"(…) así te amo porque no sé amar de otra manera (…)".
Un corto viaje por Londres
A mediados de semana, comenzó a caer una lluvia tenue y ligera, que con el transcurrir de las horas se tornó en una verdadera tormenta, incluyendo fuertes vendavales y alguno que otro relámpago. Esa clase de temporales que tardaban en marcharse.
Hermione, alicaída, observaba las gotas caer desde una ventana de su apartamento. No era raro ver llover tan fuerte en esa época del año, pero aun así, era lo último que deseaba, puesto que le había dicho a Snape que saldrían pensando en "salir" de verdad, ir a algún parque a pasear o algo. Ahora debería cambiar sus planes.
Luego de mucho pensar, llegó a la conclusión de que ir a un restaurante a cenar quizá no era la mejor opción. Por más que intentó imaginarse con él comiendo y manteniendo una larga conversación a la luz de las velas, la idea le resultaba casi descabellada. Suponía que no era el tipo de hombre que disfrutaba de esas cosas.
Tal vez más adelante.
Si tan sólo tuviera a alguien a quien pedirle consejo.
Y tenía que escribirle pronto si no quería que "la cita" terminara arruinándose por completo.
Quedarse en casa tampoco era una opción. ¿Qué harían allí? ¿Ver la televisión? No, claro que no. Además, era un territorio muy arriesgado, ya que podría llegar sin previo aviso alguno de sus amigos… inclusive sus padres.
"¡Mis padres!", pensó de pronto, escandalizada. ¿Cómo rayos se suponía que les diría que estaba saliendo con Snape, su antiguo profesor de Pociones, ex-mortífago y casi veinte años mayor sin que les diera un paro cardíaco? Aquella era una dificultad que había pasado por alto olímpicamente. Sin embargo, decidió dejarlo de lado… podrían esperar un poco más para enterarse.
En ese momento, la cuestión era adónde ir. Obviamente no irían al cine ni a tomar un helado, era una tontería; tampoco a pasear al centro comercial, y mucho menos tomarse un café, puesto que, con el tiempo que hacía, todas las cafeterías estarían repletas de personas intentando huir del frío y la lluvia.
De pronto una idea iluminó su mente: no tenían por qué tomar café…
"Podríamos tomar algo… más fuerte", se dijo la chica, sonriendo de oreja a oreja. Eso era mucho mejor que su idea inicial de salir a dar un aburrido paseo. Suponía que a él no le molestaría beber algo juntos, era una buena forma de comenzar a limar asperezas y conocerse mejor.
Se le ocurrió algo más, y soltó una risa suave. Por eso amaba tanto a su cerebro.
Al profesor Snape comenzaba a preocuparle el silencio de Granger. Había creído que no se demoraría mucho en mandarle una carta citándolo para quizá qué cosa. No obstante, ésta no llegaba, y él estaba cada día más inquieto.
Ni siquiera podía hacerse una idea de lo que planeaba ella. Pensaba que mientras no fueran a comer a uno de esos elegantes y costosos restaurantes, estaría bien. No contaba con demasiado dinero, pero estaba casi seguro que Granger no era de las que despilfarraba en nimiedades. En eso se parecían un poco: eran prácticos.
Estaba en su oscuro y silencioso despacho, gozando de la soledad que le brindaban aquellas paredes, y meditando sobre la excusa que le daría a McGonagall para salir del castillo. Se sonrió al pensarlo, era como si la directora fuese su madre, y él el chiquillo rebelde que se escabullía por las noches para verse con su novia.
Detuvo en seco sus reflexiones al encontrarse de lleno con esa palabra: novia.
"No es mi novia", se dijo con decisión. ¿Entonces qué eran? ¿Sólo dos personas que se besaban? No, no era eso… había algo más. Sin embargo, volvió a insistir en que no eran novios, eso le sonaba de adolescentes tarados.
Sacudió la cabeza y continuó con el pretexto que le daría Minerva, aunque no era demasiado difícil adivinar lo que diría: "Asuntos personales", no tenía por qué meterse y era verdad.
Entonces, a pesar de que era un poco tarde, se puso en marcha hacia la oficina de la directora.
No fue complicado que McGonagall le diera su consentimiento, lo realmente complicado para él fue tener que soportar esa mirada perspicaz y casi cómplice, sumada a la sonrisita infantil que compuso el retrato de Albus Dumbledore detrás de ella.
La bruja no le hizo ni una pregunta, contrario a lo que Snape esperaba. Sólo le dijo que le fuera "bien" y que disfrutara, como si supiera de antemano lo que iba a hacer. El profesor, por un breve instante, tuvo miedo de que ella estuviera enterada de todo… y no sería raro, teniendo en cuenta que pasaba gran parte del día acompañada del antiguo y chiflado director de Hogwarts.
Cuando volvió a su despacho, con un sentimiento de triunfo que muy pocas veces en su vida había experimentado, una carta encima de su escritorio lo hizo detenerse bruscamente. Sin embargo, el asombro no le duró mucho, ya que se obligó a sí mismo a mantener la compostura y dejar de comportarse como un tonto, tomando el trozo de papel con todo el desinterés que le fue posible y abriéndolo de igual forma. De algún modo, haciendo caso omiso a los furiosos latidos de su corazón.
Leyó raudamente y arqueó las cejas, sorprendido. La dichosa carta, al igual que la anterior, contenía una sola línea:
El viernes en mi apartamento a las ocho. Por favor, sea puntual.
Un escalofrío lento y punzante recorrió todo su cuerpo.
Granger lo citó en su casa… ¿Acaso…?
Inconscientemente arrugó el papel. Se quedó en blanco, inmóvil.
Desde que comenzó a sentir algopor Granger, le prohibió rotundamente a su cerebro imaginar, y lo había logrado… hasta ese momento. Fue tan inevitable como el cosquilleo exasperante que empezó a revolverle el estómago. Un fuerte espasmo lo sacudió por los hombros.
Ahora no podía quitarse de la cabeza la viva imagen de Granger y él llegando a la intimidad. Inhaló todo el aire que le permitieron sus pulmones, y se sentó en la silla detrás del escritorio. Sudaba frío y tenía la respiración entrecortada por el estupor.
"Es absurdo…", pensó para calmarse. Era absurdo e imposible que ella lo invitara a su casa para eso. ¡Totalmente imposible!
Sin embargo, si seguían en lo que estaban, dudaba que pudiera mantener la cordura por mucho tiempo más. Ya le costaba un trabajo horrible permanecer impasible cuando la chica lo besaba de improviso. Sus instintos más primitivos luchaban incansablemente por salir a flote cuando estaba con ella.
— Suficiente— murmuró cuando se dio cuenta de las estupideces que estaba pensando. Granger le dijo que "saldrían", eso quería decir que se juntarían en su apartamento para luego largarse de allí. Eso era, obviamente.
Entonces escribió una respuesta (aunque al parecer ella no buscaba una) y la mandó de inmediato. Le hubiera gustado tenerla al frente para poder preguntarle qué era lo que tramaba, y así salir del misterio de una vez por todas.
Pero ella no estaba ahí… tendría que esperar, literalmente, un par de días más.
Era viernes, y Hermione guardaba sus cosas para volver a casa luego de un día de trabajo que se le antojó excesivamente corto. No tenía consciencia alguna de la hora que era cuando Bennett se asomó en su oficina para decírselo. Él, después del categórico rechazo de la chica, apenas y le hablaba, y cuando lo hacía, se limitaba a hacerlo rápido y con pocas palabras.
Se demoró a propósito, para poner orden en su cabeza más que en su escritorio.
Las seis con cuarenta y seguía ahí. Todos sus compañeros se habían marchado ya, y pensó que debería hacer lo mismo si no quería retrasarse. Tenía la absoluta certeza de que Snape se presentaría a las ocho en punto, en eso sí que lo conocía bien.
Entonces terminó de acomodar todo con rapidez y fue casi corriendo hasta las chimeneas del ministerio.
Cuando llegó a su apartamento, echó una veloz ojeada para encontrar algo, cualquier cosa que estuviera fuera de lugar. Sin embargo, todo estaba en perfecto orden, tal y como lo había dejado la noche anterior. Así que sólo restaba que ella se arreglara… y ahí llegó el dilema del que rehuyó durante toda la semana: qué ponerse.
Fue a la cocina a beber un vaso de agua y volvió a ver la carta de él. Sonrió al recordar lo que decía: "¿Qué pretende, Granger?". Tal vez ella malinterpretó sus palabras, las cuales parecían decirle: "¿Qué clase de proposición es esa?", como si ella estuviera sugiriendo algo indecoroso.
"¿Es que acaso piensa que…?", no pudo elucubrar más, ya que había dado con lo que él supuestamente creía. "Santo cielo…". ¿Tan mal había sonado? ¡Pero si no lo pudo haber escrito con más inocencia!
Aun así, aquello le sirvió para encontrar una solución a su vestimenta: usaría algo totalmente opuesto a "atrevido"... o a "sensual", y la mejor excusa que tenía era el terrible frío que hacía.
Vio el reloj en la pared y ahogó un grito.
"¡¿En qué momento dieron las siete y media?!", se preguntó totalmente horrorizada. Corrió a su habitación y se puso un suéter rojo y unos vaqueros un tanto gastados por el uso. Algo, según ella, para nada provocativo.
Sonrió al ver en el ropero la prenda muggle que había comprado para él, tras percatarse de que la necesitaría donde iban.
Se acercó a la ventana y se asombró al ver que había dejado de llover (tal vez un buen presagio). Aun así, el aire continuaba siendo muy frío.
Entró al cuarto de baño, y de pronto su tarea de "maquillarse ligeramente" se vio interrumpida por un ruido proveniente del vestíbulo.
"¡Llegó!... llegó, llegó…", se repetía una y otra vez, agitando las manos y girando en su lugar. Suspiró hondamente y salió del dormitorio a su encuentro.
Snape salía de la chimenea y miraba desorientado hacia los lados, a Hermione le causó gracia el gesto casi extraviado que había en su rostro.
— Hola— dijo ella, el profesor volteó a verla pero no respondió al saludo.
Hermione se preguntó si debía ir y saludarlo con un beso, sin embargo, no se atrevió, y permaneció ahí, lejos de él.
— ¿Quiere servirse algo… té, un vaso de agua? — inquirió la muchacha apresuradamente. Severus arqueó una ceja y le sostuvo la mirada un instante antes de contestar.
— Estoy bien— Hermione asintió de manera nerviosa. Estar con Snape a solas (de nuevo) en su apartamento, no era algo fácil con lo que lidiar, así que se dijo que era mejor irse de ahí enseguida.
— ¿Me da un minuto? — preguntó, alzando el dedo índice.
— Claro— musitó el profesor. Ella contuvo una sonrisa.
— Tome asiento— dijo la chica mientras volvía a su habitación y cerraba la puerta.
El profesor Snape se sentó en el borde de un sofá, apoyando los brazos en sus muslos, y moviendo la pierna derecha de forma compulsiva.
No quería caer preso de la curiosidad, pero no pudo evitarlo, pues en la pequeña mesa de centro frente a él, había una fotografía que exigía a gritos su atención.
Eran Potter, Weasley y Granger de niños, sonreían y se tomaban por los hombros junto al Expreso de Hogwarts. Supuso que volvían de su primer año en el colegio, ya que no llevaban puestas las túnicas, y (como siempre) lucían heridas y arañazos en su cuerpo.
Se quedó mirando el rostro alegre e infantil de ella. A esa edad la conoció… era apenas una niña. Nunca, pero nunca, se hubiera imaginado que terminarían… así. Primero, que estaría vivo a esas alturas; luego, que en ese momento se encontraría en la casa de ella esperándola para salir juntos.
Desvió la vista de la fotografía para aprovechar de observar su entorno. Todo se veía muy limpio y ordenado. "Típico de Granger", pensó con sorna.
De pronto, la puerta por la que ella había entrado se abrió, y él se puso de pie automáticamente, reparando por primera vez en su atuendo. Las cosquillas volvieron a carcomerle las tripas: ese suéter rojo ya lo había visto antes.
Pensó que su cara de sombro tuvo que haber sido muy evidente, dado que la chica se miró confundida, y levantó la vista dedicándole una amplia sonrisa.
— Tome — dijo Hermione acercándose a él—, lo necesitará. Espero que sea de su agrado— agregó mientras le tendía una prenda negra y cuidadosamente doblada.
Severus frunció el ceño, mirándola con desconfianza.
— ¿Qué es?
— Es un suéter— respondió ella, como si fuera lo más obvio del mundo. El profesor Snape no daba crédito a lo que estaba pasando. ¿De verdad Granger le había comprado ropa?
— ¿Para qué? — volvió a preguntar, negándose a creer que la chica pudiera tener esa clase de gestos con él. Y aunque, ciertamente, no fuera un ferviente admirador de la indumentaria muggle, le causó un poco de… "ternura" que ella fuese tan atenta.
— Para que se ponga, claro— manifestó Hermione, y ante la reticencia del profesor, añadió: —. No sea terco y póngasela. Tenemos que irnos.
Snape abrió la boca, pero no halló palabras para replicar ante la mirada severa de ella, por lo que no tuvo más remedio que hacerle caso. Además no estaba de ánimos para discutir por algo tan tonto.
Se despojó de la capa y la levita mientras Hermione hacía como que ordenaba en la cocina para no ponerlo más incómodo de lo que suponía que estaba.
Ahora sólo con su camisa blanca, se sentía un poco expuesto, así que se apuró en ponerse eso que ella le dio, y para su satisfacción, le cubría todo el cuello, era bastante parecido a lo que habitualmente usaba (tratándose de ropa muggle).
El profesor, al notar que Granger no volvía, carraspeó para llamar su atención.
Ella regresó a los pocos segundos, observándolo de pies a cabeza, y pensando en lo atractivo que se veía. El suéter le quedaba algo ceñido a la altura del pecho, destacando sus pectorales, que aunque no estaban trabajados, para ella resultaba sumamente fascinante.
— Ya me lo puse… ¿y ahora? — consultó Severus con verdadera curiosidad.
Hermione se aclaró la garganta y caminó hasta quedar frente a él.
— Nos vamos— sentenció, extendiendo la mano hacia el profesor—. Deme la mano. Nos apareceremos, hay que aprovechar que dejó de llover— explicó llanamente.
El profesor titubeó unos segundos antes de obedecer y tomarle la mano con algo de timidez. Hermione bajó la vista para que él no viera cómo sus labios se curvaban esbozando una sonrisa, y desaparecieron.
Cuando volvieron a aparecer, Severus no pudo ver absolutamente nada. Parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la oscuridad, entonces logró apreciar un sendero adoquinado que conducía a lo que parecía ser un parque, y al final del camino se distinguía apenas una pequeña pérgola.
Volteó para observar a Granger con extrañeza.
— Estamos en Soho Square— aclaró Hermione mirando a su alrededor—, pero no es aquí donde venimos. Estaba en lo correcto cuando pensé que no habría nadie aquí por el frío. Vamos, hay que caminar un par de calles— Terminó de decirlo y se puso en marcha. El profesor Snape tragó saliva dificultosamente antes de seguirla. ¿Qué tenía ella que lograba someterlo a tal nivel?
Cruzaron la calle y siguieron caminando por la acera prácticamente solos. Pasaron un semáforo, cruzándose cada vez con más personas, lo que alarmó un poco a Snape. Nunca había estado en ese lugar de la ciudad, pero se le hizo obvio que era muggle... por eso Granger había insistido en que se pusiera ese ridículo suéter, que por lo demás, era bastante cómo y abrigador.
En el semáforo siguiente, Hermione se detuvo luego de atravesar la calle.
— Ya casi llegamos— anunció la chica, mirándolo a los ojos con firmeza—. Pero antes, quiero pedirle algo— El profesor frunció el ceño sin comprender, y mantuvo silencio para que ella prosiguiera, mientras la gente pasaba por su lado—. Quiero que me prometa…— hizo una breve pausa, suspiró y continuó: —. Quiero que me prometa que esta noche no discutiremos… por ningún motivo— Snape arqueó las cejas y sonrió casi imperceptiblemente—. Y que no va a quejarse... ¿sí? Lo mismo va para mí.
— ¿Cuál es su plan? — preguntó él, haciendo un esfuerzo inmenso por no reír. Las ocurrencias de Granger eran tan inauditas.
— Prométalo—insistió Hermione dando un paso hacia adelante.
— Está bien, Granger, pero deje de ser tan irritante— dijo Snape mientras se cruzaba de brazos, y ella resoplaba, molesta y casi desesperada por la impasible antipatía de él.
— Sí— accedió a regañadientes al tiempo que le devolvía el gesto adusto.
No caminaron mucho hasta encontrarse frente a un gran letrero que rezaba "Bar Soho".
— Es aquí— murmuró la chica, disfrutando a mares la expresión de pánico en el rostro de Snape, que no podía creer que ella lo hubiera llevado a un lugar absolutamente atestado de muggles.
¡Hola!
Sí... sé que este capítulo es más corto que los anteriores, pero para mí era necesario dejarlo aquí jiji
Aun así, ojala les guste, aunque haya poco "contacto" entre ellos. El próximo lo tengo (en mi cabeza) totalmente armado.
¡Muchas gracias por sus comentarios y por seguir la historia! Me hacen feliz c:
Cualquier sugerencia o comentario de cualquier tipo, saben que pueden dejármelo.
Que tengan una linda semana.
¡Besos!
Ah, y feliz año nuevo! Que este nuevo año les traiga un millón de nuevas oportunidades y alegrías.
