Parte 3
Ganaron por amplia diferencia. Greg aprovechó para ducharse en los vestidores, se vistió con una muda de ropa que dejaba en su casillero y dejó el uniforme junto con los de los demás. Sólo que en su caso ya no volvería a buscarlo. Al día siguiente partiría con sus padres a otro destino.
Justo esa semana eran las vacaciones de Pascua. Mejor para él, pensó. Así tendría la semana entera para instalarse en el nuevo lugar, en la nueva casa, la nueva habitación y la nueva ciudad.
Había sólo dos cosas que a Greg le gustaban de su padre: que hubiera elegido a su madre y que viajara tanto. Podía contarse un tercer ítem si tomaba en cuenta el apellido. Hablar de un House era imponer respeto. Por lo menos así era en todas las bases militares que llevaba recorridas en diecisiete años.
Las constantes mudanzas lo alegraban. Le permitía conocer nuevas regiones, tanto de los Estados Unidos como del resto del mundo, y así ocupaba su mente en aprender sobre esas diferentes culturas y costumbres para no pensar en la próxima tortura que le impondría su padre.
Y tenía otra ventaja importante. No le gustaba hacer amigos, así que con tanto viaje no llegaba a echar raíces en ninguna relación. Aunque, eso sí, iba dejando un reguero de corazones rotos. Su atractivo físico le permitía encontrar fácilmente alguna chica, casi siempre mayor que él, con quien pudiera satisfacer sus necesidades biológicas, tan apremiantes en la adolescencia, y más aún con todos los problemas que se cernían sobre su cabeza. Precisamente había encontrado en todo ese sexo, sin compromisos para él, una vía de escape de la realidad. Y el hecho de estar siempre con chicas mayores le daba más experiencia que la que tenían otros muchachos de su edad. Otros muchachos como Harry y George, para quienes era una especie de ídolo.
Al salir del campo de béisbol se encaminó a la casa de su chica de turno. Debía darle la noticia de su mudanza, que pospuso hasta último momento para no tener tiempo de verla deprimirse. Y se sintió como el estereotipo de marinero; una mujer en cada puerto. Sólo que él no era marinero y no sólo visitaba puertos.
- ¡Buen partido, House! – lo felicitó Rocket, que se estaba subiendo a su moto. – Suerte de aquí en más. Es una lástima que ya no vaya a verte...
Greg sonrió ligeramente. Odiaba que lo felicitaran después de los partidos. Ya tenía naturalizada la victoria, no necesitaba los cumplidos. Así que siguió camino sin darle más importancia.
La cerca bajita y blanca de la casa que buscaba estaba abierta cuando llegó. Aún así, golpeó las manos y esperó a que la chica saliera. No le gustaba estar dentro de la casa cuando dejaba a alguna de sus novias.
- ¡Greg! ¡Te esperaba para almorzar! – lo saludó una joven de alrededor de veinte años que corrió hacia él, echándole los brazos al cuello. Él la apartó con suavidad y bajó la mirada.
- Me mudo mañana. Y no creo que vuelva.
Ahí estaba esa sinceridad brutal que lo distinguía. Aún no conocía mujer alguna que no le diera una bofetada después de soltar esa frase. Eso, hasta ahora. Porque Nicole puso las manos en las caderas y lo miró seria.
- Es justo. Me lo habías anticipado hace cinco meses, cuando empezamos... Esto no duraría para siempre.
Greg asintió con la cabeza y la miró a los ojos. Su expresión era dura pero serena.
- Te conviene olvidarme. Lo más probable es que dentro de una semana ya no te recuerde.
- No finjas que te preocupas por mí, no es necesario. Dejaste claros los términos de esta relación desde el primer día.
- Lo sé. Es sólo que...
- ¿Quieres un último desahogo?
La miró sorprendido. No se esperaba eso. De todos modos sacudió la cabeza y le tomó una mano.
- Si me demoro mucho más mi padre va a matarme.
- Pasaste la noche fuera, ¿verdad?
Miró al piso otra vez. Nicole era de las pocas que habían aprendido a leerlo entre líneas. Y a pesar de ser joven sabía apreciar eso en una mujer.
Se limitó a asentir. No era necesario explicarle a ella que el castigo de la noche anterior había sido por sacar un siete en un examen. No era necesario contarle que a pesar de haberse pasado horas ejercitándose, y de haber tomado luego una taza de sopa, y de haber dormido junto a la chimenea para luego ir a jugar al béisbol, todavía tenía el frío pegado a la piel. No era necesario; ella sabía. Sabía eso y mucho más que Greg no le decía, y que ella tampoco confesaba saber.
- Bueno, adiós, - concluyó con un suspiro. No quería extender ese momento. No que le doliera, sino que se sentía incómodo, nada más que eso.
- Adiós, Gregory, - le respondió ella con una enorme sonrisa. Y le extendió una mano que él estrechó con fuerza antes de emprender su regreso sin voltear.
Ya estaba totalmente libre, como cada último día en una ciudad. Sin relaciones que lo ataran, con pocos o ningún recuerdo más que el nombre del lugar, y quizá algún aroma característico de esos que no pueden olvidarse.
Cuando entró a la casa vio que ya todas las cosas de sus padres estaban metidas en grandes cajas que se apilaban junto a la entrada, en el living. En su habitación, sobre su cama, había otra caja igual con su nombre de pila escrito en letras grandes. La dejaría su madre para que guardara sus cosas. Igual, eran bien pocas.
Revoleó dentro los cinco libros que tenía en su biblioteca. Tres novelas de Sherlock Holmes, un Atlas del Mundo y un ejemplar de alguna enciclopedia de historia del arte.
Tras eso, algunas mudas de ropa que tenía en el placard. Su traje de gala seguramente habría sido pulcramente guardado por su madre, porque allí no estaba.
El guante de béisbol, una pelota firmada por algún beisbolista famoso, la máscara de hockey de cuando iban a Canadá... Se detuvo al llegar a un juego de ajedrez tallado en madera que le regalara un crío en Sudáfrica dos años atrás. Uno de los pocos lugares donde se había sentido a gusto.
Luego, un paño de tela con un teclado de piano pintado. Regalo del profesor de piano de París cuando tenía unos siete años. Solía extenderlo cada tanto sobre su cama para practicar, imaginando las ya conocidas notas en su cabeza, cuando la casa donde estaban no contaba con un instrumento. O cuando reconocía que el ambiente de la casa no estaba como para tocar a Mozzart, Chopin, Beethoven, Schubert, Bach... Pedacitos de piezas que se sabía de memoria para no cargar con partituras.
Cerró las solapas de la caja y la cargó hasta el living. No hizo más que dejarla en el piso cuando escuchó la voz de su padre a su espalda.
- Ve a dormir temprano. El coche de la base llegará a buscarnos en seis horas, y tienes que ayudarme a subir las cajas. Salimos después de cenar.
Greg miró por la ventana. El sol estaba alto en el cielo aún. Y en lugar de pasarse la tarde tirado en la hierba y disfrutando de su recién adquirida libertad, iba a estar durmiendo para poder estar lúcido al momento de viajar. Igual, tenía sueño. Así que se metió de nuevo en lo que dentro de poco ya no sería su habitación, y nada más poner la cabeza en la almohada, se durmió profundamente. Como siempre que estaba por abandonar una ciudad.
