Gui: Hola! Bueno, he vuelto después del medio abandono que ha sufrido el fic, lo siento, pero mi problema sigue siendo el mismo: el fic está escrito a mano, y pasarlo al ordenador es tan pesado... ¡! Pero este capítulo ya está y seguiré escribiendo y pasando al ordenador en cuanto pueda o tenga ganas o el abandono sea demasiado obvio. Muchas gracias por su review a Tentación Prohibida. Como ves, desde que dejaste el review, he actualizado "pronto" jeje.

Nota sobre el título: viene a salir de un proverbio o refrán o frase sabia que dice: "Hoy es el mañana que nos preocupaba ayer". Y bueno, he quitado lo de "hoy"; pero el título, descifrando la metáfora, es precisamente eso: " Hoy".

Disclaimer: Si yo fuese Rowling, habría incluído esta historia en un libro aparte, pero ya se comió lo suficientemente el tarro inventándosela para tener que narrarla.


El mañana que le preocupaba ayer.

Tom volvió al día siguiente sin Cecilia y paró ante el camino de la casucha en ruinas. Mérope estaba atenta. Volvió a tenderle un vaso relleno de Amortentia y entró en la casa. Tom la siguió y ella empezó a hablar. Se quejó de que la casa estaba en ruinas, que su padre y su hermano le daban miedo. Habían agredido a alguien y se los habían llevado. Desde entonces ella estaba sola y por la noche, los ruidos de la casa la asustaban; que soñaba con vivir con él algún día e irse de allí para siempre. Tom saltó

-¡Fúgate conmigo, Mérope! Nos iremos a Londres y allí encontraremos alguna casa o un piso. Llevaré dinero y podrás comprar algún vestido y pasearemos por la ciudad...

-¡Oh Tom, cuánto te quiero!-decía Mérope, cada poco tiempo.

Se besaron y acordaron reunirse... ¡No! Tom iría a buscarla y partirían a caballo a ninguna parte, algún lugar en el que vivir su amor. Mérope no veía el final del día. Observó la casa, ¿qué debía llevarse? El guardapelo de Slytherin que llevaba al cuello le quemó la piel. Eso era. En alguna tienda mágica del callejón Diagón habría alguien que le pagaría una buena suma de dinero por una reliquia del gran Salazar Slytherin. Sabía que era una de las más preciadas posesiones de Sorvolo porque era histórica, de su propia familia – lo que suponía que su rango de sangre era alto – y sobretodo porque valía mucho dinero. Cualquier coleccionista pagaría cantidades de galeones por poseer el guardapelo de Slytherin. Llevándoselo, Mérope se garantizaba tener dinero para siempre. Sabía que podía confiar en que Tom traería el dinero suficiente para vivir varios meses...

Mérope no durmió esa noche de puros nervios. No paraba de pensar en Tom y en la fuga. Deseaba fervorosamente que Tom le pidiera casarse con él antes o después. Suponía que era mejor no casarse en la iglesia de Pequeño Hangleton porque el cura conocía a los Ryddle y podía pasar cualquier cosa. Aunque Mérope quería que todos – y sobretodo Cecilia – se enterasen de que había sido ella con quién Tom se había fugado. Cuando lo pensó mejor, llegó a la conclusión de que prefería casarse en Pequeño Hangleton o como mucho en Gran Hangleton. Todos conocían a los Ryddle en un radio de varios kilómetros a la redonda. Su mansión era la más señorial y de mayor tamaño del lugar. Aunque tampoco los apreciaban mucho, era el mejor escenario para chismorreos. Mérope quería que todos supiesen lo que ella había logrado.

No supo cuando sus ensoñaciones se habían convertido en sueños pero despertó con el golpeteo de cascos por el camino de tierra. Había dormido plácidamente y cuando vio a Tom, no supo si seguían en su sueño o si realmente había logrado su propósito.

Tom le dijo que había cogido dinero de sobra en su casa, y que no lo echarían en falta hasta darse cuenta de su desaparición o más tarde. Mérope se veía rodeada de flores, luz y bonitos colores mientras Tom envolvía su poco equipaje que consistía en la poción nacarada en un tarro de cristal y un bulto de ropas en los que estaban envueltos los ingredientes de la poción. Todo aquello fue metido por el ángel de pelo negro en un baúl y este en el carruaje que tiraba el caballo y uno de los sirvientes de Tom. Los dos subieron al coche y este partió, dejando atrás la Mansión en la colina, el pueblo a sus pies, la taberna y la Iglesia, la casucha en ruinas de los Gaunt, la bifurcación del camino que llevaba a los dos pueblos vecinos, dejando atrás su anterior vida, la miseria, y la desgracia. Dejando todos los malos momentos, los malos tratos, los malos sueños... Todo lo malo y más.

En el coche, Tom besó a Mérope y durmiendo abrazados mientras el conductor y el caballo les llevaban a Londres, ese lugar lejano, soñado...

En algún momento, Tom se removió y Mérope despertó con él. Se miraron fijamente, sin apartar la vista, disfrutando solamente con la presencia del otro, impregnando sus ojos de la vista del otro, gravando el momento en sus memoria y sin miedo a que se acabase. El frío que empezaba a caer fuera con la tarde, el ligero viento, los ruidos de los cascos o las toses del cochero, eran para ellos otro mundo insignificante en el que no estaban. Encerrados en su burbuja, sin que pase el tiempo, se observaban, grababan cada detalle, cada gesto.

Fue entonces, después de mil años o un segundo, que el coche dio un tumbo y Mérope y Tom botaron en sus asientos. El carruaje se había parado, Mérope se había golpeado y fuera se oían a dos personas hablar. Esperaron expectantes y finalmente Tom abrió la puerta y salió a ver qué ocurría. Habían pasado por encima de una piedra especialmente grande antes de pararse en seco frente a otro carruaje. Los dos cocheros estaban enzarzados en una conversación para nada amistosa.

-Caballeros- Tom se entrepuso entre los dos caballeros- ¿qué ocurre?

-Mi señor,. Este hombre no quiere apartarse para dejarnos pasar.

-¡Es usted quien se niega a dejarme pasar!

-Caballeros, ¿qué discusión es esta? ¿Quién es usted y a quién lleva en el coche para exigir pasar primero?

-Soy el cochero de Lord Black.

-¿Lord Cygnus Black?-preguntó Tom.

-Y su esposa Violeta.

-¿Están en el coche?

-Sí, señor.

-Que salgan.

-¿Qué insinúa? Mi señor no saldrá a mandarle nada a usted, está cansado y no quiere interrupciones en su camino.

-Mi buen cochero, mi rango no es de envidiar al de su señor y creo que debería dejarnos pasar a menos que quiera vérselas con alguien de mayor poder.

-¿Es usted un Lord?

-Sí, Lord Ryddle, si no le importa.

-¿Tom?-Mérope había salido del coche.- Tom, ¿qué ocurre?

-Mérope, querida, vuelve al coche.

-¿Está usted seguro de ser un Lord? Su acompañante tiene harapos en vez de ropa-dijo el cochero.

-¡Eso es un insulto!

Del coche salió un hombre de pelo negro canoso con un bastón en la mano y mala cara.

-¿Qué ocurre aquí, Hornby?

-Mi señor, Milord, un tal Lord Ryddle no quiere dignarse a apartar su coche del camino, Milord.

-¿Lord Ryddle? ¿Lord Ryddle? ¿Y de dónde sale usted?

-Vengo de mi mansión rumbo a Londres, si es que Milord nos deja pasar.

-Tengo prisa, Lord Ryddle, si es tan amable.

-Podría decir lo mismo, Lord Black.

-¡Apártese de mi camino, muggle!

Mérope miró al Lord con cara extraña. ¿Ese hombre era mago?

-Disculpe, Milord-intervino-, que le diga que no tiene derecho a tratar así a Tom.

Había sacado la varita de tal forma que sólo la veían Lord Black y su cochero Hornby. Los dos la miraron con más interés.

-¿Es usted...?-empezó Hornby.

-Soy descendiente de Salazar Slytherin, señor Black. No puede dudar de la limpieza de mi sangre y debe dejarnos pasar.

-Si se mezcla con muggles...

-No le estoy mintiendo.-Recordó a su padre y cogió el gusrdapelo que llevaba al cuello.- Es el guardapelo de Slytherin.

Lord Black lo examinó de cerca y la cara le cambió.

-Le propongo un trato, señorita Slytherin. Mueva su coche a la derecha y haré lo mismo con el mía. Así pasaremos los dos a la vez.

-Es extraño que no se le haya ocurrido antes.

Lord Black se giró hacia Hornby y le hizo una seña con la mano. Mérope apuntó al cochero de Tom con la varita y susurró:

-Obluviate. Ya lo ha oído, vaya por la derecha.

-Mérope, ¿qué...?

-No te preocupes, Tom, sube al coche.-Subieron-, lo siento. Obliviate.

Mérope guardó la varita y el coche se puso en marcha. Cuando llevaban un minuto en el coche de nuevo, Mérope empezó a pensar en lo que había ocurrido. Pensaba que volvería a pasarle lo mismo, que se quedaría muda ante otro mago, como ante su padre y el señor Ogden. Pero había conservado la compostura. Incluso había logrado parecer imponente ante ese mago, Black.

El descubrimiento hizo nacer en ella una seguridad nunca probada. Se sentía poderosa y capaz de hacer cualquier cosa. La nota que le había dejado a Sorvolo se le antojaba ahora una tontería, una cosa de niños y asustados. Finalmente conseguía imponerse a la pobre y patética vida que había llevado hasta entonces. Se sentía liberada de unas cadenas invisibles, podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera, con chascar los dedos o agitar su varita. ¡Era la descendiente de Salazar Slytherin, por Merlín! Tenía madera de noble, tenía la postura de los vencedores, tenía la sangre más limpia, tenía el poder más fuerte y la belleza más abrumadora. Era sencillamente espléndida. Nada podía pararla con Tom a su lado. Ni siquiera un mago de pacotilla que se hacía llamar Lord. Por favor, entre los magos uno era reconocido por su sangre, no por su postura ante una sociedad dirigida por un Ministro. No había rangos, no había nada. Sólo existía la sangre, la pureza que ella conservaba, el linaje – y el suyo era el más grandioso. Salazar Slytherin, vencedor, profesor, creador de Hogwarts. ¿Cómo había osado siquiera creerse inferior a todos esos magos asquerosos que la rodeaban?

¿Morfin? Por favor, no era más que un loco sin cerebro que no sabía aprovechar el poder que le había brindado. ¿Sorvolo? Más de lo mismo, era un viejo cascarrabias que más que hacer magia, alardeaba de ser quien era. ¡Pues que lo demostrasen, todos y cada uno de ellos! Lo que habían demostrado era que sabían hacer encantamientos básicos, algo de pústulas o romper una nariz. Eso se hace hasta con las manos, por Salazar. Ella había averiguado la manera de elaborar una poción poderosísima. Amortentia. Se había convertido en una reina, con dinero y joyas, gracias a saber buscarse un lugar en esa sociedad que los rodeaba. Y en Londres había más magos y más gente que podría adorarla. No como su padre y su hermano que estaban mejor en Azkaban. Miró a Tom que la contemplaba con amor. Todo iba a mejorar a partir de ahora.

El cochero siguió conduciendo el carruaje. Mérope acabó durmiéndose en el hombro de su amado. Poco a poco, su cabeza resbalaba hasta el regazo del muggle hechizado. Él la contemplaba obsesionado, con ansiedad. Quería verla sonreír otra vez, ver sus ojos casi negros, hermosamente bizcos. Contemplaba su perfil, su nariz aguileña, las manchitas en la cara, los labios pálidos y fruncidos, el mentón aristocrático, el pelo oscuro... Todos esos rasgos que no podía evitar amar. No podía vivir sin verlos y ese sentimiento le aprisionaba el pecho.

Recordaba imágenes en la lejanía de una muchacha rubia de ojos azules y piel blanca. Era demasiado blanca, demasiado brillante en sus recuerdos. Tanto que dolía. Repulsiva. ¿Cómo se llamaba? Ni siquiera se acordaba. Cada vez que pensaba en una mujer, solo un nombre y una cara le venían a la mente. Mérope reemplazaba todos sus recuerdos. Mérope era el sol y la luna, lo era todo y él sin ella no era nada. ¿Cómo había podido ser tan afortunado, que ella lo hubiese escogido? No se imaginaba cómo hubiese sobrevivido si ella hubiese elegido a cualquier otro muchacho del pueblo.

Recuerda la primera vez que la vio. Secándose las masno de agua con el vestido mientras le tendía el vaso gris y deforme. Y él bebió y la miró de nuevo. Ya no podía quitarle la vista de encima. Toda ella la llamaba a gritos, y él no podía hacer nada más que contestar a gritos. Y cuando sus recuerdos se tornaron a sueños, Tom dormía tan plácidamente como Mérope.

Varias horas después, el cochero, Perks, divisó la entrada a Londres. No se podía creer lo que le estaban obligando a hacer. El señor Ryddle, tal como era, le había ordenado que hiciese caso de toda orden que pronunciase su hijo. Y ahora se veía llevándolo hasta Londres con una amante desconocida, en plena fuga, sin poder detenerlo: no debía incumplir las normas que le habían impuesto. Había intentado razonar con Tom pero nada. No había manera. Le había ordenado que le llevase a Londres y le encontrase una casa donde vivir con "su Mérope". Así que cuando llegó, preguntó por pisos que pudiesen alquilar o comprar. Le indicaron una callecita estrecha y maloliente, pero no le pareció adecuada, así que siguió buscando. Encontró algo de su agrado en el centro de Londres después de media hora de búsqueda. Si en algo era eficaz, era en la desenvoltura por la ciudad. Un pisito con dos cuartos, una cocina y un comedor. Se acercó al dueño tras buscarle por la casa.

-Le compro su piso.

-No señor, es de alquiler.

-Se lo compro por el doble del alquiler.

-¡Ah, no señor! No es rentable. ¿Qué haría yo con eso? Se la alquilo, y si me quiere adelantar algunos meses bien por usted y por mi.

-Bien, se la alquilo para seis meses. ¿Cuánto?

-Tantas libras, señor.

-Ahí tiene. Y márchese.

Seguidamente, se fue a despertar al amo.

-Señor Tom, Señor Tom.

-¿Perks? ¿Dónde estoy?

-En Londres, señor, tiene alquilado el pisito para seis meses señor.

-¿No lo ha comprado Perks?

-No estaba en venta.

-Bueno, suba nuestro equipaje, Perks y cuide el de la señorita. Cuando acabe, llévenos al ayuntamiento.

-¿Por qué, señor?

-¡Para casarnos, claro!

Tom se quedó a despertar a Mérope. Había pedido a Perks un ramo de flores y aquí estaban. Mérope abrió los ojos y vio las flores.

-No tengo el dinero para un anillo, pero Mérope, cásate conmigo.

-¡Oh Tom!

El cochero los llevó a dónde pedían. Tom irrumpió en la sala de matrimonios, y pidió que le casaran en seguida con esa señorita. Cogió a los testigos necesarios en la calle y firmaron todos sendos papeles. Mérope casi no había tenido tiempo de enfundarse en su vestido y Tom ya la llevaba de un lado para otro, obsesionado con un amor que en realidad no existía. Pero ahora que estaban allí, firmando el papel que los uniría ante la ley, ante el país y ante todos, Mérope no pensaba en la Amortentia. Se dejaba llevar por ese chico tan increíble que era para ella un ángel. Se engañaba sin saberlo, puesto que olvidaba expresamente todos y cada uno de los detalles que la harían infeliz. Pero con eso bastaba y Tom la seguiría amando tanto como en este día tan especial. En cuanto acabó la cosa, rápido y eficaz, le dijo al cochero que los llevara a la casa.

Una vez dentro, Mérope no cabía en sí de gozo.

-¡Oh, Tom!-le besaba y él se dejaba. Luego cambiaban las tornas y besaba él. El cochero, que lo veía todo desde lejos. Los vio entrar en un cuarto riendo, imaginando lo que harían allí, aunque estuviese equivocado. Los dos estaban demasiado extasiados como para hacer otra cosa que mirarse y bañarse en su felicidad. Y el hombre fuera esperan, expectante, a que sucediera algo, no sabía qué pensar hasta que llegaron los dos amantes cogidos de la mano.

-Perks, no podremos pagarte, pero si quieres, puedes quedarte. Así nos ayudarías con los desplazamientos.

-¡¿Y sin cobrar?

-Claro que si, cochero.-la harapienta se dignaba a hablarle a él, y a darle órdenes. Pues no lo iba a tolerar, no señor.

-¡Sin cobrar! Me despido, Tom. ¡No pienso quedarme en esta insensatez ni un minuto más! Adiós.

Y se marchó, junto con su coche y su caballo, en dirección a Pequeño Hangleton. Pero, ¿qué les importaba eso a los dos amantes? Mérope, enfundada en el vestido nuevo que también había comprado Perks, había puesto las flores en agua – la casa estaba llena de muebles y objetos – y ahora sólo podía observar a Tom. Tom, Tom, Tom y más Tom. Y Tom sólo podía observarla a ella. Mérope hermosa, Mérope beso, Mérope, el ángel, la luz, la felicidad.

Se habían casado tan rápido que no podían creérselo. Ya estaban juntos, ya estaban solos, ya podían vivir su romance, su cuento de hadas. Se miraron el uno al otro, sin nada más que hacer. Solo mirarse, besarse y volverse a mirar. Se miraban de frente y de lado, se miraban con los ojos abiertos o cerrados, se miraban de espaldas, se miraban los ojos, se miraban la boca, se miraban. Se besaban los labios, las mejillas, los párpados. Besaban sus manos, sus hombros, sus brazos. Besaban al otro, se besaban entre sí. No hacían otra cosa, tumbados juntos en el sofá, sin poder creerse dónde estaba ni qué hacían. Tan solo ellos dos, tan solo el silencio, los besos y los ojos. Durante largos instantes se contemplaron, grabaron a fuego sus caras en la retina para no olvidarlas jamás, para conservar el recuerdo intacto del otro, para amarse de todas las maneras posibles.

Cuando decidieron salir, la noche estaba al caer. El atardecer impuesto por el sol y su luz se dejaba ver entre las sombras de los edificios de la ciudad. Vagaron a su antojo por las calles, cuál surrealista que busca el lugar donde le lleve el cuerpo; para descubrir qué quería, qué harían, cómo vivirían.

Pasaron ante un grupo de hombres en un bar que charlaban y escucharon la conversación. Uno de ellos, medio borracho, se quejaba de que todos querían matarle. Otro, a su lado, le intentó consolar.

-¿Sabes? Más vale tener mil enemigos fuera de casa que uno dentro.

-Tienes razón-hipó. –¿De dónde sacas eso?

-Es un proverbio hindú que contaba mi madre.

-Tu madre era muy sabia.

-Si, pero murió.

-¡Oh, no!

Cuando empezaron a llorar, Tom y Mérope escaparon riéndose. Tom le daba vueltas al proverbio.

-¿Más vale tener a mil enemigos fuera de casa que a uno dentro?

-Eso dice.

Siguieron andando hasta la casa que habían alquilado y subieron al piso. Una vez dentro, y cerrada la puerta, Tom condujo a Mérope a uno de los cuartos.

-Creo que no está mal como frase. Pero ¿quieres saber un secreto?

-¿Cuál?-rió ella.

-No hay nada como tener a tu amor en casa.

Y la besó. Mérope se sintió derretir en sus brazos y apenas notó que estaba tumbada, se acurrucó junto a él y durmió entre sus brazos.


Y ya está por hoy. Es un poco más corto que el anterior pero es un capítulo de transición. En realidad no ocurre nada. Solo se casan, así que le he añadido la escena con Cygnus Black para volverlo todo más interesante y conectarlo con mi fic sobre los Black, "Negro". Y el próximo título (que viene del proverbio que escuchan Tom y Mérope ahí arriba):

Nada como tu amor en casa.

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Gui
SdlN