún taxista pasaba y... de verdad lo siento.

— Ya, está bien. Me alegra que hayas llegado... por lo menos pudiste cambiarte —concedió ella al ver que Arnold llevaba la playera del equipo de Gerald, puesta.

— Está por empezar, vamos —dijo él, jalándola de la mano y comenzando a correr de nuevo.

— ¡Qué no corras, Arnoldo!


— ¡Justo a tiempo Helga! ¡Faltan cinco minutos todavía! —exclamó él, contento.

— Si, si, pero sigue subiendo Arnold, nuestros asientos son los de allá —indicó ella con la cabeza ya que llevaba en las manos una bandeja con palomitas, refrescos y hot dogs para disfrutar durante el juego. Arnold obedecía y subía poco a poco las gradas hasta que llegó a los asientos para darse cuenta de que un rostro que se le hacía indudablemente conocido, ocupaba un asiento aledaño al de ellos y le sonreía y lo saludaba con la mano.

— Hola Arnold —le dijo el sujeto de lentes de pasta negra y barba con el cabello peinado hacia atrás—. Tiempo sin verte, amigo ¿cómo estás?

— ¡Brainy! ¿Qué haces aquí? —bufó Helga al ver a su director de ventas sentado al lado del que era su asiento, muy sonriente y relajado—. Recuerdo que tenías trabajo que terminar ¿Por qué estás aquí tan campante?

— Ya, ya jefa, adelanté bastante, hace mucho tiempo que dejé de asistir así que ya merecía relajarme y qué mejor que esta ocasión para encontrarme con Arnold.

— Hola Brainy, no te reconocí... bueno es que no puedo...

— Recordar —completó él—. Si, Helga me comentó. De verdad lo siento amigo, pero hay que mirarlo por el lado bueno, estás aquí, vivo y sano y tienes a esta bella señorita de esposa, estarás bien —le dijo guiñándole el ojo.

— Ya zopenco, guarda silencio —Helga le dio un zape a Brainy y su esposo se sintió confundido ¿desde cuando había tanta confianza entre ellos? Le sorprendía saber que Helga le hubiera contado a su antiguo stalker sobre su condición ya que ella siempre le pareció algo hermética con su vida personal con personas no tan cercanas, lo cual le indicaba que en este caso ellos debían de ser buenos amigos y eso si era toda una revelación, por lo menos para él.

— No sabía que se llevaban tan bien y que además trabajaban juntos —externó él. Mirando primero a Brainy y después a Helga.

— Brainy es el gerente ventas de la empresa, y pese a lo que pudiera pensarse hemos formado un buen equipo —dijo Helga consultando el reloj de su celular y dándole un sorbo a su refresco.

— Así es, soy el gerente de ventas desde que Helga tomó posesión. No fue fácil que me aceptara en el trabajo pero demostré mis habilidades y eso se vio reflejado en el alza de ventas, así que por más que quiera no puede dejarme ir y bueno, podría decirse que somos buenos amigos ahora.

— Ya veo —asintió Arnold con ambas cejas alzadas y tomando un puño de palomitas.

— Si, bueno, no vine aquí para hablar de trabajo, si no te molesta genio, Arnold y yo queremos disfrutar de nuestra cita.

— Entiendo, ya tendremos tiempo para hablar después, los jugadores ya están saliendo...

— Mira Arnold, ahí viene Gerald —le señaló ella. Gerald salió con una sonrisa de oreja a oreja y saludó al aire a todos los que se encontraban ahí—. El cabeza de cepillo juega de base en el equipo, y mira el pelirrojo que viene detrás es Charlie el pivot, el siguiente es Thomas el alero, el bajito es Jason el escolta y por último Richard que juega de Ala.

— Vaya… nunca pensé que pudiera ver jugadores más altos que Gerald, bueno es decir, sé que ya los había visto pero… en mi mente Gerald ya era muy alto.

— Si bueno, así es esto —intervino Brainy.

— ¡Silencio cuatro ojos! —lo calló Helga— Esto ya va a comenzar…


Arnold estaba maravillado. La adrenalina que la tribuna irradiaba logró contagiarlo. El corazón le daba un vuelco cada que Gerald tocaba el balón porque hacía magia con él. Su amigo era verdaderamente una estrella del baloncesto y él estaba impresionado. Sabía que muchas veces antes lo había visto jugar, sin embargo no podía recordarlo, así que prácticamente esa era la primera vez que lo veía en acción y se sentía muy orgulloso de él y de tener el privilegio de llamarse su mejor amigo. Aunado a eso, la experiencia del partido junto a Helga era una caja de sorpresas: La rubia gritaba más que cualquier aficionado al basquetbol, cada falta, cada jugada, cada encestada de Gerald iba a acompañado por chiflidos y vitores de Helga y eso le divertía mucho a Arnold. Observaba la cara de su esposa y veía que aquella niña que compartía su gusto por los deportes con la que creció, seguía intacta en ella. Cualquier mujer normal acompañaría a su esposo a ver un partido y seguramente terminaría por aburrirse o checar el celular por horas, pero Helga no, ella era diferente, ella disfrutaba el juego igual o hasta más que él y eso, no iba a negarlo, eso sí que le gustaba.

Por su parte el juego había fluído rápidamente. El equipo de Gerald "Hillwood Pigeons" se mantuvo a la cabeza durante los 3 primeros cuartos del juego, sin embargo en el último cuarto, los contrincantes "Chicago Assasins" habían logrado empatar a dos minutos de que todo terminara.

— Son buenos esos malditos —comentó Helga con los ojos puestos en el juego—. El cabeza de cepillo podrá ser la estrella de su equipo pero la verdad es que dependen mucho de él y eso no está bien, no puede hacer todo él solo. Lo que tienen los Asesinos es un equipo bastante unido...

— Quedan dos minutos—dijo Arnold mirando el reloj.

— Los Pigeons acaban de pedir tiempo… tienen que pensar en algo y rápido— comentó Helga mordiéndose las uñas. El equipo de Gerald se reunió a un lado de su banca con su entrenador que rayaba y anotaba cosas en un pizzarron de posiciones. Los jugadores asentían y hablaban entre si, evidentemente tramando la estrategia.

El tiempo terminó y la tribuna alentó a cada uno de los equipos.

— ¡Deben ganar! ¡VAMOS PIGEONS! —gritó la rubia lo más fuerte que pudo. Arnold sintió ganas de gritar con ella también.

— ¡Tu puedes, Gerald! —secundó el rubio, ante una mirada exceptica de Brainy que parecía mas bien aburrido del partido.

Ambos equipos se colocaron en sus posiciones. La pelota fue lanzada al aire y los capitanes saltaron para el robo de la pelota. Gerald la ganó y comenzó su jugada mandándole el pase al alero Thomas.

Helga y Arnold ahogaron un grito al mismo tiempo y en automático, sin despegar los ojos del partido, buscaron la mano del otro para tomarse con fuerza.

— Vamos... vamos —susurró el rubio apretando la mano de su esposa entre sus dedos.

Pronto vieron que Gerald iba a la cabeza sin perder la costumbre, comenzaba a abrirse paso entre los jugadores contrarios… el cronómetro corría y el silencio se adueñó del lugar… todos contuvieron la respiración cuando el capitán y base del equipo hizo el pase a Charles, el pívot, un mounstro de 2.10 mts que se colgó del aro y encestó en la última jugada declarando así la victoria.

— ¡SI! —gritaron al unísono los esposos y se abrazaron de felicidad.

— ¡Sabía que podían! —gritó Helga aun abrazando a su esposo y dando saltitos con él.

— ¡Que gran juego! —exclamó Arnold, apretando a Helga y luego hundiendo su cabeza en el cuello de la chica. Cuando se separaron un poco Helga depositó un beso en la mejilla de Arnold. Aquello lo habían hecho inconscientemente, así que de repente se dieron cuenta de que su contacto había sido más intimo que otros días y se separaron de sopetón. Brainy no pasó por alto sus reacciones y los miró en silencio, evaluando la situación.

— L-Lo s-siento H-Helga... yo... me dejé llevar

— Yo también, pero no me molesta, para nada... ¿A ti te incomoda?

— Si... digo ¡no! quiero decir no me... a mi me…

— Oigan, no quiero interrumpir —peo ovaya que sí quería—, pero Gerald viene hacia acá —dijo Brainy, rompiendo el momento de incomodidad de la pareja.

— ¡Viejo! —gritó Gerald, comenzando a subir las gradas, seguido de Phoebe quién había llegado casi a la mitad del partido y que había permanecido en los asientos mas próximos a su esposo—. ¡Qué alegría verlos aquí!

— ¡Gerald! —el rubio abrazó a su mejor amigo—. Eres increíble ¡Fue estupendo! ¡La forma en la que te mueves y juegas y tomas y robas el balón…!

— Me alegra saber que te divertiste.

— Estoy muy feliz de haber venido y Helga ha sido una gran compañía, creo que es tu fan #1

— No le digas eso Arnoldo, se la va a creer. Buen juego cepillo... lástima que no pudiste ser el heroe del día.

— Ni me lo digas, lo siento Arnie, será en otra ocasión que me veas dar el remate de la victoria.

— Si, será después... ¿Oigan no les gustaría ir a cenar con nosotros? Para festejar

Phoebe y Gerald se miraron entre ellos y luego Phoebe miró a Helga. Su amiga le había comentado que aquella salida sería una especie de "cita" entre Arnold y ella y no querían arruinar sus planes o ser un obstáculo para que las cosas fluyeran entre ellos.

— Nos encantaría Arnold, pero Gerald debe descansar un poco y yo debo regresar al hospital en un rato —anunció mirando el reloj.

— Me duele un poco la cabeza, viejo, pero creo que podríamos cenar en la semana ¿les parece?

— Claro, entiendo.


Helga y Arnold salieron del recinto seguidos por Brainy. Gerald y Phoebe se habían quedado a despedirse de los jugadores y la afición, así que los rubios decidieron que sería una buena idea ir a pasear al parque y proseguir con aquella cita.

— Bueno, nosotros te dejamos, genio —le dijo Helga a su gerente de ventas.

— Me dio gusto verte, Brainy —Arnold le estrechó la mano y el aludido le devolvió el gesto con una sonrisa.

— Ha sido un gusto para mi, verlos tan felices… hacía tiempo que no veía sonreír así a esta rubia —comentó jalándole un cachete a Helga. Ella reaccionó golpeándole la mano.

— Basta, zoquete, no te pases de chistoso —exclamó, molesta. Brainy nunca tenía ese tipo de gestos con ella y le extrañaba que en ese momento se tomara esas libertades y sobretodo frente a Arnold.

— Ya, ya Helga, no estamos en la oficina, es un pequeño cariño de amigos.

— Si, lo que digas —dijo sin mucho interés.

— Cuídense tortolitos…

— Nos vemos —se despidió Arnold con un ademán.

— Bueno, Arnold… entonces… ¿quieres ir al parque por un helado? —preguntó Helga ni bien Brainy se esfumó.

— ¿En la heladería del antigüo señor de los helados?

— Ese bastardo… era un grosero con nosotros, sólo éramos unos niños… —recordó mientras cerraba el puño.

— Si, unos niños peligrosos en época de calor…

Los dos soltaron una carcajada.


Brainy caminaba en dirección a su casa, absorto de su entorno. Se sentía ansioso, mal humorado, con miedo… una sensación que había quedado aparentemente en el pasado volvía a manifestarse en él.

Había acudido a aquel juego con todas las intenciones de arruinar aquella tarde entre Helga y Arnold, pero al estar ahí decidió cambiar su estrategia y optó por observarlos.

Al analizarlos encontró que ambos se trataban como amigos cercanos y en realidad Brainy aun no sentía tanto el peligro, porque no notaba aún esa chispa entre ellos…

Antes del accidente, tenía claro que Helga y Arnold habían sido hechos el uno para el otro y en alguna ocasión durante la universidad él mismo había decidido hacer sus sentimientos a un lado y darle su apoyo a su amiga. Sin embargo las cosas cambiaron repentinamente con ese desafortunado accidente: al principio se había sentido fatal por pensar en que la vida le estaba presentando una nueva oportunidad de conquistar a aquella chica de la cual siempre estuvo enamorado, pero conforme se fueron dando las cosas y al ver que Arnold no recordaba ni los motivos por los cuales ellos eran un matrimonio y no era capaz de mostrar el amor que le tenía a Helga, supo que su pensamiento estaba más que justificado, por lo menos para él.

Naturalmente se había enterado de que la pareja de rubios se encontraban en un periodo de "reconciliación", si es que así podía llamarlo, en donde estaban intentando a toda costa salvar su matrimonio y re descubrir los lazos que los unían. Pero extrañamente al principio eso no le había preocupado porque sentía a Arnold lejano a ella, por que la veía llegar a la oficina hecha trizas a concentrarse en su trabajo por que esa era la forma en que Helga G. Pataki lograba salir adelante, su trabajo era su terapia. Sin embargo, aquella "cita" de ese día le estaba volando los sesos. Sentía que en cualquier momento Arnold podía recuperar alguno que otro recuerdo que lo llevara a reconectarse con ella y no sabía si estaba dispuesto a permitirlo.

La noche ya había caido y Brainy caminaba por el barrio apenas iluminado de Hillwood, bastante nervioso. El chico se detuvo, tomó una buena bocanada de aire y sacó un cigarro de la solapa de su gabardina y lo encendió. Dehó que el sabor a tabaco le inundara la boca y los pulmones, cosa que lo tranquilizó, un poco. Se tomó su tiempo para terminarse el cigarro y cuando estaba por retomar su camino a casa, el sonido de unos tacones a lo lejos llamaron su atención.

Brainy entornó los ojos en busca de reconocer aquella silueta que se le acercaba y conforme se fue acercando supo de quién se trataba.

— ¿Ahora, qué quieres de mi?

— Veo que seguiste mi consejo, fuiste al partido —dijo aquella voz impregnada de satisfacción—. Dime, ¿ya has cambiado de opinión? —Brainy no contestó—. Tus ojos dicen que sí…

— No voy a hacer esto por ti, Layla… —lanzó, algo irritado.

— No te estoy pidiendo que lo hagas por mi. Esto es algo que nos beneficia a los dos. Obtendremos lo que siempre hemos querido.

— No estoy tan seguro de querer esto…

— Pues yo creo que sí —la pelirroja alzó una ceja y se acercó al chico de lentes—. Sé que pudiste verlo… sé que sabes que tenemos una oportunidad y que si no la tomamos va a esfumarse para siempre. Ellos no están bien, pero lo intentan. Helga es condescendiente y trata de darle su espacio y su tiempo y Arnold se está esforzando por corresponderle permaneciendo a su lado, pero si las cosas siguen como hoy, sé que terminarán por enamorarse de nuevo.

— Tampoco es que nuestro éxito esté garantizado, no te confíes tanto —le advirtió él.

— No sé a que le temes pero te recuerdo que esta no sería la primera vez que unimos fuerzas —le dijo, alzando una ceja.

— Siempre lamenté el haberte ayudado en aquel horrible plan.

— Si no hubiera sido por tu "nobleza" hubiera funcionado, estoy segura.

— No lo creo

— Además en ese entonces no te delaté, pero todavía puedo hacerlo, es algo que te estoy guardando.

— No me amenaces —el chico se acercó a Layla y la tomó por el cuello de la blusa, furioso.

— ¿Estás seguro de que vamos a dejar ir todo esto? Acabo de verlos paseando en el parque, justo como el día en que se hicieron novios.

— Cállate —musitó él, soltándola y pasándose las manos por el cabello. Recordaba aquel día porque lo había presenciado, su vieja costumbre de seguir a Helga y espiarla se había vuelto en su contra en aquel entonces y había terminado por ser testigo de cómo se habia formado el noviazgo—. Vamos a mi departamento, ahí podremos hablar mejor —Layla ensanchó una sonrisa.


Arnold y Helga se habían sentado en una de las bancas del parque a comer sus respectivos helados. Eran cerca de las ocho de la noche, pero era viernes y no tenían prisa por llegar a casa.

— ¿Te divertiste? —le preguntó Helga rompiendo con el silencio que reinaba entre ellos dos.

— Muchísimo, gracias por llevarme —le dijo, tomándole la mano, luego se dio cuenta del contacto y se la soltó. Helga lamentó un poco su comportamiento pero decidió darle tiempo, no quería presionarlo.

— La pasé bastante bien, hacía mucho tiempo que no teníamos una cita así, bueno es decir por el accidente… —comentó ella.

— ¿Salíamos muy seguido?

— Si, pese a nuestras agendas tan apretadas, siempre encontrábamos una forma de pasar tiempo juntos. Siempre me decías que antes de tener hijos… emm… bueno debíamos disfru… t-tu me entiendes —balbuceó ella, sonrojándose igual que Arnold.

— Si, si… entiendo… —aun le resultaba un poco incómodo hablar de ciertas cosas con Helga. El rubio se preguntaba si aquella sensación se esfumaría algún día. Sin embargo, sabía que si no lo enfrentaba nunca lo superaría, así que debía intentarlo—. ¿Sabes? Desde hace unos días tengo algo de curiosidad —el sonrojo apareció de nuevo—, y creo que tengo que preguntartelo porque no logro recordarlo y no sé si lo haré —ella asintió.

— Te contaré lo que sea, Arnold.

— Bueno yo… quisiera saber cómo fue que nos hicimos novios… —Helga abrió sus hermosos ojos en un gesto de sorpresa. No se había esperado que él le preguntara eso. Arnold se dio cuenta del cambio de expresión tan drástico de su esposa—. Entiendo si no quieres hablar de ello, quizás podría ser más adelante…

— No, estoy bien —tomaría aquella curiosidad de Arnold como algo positivo, por lo menos tenía curiosidad y eso debía ser por algo—. Lo recuerdo perfectamente, así que te lo contaré…


Era el aniversario del primer año del fallecimiento de los abuelos. Arnold y los inquilinos de Sunset Arms habían preparado una misa en su honor y todos los amigos del chico habían acudido, entre ellos Helga, quién se había vuelto mas cercana al chico de lo que cualquiera pudiera esperar.

Arnold le había pedido como favor especial que se sentara junto a él durante la ceremonia, cosa que ella por supuesto había accedido a hacer. Cuando el acto religioso terminó se trasladaron a la vieja casa de los abuelos en donde tomaron un refrigerio.

Durante la velada, Arnold se la pasó entre sus amigos e inquilinos recordando anécdotas de sus abuelos y riendo por aquello… hacía tanto que no lo hacía que le resultó un buen bálsamo al chico. Poco a poco la tarde de alegría y melancolía fue avanzando y todos se fueron retirando. Gerald y Phoebe fueron los últimos en irse y Helga se quedó para ayudarle a lavar los trastes y limpiar su casa.

Había sido un año ya de Helga en acompañar a Arnold en aquel duelo. De asegurarse de levantarlo por su propio bien y porque lo quería. Un año de verlo llorar, de consolarlo… de dejar su rudeza al querer protegerse, por protegerlo a él, esto claro sin que él se lo hubiera pedido, simplemente porque Helga quiso darle aquello que tenía para él de corazón. Pero no iba a negar que cada vez le resultaba más dificil estar a su lado y no imaginar cosas. Lo amaba profundamente y sabía que ese sentimiento iba a terminar por romperla, a costa de que él estuviera bien. Ya lo había meditado muchas noches en desvelo… y ella pensaba que era el momento, que ya lo había acompañado y lo había ayudado a salir del bache, ahora ella necesitaba concentrarse en sus cosas y sanarse ella misma y eso no sucedería si seguía junto a él. No era que quisiera dejarle de hablar y sacarlo de su vida para siempre, más bien, debía poner distancia y una barrera, por su propio bien.

Gracias, Helga —le dijo Arnold, terminando de secar el último plato de la noche—. Gracias por estar conmigo todo este tiempo… quiero decirte que, desde que estás aquí para escucharme y darme ánimos me siento mejor y me ha gustado mucho conocerte más allá de lo ruda que creí que podías ser.

Nah, no tienes que agradecerme Arnoldo, somos amigos ¿no? —aquella palabra le dolía a la chica, mucho más de lo que pensó.

Es verdad —sonrió él.

Bueno, el trabajo aquí está terminado, debo irme a mi casa, nos veremos en la escuela el lunes.

De acuerdo… —asintió.

Los dos atravezaron la cocina y fueron hacia el recibidor en donde Arnold le ayudó a Helga a ponerse su abrigo.

Oye, Helga… — comenzó el chico— ¿tienes alguna hora libre el lunes? Quiero hablar contigo de algo —en automático el cuerpo de la capitana del equipo de americano se tensó y la ansiedad se apoderó de ella.

Emm bueno, no sé, no estoy segura tengo práctica con el equipo ya vienen las nacionales ya sabes y…

Bueno, te busco en tu práctica a ver si puedes darte una escapada antes…

D-De acuerdo, bueno… nos vemos.

Descansa, Helga, gracias por estar conmigo hoy —se despidió el chico.

Aquella noche Helga G. Pataki no pegó el ojo por imaginarse miles de escenarios posibles de lo que Arnold quería hablar con ella. La duda la estaba matando. No quería hacerse ilusiones, pero a la vez se las hacía. A ratos imaginaba que podía declarársele y luego ella misma se recriminaba por pensar de esa forma, porque sabía que no era ni remotamente posible. Luego, el pensamiento de que él le pediría ayuda para declarársele a Layla o alguna otra chica. Después alejaba ese pensamiento y proseguía a pensar que quizás quería platicarle algo que no se lo podía contar a nadie más… Pero ese argumento carecía un tanto de sentido porque ahí estaba Gerald también y era su mejor amigo ¿no se lo podía decir a él?

Todos esos pensamientos no la abandonaron ni un solo segundo y eso hizo que la pobre rubia tuviera un fin de semana fatal sin conciliar el sueño y lleno de ansiedad por la incertidumbre, hasta que por fin el lunes llegó y a decir verdad no tuvo nada de tiempo para hablar con Arnold. Sin embargo esperaba que él la fuera a ver a su práctica, cosa que no sucedió y lo cual le dejaba sentimientos encontrados; por un lado se sentía un tanto aliviada de no verlo pero por otro, estaba triste de que él no la hubiera buscado. La rubia apostó por la serenidad y decidió que era hora de irse a casa, darse un buen baño que la ayudaríaa despejarse y tirarse a dormir y reponer todo el sueño perdido del fin de semana.

La capitana se echó su maleta deportiva al hombro y comenzó a atravesar el campo de futbol para ir hacia los casilleros por su mochila. Sin embargo en el camino se topó con algo que no quería ver:

Arnold y Layla estaban hablando detrás de los salones, que era el camino por donde ella debía pasar. Estaban tomados de la mano, Layla le mecía el brazo mientras hablaban y él se rascaba la cabeza en señal de nervios. Helga supo que algo estaba pasando entre ellos y no quiso averiguar qué era exactamente, no quería ver mas… si eso era lo que Arnold iba a contarle prefería seguir huyendo y no hablar con él.

Así pues, en ese momento ella decidió que ya había hecho suficiente y que ahora se lo dejaba a Layla. Ella necesitaba resolverse con urgencia antes de salir destrozada.

Después de ese día, toda la semana estuvo evitando al chico. Él la había estado buscando en su salón, en su práctica y le había dejado recados con Phoebe, pero Helga nunca los había antendido y no tenía intenciones de buscarlo. La rubia se escabullía nada más de verlo rondar los lugares en los que ella frecuentaba y había estado saliendo tarde de la escuela evitando ir a su propia casa ya que Miriam le había dicho que Arnold también había estado yendo a buscarla ahí. Su mente le decía que no verlo era lo mejor y que así podía proteger su corazón de una nueva decepción. Aunque en el fondo eso le causaba conflicto. Helga G. Pataki, navegaba con bandera de "ruda" y "fuerte" pero en realidad se sentía una completa cobarde por no poder manejar el rechazo del chico.

Helga no sabía cuánto tiempo iba a seguir de esa forma, pero no quería pensar en ello en esos momentos. Sin embargo y contra los pronósticos de aquella niña enamorada, la vida iba a ponerla en un aprieto para demostrarle que no podía huír para siempre sin enfrentar el destino. Gracias a Phoebe y Gerald, Arnold se enteró que Helga se estaba quedando hasta tarde en la escuela para entrenar y después solía pasar por el parque a comprar un helado, así que decidió esperarla ahí y acabar con aquello de una vez por todas. La chica le había estado huyendo durante varios días y si ella podía ser terca, él sería más perseverante aún. No entendía el cambio repentino en su actitud y eso le extrañaba y le molestaba, pero había otra cosa que quería decirle con urgencia y no iba a desisitir.

Helga caminaba por el solitario parque mientras saboreaba su helado favorito de chocolate con chispas. Era una tarde fresca, el sol ya se estaba ocultando, pero no tenía prisa en llegar a casa, en donde también tenía algo de problemas con sus padres, los mismos de siempre a decir verdad. La intensa chica se sentó en una de las bancas del lugar, dispuesta a disfrutar su soledad por un momento. Sin embargo, Arnold, que la había estado siguiendo con sigilo decidió que era hora de encararla.

Hasta que por fin te encuentro —dijo, acercándose a ella. Helga dio un salto que la hizo dejar caer su helado al piso.

C-Cabeza de b-balón… —balbuceó ella, muy sorprendida. Algo en su interior le dijo que huyera pero Arnold leyó sus ojos antes de que pudiera intentar algo y la tomó de los hombros, inmovilizándola.

No vas a ir a ningún lado, tu y yo vamos a hablar.

T-Tengo que irme a casa, mis padres se van a molestar…

Tu y yo sabemos que eso es una mentira, Helga y no te voy a dejar ir de aquí hasta que me expliques porque rayos me has estado huyendo todos estos días —le demandó. La expresión del chico era molesta, pocas veces lo había visto de esa forma.

No te estaba huyendo, es que estuve muy ocupada y…

¡Por favor! Eso no es verdad. Helga, he venido aquí a hablar contigo y quiero saber la verdad y hasta donde sé, ambos hemos sido muy buenos amigos y nos hemos contado cosas muy personales y eso habla de cierto grado de confianza entre nosotros, así que te pido que a estas alturas no me salgas con mentiras porque te conozco… sé cuando mientes, sé cuando dudas… y ¿sabes? Estos días en los que no te he visto he extrañado platicar contigo, me he sentido raro de no tenerte cerca y la verdad es que me molesta mucho no tener una explicación al respecto porque no te he hecho nada para que hagas este tipo de cosas… ¿o sí?

Helga suspiró ante el cuestionamiento y le rehuyó la mirada. Arnold estaba molesto y en cierta forma tenía razón, pero ella había tenido tanto miedo que en su mente la mejor opción había sido huír, cosa que no había resultado nada bien después de todo. Había querido escapar del rechazo, mismo que iba a experimentar en esos momentos, asi que ¿qué mas daba? Sentía que podía soportarlo de nuevo, una tercera vez ¿por qué no? Así que decidió hablar…

Bueno es que, no quería ser un… ¿cómo decirlo? Un obstáculo, tu novia podría molestarse porque nos llevamos bien y pues pensé que lo mejor sería no hablarte para evitarte problemas…

¿Mi novia? ¿De qué estás hablando? —preguntó él, confundido retirándole las manos de los hombros.

Si, bueno te vi tomándole la mano a Layla el otro día, detrás de los salones y pues… bueno yo creí que…

Ya veo, tu creíste que ella y yo estábamos saliendo —el rostro de Arnold se relajó un poco al descubrir la razón del distanciamiento de la chica.

¿N-No están saliendo? —él negó con la cabeza—. Oh, vaya, esto ha sido un mal entendido —dijo ella con expresión contrariada—. Yo pensé… yo creí que de eso era de lo que me querías hablar y que por eso ibas a ir a buscarme a mi práctica… creí que querías que te ayudara a… bueno y cuando los vi ahí pensé…

Siempre piensas las cosas antes de tiempo, ya te lo he dicho. No puedes pensar por los demás o suponer cosas, eso está mal, pero bueno, ahora entiendo por qué no querías hablarme. De hecho, yo estaba por ir a buscarte cuando ella me interceptó. Se me declaró… —Helga sintió una puñalada en el pecho.

Y-Y t-tu… ¿Qué le dijiste?

Que no podía corresponderle…

¿Ah no? Yo pensé que ella te gustaba desde la primaria.

Yo también lo pensé, pero, desde hace un tiempo descubrí que no… descubrí que me gusta alguien más —ahí estaba de nuevo. Su corazón iba a romperse nuevamente, pero ahora no sería por culpa de Layla, aunque no podía imaginarse de quién se trataba esta vez.

Ah, ya veo. Bueno pues, deberías ir a buscarla ya que hemos aclarado esto. Sólo quiero decirte que, evidentemente tomaré mi distancia por que bueno ella quizás pueda malinterpretar esta especie de amistad que tenemos y no quisiera ser una molestía…

Helga ¿Por qué eres tan amable conmigo? —le preguntó con una tierna sonrisa y cambiando el tema totalmente.

¿A-Amable dices? Arnoldo no confundas las cosas, mira todos son amables contigo… Gerald, Phoebe, Stinky… Harold… hasta Rhonda y sobretodo Layla…

Sí, pero tú lo haces de una forma diferente —la ruda jovencita había estado a su lado desde la muerte de sus abuelos y habían pasado muchas cosas juntos, creado nuevos recuerdos y se habían conocido más a fondo. Por supuesto que ella era amable, lo cuidaba, lo procuraba, siempre andaba detrás de él al verlo decaído y le ofrecía alguna ocurrencia muy a su estilo para hacerlo reir y levantarle el ánimo. Y eso le gustaba. Sí, Layla y los demás amigos podían ser amables, pero no como la chica rubia lo hacía. Él quería que las cosas fueran así… por siempre. Había visto el lado de Helga que nadie conocía y lo quería sólo para él, la quería cerca.

Ya te dije, estás diciendo tonterías yo sólo he tratado de ayudarte por que me caes mas o menos bien y pues…

¿Aún me amas? —soltó él. Helga casi se va hacia atrás con aquella pregunta tan directa.

¿Q-Qué tonterías dices, Arnoldo? —nerviosa, se puso de pie y comenzó a jugar con sus manos—. Haz comido demasiado azúcar por hoy. Oh mira la hora voy a llegar tarde a mi práctica nocturna —mintió consultando el reloj.

Hoy no tienes práctica y menos a esta hora.

Claro que tengo, se organizó de último minuto.

Helga, necesito saberlo —la rubia se cruzó de brazos y desvió la mirada como sopesando su respuesta por unos momentos. Él aguardó. Después como si le hubieran dado cuerda, Helga se volvió a encarar los ojos de Arnold y sacó lo que llevaba dentro.

¿Por qué? ¿Qué cambiaría? Somos amigos y eso ya está en el pasado.

¿Estás segura? —se acercó a ella decidido y la chica retrocedió—. Por que yo creo que nada está en el pasado y ¿sabes? Tu respuesta cambiaría todo.

¿De qué hablas? No te entiendo… no entiendo nada Arnold…

Te veo Helga y no es que seas otra, en realidad eres tú. Eres, conmigo. Eres a mi lado. Eres simplemente tú, tal cual, como nunca antes nadie ha conocido y eso me gusta...—ella se quedó boquiabierta—. Lo sé, lo sé. Por eso necesito que me digas si aun sientes algo por mi, por que yo… —Arnold se acercó a ella y le tomó las manos—, me siento tan bien junto a ti. Me hace tanto bien nuestras pláticas tontas y serias, tus ocurrencias y las mías… nuestra libertad al estar los dos solos… y quiero que sea así, porque me gustas mucho y sí, si estoy hablando enserio aunque no lo creas. Aunque tu cabeza te diga que no es verdad y quieras salir huyendo porque quieres protegerte… no lo hagas por favor, te prometo que si hay una posibilidad de que sientas aun algo por mi, te juro que voy a cuidarte porque quiero que tu me cuides también.

Aún… aún te amo. Más de lo que puedo decir —Helga no pudo controlarse más y comenzó a llorar—. Lo intenté y quise alejarme tantas veces, pero cuando pasó lo de tus abuelos no pude y no quise dejarte solo, así no me correspondieras quería hacerte sentir que podías contar conmigo como una amiga, ya no quería ser ruda o grosera contigo, sólo quería que volvieras a sonreír, pero por dentro, cada vez se sentía peor ser sólo tu amiga y por eso es que decidí alejarme estos días, porque pensé que tu y Layla eran novios y porque pensé que nunca podrías fijarte en mi y que debía olvidarte y sacarte de mi y eso no iba a suceder si seguíamos llevándonos tan bien.

Te pido perdón por haberte hecho pasar esto sola y por causarte ese conflicto, no t elo pedí pero tu, graciasa lo que sientes por mi tomaste la misión de levantarme y estoy muy agradecido por eso Helga, lo juro —Arnold le levantó el mentón a la chica, buscando su mirada— y déjame decirte que eres totalmente correspondida, Geraldine y quiero que seas mi novia, ¿aceptarías?

Dios, Arnold… por supuesto que si —susurró ella y se lanzó a sus brazos. Arnold la apretó lo más fuete que pudo a él y luego la besó.


— Wow… exclamó Arnold cuando Helga terminó el relato.

— Fue en este lugar, justo donde estamos sentados

— ¿De verdad? ¿Por eso me trajiste aquí? —le preguntó a su esposa. Ella se encogió de hombros.

— Tenía la esperanza de que quizás al estar en este lugar, con un significado especial para nosotros algún recuerdo viniera a tu mente —admitió—. Pero está bien, no quiero presionarte por eso tampoco te dije nada, esperaba que llegara por sí solo.

— Con razón… —Arnold le tomó la mano a Helga y sonrió.

— ¿Qué? —preguntó la empresaria, ladeando el rostro.

— Este lugar me provoca una sensación de paz y de alegría y ahora entiendo que es porque aquí sucedió algo sumamente especial para los dos.

— ¿De verdad? —exclamó, feliz.

— De verdad… —en un impulso que vino muy dentro de él, Arnold se acercó a Helga y la besó. Algo se encendió dentro de los dos… algo que era indescriptiblemente fuerte y que creía no haber sentido nunca antes.


Voilá! no me pude resistir a hacer otra publicación! Día 2! Estoy muy muy emocionada porque mi inspiración está a lo que da! Cómo hace mucho no! Y este fic en especial tenía un terrible Hitus que no más no me dejaba ni para adelante ni para atrá les soy sincera esperaba ser este el que actualizara hasta el 31 de mayo jajajaja así que ahora no sé que voy a hacer, supongo que tendré que aventarme otro capítulo de esto. Ah y otra cosa, creo que es el capítulo más largo que me he aventado, tanto que tuve que partirlo porque neta iba a estar muy largo, así que se quedó así... Me emocioné mucho mucho al escribir la escena donde nuestros amados Helga y Arnold se hacen novios! Y debo confesar también que el beso del final no estaba en mis planes y prácticamente se escribió solito y me encanta! jejeje, la neta me la pasé fangirleando yo sola con mi fic y hacía tiempo que no me sucedía eso. Ah si, y esto es obra de la hermosa y maravillosa música de The 1975, literal me la he pasado escuchándolos desde ayer y esa banda me ayudó a que todo fluyera bien chido! (escuchen Somebody Else, está bien chingona!)

Ota de mis razones por las cuales publicar este cap hoy y no el 31 de mayo, es porque le debía su regalo atrasado a mi adorada amiga Andy Elric que cumplió años el pasado 29 de abril y le debía esto ya que ella es quién me ha estado ayudando mucho a salir del bache, mandándome imágenes o cositas de Helga y Arnold que me han sacado del hiatus! Sus planes malévolos han funcionado muy bien. Esto es para ti Andy, te quiero mucho! Feliz cumple!

Gracias por leermeeeeeee! Estoy muy emocionada y apenas empezamos el mes! Un abrazo!

Princesa Saiyajin