Gracias, a todos, de verdad. Dieciséis reviews! Waw!

EN fin, espero que les esté gustando y que si pasan, leen y disfrutan, me dejen su opinión.

Nos leemos!


Al otro lado

Rukia estaba petrificada frente la pintura mientras escuchaba sin prestar atención que alguien hablaba sobre los cuadros de la exposición. Realmente ese bosque la había cautivado, ¿qué sería lo que se le hacía tan familiar?

Mitry Mory, estaba segura que esa casa la había visto en Mitry Mory… pero, ¿cuándo?

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- ¡A qué no me atrapas! – una chica de cabello negro y suelto corría descalza por el pasto verde y fresco del verano. Traía puesto un vestido celeste, holgado, que le llegaba hasta la rodilla.

- ¿Quieres ver? – un chico de cabello rojo la corría desde unos metros más atrás. Traía unos pantalones grises y una camisa blanca, también descalzo.

La chica, de unos dieciocho años, corrió sin descanso a través del jardín y luego entró al bosque de robles, que estaban muy cubiertos de hojas. El chico se detuvo instantáneamente antes de entrar en él, viendo con sorpresa cómo ella se perdía de vista.

- ¿Qué sucede Renji? ¿Tienes miedo? – le gritó desde adentro.

- Estás loca para meterte ahí, mejor volvamos – Renji miraba con desconfianza los árboles, como si algo lo molestara. La chica se acercó hasta quedar frente a él.

- ¿Por qué dices que estoy loca? ¿Acaso no es divertido jugar a las escondidas? – lo miraba enojada.

- Rukia – él la tomó por los hombros - ¿no crees que estamos grandes para esto?

- ¿No crees que es mejor esto a estar todo el día encerrados mirándonos a nuestras malditas caras como hace mi hermano? – ella estaba cada vez más enojada y elevaba su tono. Renji la miró con tristeza.

- No te pongas así, tienes dieciocho años Rukia

- ¡Y tú veinte! – le gritó.

- ¿Y quieres seguir corriendo descalza por el bosque como cuando teníamos quince?

- Si, ahora… ¡ahora y siempre! – lo empujó y se cruzó de brazos, mirándolo con odio. Renji se sentó en el suelo, cruzado de brazos también.

- ¿Qué haces? – preguntó Rukia, algo sorprendida por la actitud del chico.

- Pienso que estás loca, pero tendré que acostumbrarme – reflexionó.

- ¿Acostumbrarte?

- Mi padre mencionó algo del compromiso – su voz se tornó triste. Miró a Rukia a los ojos, serio. Ella colocó sus brazos a los lados del cuerpo y se acercó a él. Luego, se agachó y se abrazó las rodillas.

- Dime Renji, ¿de verdad quieres comprometerte conmigo? – la pregunta descolocó al pelirrojo, que se comenzó a incomodar por la cercanía de la chica, hasta el punto de sonrojarse levemente.

- ¿Por qué querría casarme contigo? – le contestó torpemente.

- Eso pensé – Rukia se levantó – Será mejor que le digamos a tu padre y a mi hermano que no estamos de acuerdo con esto. No quiero que me obliguen a hacer lo que no quiero – explicó Rukia con bronca.

- Pero…

- Pero nada – giró y volvió su vista a los ojos de Renji – no piensas que es justo que, después de todo lo que vivimos, podamos elegir por nosotros mismos con quién queremos compartir el resto de nuestra vida

- Rukia, las cosas no son así – dejó de mirarla – tienes que entender que no podemos pensar en nosotros, sino en nuestra familia

- ¡Y a ellos les conviene que estemos unidos! ¡Ya lo sé Renji! ¡Se que siempre fui un objeto! ¡Sé que mi adopción no fue más que un movimiento más para afianzar su poderío económico! ¡¿Crees que no lo sé?! – le gritó con fuerza, apretando sus puños.

- Espera Rukia, yo no quise… - Renji quería justificar sus palabras, pero no encontraba como. Él, ¡él si quería casarse con ella! Pero ¿cómo decírselo sabiendo que ella no?

- No digas nada – Rukia le dio la espalda y luego comenzó a correr, adentrándose en el bosque.

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Pobre Renji, siempre buscando la manera de que ella estuviera bien, cómoda. Hasta le seguía sus tontos juegos y sus caprichos, todo, ¿para qué? Para saber que ella nunca quiso comprometerse con él a pesar de todo lo que hizo por ella…

Suspiró y llevó su mano a los robles. Los acarició con delicadeza, intentando sentir cada pincelada que su autor había dado. Ese bosque era el que aquella vez atravesó corriendo descalza después de que había gritado esas palabras a Renji. Corrió y corrió hasta que llegó del otro lado y allí había una casa, una casa cubierta por una enredadera siempre verde con flores azules cada tanto.

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Corrió y corrió, sin detenerse, por unos minutos. Luego comenzó a detener sus pasos cuando notó que los robles disminuían su proximidad y una casa grande se alzaba no muy lejos.

Primero tuvo miedo de entrar en una propiedad que no era la suya, se sentía una invasora, como cuando tantas veces en su infancia entraba a lugares que no conocía para buscar comida o un sitio dónde dormir.

Suspiró con desgano entre los jadeos que le había provocado correr de aquella forma. Estaba desacostumbrada a aquello. Tantos años de reclutamiento noble le habían hecho perder la práctica en la carrera.

Miró hacia arriba cuando hubo salido del bosquecito. Una casa enorme cubierta de una enredadera se alzaba en medio de un terreno bastante grande. Podía notar a simple vista que la casa no era ni la mitad de lo que era la de los Kuchiki, pero, sin dudarlo, era de alguien con dinero.

Recordó sin querer una conversación que había escuchado entre Renji y Byakuya en la que hablaban de los vecinos, de alguien llamado "Ryuuken Ishida", seguramente el dueño del caserón.

Se mantuvo admirando las flores azules de la enredadera por un rato, hasta que constató que no había nadie cerca. Al parecer, la casa estaba vacía. Se acercó a un ventanal y un aroma familiar invadió sus sentidos. Aspiró con profundidad y cerró sus ojos. Luego, exhaló.

Se sentó en unas sillas de jardín que estaban perfectamente ubicadas allí y permaneció contemplando el bosque. Ese bosque que siempre le trajo curiosidad y ahora había atravesado. Tal vez de ese lado era el que tenía que estar y no del otro. Tal vez alguien la estaba esperando de ese lado y ya se había cansado de hacerlo. Tal vez ya era tarde para correrse de su destino.

Se levantó y volvió a su casa a través del bosque. Renji seguía allí, pero estaba recostado en el pasto, mirando pasar las nubes, como solían hacerlo a menudo. Se recostó a su lado y tomó su mano, también mirando al cielo.

- ¿Encontraste lo que buscabas del otro lado? – preguntó él sin mirarla. Ella le apretó la mano.

- Creo que ya no hay nada del otro lado – su voz era fría y apagada.

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Ese día fue en el que decidió que nada tenía que buscar del otro lado, ni del bosque ni de su vida. Todo se había esfumado.

Pero caprichosamente alguien había pintado esa casa y ese bosque. Estaba segura de eso. Volvió a mirar el nombre del pintor, "Ichigo Kurosaki".

- Ichigo… - susurró.

Se acercó a su butaca al lado de Renji, quien la miraba sorprendido. Ella parecía absorta en sus pensamientos, pero no traía la mirada fría de siempre. El pelirrojo miró el cuadro y notó, con asombro, que no era nada fuera de lo común.

- ¿Qué sucede Rukia? – le preguntó despacio, mientras volvía la mirada a los conferencistas.

- Ichigo… - volvió a repetir con algo de cariño en la voz.

- ¿Qué?

- Nada – miró a Renji y sonrió. ¿Estaba sonriendo? Hacía años que no veía aquel gesto en ella. Renji también sonrió. No importaba por qué o quién fuera ese tal "Ichigo", pero ella había vuelto a sonreír.


París, 4 de marzo de 1920

Miró el reloj de péndulo que estaba en la pequeña sala de espera, 7:08. Pronto saldría el anciano que los había atendido. Luego, miró de reojo a Uryu que parecía estar demasiado ansioso, ya que caminaba sin parar y fumaba un cigarro atrás de otro.

- Quieres estarte quieto – reprochó Ichigo.

- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo cuándo hay tanto en juego? – Uryu se frenó por un momento y revisó la cajita de cigarrillos, comprobando que no le quedaban más. Luego continuó su monótono camino.

- ¡Deja ya de moverte! – le gritó.

- Al parecer no te molesta que tarden tanto tiempo allí adentro

- Es lógico que tarden considerando que no somos de aquí. Evaluarán nuestras calificaciones en los exámenes de admisión y luego nuestro desempeño durante toda nuestra escolarización, padres, madres, hermanos y hermanas, hasta qué raza de perros tenemos y después vendrá la entrevista, y…

- ¡Basta! – le gritó. Se acercó al cenicero y con brutalidad apagó la colilla.

- Está bien – cambió de posición en el sillón y se cruzó de brazos – Tanto lío por una simple admisión. Si no entramos buscaremos otra carrera

- ¡No quiero estudiar otra cosa!

- No, ya me dijiste muchas veces que quieres ser médico, pero no como tu padre, sino uno que se ocupe de verdad de cuidar de sus pacientes y bla, bla, bla – se burló Ichigo, imitando posturas que había tenido Uryu al momento de contarle eso.

- ¡Que no te…! – la puerta del despacho del anciano detuvo su grito. Los dos se acercaron rápidamente al escritorio de madera antigua muy brillante que había en la salita.

- Bien, he terminado de evaluar sus expedientes y les comunico con una gran alegría que, como sus padres, tendrán el honor de estudiar en nuestra Facultad de Medicina, felicitaciones – el viejito les dio la mano con una sonrisa y luego volvió a irse.

- Te dije que no tenías que estar tan preocupado, ves, ser "hijo de" ayuda mucho – Ichigo hablaba con desgano y cierto asco.

- No quiero escucharte – contestó Uryu.


La música clásica sonaba por todas partes desde las 7:30. Rukia caminaba en enaguas de un lado al otro de la habitación retorciendo una pobre muñeca como si de un trapo viejo se tratara. No había duda, estaba demasiado nerviosa como para soportarlo más tiempo.

Sabía de sobra que la mansión estaría llena de gente estirada de todo París y alrededores y estaba más que segura que eso a ella no le gustaba para nada. Su compromiso era de los más esperados y seguro, criticado.

Se sentó en la cama, dejó la muñeca estrujada a un lado, y observó su vestido. Era azul, con detalles en bordados celestes, modesto, como había pedido expresamente al diseñador. Byakuya había pagado a uno de los mejores y estaba segura de que no era poco.

Suspiró y se recostó con nerviosismo, cerrando los ojos con fuerza, como si con eso pudiera desprenderse de su cuerpo y volar fuera de allí.

Un golpe suave en la puerta la sacó de su trance.

- Adelante – dijo con frialdad. Ya se le había hecho costumbre hablar y actuar como su hermano y eso, si bien no le gustaba, le ahorraba muchas molestias.

Cuando vio a la persona que entraba no dudó ni un instante en correr y abrazarla con todas sus fuerzas. Era sor Catalina.

- ¿Cómo estas, Rukia? – le dijo con su suave y amable voz.

- Bien – Rukia no podía cambiar su tono helado, tan incorporado desde hacía tiempo, desde aquella vez que no encontró nada al otro lado.

La gordita la separó de ella, tomándola por los hombros y la miró con una sonrisa.

- Parece que has crecido mucho, ¿cuánto mides? – le preguntó divertida, viendo que en realidad no era tan alta como había pensado. Rukia frunció el ceño.

- Lo justo y necesario – contestó molesta.

- Vamos, que ya casi es hora de que bajes, ¡qué bonita es esta casa! – se acercó al vestido y lo sacó del maniquí.

- Tal vez – Rukia se sentó en la cama nuevamente.

- ¿Qué te sucede? Vi a tu futuro esposo, es muy guapo – comentó risueña Catalina.

- ¿Eso crees? Es cierto… también es muy bueno…

- Pero no lo quieres, ¿verdad? – la gordita dejó el vestido sobre el respaldo de la cama y se sentó junto a Rukia. Ella apoyó su cabeza en el hombro de la monja.

- No es que no lo quiera, si lo quiero. Es más, somos amigos. Pero…

- Entiendo Rukia, pero a veces Dios nos pone piedras en el camino para que aprendamos a no llevárnoslas por delante. Debes ir con la frente en alto y mostrarle a todos los que están allí abajo que tú eres Rukia Kuchiki, por más que sepas que lo que estás haciendo no es lo que quieres. Luego las recompensas vendrán solas, ya verás

Rukia se separó y la miró extrañada. Catalina sonrió más.

- ¿No crees que Dios me puso demasiadas piedras ya? ¿No es hora que las quite?

- No digas eso, tu camino está marcado Rukia, y sólo Él sabe cómo lo tienes que andar. Sigue su voluntad porque serás recompensada por eso

Un silencio sepulcral se apoderó del ambiente. Catalina no dejaba su sonrisa feliz de lado mientras ayudaba a Rukia a vestirse. Luego la peinó y cuando iba a colocarle la tiara en la cabeza, recordó las palabras de ella cuando niña.

- ¿Sin cosas en el cabello, verdad? – la miró a través del espejo.

- Esta vez ponme la tiara – Rukia bajó la mirada. Catalina dio la vuelta alrededor de la silla y se agachó junto a ella, tomándola por el mentón. Rukia la miró.

- No tienes que dejar de ser tú misma. Que hagas lo que te digan que hagas no quiere decir que no lo hagas a tu manera – se paró y dejó la tiara sobre la cómoda – Estaré esperándote abajo, con los demás invitados – Catalina se fue.

Rukia se miró al espejo. Ese era un día demasiado terrible para ella, se comprometería con un hombre al que consideraba su hermano y para completarla, saldría al mundo, bajaría las escaleras de esa mansión tan ajena a ella, dejando atrás todo lo que alguna vez soñó para ser la que debía ser o la que todos esperaban que fuera.

Tomó la tiara plateada incrustada con diamantes y se la colocó prolijamente en el cabello. Se miró al espejo con su rostro frío y sereno. No podía sonreír, y tampoco quería hacerlo. Salió del cuarto y bajó las escaleras del brazo de Byakuya.