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Hambre
Sentir aquella boca moverse sobre la suya le provocó una sensación muy extraña. Algo había en aquel contacto que no sabía qué era… como una necesidad creciendo dentro de él, empujando hacia afuera en todas direcciones. Algo poderoso y primitivo como una vorágine de una emoción absurda y un poco dolorosa.
Una revolución que provenía de los labios de Milo puestos sobre los suyos sin invitación, permiso, ni aviso. Duros y firmes, exigentes. Afrodita había recibido aquel ataque por pura sorpresa, y aunque consciente de lo cuestionable de aquel encuentro no acertaba a moverse.
Por el contrario, sintió como si el avidez se expandiera por todo su cuerpo, una conmoción pura y completamente nueva; el deseo de posesión, de conquista. Un hambre atroz, irreductible y no pudo controlarla.
Lanzó una dentellada a su compañero que se retiro asombrado, tocándose el labio lastimado. Había tomado al mayor por sorpresa, que hubiera podido rechazarlo, peor en cambio había correspondido la caricia. Y ahora, aquello, tan inesperado y muy doloroso; sangraba abundantemente.
Miró al frente y vio a Afrodita, éste recogió la sangre con la punta de los dedos, era como una rosa desojándose, fluyendo; su brillo era casi erótico, además de cálido. Se frotó la sangre sobre los labios, saboreando su sabor metálico.
– ¡Estás loco…! – jadeó Milo, con repulsión, impresionado; se alejó sintiéndose profundamente incómodo.
Afrodita siempre recordaría aquel primer beso. Aquella primera vez que probó la sangre.
