Buenas noches. Sobre este capítulo sólo me queda decir… ¡Esto ya se prendió!

*ILoveOkiKagu: Jajajaja. ¿Ya tan rápido tienes OTP? Aunque no me sorprende. Y sé que el siguiente cap te va encantar C:

IV

Nascent Paranoia

—Kagura-chan, ¿es cierto lo que están diciendo todos? —en cuanto su querida amiga entró al salón se acercó a ella con rostro angustiado. De verdad que se le notaba sumamente preocupada porque hasta la había tomado de los hombros y no le quitaba la mirada de encima.

—¿De qué estás hablando? —cuestionó a la pelinegra mientras hurgaba su nariz sin importarle que luciera desagradable y poco femenina—. ¿Otra vez ese pervertido maestro está intentando llevarse a alguna de sus alumnas a la cama?

—No, está vez no se trata del profesor Sakata.

—¿Zaki y los demás volvieron a competir para ver quién la tiene más grande? —dijo tras dar un largo bostezo—. No entiendo para qué demonios compiten si de todos modos ninguno la va a usar nunca en su vida. Simplemente deberían arrancarse ese estorbo que tienen en la entrepierna y convertirse en las flores más bellas de la escuela.

—¡Que no hablaba de eso! —exclamó, agitándola como si estuviera revolviendo un envase de yogurt.

—¡Ya sé! —al fin parecía haberse dado cuenta de lo que le hablaba su querida amiga—. Shinpachi ha dejado de ser un asqueroso cherry boy y ahora ya es un hombre de verdad —estaba entusiasmada por tal hecho.

—Tampoco —expresó con un largo suspiro—. ¿Por qué no miras a tu alrededor? —Soyo giró la cabeza de su amiga hacia las paredes de todo el salón para que notara lo que estaba pegado en estas. Y es que no se trataban de meros anuncios, sino de fotografías nítidas y a todo color de dos personas que conocía perfectamente bien, y que estaban llevándose demasiado bien; más de lo que deberían—. ¡Tu novio y tu…hermano…mantienen una relación prohibida! —gritó con angustia, como si fuera la peor de las noticias que pudo haber recibido—. ¡Shino-san está caminando del otro lado de la acera y ha corrompido a Kamui-san para que caiga en sus redes mientras a ti te usa para guardar las apariencias! —y ahí estaba de nuevo aquella sacudida. ¿Es qué quería que su cerebro se golpeara con su cráneo? A ese paso iba a causarle un trauma craneoencefálico severo.

—Soyo-chan, tranquilízate —y como sus palabras no serían suficientes, le acomodó una bien tronada bofetada—. Mi hermano desde pequeño siempre ha sido un tanto asexual. Y que sufriera de mamitis no hacía más que ponerme a pensar. Así que no te puedo asegurar que no sea de ese bando —Tokugawa se quedó en shock. Y es que se había transformado en un cuadro de tonalidades sepia. Literalmente estaba entrando en negación ante lo que ella le decía—. Y Shino no es rarito… Créeme. Ya lo comprobé por mí misma —lo segundo que dijo fue el combo final que terminó con el frágil corazón de Soyo. ¿Y es que cómo se supone que interpretara sus palabras? ¿Qué significaba su afirmación tan plagada de seguridad? ¿Cómo demonios lo comprobó? ¿Qué fue lo que hicieron?

—¡Kagura-chan, ¿qué fue lo que pasó entre los dos?! —y ahí estaba otra vez, zarandeándola sin compasión. Una licuadora le proporcionaría menos revoluciones por segundo que su exaltada amiga—. ¡N-No…me digas que ustedes dos…cruzaron la línea…! Kagura-chan…¿es que ya eres toda una mujer? —la pelirroja la observaba con cierta confusión. A veces Kagura pensaba que su querida amiga solamente fingía inocencia porque tenía cada pensamiento lascivo—. Además, tu hermano no luce como alguien…asexual…ni con complejos —la pelirroja se limitó a suspirar ante la percepción que tenía su mejor amiga de su estúpido hermano mayor.

—Soyo, mi hermano es un idiota troglodita con complejo de mami. Lo único para lo que sirve es para las peleas y para hacer enojar al pelado de nuestro padre —nadie mejor que ella para hablar sobre el tarado que tenía de hermano mayor—. Nunca lo he visto con novia —lo que fue música para los oídos de Soyo—. Sin embargo, hace unos cinco meses atrás comenzó a usar mucho el teléfono móvil. Él decía que estaba jugando un tonto juego de peleas en línea…pero a veces lo vi mensajeándose con alguien. Tal vez esté conquistando chiquillos incautos. Ya ves que tiene cara de niña y tal vez con eso los engaña —lo siguiente que experimentó fue una secuencia de agitadas que seguramente no sentiría ni siquiera si la metieran dentro de una lavadora.

—Kagura-chan, no deberías hablar mal de tu hermano mayor. Deberías aprender de mí —había vuelto a sus cabales por lo que ya se comportaba como la señorita de alta alcurnia que era—. Tal vez tu hermano solamente esté pasando por una etapa difícil en donde tiene dudas sobre sí mismo y su cuerpo. Y cuando la supere será un chico normal de dieciocho años.

—Tú misma acabas de decir que él prefiere el arroz con popote que la papaya —alguien era un poco vulgar. Y Soyo era lo suficientemente puritana como para ponerse completamente roja después de escuchar aquellas palabras—. Y si ese es el caso no pienso dejar que me quite a mi novio. Que se consiga el suyo.

—Me sorprende que no estés deprimida después de ver cómo tu "perfecto y maravilloso novio" no sólo te engaña, sino que lo hace con tu hermano mayor —¿en qué momento apareció el castaño? ¿Por qué se había tomado las molestias de trasladarse de su edificio al suyo solamente para echarle todo aquello en cara? Estaba claro que era sumamente sospechoso por más de un motivo.

—Shino jamás me cambiaría por un imbécil como Kamui —espetó para Okita, mirándole de reojo de manera burlona. Y es que parecía estarse riendo de él en su cara y eso le provocó torcer el entrecejo—. Estoy completamente segura de que esto tiene que ver con todos ustedes. No creo que haya sido casualidad el que Bisha haya decidido invitarme a comer a un buffet el día de ayer... ¡Todo mundo sabe que a él sólo le gustan las legales porque si no pueden arrestarlo! —espetó, señalándole con su dedo índice acusador—. Y como él es el más listo de los cuatro, estoy segura que ha sido su idea —al castaño no sabía qué le irritaba más, que esa pelirroja no fuera tan idiota y tuviera la capacidad de razonar y unir todos los puntos para obtener una conclusión, o que estuviera mostrándoles todas aquellas fotografías donde se encontraba al lado del pelinegro divirtiéndose de lo lindo; y es que hasta había uno de ellos dos donde permanecían dormidos uno recargado del otro—. ¿Tienes envidia de que no tienes ni un perro que te ladre? ¿Te duele que los demás seamos felices y tú no? —sacó su lengua en son de burla y diversión. Y es que hasta estaba carcajeándose a todo pulmón. Sougo apretó sus recién formados puños mientras intentaba contenerse para no darle gusto a la pelirroja.

¿Qué es lo que está mal con este remedo de chica? ¿Por qué está tan tranquila, tan confiada? ¿Es que ni siquiera va a dudar de su "perfecto" novio? —no se supone que reaccionara de esa manera. No estaba esperando a que aceptara la situación con humor y no armara mayor arguende—. Debería estar maldiciendo a su hermano y mirando a todos con odio por señalarla como la idiota que solamente sirve de tapadera… Y en cambio sólo está allí, sonriendo y hablando estúpidamente con su amiga, como si nada hubiera ocurrido —él había visualizado un desenlace completamente diferente. Este no era el modo en que quería que las cosas terminaran porque equivaldría a haber perdido contra aquel chico pese a haber logrado humillarlo tan magistralmente—. Bueno, una cosa es ella y otra completamente diferente él… No creo que él lo tome tan bien, ¿no lo crees? —porque cuando una puerta se le cerraba, otra se abría de manera inmediata.

Sougo tenía un plan en mente, pero no sabía cómo armar todas las piezas para que funcionara como él quería. Después de todo, sabía que Shino no volvería a pisar la escuela usando la misma treta; y con lo desconfiado que era ya no daría crédito a ninguna de sus palabras. Así que tenía que pensar en otro método. Situación que podría durarle bastante tiempo si no hubiera sido que cuando iba de camino a su salón de clases se topó directamente con aquel singular y apagado profesor.

—Ey jefe, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Ya te dije que soy tu maestro y es así como debes de llamarme pequeño bastardo con cabeza de coco —Gintoki se le veía más desaliñado que de costumbre. Y es que hasta tenía unas ojeras que asustarían a cualquiera. ¿Es qué se quedaría despierto hasta altas horas de la noche calificando exámenes? No. De seguro se desveló viendo alguna guarrada mientras se daba amor propio—. Y bien, ¿qué vas a preguntarme? Date prisa que quiero irme a dormir al salón de ciencias.

—¿Es cierto eso de que eres el profesor particular de ese tal Shino? —allí estaba ese nombre. Ese que le hacía acordarse de algo que había estado intentado olvidar durante toda la noche usando sustancias etílicas para dicho proceso. Pero ahora todo era inútil; ese imbécil había aparecido para hacerle conmemorar su nuevo y horrible tormento—. Tienes una cara espantosa. Como si hubieras ido al baño después de haber estado tapado por un mes entero —Sakata se sentó sobre el suelo, abrazándose a sí mismo, como si fuese un niño traumatizado que no quería hablar sobre lo que le pasó. Y lo peor es que se encontraba balbuceando cosas que le parecían incoherencias al castaño.

—No existe manera de que yo…el gran Sakata Gintoki sienta interés por un hombre… No hay manera de que prefiera un trozo al monte de Venus…—se repetía a sí mismo como un credo. Tal vez de ese modo alejaría todas esas dudas que estaba experimentado sobre su orientación sexual gracias a ese alumno que tenía—. Me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres con grandes melones. Me gustan las mujeres con pronunciadas curvas —repetía de manera interminable.

—Jefe, reacciona —y como el buen chico que era le acomodó un buen izquierdazo a su profesor, logrando sacarlo de su espiral de autodestrucción al mismo tiempo que le hizo sangrar la nariz—. Al fin has vuelto a tus cabales.

—Gracias, en verdad lo necesitaba —despabiló y volvió a ser el mismo—. ¿Qué estabas preguntándome?

—Que si ese tal Shino era tu estudiante particular —Gintoki asintió—. Lo que significa que puedes hacer que venga aquí, ¿no?

—Puedo cambiar el lugar de nuestras sesiones de estudio por contratiempos de cualquiera de los dos —eso era perfecto—. ¿Por qué tu interés repentino?

—Jefe, tú mismo te has dado cuenta, ¿no?

—¿De qué estás hablando?

—Ese tal Shino es demasiado sospechoso —decía el castaño con una mirada relativamente seria—. Aun cuando las mujeres tienen orgasmos cada vez que lo ven, ¿no crees que posee facciones demasiado finas? —él no se percató de eso hasta ayer cuando tuvo el rostro del pelinegro muy cerca del suyo—. Además, es un tanto delgado para su edad y su género —eso también lo había notado el peli-plateado—. No lo sé. Hay algo en él que no me termina de convencer.

—¿Acaso estás insinuando que es un chiquillo demasiado delicado que puede romperse con el pétalo de una rosa? —porque él conocía a muchos tipos que eran más femeninos que una chica y Shino no sería el primer caso—. Aunque ciertamente tiene manos suaves y delicadas.

—Jefe, lo que quiero decir es que tal vez estén intentando vernos la cara —¿a qué se refería? ¿Qué había descubierto que él no? ¿Por qué le causaba tanta intriga? Quería saber y al mismo tiempo no.

—¿Qué quieres decir con eso?

—…Que Shino no es un chico…—Gintoki enmudeció por completo en cuanto terminó de escuchar la oración porque lo consideraba imposible. Él había sido profesor particular del pelinegro por cerca de medio año y nunca contempló comportamientos fuera de lugar; ese chico podría lucir demasiado "bonito" pero jamás se comportó de una manera diferente a la que lo haría un chico. Así que no podía concebir que fuera una chica travestida—. Piénsalo bien jefe… Nunca está desaliñado. Siempre está presentable. No apesta como el resto de los tipos de su edad —y eso le constaba a él—. Tampoco es un idiota irremediable o un pervertido degenerado —porque vaya que abundaban de esos en toda la escuela—. Y sobre todas las cosas, parece que entiende a las mujeres… Y eso es algo que sólo una mujer puede llegar a ser.

La hipótesis de Okita lo dejó flipando en colores. Es que si sus palabras llegaran a ser ciertas significaría que él no estaba empezando a sentirse atraído por los hombres, sino más bien todo se debía a que su organismo se había híper sensibilizado ante el creciente deseo de tener una compañía carnal a su lado. Por lo que su cuerpo al ser capaz de ver a través de tan perfecto disfraz empezó a mandarle las señales correctas para actuar.

—¡Sí! ¡Sabía que no estaba volviéndome un rarito! ¡Sabía que existía una explicación lógica para todas esas incómodas sensaciones que me hizo experimentar ese idiota! —estaba completamente revitalizado, como si ya hubiera dormido todas las horas que requería, y simultáneamente, hubiera recuperado las ganas de seguir viviendo—. Ahora solamente queda una cosa por hacer…—el que le empezara a sangrar la nariz ponía muy en evidencia lo que estaba pensando y lo que tanto deseaba realizar—. Si consideramos los excelentes genes de su madre y la edad en la que se encuentra en este momento…

—Jefe, incluso si es una chica travestida de un tipo fastidioso no podrá ponerle las manos encima —y es que Gintoki tenía una cara de bobo y pervertido. Ni siquiera un sádico como él deseaba saber qué era lo que estaba pensando en ese instante—. Sigue siendo menor de edad y pueden meterte a la cárcel para después castrarte —esos eran detalles insignificantes para ese cusco profesor—. Y antes de poder hacer cualquier cosa primero debemos echar abajo su farsa.

—Soy todo oídos Okita-kun~

Desde que cruzó la entrada de aquella preparatoria hasta llegar al punto de reunión con el que se encontraría con su perezoso profesor, tuvo que tolerar las miradillas de todo el alumnado; algunas eran de mofa, otras de odio y repulsión, y algunas cuantas más lo contemplaban con emoción, como si les pareciera perfecta la idea de que él estuviera colado por un chico y no por cierta pelirroja que se había convertido en la envidia de muchas chicas. Y aun con las ganas que tenía de aclarar aquel malentendido no pronunció palabra alguna porque sabía que sería una guerra perdida donde nadie le daría importancia a sus palabras.

Entró al salón de ciencias, cerrando la puerta detrás de él. Sentado sobre el borde del escritorio estaba aquel adicto a los dulces chupando una piruleta mientras le saludaba con la mirada.

—¿Qué es eso tan importante de lo que querías hablarme? —se acercó, ignorando el magistral dibujo que trazaron sobre la verde pizarra; al menos admitiría que quien lo realizó debía ser el siguiente Vincent Van Gogh.

—Estaba pensando en modificar nuestros horarios de clases.

—¿Y para ese asunto requerías que viniera hasta aquí? —para él no tenía sentido alguno.

—Bueno en realidad necesitaba que estuvieras aquí para que tratáramos otro tema mucho más importante —a Shino le dio mala espina que empezara a formársele una enorme y sádica sonrisa en los labios; incluso su mirada era la de un desequilibrado o un adicto a los dulces que no ha ingerido carbohidratos en muchas cosas.

—¿Ah sí? ¿Como cuáles? —mientras preguntaba iba retrocediendo. En el instante en que alcanzara el pomo de la puerta saldría huyendo de allí.

Se detuvo en seco en cuanto escuchó el momento justo en que a la puerta le colocaron seguro. Tanto porque le tomó por sorpresa como por el hecho de que no se explicaba cómo había pasado; porque se supone que sólo eran ellos dos. O eso fue lo que pensaba hasta que se giró hacia atrás y se encontró con esa mirada escarlata.

—¿Ya te vas? Pero si la diversión está a punto de comenzar —Sakata le había traicionado y le había entregado al enemigo por alguna razón que él desconocía en ese momento. Aunque lo peor parecía estar a punto de venir—. Sujétenlo.

Lo siguiente que experimentó el pelinegro fue una seca y dolorosa caída contra el suelo en el instante en que sus muñecas fueron apresadas por aquel par de compañeros del pelinegro. Y si eso fuera poco, sus tobillos también se encontraban cautivos. Literalmente estaba a merced del enemigo.

—Ungh… Maldito seas Sakata —él fue quien lo llevó directo a la boca del lobo—. Vas a pagar por lo que has hecho.

—Veremos si te quedan ganas de vengarte después de que saquemos a la luz tu penosa farsa —el pelinegro sintió el peso extra sobre su región umbilical. Aquel sádico castaño se había sentado en su persona sin consideración alguna y aunque intentara zafarse era imposible, estaba pegado al piso por aquellos cuatro chicos—. Hora de jugar al cirujano —¿de dónde sacó aquella navaja? ¿Qué era lo que pretendía con ella? Bueno, no tuvo que esperar mucho porque ahora lo estaba viendo con sus propios ojos—. O eres muy plana o sabes usar los vendajes a la perfección —el filo del punzocortante había empezado a desgarrar la sudadera desde el cuello hacia abajo con una lentitud abrumadora.

—¡Ey, idiota, ¿pero qué demonios estás haciendo?! —su mirada se convirtió en una gélida lluvia de ajugas que apuntaban directamente a la yugular de Sougo—. No sé qué demonios estén pensando, pero no va a resultar.

—¿Ah? —el castaño había terminado con el corte y miraba con desconcierto lo que tenía bajo él. ¿Se supone que luciera de esa manera? Por supuesto que no—. Eres mucho más plana que la china —comentó porque técnicamente no había nada. Lo único que podía ver era una pulcra piel y un abdomen lo suficientemente marcado para que quedara claro que no era una ella sino un él; uno que creyeron ficticio hasta hace unos segundos atrás.

—Okita-kun…¿por qué no estoy viendo un par de atributos? ¿Por qué estoy viendo los pectorales y el abdomen de un chiquillo de dieciocho años que se ejercita de manera constante? ¿Se supone que las jóvenes actuales deben verse de esa manera? —señalaba Sakata a su alumno al que estaba permitiendo que ultrajaran otros alumnos suyos—. ¿Cómo demonios puedes ser un chico si tienes ese rostro y esos rasgos tan finos? —ya estaba sujetando el rostro del pelinegro entre sus manos—. Los de tu especie no deberían existir. ¡Alteran el orden natural de las cosas! —le gritó con cierto enfado; aunque era más para sí mismo que para Shino—. No. No. No De ninguna manera puedes ser un chico. Tú tienes que ser una mujer perfectamente disfrazada —le quitó el gorro y lo único que encontró fue una corta cabellera azabache perfectamente revuelta. Y es que hasta tuvo la osadía de desabrocharle el cinturón y echar un rápido vistazo a lo que había bajo sus pantalones—. ¡Noooo! ¡Esto no puede ser real! ¡Eso no es un monte divino cúspide de placer forjado por los dioses griegos, sino el orgullo de cualquier hombre viril que se respete! —su mundo volvió a destruirse en miles de fragmentos. De nuevo estaba muerto por dentro.

—No me digas que pensaron que era una chica —sí, eso que se dibujaba en sus labios era una sonrisa cargada de guasa y mucha diversión—. No sé si reírme por hacerme el día o burlarme de ustedes por ser tan idiotas —esas carmesí pupilas estaban viendo al castaño; ese que creyó ingenuamente que lo tenía entre sus manos—. ¿Tan desesperado estás por sacarme de tu vida que incluso has pensado que estabas siendo engañado por una chica y por Kagura? —el tono que empleó para soltarle aquellas palabras le resultaba de lo más irritante a Sougo—. Voy a aplaudir tu imaginación.

—Tsk…—él había meditado bastante para haber llegado a aquella hipótesis. Y estaba completamente seguro de que era muy factible; porque conocía a Kagura y sabía que con tal de joderlo obligaría hasta a un gorila a usar un uniforme policiaco. Y, sin embargo, había fallado. Se había equivocado y ese error le costaría muy caro.

—¿Ya terminaste de divertirte conmigo o es que planeas hacerme algo más? —preguntó de lo más divertido—. Porque a diferencia de ti tengo muchas cosas por hacer.

—¡Bazingaaaaaaa! —aquello sonaba más como un grito de guerra que como una mera exclamación. Aunque lo de menos era que Kagura hubiera entrado al salón de clases tirando la puerta abajo. Lo realmente trascendental era que ese enorme pedazo de madera que derrumbó se había estrellado contra Okita y lo había hecho salir volando del lugar en el que estaba—. Muero de hambre. Ya vámonos.

—¡¿Okita-kun?! —Gintoki empezó a quitar la pila de pupitres que habían sepultado al sádico—. Resiste. Todavía quedan muchas mujeres por sodomizar.

—¿Kagura? No imaginaba que terminarías viniendo hasta aquí —Shino era un hombre libre por lo que se abrochó el pantalón y se puso de pie—. Lamento haberte hecho esperar, pero como puedes ver ese amigo tuyo quería jugar cosas muy extrañas.

—Ya habías demorado bastante y tampoco encontraba a ese idiota afeminado por ninguna parte, así que fue fácil deducir qué era lo que había ocurrido —y ya que había un pupitre cerca de ella no dudó en lanzárselo encima a quien apenas había sido rescatado por Gintoki.

—¿Puedes creer que pensaba que era una chica disfrazada?

—De ese idiota me creería todo. Hasta de que fuera capaz de sabotear la boda de Mitsu-chan y Toshi solamente para quedarse con su hermana mayor. Es un gusano de lo más repulsivo —es que se le notaba el placer en la mirada cuando le soltaba aquellas cosas que siempre ponían de malhumor a Sougo—. Deberíamos castrarlo para que no deje descendencia en este mundo.

—Los hombres celosos son bastante peligrosos. Aunque también resultan muy divertidos y predecibles —una cosa era que la pelirroja se burlara de él y le echara en cara sus complejos y otra totalmente distinta a que lo estuviera haciendo él—. Okita, ¿no tenías nada importante que decirle a Kagura? —el semblante del castaño pasó de la completa indiferencia a un notorio cabreo. Sus facciones apacibles y cordiales se contrajeron, se remarcaron y manifestaban tanto aversión como un deseo palpable de golpear a quien tenía frente a él—. Como por ejemplo el motivo real por el que estás intentando hacer mi existencia miserable… Porque no creo que a este punto alguien te crea que sólo lo haces porque te humillé el día en que nos conocimos —su lengua era demasiado afilada y no tenía problema alguno con decir lo que pensaba; incluso si eso lo transformaba en el enemigo de todos.

—¿Qué tendría que ver ese mono cirquero sin gracia contigo y conmigo? —se levantó, depositando su atención en el pelinegro y nadie más—. Solamente un idiota como tú podría fijarse en una mujer fea y sin gracia como resulta ser ella —insultó sin escrúpulo alguno a quien permanecía allí y escuchaba atentamente lo que esos dos hablaban—. No existe manera alguna de que alguien como yo tenga interés en una persona tan mundana como ella. Así que es ridículo que nuestras confrontaciones estén relacionadas con ella de alguna manera… No me digas que pensabas que esa tonta me interesaba de alguna manera —su timbre de voz era altanero, hosco, burlesco, tan irritante y simultáneamente, tan desagradable. ¿Es que no le importaba lo que Kagura pensara sobre él después de que la insultara de tal manera? ¿Acaso no se daba cuenta del modo en que ella se encontraba mirándole en ese preciso instante?

Claro que lo notó. Pero para cuando lo hizo algo dentro de sí mismo le dijo que era demasiado tarde para que de su boca saliera algo que pudiera recomponer un poco las cosas. No había manera de que pudiera recomponer la temblorosa mirada que le había dedicado tanto enfado como decepción y eso conocido como frustración.

Él era tan orgulloso, tan incompetente, pero sobre todo testarudo. Y ella era tan caprichosa.

—Tampoco es como si estuviera interesada en un imbécil como tú que no puede vivir sin su querida hermana. De hecho, eso hace de ti alguien realmente patético y de lo más vomitivo —los insultos que le dirigía era lo de menos; ya ni siquiera estaba prestándole atención en lo más mínimo. Lo único en lo que sus pupilas estaban atentas era en sus manos que estaban sujetando con firmeza el cuello del pelinegro. ¿Qué se supone que iba a hacer? ¿Por qué estaba tan cerca de él?

Las respuestas que le habían llegado para contrarrestar las palabras de Kagura desaparecieron, se extraviaron por completo en el vórtice mental de su cabeza. Ahora lo único que le invadía era el desconcierto total.

Lo que estaba contemplando era lo más normal del mundo entre dos personas que llevan sobre sus hombres el título de novios. Era lo que tarde o temprano ocurriría entre esos dos si el tiempo continuaba transcurriendo mientras lo que fuera que sintiesen el uno por el otro se intensificaba.

Sí, se supone que no debía importarle ni interesarle lo que ella hiciera con su novio. Incluso si decidía besarlo frente a todos no tendría por qué incordiarle en lo más mínimo. Sin embargo, no estaba sintiéndose en lo más mínimo despreocupado y ajeno a lo que estaba presenciando; de hecho, estaba molesto, estaba deseoso de acercarse y apartarlos en ese preciso instante, importándole poco las consecuencias.

Estaba celoso y no podía seguir negándolo más.