Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

capitulo 3

Albert era cliente de Arobynn.

O quería algo de su antiguo maestro tan desesperadamente como para juntarse en una reunión aquí.

¿Qué demonios había pasado mientras estaba ausente?

Miró las cartas siendo barajadas en la mesa húmeda por la cerveza, justo cuando la atención del capitán se fijó en su espalda. Deseaba poder verle el rostro, ver algo en la oscuridad por debajo de esa capucha. A pesar de las salpicaduras de sangre en su ropa, se relajó cuando vio que no llevaba lesiones.

Algo que había estado enrollado firmemente en su pecho durante meses lentamente se a flojó.

Vivo, ¿pero de dónde venía la sangre?

Debió haberla considerado como no amenazante, porque simplemente se movió a su compañero, y ambos caminaron hacia la barra –no, hacia la escalera más allá. Se trasladaban a un ritmo constante, ocasional, aunque la mujer a su lado estaba demasiado tensa como para pasar por indiferente. Afortunadamente para todos, nadie apareció en su camino cuando se marcharon, y el capitán no miró en su dirección otra vez.

Ella se había movido lo suficientemente rápido como para que con toda probabilidad no detectara que era ella. Bien. Bueno, incluso si lo hubiera reconocido en movimiento o inmóvil, envuelto o desnudo.

Allí se dirigió, por las escaleras, sin siquiera bajar su mirada, aunque su compañera seguía mirando hacia abajo ¿Quién diablos era ella? No había guardias de sexo femenino en el palacio cuando se había ido, y estaba bastante segura de que el rey tenía una absurda regla de no-mujeres.

Ver a Albert no cambiaría nada, no ahora.

Apretó su mano enguantada en un puño, consciente del dedo desnudo en su mano derecha. No se había sentido desnuda hasta ahora.

Una carta aterrizó delante de ella.

—Tres platas para unirse —dijo el calvo y tatuado hombre, inclinando la cabeza hacia la pila ordenada de monedas en el centro.

Reunirse con Arobynn –nunca había pensado que Albert era estúpido, pero esto... Aelin se levantó de su silla, la ira comenzando a hervir en sus venas.

—Estoy sin dinero —dijo—. Disfruten el juego.

La puerta en la cima de la escalera de piedra ya estaba cerrada, Albert y su compañera habían desaparecido. Se dio un segundo para limpiar cualquier expresión aparte de la suave diversión en su cara. Las probabilidades eran; Arobynn había planeado todo para que coincidiera con su llegada. Probablemente había enviado a Tern al Mercado de las Sombras para captar su atención, para atraerla aquí. Tal vez él sabía lo que el capitán era, cuya conexión tenía el joven Lord con ella; tal vez le trajo para meter un gusanito en su mente, para agitarla un poco.

Obtener respuestas de Arobynn llegaría con un precio, pero era más inteligente que perseguir a Albert por la noche, aunque por el impulso tuvo que bloquear sus músculos. Meses, meses y meses desde que lo había visto, desde que había dejado Adarlan, rota y hueca.

Pero no más.

Aelin merodeó los últimos pasos hacia la banqueta y se detuvo delante de él, cruzando los brazos mientras contemplaba a Arobynn Hamel, Rey de los Asesinos y su antiguo maestro, sonriéndole.

oooooooooooooooo

Descansando en las sombras de la banqueta de madera, una copa de vino delante de él, Arobynn lucía exactamente como la última vez que le vio: huesos finos, cara de aristócrata, sedoso cabello castaño que rozaba sus hombros y una túnica azul intenso hecha exquisitamente, desabrochada con supuesto descuido en la parte superior que revelaba un pecho tonificado por debajo. Ninguna señal en absoluto de una cadena o collar. Su brazo largo, musculoso estaba en la parte posterior del banco, y sus dedos cicatrizados, bronceados tamborileaban a tiempo con la música del pasillo.

—Hola querida —ronroneó él, sus plateados ojos brillantes, incluso en la penumbra.

Ningún arma excepto el bello estoque a su lado, ornamentado, torciendo a los guardias como un viento arremolinado atado en oro. El único signo evidente de riqueza que rivalizaba contra las riquezas de reyes y emperatrices.

Aelin de deslizó en el banco frente a él, también consciente de la madera, todavía caliente de Choal. Sus propias dagas se apretaban contra ella con cada movimiento. Goldryn era un peso pesado a su lado, el enorme rubí en su empuñadura oculto por la capa oscura –la legendaria espada era inútil en los lugares estrechos. Sin duda el por qué había elegido esa cabina para esta reunión.

—Luces más o menos igual —dijo, inclinándose contra el duro banco y tirando atrás su capu- cha—. Rifthold te sigue tratando bien.

Era cierto. En sus treinta años, Arobynn seguía siendo hermoso, y tan tranquilo y recogido como lo había sido en la Guarida de los Asesinos durante los días borrosos y oscuros después de que Anthony había muerto.

Habían muchas, muchas deudas que pagar por lo que sucedió en aquel entonces. Arobynn miró hacia arriba y hacia abajo, de forma lenta, pausada.

—Creo que prefiero tu color natural de cabello.

—Precauciones —dijo, cruzando sus piernas y mirándolo lentamente. Ningún indicio de que llevaba el Amuleto de Orynth, el legado real que le robó a ella cuando estaba media muerta a orillas del Florine. Le había permitido creer que el amuleto secretamente era la tercera y última llave del Wyrd se perdió en el río. Desde hace miles de años, sus antepasados habían llevado sin darse cuenta el amuleto, y habían hecho del reino –su reino– una potencia: próspera y segura, ideal para todas las cortes en todas las tierras. Nunca había visto a Arobynn usar cualquier tipo de cadena alrededor de su cuello. Probablemente, la tenía bien lejos en algún sitio en la Guarida—. No me gustaría terminar otra vez en Endovier.

Aquellos ojos plateados brillaban. Era un esfuerzo impedir alcanzar una daga y lanzarla con fuerza.

Pero mucho dependía de él para matarlo aquí y ahora. Había tenido un largo, largo tiempo para pensar –lo que quería hacer, cómo quería hacerlo. Terminar aquí y ahora sería inútil. Especialmente cuando él y Albert estaban de alguna manera relacionados.

Tal vez por eso le trajo aquí –por lo que ella espiaría a Albert... y dudaría.

—En efecto —dijo Arobynn— lamentaría volver a verte en Endovier, demasiado. Pero tengo que decir que estos dos últimos años te han hecho más sorprendente. La feminidad se adaptó a ti —ladeó la cabeza, y sabía lo que iba a venir antes de que hablara—. ¿O debería decir la cubierta de reina?

Había pasado una década desde que habían hablado francamente de su patrimonio, o del título que le había ayudado a mantener lejos, que le había enseñado a odiar y temer. A veces lo mencionaba en términos velados, por lo general, como una amenaza de tenerla unida a él. Pero nunca la había llamado por su verdadero nombre, ni siquiera cuando la encontró a orillas de ese helado río y la había llevado a su guarida de asesinos.

— ¿Qué te hace pensar que tengo algún interés en eso? —dijo casualmente. Arobynn encogió los anchos hombros.

—Uno no puede poner mucha fe en los chismes, pero el rumor llegó hace aproximadamente un mes de Wendlyn. Afirmaba que cierta reina perdida hizo un show espectacular a la legión que invadía de Adarlan. En realidad, creo que el término que nuestros estimados amigos del imperio utilizaron es "perra-reina-escupe-fuego".

Honestamente, resultaba casi divertido, favorecedor, incluso. Que se hubiera corrido la voz acerca de lo que le había hecho al General Narrok y a los otros tres príncipes Valg que estaban como sapos dentro de los cuerpos humanos. Ella no se había dado cuenta de lo rápido que el mundo se enteraría.

—La gente cree todo lo que escuchan en estos días.

—Es cierto —dijo Arobynn. En el otro extremo de las Bóvedas, una frenética muchedumbre rugió a los combatientes que peleaban en los hoyos. El Rey de los Asesinos miró hacia ella, sonriendo débilmente.

Habían pasado casi dos años desde que estuvo en la multitud, viendo a Anthony luchar con los combatientes inferiores, apresurándose en reunir el dinero su ciente para salir de Rifthold, lejos de Arobynn. Unos días más tarde ella iba en un carro carcelario con destino a Endovier, pero Anthony...

Nunca había descubierto dónde habían enterrado a Anthony después de que Rourke Farran, segundo al mando después de Jayne, el Señor del Crimer de Rifthold, lo hubiera torturado y matado. Había matado a Jayne por sí misma, con una daga lanzada a su rostro carnoso. Y Farran... Más tarde se enteró de que Farran había sido asesinado por el guardaespaldas de Arobynn, Wesley, como represalia por lo que le había hecho a Anthony. Pero esa no era su preocupación, aunque Arobynn había matado a Wesley para reparar el vínculo entre el Gremio de los Asesinos y el nuevo Señor del Crimen. Otra deuda.

Ella podía esperar; podría ser paciente. Simplemente dijo:

—Así que, ¿ahora estás haciendo negocios aquí? ¿Qué pasó con la Guarida?

—Algunos clientes —ronroneó Arobynn— prefieren las reuniones públicas. La Guarida puede poner a la gente nerviosa.

—El cliente debe ser nuevo en el juego, si no insistió en un cuarto privado.

—No confía mucho en mí. Él pensaba que el piso principal sería más seguro.

—Él no debe conocer las Bóvedas, entonces —No, Albert nunca había estado aquí, por lo que sabía. Generalmente ella había evitado decirle sobre el tiempo que había pasado aquí. Como había evitado decirle una buena cantidad de cosas.

— ¿Por qué no me preguntas sobre él?

Ella mantuvo su cara neutral, desinteresada.

—No me importan particularmente tus clientes. Dime o no.

Arobynn se encogió de hombros otra vez, un gesto hermoso y casual. Un juego, entonces. Un poco de información para mantenerla en cuenta, para retenerla hasta que fuera de utilidad. No importaba si la información era útil o no; era la retención, el poder de ello, lo que amaba.

Arobynn suspiró.

—Hay tanto que quiero pedirte, que quiero saber. —Estoy sorprendida que confieses que no lo sabes todo.

Él reclinó su cabeza contra la parte posterior de la cabina, su cabello rojo brillante como sangre fresca. Como inversionista y propietario parcial de las Bóvedas, se suponía que no tenía que molestarse en ocultar su rostro aquí. Nadie, incluso el Rey de Adarlan, sería lo bastante estúpido para ir tras él.

—Las cosas han sido miserables desde que te fuiste —dijo Arobynn tranquilamente.

Fuiste. Como si a ella hubiera ido con mucho gusto a Endovier; como si no hubiera sido responsable de ello; como si acabara de estar ausente por vacaciones. Pero le conocía demasiado bien. Todavía lo sentía por sacarla, a pesar de haberla atraído aquí. Perfecto.

Él miró a la cicatriz gruesa a través de su palma, prueba del voto que le hizo a Annie sobre liberar Eyllwe. Arobynn chasqueó su lengua.

—Me duele el corazón ver tantas cicatrices nuevas en ti.

—Me gustan —era la verdad.

Arobynn cambió la posición en su asiento –un movimiento deliberado, como todos sus movimientos lo eran– y la luz cayó en una fea cicatriz que se extendía desde la oreja a su clavícula.

—Me gusta esa cicatriz, también —dijo con una media sonrisa. Eso explicaba por qué dejó la túnica desabrochada, entonces.

Arobynn agitó una mano con gracia fluida.

—Cortesía de Wesley.

Un recordatorio ocasional de lo que era capaz de hacer, lo que él podía soportar. Wesley había sido uno de los mejores guerreros que ella jamás había encontrado. Si él no había sobrevivido a la lucha con Arobynn, pocos lo harían.

—Primero Anthony —dijo ella—, luego Wesley, te has convertido en un tirano. ¿Hay alguien además del querido Tern, o has eliminado a cada persona que te desagradaba? —miró a Tern, que merodeaba en el bar y luego a los otros dos asesinos sentados en meses separadas a la mitad en toda la habitación, tratando de ngir que no seguían cada movimiento que ella hacía—. Por lo menos Harding y Mullin están vivos, también. Pero siempre han sido tan buenos en besarte el culo que me cuesta imaginar que alguna vez los mates.

Una risa baja.

—Y aquí estaba yo, pensando que mis hombres estaban haciendo un buen trabajo a la hora de mantenerse ocultos en la multitud —bebió de su vino—. Tal vez deberías volver a casa y enseñarles algunas cosas.

Casa. Otra prueba, otro juego.

—Sabes que siempre estaré encantada de enseñarle una lección a tus aduladores pero tengo otro alojamiento preparado mientras estoy aquí.

— ¿Y cuánto tiempo vas a estar de visita, exactamente?

—Tanto como sea necesario —para destruirlo y obtener lo que necesitaba.

—Bueno, me alegro de oírlo —dijo él, bebiendo otra vez. Sin duda era una botella traída solo para él, ya que no había manera en el reino quemado por el dios oscuro de que Arobynn bebiera la sangre de rata aguada que servían en el bar—. Vas a tener que estar aquí por un par de semanas, por lo menos, teniendo en cuenta lo que pasó.

Hielo cubrió sus venas. Le dio a Arobynn una sonrisa perezosa, aun cuando comenzó a orar a Mala, a Deanna, las diosas hermanas que la habían vigilado durante tantos años.

—Sabes lo que pasó, ¿verdad? —dijo, agitando el vino en su copa.

Hijo de puta, cabrón por hacerla confirmar que no lo sabía.

— ¿Eso explica por qué la guardia real tiene espectaculares nuevos uniformes? — No Albert o Terry, no Albert o Terry, no Albert o...

—Oh no. Esos hombres son simplemente una encantadora nueva adición a nuestra ciudad. Mis acólitos se divierten atormentándolos —chasqueó la lengua—. Aunque hubiera apostado una buena cantidad de dinero a que la nueva guardia del rey estuvo presente el día que pasó.

Le impidió a sus manos temblar, a pesar del pánico que devoraba cada último fragmento de sentido común.

—Nadie sabe qué, exactamente, pasó ese día en el castillo de cristal —comenzó a decir Arobynn.

Después de todo lo que había sufrido, después de lo que había vencido en Wendlyn, para volver a esto... Lamentó que Graham no estuviera a su lado, lamentó que no pudiera oler su olor de pino y el aroma de nieve y saber que a pesar de las noticias que Arobynn le entregaba, no importaba cuánto se rompiera, el guerrero Hada estaría allí para ayudarla a poner las piezas en su sitio.

Pero Graham estaba a través de un océano y rezó que nunca se pusiera dentro de cien millas de Arobynn.

— ¿Por qué no llegas al punto? —dijo ella—. Quiero tener unas horas de sueño esta noche —no era una mentira. Con cada aliento, el agotamiento se envolvía alrededor de sus huesos.

—Habría pensado —dijo Arobynn— que dada los cercanos que eran ustedes dos y con tus habilidades, que de alguna manera serías capaz de sentirlo. O al menos oído hablar de él, teniendo en cuenta de lo que se le acusa.

El pinchazo disfrutaba con cada segundo de ello. Si Terry estaba muerto o herido...

—Tu primo Aedion ha sido encarcelado por traición, por conspirar con los rebeldes aquí en Rifthold para deponer al rey y ponerte en el trono.

El mundo se detuvo.

Se detuvo y comenzó, luego se detuvo otra vez.

—Pero —Arobynn continuó diciendo— parece que no tenías ni idea sobre ese pequeño complot tuyo, lo que me hace preguntarme si el rey buscaba simplemente una excusa para atraer a cierta perra-reina-aliento-de-fuego a estas costas. Aedion va a ser ejecutado en tres días en la esta de cumpleaños del príncipe como principal entretenimiento. Prácticamente grita que es una trampa, ¿no? Sería un poco más sutil si lo hubiera planeado, pero no puedes culpar al rey por enviar un mensaje fuerte.

Aedion. Dominó el enjambre de pensamientos que nublaban su mente, las impulsó a un lado y se centró en el asesino delante de ella. No le diría sobre Aedion sin una maldita buena razón.

— ¿Por qué me adviertes? —dijo ella. Aedion fue capturado por el rey; Aedion estaba destinado a la horca, como una trampa para ella. Cada plan estaba jodidamente arruinado.

No, ella todavía podía ver esos planes para el nal, todavía podía hacer lo que tenía. Pero Aedion... Aedion iba a ir primero. Incluso si más tarde le odiaba, aun si le escupiera en la cara y la llamara traidora, puta y mentirosa asesina. Incluso si le molestaba lo que ella había hecho y se había convertido, le salvaría.

—Considéralo un favor —dijo Arobynn, elevándose en el banquillo—. Una muestra de buena fe.

Apostaría que había ligado un calor persistente a cierto capitán en el banco de madera debajo de ella.

Se quedó así, mientras estaba deslizándose fuera de la cabina. Sabía que había más espías que lacayos de Arobynn monitoreando hasta que la vieron llegar, esperando en el bar, y luego sentada en la banqueta. Se preguntó si su viejo maestro lo sabía, también.

Arobynn solamente sonrió, más alto por una cabeza. Y cuando él se acercó, ella le permitió cepillar sus nudillos por la mejilla. Los callos en los dedos le dijeron lo su ciente acerca de la frecuencia con la que se entrenaba.

—No espero que confíes en mí; no espero que me ames.

Solo una vez, durante esos días de infierno y angustia, fue que Arobynn le había dicho que la amaba con toda su capacidad. Había estado a punto de irse con Anthony, y él había ido a su departamento, rogando que se quedara, alegando que él estaba enojado con ella por irse y que todo lo que había hecho, todo lo retorcido, había sido por el rencor al irse de la Guarida. Nunca había sabido de qué modo había querido decir esas palabras –te amo– pero ella se inclinó a considerarla como otra mentira en los días que siguieron, después de que Rourke Farran la había drogado y puesto sus sucias manos sobre ella. Después de que la había dejado podrirse lejos en esa mazmorra.

Los ojos de Arobynn se suavizaron.

—Te extrañé.

Ella se alejó de su alcance.

—Que divertido. Estuve en Rifthold este otoño e invierno, y nunca trataste de verme.

— ¿Cómo me podría atrever? Pensé que me matarías en el acto. Pero luego me dijeron que esta tarde habías vuelto por fin y esperaba poder hacerte cambiar de opinión. Que me perdonaras por mis métodos de tenerte... fueran rotundos.

Otro movimiento y jugada, el confesarse culpable del cómo pero no del verdadero por qué. Dijo:

—Tengo mejores cosas que hacer que preocuparme acerca de si vives o mueres.

—En efecto. Pero te preocuparías mucho si tu querido Aedion muriera— su corazón tronó un latido a través de ella, y se sujetó a sí misma. Arobynn continuó—. Mis recursos son tuyos. Aedion está en la mazmorra real, custodiado día y noche. Cualquier ayuda que necesites, cualquier apoyo, ya sabes dónde encontrarme.

—¿A qué costo?

Arobynn la miró una vez más, y algo debajo de su abdomen se enroscó por la ja mirada que era todo menos de un hermano o un padre.

—Un favor, un solo favor —las campanas de advertencia sonaron en su cabeza. Sería mejor hacer un pacto con uno de los príncipes Valg—. Las criaturas que acechan en mi ciudad — dijo—. Las criaturas que usan los cuerpos de los hombres como ropa. Quiero saber qué son.

Demasiados hilos estaban listos ahora para ser enredados. Ella dijo:

— ¿Qué quieres decir?

—La guardia del rey tiene algunos de ellos entre sus comandantes. Están deteniendo personas sospechosas de simpatizar con la magia o aquellos que alguna vez la tuvieron. Ejecuciones todos los días, al amanecer y al atardecer. Estas cosas parecen prosperar con ellas. Me sorprende que no te dieras cuenta de ellos cuando acechaban los muelles.

—Son todos esos monstruos iguales para mí —pero Albert no la había mirado o se había parecido a ellos. Una pequeña misericordia.

Él espero.

Ella también.

Ella hablo primero

—¿Es este mi favor, entonces? ¿Contarte lo que sé? —Parte de ello.

Ella resopló.

— ¿Dos favores por el precio de uno? Típico.

—Dos lados de la misma moneda.

Lo miró rotundamente y entonces dijo:

—A través de años de robar conocimiento y robar algún poder extraño arcaico, el rey ha sido capaz de sofocar la magia, mientras también de convocar demonios antiguos para infiltrarse en los cuerpos humanos para su creciente ejército. Utiliza anillos o collares de piedra negra para permitir a los demonios invadir sus ejércitos, y él ha estado entregándoselos a jugadores con magia antigua, como regalos ya que es más fácil para los demonios entrar así —verdad, verdad, verdad, pero no toda la verdad. Nada sobre las marcas del Wyrd ni las llaves del Wyrd. No a Arobynn—. Cuando estaba en el castillo, me encontré con algunos hombres que habían sido corrompidos, hombres que se alimentaban de ese poder y se hacían más fuertes. Y cuando estaba en Wendlyn, me enfrenté a uno de sus generales, que había sido tomado por un príncipe demonio de poder inimaginable.

—Narrok —reflexionó Arobynn. Si él estaba horrorizado, si estaba sorprendido, su rostro no reveló nada de ello.

Ella asintió con la cabeza.

—Devoran la vida. Un príncipe como él puede aspirar tu alma, directamente de ti —ella tragó y temor real cubrió su lengua—. ¿Los hombres que has visto, estos comandantes tienen collares o anillos? —las manos de Albert habían estado desnudas.

—Solo anillos —dijo Arobynn—. ¿Hay allí una diferencia?

—Creo que solo los collares pueden sostener a un príncipe; los anillos son para demonios menores.

—¿Cómo los matas?

—Fuego —dijo—. Maté a los príncipes con fuego.

—Ah. No la clase habitual, supongo —ella asintió con la cabeza—. ¿Y si tienen un anillo?

—He visto a uno de ellos morir con una espada por el corazón —Albert había matado a Caín fácilmente.

—Un pequeño alivio, pero...

—La decapitación podría funcionar para los que tienen collares.

—¿Y las personas que poseen aquellos cuerpos se van?

La cara suplicante, aliviada de Narrok destelló ante ella.

—Es lo que parece.

—Quiero que captures a uno y lo lleves a la Guarida.

Ella comenzó:

—Absolutamente no. Y ¿por qué?

—Tal vez será capaz de decirme algo útil.

—Ve y captúralo tú—interrumpió ella—. Encuéntrame otro favor para cumplir.

—Tú eres la única que se ha enfrentado a esas cosas y has vivido —no había misericordia en su mirada—. Captura una para mí a la brevedad, y te ayudaré con tu primo.

Estar enfrente de un Valg, hasta un Valg menor...

—Aedion va primero —dijo—. Rescatamos a Aedion y entonces pondré mi cuello en riesgo para conseguir uno de los demonios para ti,

Los dioses la ayudaran si Arobynn nunca se daba cuenta de que podía controlar al demonio con el amuleto escondido.

—Por supuesto —dijo.

Sabía que era una tontería, pero ella no pudo evitar la siguiente pregunta. —¿Para qué?

—Esta es mi ciudad —ronroneó él—. Y no me siento particularmente encariñado por la dirección que está tomando. Es malo para mis inversiones y estoy harto de escuchar a los cuervos celebrar día y noche.

Bien, al menos se pusieron de acuerdo en algo. —Un hombre de negocios, ¿no es verdad? Arobynn mantenía esa mirada de amante.

—No hay nada sin un precio —él puso un beso contra su pómulo, sus labios suaves y cálidos. Luchó contra el temblor que sacudió a través de ella, y se apoyó contra él, cuando acercó su boca contra su oído y susurró:

— Dime lo que debo hacer para expiarme; dime que me arrastre sobre las brasas, que duerma en una cama de clavos, que divida mi carne. Una palabra, y lo haré. Pero déjame cuidarte como una vez lo hice antes, antes... antes de que la locura envenenara mi corazón. Castígame, tortúrame, arruíname, pero permíteme ayudarte. Haz esta cosa por mí y pondré el mundo a tus pies.

Su garganta se secó y ella se echó hacia atrás lo suficiente como para mirar esa cara hermosa, aristócrata, los ojos brillando con una pela y una intención predatoria que casi podía saborear. Si Arobynn sabía acerca de su historia, con Albert, y había convocado al capitán aquí... ¿Había sido para obtener información, para probarla a ella, o alguna manera grotesca para asegurar su dominación?

—No hay nada...

—No, todavía no —dijo apartándose—. No lo digas todavía. Sueña con ello. Sin embargo, antes de hacerlo, tal vez anda a ver a una visita en la parte sureste de los túneles esta noche. Tal vez encuentres a la persona que estás buscando —ella mantuvo su cara todavía aburrida incluso cuando escondía información. Arobynn se movió hacia la sala repleta, donde sus tres asesinos estaban alerta y listo y, a continuación, se volvió a ella—. Si puedes cambiar enormemente en dos años, ¿por qué no me permites un cambio así también?

Con eso, se paseó lejos entre las mesas. Tern, Harding y Mullin cayeron en su paso detrás de él –y Tern miró en su dirección una sola vez, para darle el mismo gesto obsceno que ella le dio antes.

Pero Aelin solo miraba al rey de los asesinos, en sus pasos elegantes, potentes, en el cuerpo de un guerrero disfrazado con ropa de nobleza.

Mentiroso. Entrenado, astuto mentiroso.

Había todavía muchos ojos en la Bóveda para que ella se fregara la mejilla, donde todavía susurraba la huella fantasma de los labios de Arobynn, o en su oído, donde quedaba su aliento caliente.

Bastardo. Ella miró a los hoyos de lucha a través de la sala, las prostitutas agarrando una vida, a los hombres que dirigían ese lugar, que se habían bene ciado durante demasiado tiempo de tanta sangre, dolor y sufrimiento. Podía casi ver a Anthony allí –luchando, joven y fuerte y glorioso.

Había muchas, muchas deudas que pagar antes de que se marchara de Rifthold y tomara de nuevo su trono. A partir de ahora. Suerte que estaba con una especie de asesino estado de ánimo.

Era solo cuestión de tiempo antes de que Arobynn mostrara su mano o los hombres del rey de Adarlan encontraran el camino que ella había colocado cuidadosamente en los muelles. Si alguien venía hacia ella, en pocos momentos, en realidad, si los gritos seguidos del silencio total detrás de la puerta de metal encima de las escaleras fueran cualquier indicación. Por lo menos gran parte de su plan seguía en curso. Se ocuparía más tarde de Albert.

Con una mano enguantada, arrancó de una de las monedillas de cobre que Arobynn había dejado sobre la mesa. Le sacó la lengua al perfil brutal del rey estampado en un lado y luego al wyvern rugiente adornado en el otro. La puerta de hierro en la parte superior de las escaleras gimió al abrirse, el aire fresco de la noche lloviendo. Cabeza, Arobynn la había traicionado de nuevo. Cola, los hombres del rey.

Con una media sonrisa, volteó la moneda en su pulgar.

La moneda estaba girando cuando cuatro hombres en uniformes negros aparecieron en la cima de las escaleras de piedra, un surtido de armas perversas atadas en sus cuerpos. Para el momento en el que el cobre quedó sobre la mesa, el wyvern brillando a la débil luz centelleando, Aelin Galathynius estaba lista para la matanza.


*losiento, losiento, e tenido muchos problemas con el internet dado que la compañía se fue a otra parte y fue todo un rollo. Además estoy de vacaciones y de paso la página que sacaba las historias están en proceso de modificaciones menos mal que la descargué pero es difícil copiar la historia y ponerla lo mejor que pueda. Gracias por entender.