CAPÍTULO 4: FABULOSA
Te importado de Inglaterra
Salvavidas importados de España
Toallas importadas de Turquía
Y pavo importado de Maine
¡Vamos a relajarnos y renovarnos!
Canción: "Fabulous" de High School Musical 2
Mamá no se tomó nada bien la nueva noticia. Es más, se pasó casi una semana sin hablarme ni a mi ni a la tía Tonks. Papá estaba consternado al igual que Andrea. La única que parecía alegrarse era Rachel. Una vez pasada esa semana, resignada a no poder hacer nada por cambiar mi destino, decidió aceptarlo. Así que la tía Tonks me regaló mi libro de Magia. Como sabía lo mucho que me gustaba Sabrina cuando era más pequeña me lo regaló con un atril y las tapas con piedrecitas de colores. Era un detalle encantador. El libro estaba completamente lleno de hechizos, seres mágicos, pociones, sortilegios… todo tipo de magia. Y la tía Tonks se reveló como una maestra dura y exigente. Pero mi mayor temor pronto desapareció. Mi máximo miedo era que mis amigos se dieran cuenta y me rechazasen, entonces, sí que mi vida sería horrible. Pero aquel Sábado la tía Tonks me dijo que fuese por la tarde a su casa. El Sábado después de comer me vestí y cogí la bicicleta. Yo pensaba que la tía Tonks me sometería a otra maratoniana sesión de estudio de conjuros. Ya conseguía dominar algunos de ellos, lo que no dominaba del todo era la intensidad de ellos. Pero era algo que prendería con el tiempo. Cuando llegué a la nueva casa de la tía Tonks me estaba esperando en el apartamento que había encima del local que había comprado.
Vas a ver que la magia tiene cosas buenas.
¿Sí? ¿Cómo cuales? Estudiar, estudiar, y estudiar…
Toma.
La tía Tonks me dio un botecito de color rojo que contenía un líquido transparente. No debía contener más de unos veinte mililitros.
Bébetelo… ya verás que sorpresa.
Con desconfianza lo destapé y tapándome la nariz ante un posible sabor desagradable, lo bebí. No sabía mal, pero tampoco bien.
- Perfecto. Ahora mírate en el espejo- dijo la tía Tonks sonriendo.
Corrí a la entrada de la casa donde estaba el único espejo de su desordenada casa. Tuve que ahogar un grito cuando me miré. Todo el acné presente en mi rostro desde hacía casi dos años había desaparecido por completo.
- Oh… tía Tonks… esto es maravilloso- dije con lágrimas en los ojos.
- Es solo el principio. Y ahora… ¿Qué te parece ir de compras a París?.
La miré confundida. Debía haber un error. No podía estar refiriéndose a París, París, en Francia. La tía se tocó la oreja y desaparecimos. Al segundo siguiente tenía ante mi una calle con edificios sobre cuyos tejados se veía la parte más alta de la Torre Eiffel. La tía Tonks había estado más veces en París. Me llevó a un centro comercial donde nos perdimos. La tía Tonks me aconsejó sobre la ropa que estaba de moda, la que combinaba, la que no… y sobre todo me aconsejó sobre la ropa que debía deshechar de mi armario. Pasamos por tiendas de ropa, de accesorios, de calzado, por perfumerías para acabar en un salón de belleza donde me peinaron y me alisaron el pelo. La tía Tonks parecía complacida.
¿No decías que odiabas tu imagen en el espejo? ¿Ahora la sigues odiando?.
¡Oh tía, esto es maravilloso!- dije lanzándome sobre ella para darle un fortísimo abrazo.
Harry se va a quedar de una pieza cuando te vea.
Como todos…
Ya… como todos…
Después de eso volvimos a casa. La tía Tonks finalmente me hizo un último regalo. Unas gafas nuevas, a la moda. Eran de pasta de color azul. Cuando llegué a casa y mamá me vió con tantas bolsas se quedó de piedra. Al igual que Rachel.
- ¿Y todo eso?- preguntó Rachel.
- Cosas de brujas.
Pero mi hermana no pudo resistir la tentación de fisgonear todo lo que había comprado. Se puso pálida como la cera cuando se dio cuenta de que todas las bolsas pertenecían a París.
- ¡Estuvisteis en París!- dijo Rachel.
- Sí.
- ¡Yo también quiero ser bruja! ¡Y quiero ir a pasar la tarde a París con la tía Tonks!- dijo caprichosa.
- Rachel, hasta los dieciséis no se puede saber si lo eres o no.
La tía Tonks me había explicado que el hecho de hacer magia involuntaria era un signo inequívoco que la persona que lo hacía era un mago o una bruja. Pero el hecho de no poder hacerlo, no significaba que no lo fuera. Esa noche me quedé mirándome largamente en el espejo. Incluso probé a ponerme las lentillas que mamá me había comprado hacía un par de meses para natación. No las había vuelto a poner porque con las gafas de buceo me entraba agua. El cambio era espectacular. Solamente no podía esperar hasta que llegase el lunes para ver qué cara ponian todos.
